Soledad, pensamiento obsesivo y producción: el circuito creativo de Camila Fabbri contra el desánimo general

Texto: Brian Majlin / Fotos: Karin Idelson

 

Contar a Camila Fabbri puede tener un secreto: nació en 1989 y su biografía cuenta con dos hitos bien marcados. El año de nacimiento es un rasgo indeleble que en algunos puede pasar desapercibido y en ella es como un sello de agua que se impregnará en cada una de sus frases. Es, aunque alguna vez fue seleccionada en una feria de letras mexicana como representante ochentera argentina, un producto argentino de los años 90. Sus filias y fobias son deudoras de una época que, a nivel superficial y palpable, legó individuos sólidos y autónomos: una soledad incuestionable y apalancada por el mérito y la búsqueda individual. Pero hay dos hitos que desgajaron eso, que la llevaron hacia otro sitio, o hacia otros precisamente: el estallido social de 2001, que la encontró amuchada y en familia ante la caída de la clase media; y el eclipse temprano de Cromañón, cuando empezaba a caminarse una liturgia adolescente y colectiva.

Camila es cuentista. Es actriz, es dramaturga, es inquieta. Es curiosa. Su primer libro -que pronto dejará de ser el único- es Los Accidentes (notanpuan, 2015), del que se han dicho muchas cosas acerca del modo en que lo fantástico se entrevera con lo cotidiano: de cierta oscuridad, de ciertos universos deformes. Ella asiente, aunque a veces cree que la adjetivación cómoda reemplaza a la lectura. Obsesiva del consumo cultural, pero en una etapa de impasse, ajena ocasionalmente al universo de la información cotidiana -para preservarse-, refugiada en una soledad que a veces le gusta y a veces le repele, Camila Fabbri resuena en Almagro y señala un tiempo gris, un momento de angustia social.

-¿Suele pasarte que cuando estás produciendo consumís menos?
-Puede ser, pero no me había pasado antes. Es como un momento más tormentoso a nivel personal y no estoy pudiendo concentrarme tanto.

-¿En qué estás trabajando?
-Trabajo en el área cultural de letras en el municipio de San Isidro, dando talleres de dramaturgia…

-En cuanto a producción escrita, decía…
-No sé si produciendo o viendo frutos de un libro de cuentos del año pasado, que va a salir en octubre de este año. Lo terminé a fines de 2018 y ahora empezaré a editarlo. Y estoy trabajando en una crónica de Cromañón, que ya tengo una primera versión, pero al no ser mi territorio me da algo de miedo. No es crónica periodística y eso me da algo de respiro, porque tiene algo más de primera persona, de experiencia personal, de amigos, de conocidos del colegio. Está muy enfocado en la juventud, en qué bandas veíamos, qué era ser rollinga, no tan enfocado en esa noche y en cuánta gente murió sino en la experiencia.


-¿Por qué distinguís entre laburos ‘formales’ y la escritura?
-No sé, supongo que porque estamos en crisis y la palabra trabajo se asocia a los ingresos que uno tiene. Lo otro es trabajo, pero lo relaciono a la vez con el placer.

-¿Pero concebís a la escritura como trabajo u oficio?
-Sí, absolutamente.

-¿Y te gustaría vivir de eso?
-Sí, no sé si alguna vez sucederá, pero aspiro a eso. Me gustaría dedicarme solo a escribir y vivir de eso.

-¿Incluye la dramaturgia también?
-Ahora estoy más enfocada en narrativa, porque en teatro siento que es solo 50 por ciento y que luego debo ponerla en escena. Y En lo Alto Para siempre -NdeR: obra presentada durante 2018 e inicios de 2019 en el Teatro Nacional Cervantes- fue como un dejar que camine sola la criatura. Fue mi primera experiencia escribiendo de a dos, con Eugenia Pérez Tomas, un proceso que tuvo sus dificultades, pero la obra echó luz sobre lo mejor de cada una. Estamos muy contentas con el resultado.

«Es difícil concentrarse en una ficción cuando estamos viviendo en una. No sabés qué va a pasar mañana»

-En la obra, sobre textos de David Foster Wallace, está muy presente la idea de la soledad y el maquinar y pensar dentro de la cabeza, y también aparece mucho en tu discurso, ¿qué representa para vos?
-Tengo una tendencia al pensamiento obsesivo: cuando se me instala una idea, no sé bien cómo se saca. Me gusta esa gente que te aconseja no pensar en eso, pensar en otra cosa, como si fuese posible. Me parece la imposibilidad total: no puedo dejar de pensar. No hay que dar ese consejo, pero porque la persona que lo da tampoco sabe cómo se hace, solo es un consuelo para el que da el consejo y listo, cambiar de tema. Me voy dando cuenta con el tiempo que puedo caer muy fácil en esos lugares y que solo se resuelve haciendo cosas, no pensando en otra cosa. Por eso me parece importante estar activo, produciendo. Hay algo que está en el libro que no consigo de Foster Wallace, y que está en la película sobre su vida, que termina con una escena de Foster Wallace bailando: en la obra aparece algo del baile, como si solo en esos momentos él podía descansar de la cabeza. Esa tensión entre cuerpo y pensamiento. Yo no lo llevo a cabo, pero debería hacer cosas físicas.

-¿No hacés nada?
-Hago yoga, camino, pero hago muy poquito. De hecho, ahora no estoy yendo. Tengo una negativa con lo físico. Y no cocino: no tengo imaginación culinaria. Todos los días veo películas, riego mis plantas, las curo, atiendo a mis dos gatos. Hay vida fuera de mí.

-Bueno, es bastante. ¿Cómo afecta el mundo exterior en esa producción solitaria?
-Se filtra. Ahora mismo hay como una cadena del desánimo, como dice Pablo Katchadjian en su libro, hay como un nivel de intranquilidad que se contagia a cada lado al que voy. Es difícil concentrarse en una ficción cuando estamos viviendo en una. No sabés qué va a pasar mañana. Ahora estoy viviendo sola y antes vivía con mi compañero y al menos estaba repartido, ahora en este contexto sociopolítico la soledad es más aterradora aún. Por eso cuando me preguntás por trabajo pienso en los ingresos. Cuando todo está en crisis, sentís que sos lo que hacés en términos de salario nomás y eso genera un desánimo muy grande: como que no te da ganas de hacer muchas cosas. La gente está gris, no se puede salir de esa situación. Informarme me provoca angustia y ansiedad.

-¿La escritura es una salida?
-Sí, creo que sí. No puedo escribir sobre la crisis, quizás en unos años sí.

-¿Y sobre la cuestión de género?
-No sé, creo que tampoco, pero eso se va colando inevitablemente. El discurso ahora en la vía pública es que no se llega a fin de mes, todos están con eso: es como un susurro ‘fin de mes, fin de mes’. El otro día un taxista me decía que nunca vivió algo así y yo pensaba en el 2001, pero me decía: acá es peor porque la gente no se está manifestando.

-¿Cómo viviste ese 2001?
-Fue devastador, mi hermana volvió al departamento de dos ambientes, mi vieja era psicóloga, atendía y en los tiempos libres era telemarketer. Pero no recuerdo eso con dolor, lo recuerdo como maravilloso porque me divertía, pero fue tremendo.


La soledad emerge como tema recurrente. La ubica como el motor de sus inquietudes literarias en la infancia, producto de tener hermanas grandes, y también de sus trabajos vertiginosos en escritura hoy en día, luego de una separación. La soledad como motivo de alegría y de tristeza.

-¿Cómo fue ese primer acercamiento a la escritura?
-Recuerdo una infancia muy solitaria, con hermanas grandes que ya vivían solas, yo había empezado a escribir mis propios cuentos, me armaba mi editorial, iba a la feria del libro infantil, me identificaba con Mafalda porque era una niña sola pensando cosas. Había un incentivo fuerte de mi mamá que leía y nos leía mucho. Todas mis hermanas se dedican a las letras: una es guionista y la otra es prensa literaria. En nuestras conversaciones siempre se habla de qué se publicó o qué se está publicando. Se leía mucho en casa, salvo papá, que estaba obligado a leerme. Pero lo suyo eran los crucigramas. Mi primer taller fue con Romina Paula a los 19 o 20 años, y luego con otras personas, porque la relación con ella viró y ahora somos muy amigas.

-La escritura aparece como una compañía … ¿cuándo fue que pensaste que iba por ahí?
-Cuando publiqué lo primero. Por consejo de un profesor, acerqué mis cuentos a Notanpuan, que recién estaba empezando, y muy rápidamente me dijeron que sí. Ahí yo dije “ah bueno”, y mientras pensé que podía llegar a ser un trabajo (cuando yo pensaba que nunca me iban a llamar de una editorial), lo postergué.

«Hay algo lindo en la escritura que es el diálogo, de poder salir de uno mismo: en la conversación de personas todos hablan de sí mismos, como si fuese una pulseada, pero que nadie se oye»

-Mucha gente se muere por publicar y vos tendés a pensar siempre que aún no es el momento, ¿por qué?
-Supongo que para no hacerme cargo de las buenas noticias, pero a la vez es extraño porque yo llevé el libro porque quería publicar. Lo dejé reposar un mes, sin contestar, me pasaba algo con eso de pasar a lo público con la narrativa por primera vez. Que a la vez la narrativa es lo que me mueve tanto. Me parecía de ciencia ficción tener un libro con mi nombre en la tapa. Y sucedió: en 2015 salió.

-Sale por todos lados el tema de la soledad: ¿Qué es para vos?
-Es que estás vos todo entero con vos mismo. Tiene que ver con esto del pensamiento, que uno es más uno que nunca. Es, a la vez, algo lindo, un estado ideal. Me gusta mucho que no haya ruido a mi alrededor y poder producir: es un lugar que me atrae y me repele. A veces disfruto de pasar muchas horas sola y, a la vez, cuando pasa eso me parece que está mal. A la vez hay algo publicitario que dice que estar solo está mal, o que es insano y es medio abandónico. Todo nos obliga a rodearnos de familia, amigos, pareja, siempre buscando con quién rodearnos.

-En la escritura hay una salida de la soledad o un reflejo de las obsesiones propias que se aflojan y salen?
-No sé si pienso tanto en lo que lee el otro, pero sí tengo el reflejo de editora y es como que ya escribo como se va a leer. No sé si es consciente eso de desarmar la cabeza, pero termina sucediendo. Hay algo lindo en la escritura que es el diálogo, de poder salir de uno mismo: en la conversación de personas todos hablan de sí mismos, como si fuese una pulseada, pero que nadie se oye. En la lectura en cambio sí hay un diálogo, no presencial, pero que hace posible el diálogo con el otro o la otra.

-Te inclinás hacia el cuento y solés cuestionar la idea de que haya que escribir una novela, ¿por qué creés que el mercado quiere más a la novela?
-Sí, no sé, ¿por qué esa dicotomía? El mercado editorial te va instalando esa diferencia y te pide que definas dónde te instalás, si acá o allá. Y yo estoy ahora escribiendo algo que podría ser una nouvelle, pero no sé. La novela me cuesta, eso de seguir a un personaje tanto tiempo, me pasa leyendo también, me gusta más el cuento. Poder saltar a otros. Y eso es el gran atributo del cuento: la condensación. La novela tiene muchas posibilidades de hacer agua y que haya tres capítulos en los que no pasa nada y, a la vez, seguís porque hay que llegar a las 100 páginas. Hay algo del mercado que te exige la novela, como si el cuento fuera la antesala, como si hasta eso no estuvieras escribiendo. O al menos lo siento así cuando me lo dicen: ‘Todavía no estás escribiendo, es una prueba piloto’. Y es tan raro eso, como si por escribirlo más rápido o en menos horas fuese menos trabajoso. Me genera un poco de ira ese pedido.

– ¿Notás algo generacional en las formas de escribir?
-Sí, creo que sí. Hay como una autoreferencialidad sin tapujos, sin querer esconderla para nada. Hay veces que esas lecturas me atraen y otras veces en las que me aburren. No veo imaginación, sino un diario íntimo, un reflejo. Que no significa que no tiene valor, para nada, pero a veces agradezco que se cuele con cierta ficción.

-Quizás somos todos hijos de una época individual, del éxito personal…
-Puede ser, está bueno eso, no lo había contextualizado.

-Hay algo generacional hacia la literatura del yo, ¿vos tomás algo biográfico o partís de escenas?
-En general es una escena. Justo esta nouvelle fue muy claro: salió de mi separación, que me llevó a una voracidad de escribir. No es nada autobiográfico, es híper ficticio, pero esa separación me llevó a escribir, al deseo de escribir. No es un diario íntimo de una separación, pero llevó a una pulsión muy fuerte de trabajo.

«Hay algo del mercado que te exige la novela, como si el cuento fuera la antesala, como si hasta eso no estuvieras escribiendo»

-¿Y la experiencia de escribir en clave crónica sobre la masacre de Cromañón?
-Es muy personal, estuve la noche anterior, le tengo mucho respeto. Todos sabemos dónde estábamos esa noche y qué estábamos haciendo. Quiero que se publique, de 2015 a esta parte lo seguí trabajando.

-¿Qué creés que repercute de eso en nosotros?
-Fue muy difícil escribir el libro, tuve que prestar el oído a cosas muy crudas, por momentos tuve que frenar a amigos, y fue muy desgarradora su entrega, pero como que no les pasaba nada. Lo tenían más resuelto, como que vivirlo no es como contarlo. ¿Cómo nos marca? De mil maneras, me parece que en la generación Cromañón, que es muy variada porque teníamos de 14 a 20, irrumpe algo de la idea de que en una noche dejamos de crecer. Estabas asistiendo a una fiesta a ver a tu banda favorita, a ser feliz por dos horas y entendés que eso también puede ser la muerte. Demasiado temprano entendés la muerte, vas al día siguiente a tres velorios, la ves de cerca. Eso afecta tu vida a futuro, el nivel de entrega con el disfrute, o la forma de entender el presente, porque en cualquier cosa que estés haciendo puede estar la muerte, los accidentes. Esa idea, esa vivencia me configuró.

-¿Por qué escribirlo?
-Bueno, porque si escribo me pareció bien poner en palabras estas historias de mis amigos y mía. Y comencé a estrechar mi lazo con la crónica y vi ahí una posibilidad y, a la vez, tenía que hacerlo para resolver algo con eso que tengo yo. Estuve mal mucho tiempo: haber estado en el piso de arriba, donde nadie se salvó, son cosas que me aterraron mucho. Es algo que debe haberle pasado a mucha gente, pero nunca sabés cómo te puede pegar. La hipótesis del libro es que los cuerpos jóvenes se curan más rápido, ahí está la luz del libro: estos amigos que estaban en coma inducido y parecía que no podían vivir en marzo estaban empezando las clases, afónicos, en el Normal 1. Es la tragedia de la juventud que, a la vez, tiene algo luminoso. Me parecía contarlo también desde esa otra cara y no solo de la noche oscura. Es, a la vez, el cómo siguió: cómo fue el después de Cromañón.

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