Alejandro Marmo: “El único crítico de arte que existe es el tiempo”

Texto: Juliana Quintana / Fotos: Mikhail Zawadzki

 

Alejandro Marmo encuentra su identidad en el hierro que utiliza para construir sus obras. Recuerda su infancia en el taller de su padre y los juguetes que se armaba con los desechos de la ciudad. Marmo tiene 45 años. Su esposa, Celeste, es periodista y lo ayuda a organizar su vida pública. Sus hijos, Constantino y Magdalena, fueron bautizados nada menos que por el Papa Francisco.
Pero él está cansado de las preguntas sobre su amistad con el Papa y sus afinidades políticas. Fundó el Centro Cultural “Arte en las Fábricas”, donde obreros y artistas convergen en una labor que viaja de las periferias al centro. Autor de las esculturas de hierro del Cristo Obrero y de la Virgen de Luján, -emplazados en los museos Vaticanos- y de la gigantografía de hierro de Eva Perón ubicada en la avenida 9 de julio y Belgrano, Marmo reitera que el arte no se descarta.
Es un sábado por la mañana y el herrero se mueve de un lugar a otro con los lentes de sol puestos, atendiendo a los artistas que intervienen una calesita abandonada. Los diseños y los colores se integran en un todo. Ahora es una obra completamente nueva. Allí, en el Parque Industrial de Pilar en el kilómetro 61 de Panamericana, con su hijo Constantino jugando entre sus piernas, Marmo busca unir piezas que poseen ese “encanto del abandono poético” y representar lo que sucede en la sociedad.

-¿El ser humano, a partir de la contemplación de una obra, es capaz de descubrir algo valioso para la propia vida?
-A mí me moviliza la cuestión humana. Yo creo que la obra siempre termina siendo humana, y supera la crítica y el elogio. Cuando la obra es humana trasciende el tiempo siempre y, en realidad, el único crítico de arte que existe es el tiempo, que es el que desempolva la mirada actual y contaminada de las tendencias, de las modas y siempre la obra que trasciende tiene que ver con lo humano, con la época, con la documentación de lo que sucede en el momento. Creo que lo humano es el eje en el arte.

 -¿Cómo una escultura es capaz de mostrar algo de la realidad, del mundo, de los afectos, de la vida más de lo que puede mostrar otro tipo de arte?

-Hay gente que se confunde a veces y dice que la estatua es una cosa sin movimiento, estática. La cultura es todo. No hay un copyright de la cultura, y eso quiere decir que el afecto es cultura, el diálogo es cultura y la sociedad es básicamente una gran antropología cultural.

“El tiempo desempolva la mirada actual y contaminada de las tendencias, de las modas y siempre la obra que trasciende tiene que ver con lo humano”.

Creo que lo que intento hacer es unir piezas que tienen ese encanto del abandono poético, y en esa belleza yo trato de hacer una copia de lo que sucede en la sociedad. Ahí es donde yo encuentro la belleza y me detengo en ese lugar, en ese espacio de construcción que es belleza como literatura de una gran comunión de piezas abandonadas que simbolizan una metáfora de lo que sucede en los espacios sociales y, a su vez, el efecto social que puede tener el arte en esa realidad. Es la dialéctica que me vio crecer: la cultura inmigrante y el trabajo.

-En tu proyecto “Arte en las fábricas” reunís tanto a obreros como a artistas y el resultado son obras elegidas por el Papa o por los presidentes. En ellas pareciera que buscás siempre la integración. En tu última escultura integrás nuevamente aunque, en este caso, tres religiones. ¿A qué se debe esta pasión por integrarlo todo?

img_2655-Me parece que uno se preocupa por integrar lo que estuvo afuera del sistema. Creo que esas cosas no se pueden leer o entender tan bien como si uno las vive. Cuando vos ves que el sistema se mueve y vos estás paralizado frente a todo ese movimiento sentís como que estás mirando la sociedad atrás de un vidrio. Que todo está cercano pero intangible, lejano, frío. Y me parece que el eje de la integración parte desde ahí. Lo que me magnetizó del arte fue la posibilidad de hacerte soñar en ese lugar de exclusión. En esa capacidad de soñar, poder proyectar vidas posibles desde un lugar absolutamente descartado. Te hablo de un chico de veinte años que vivió en los 90. Entonces, en esa realidad lo que proponía el sistema para este joven era: si vivís en la periferia, en el conurbano y venís de una clase trabajadora, lo que te queda es no soñar porque no hay lugares para proyectar la cultura del trabajo, la ley del sacrificio, luchar por los sueños. Había como un vacío estandarizado para la juventud y yo era parte de esa generación. Entonces me asocié a esta realidad de las fábricas desmanteladas, que eran el universo donde yo encontraba emoción.

-Tus obras, si bien tienen una reivindicación social, han tenido repercusión política. ¿Considerás que en ellas podrías haber representado alguna afinidad política particular en algún momento?

-A mí me parece que siempre lo que hice fue trabajar en la política del arte, y nunca mezclé mi arte con la política. De hecho, por eso puedo estar en distintos espacios y creo que la diversidad desde los trabajos de campo que hice tuvo que ver con la amplitud. Después, que ese trabajo se interprete en base al contexto político ya no es mi lugar de trabajo ni mi acción. La obra me pertenece hasta que la hago en el taller, pero cuando sale del taller es interpretación pura de la sociedad y del contexto de la época. Yo documento la época y ésta, por supuesto, tiene que ver con un contexto político.

img_2662-A través del homenaje que le hizo el presidente Mauricio Macri al Papa con una obra tuya, ¿buscás ayudar a cerrar la grieta que hoy existe entre la Argentina y la Iglesia?

-Si, por supuesto que pretendo unir un sistema de tejidos rotos en lo social porque hay una herida que tiene esta sociedad que es de hace mucho tiempo, de dos proyectos distintos de país, y yo creo que eso se ha profundizado y ha quedado abandonado un proyecto imaginario, y siempre queremos refundar la Argentina y me parece que nuestro problema esencial en esa herida es el afecto. Hay una crisis en el afecto y un crecimiento del individualismo en la sociedad. También somos extremadamente solidarios, y esa dicotomía en la identidad argentina a mí me estimula a pensar que se puede reunificar a través de lo que hemos descartado durante el siglo XX. En ese siglo no nos hemos puesto de acuerdo en un proyecto unificador y creo que el comienzo del siglo XXI, en el contexto del bicentenario, nos está imponiendo la posibilidad de construir y reconstruir los tejidos sociales y el arte puede ser un componedor de esa rebeldía.

-¿A qué le llamás rebeldía, en este caso?

-Yo creo que uno viene de vivir los años 80 cuando era adolescente y pensaba que la rebeldía era el reviente, la rebelión de lo que podía provocar la cultura underground. Creo que ya el reviente ha pasado tantas fronteras con la droga, el narcotráfico y la falta de trabajo. La rebelión hoy pasa por exactamente lo contrario a lo que se pensaba en los 80, que es formar una familia, ser ordenado, prolijo, estudiar, componer la sociedad argentina y el mundo.

“La obra me pertenece hasta que la hago en el taller, pero cuando sale del taller es interpretación pura de la sociedad y del contexto de la época”.

-¿Cómo viviste desde pequeño el contacto con los materiales que utilizás para realizar tus obras?

-Atahualpa Yupanqui decía que la guitarra está construida en base a la madera de los árboles, y la madera de los árboles está impregnada por el canto de los pájaros. En el hierro pasa exactamente lo mismo. Tiene que ver con una cantidad de hechos energéticos que tuvo el material y que hoy tal vez están abandonados teniendo ese vacío de haber sido un insumo en algún momento, y hoy quedó ahí pero sigue teniendo esa potencia.

Reivindico al hierro porque es mi infancia. Yo jugaba con los descartes de hierro, y cuando uno reivindica la infancia construye identidad, y cuando esa identidad está en una plataforma segura empieza a pensar a la sociedad. Yo empecé a pensar la sociedad desde la mirada de un niño con esa nostalgia de un adulto. Recordar ese universo fabril y la posibilidad de transformar en un contexto lúdico los materiales que quedaban abandonados era tener el concepto de la reencarnación en vida. Siempre nos estamos reinventando y dando vida a lo que, en apariencia, se muere. Todo lo que sirvió en algún momento también pasó por manos, por familias, por hechos de trabajo, por construcciones que también cuentan historias mínimas.

-Francisco también ha demostrado una preocupación muy grande por la destrucción del medio ambiente. Lo escribe en el Laudato si, por ejemplo.

-Desde ya, yo creo que nuestro trabajo común con él tiene que ver, en un principio, con desactivar esta cultura del descarte y estar atento a lo invisible.

img_2633-Antes de conocer a Francisco, ¿tenías algún vínculo con la religión?

-Más bien lo tenía desde un espacio intuitivo. Mi religión es el arte. Lo que sucede es que con Francisco encontramos una conexión eléctrica, entendiéndose como pensar lo mismo desde su trabajo pastoral y mi trabajo desde el arte, y eso hizo que confluyamos en un pensamiento que era comunicar y trabajar en base a los mismos escenarios, a los centros y a las periferias. Hoy las dos obras que están en el museo Vaticano son la prolongación de un trabajo que nace en la periferia. Es allí donde se enriquece la obra. Cuando a mí me dicen “la máxima expresión” o “la cima de tu trabajo” está en los museos Vaticanos, yo respondo que es el lugar más visible pero no el más importante. El más importante tiene que ser la periferia, porque desde ahí se nutre mi trabajo.


-¿Tenés alguna preferencia por las obras plásticas o escultóricas?

-No, a mí lo que me gusta es que el trabajo sea portador de un mensaje. El arte es un mecanismo para abrazar el vacío que provoca la falta de afecto o la crisis de afecto. Si ese mundo imaginario no conecta con la sociedad se transforma en una cosa individualista que genera más vacío porque de nada sirve encerrarse en uno mismo a hacer arte para uno mismo. Creo que el intercambio con la sociedad y con la época permite curar la crisis de afecto. Ahora, cuando uno se encierra en sí mismo, lo que está generando es más crisis de afecto.

“Mi religión es el arte. Lo que sucede es que con Francisco encontramos una conexión eléctrica”.

 -¿Te interesa el cine?

-Sí, claro, mi trabajo es cinematográfico. Mi pasión no pasa por ser un cinéfilo sino por darle a la vida un sentido cinematográfico. A tener una contemplación fotográfica de los hechos, por ejemplo. Los murales de Evita no son la obra concretamente, sino que es el proceso de los murales de Evita lo que para mí es el arte.

Es decir, la energía de aquellos trabajadores que han impregnado, que han dejado impresa la capacidad de soñar que tuvieron para participar en esa obra, y que queden en el espacio más visible y haya cambiado la postal de Buenos Aires, yo creo que el arte está ahí. Que un trabajador de Avellaneda o de Merlo pueda participar en una obra tan icónica y que pase con su familia por la 9 de julio y diga “yo participé”. Creo que eso es cine.

-¿Tenés proyectos más a futuro?

-El proyecto es no llegar. Uno tiene que tener como un recibo sin firmar en el arte siempre, ¿no?

-¿No avizorás algún lugar en el que te sentirías cómodo llegando?

-No creo que llegue ese día porque este camino tiene el encanto de la incertidumbre. Es como un buzo que se entrega a la investigación en el fondo del océano. Lo interesante es bucear en esa investigación y tener una curiosidad insatisfecha. En el momento en que uno entiende que ha llegado comienza a caer la curiosidad y empieza a caer en la poesía y no descubre otra cosa más que la realidad de sí mismo, y para mí eso sería la decadencia. Ojalá nunca llegue.

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