Sole Otero, una historietista en la búsqueda de heroínas tridimensionales

Texto: Eduardo D. Benítez / Fotos: Estrella Herrera

 

Llegada hace unos pocos meses de Angouleme (Francia), donde estuvo trabajando en su próxima novela gráfica como residente en La Maison des Auteurs, Sole Otero se muestra distendida. Tiene el aire de los que pasaron por las turbulencias de un peliagudo raid creativo y se disponen a disfrutar la calma de un paisaje -todavía humeante- después de una batalla. En el patio de su casa, invita café. Cuenta: “Laburaba alrededor de catorce horas por día todos los días y los fines de semana me armaba la valija y me iba a visitar alguna ciudad: París, Helsinski, Bruselas, Amsterdam, Barcelona. Fue un ritmo enloquecedor.” Desde un sillón contiguo Benito y Mimi -los súper gatos de soberbio pelaje con los que vive- son testigos inconmovibles de la extensa conversación que se desarrollará a continuación. “Son puro pelo en realidad. Si los mojás son una larvita” dice y sonríe.

Cuando era muy chica leía Asterix y Mafalda y se colgaba dibujando a Pebbles y Bam Bam de los Picapiedras. “Dibujaba pero copiaba, no tenía esa cosa de los nenes de dibujar un elefante con formas súper extrañas”, asegura y traza la genealogía práctica de la gran historietista que es hoy. Después vinieron el gusto por el manga y la experiencia under con sus compañeros de taller de dibujo: “hicimos un fanzine que se llamaba Ultimátum que tenía un menjunje espantoso de cosas porque a todos nos gustaban cosas distintas: superhéroes, historieta clásica, manga, cosas estilo Liniers”. Promediando los quince años se alejó del manga y empezó a leer historietas de autor que, dice, tenían más que ver con la literatura que había leído desde siempre: Hermann Hesse, Salinger, Sylvia Plath.

Después de editar las tiras diarias compiladas en La pelusa de los días, Sole Otero publicó su primera novela gráfica en 2017. De matriz autobiográfica, Poncho fue (Hotel de las Ideas) narra la historia -desde el punto de vista de Lucía- de una pareja que experimenta los límites de una relación enfermiza. Contada a partir de varios flashback, la novela va hacia el pasado para contar el proceso de enamoramiento, la etapa de afianzamiento, para llegar a un crudo desenlace entre Lu y Santiago. Manipulación psicológica, escena de violencia, perverso juego de culpabilidad son algunas de las frases que podrían aparecer a la hora de pensar en Poncho fue; una obra intempestiva e incómoda. De eso y mucho más hablamos en esta entrevista con su autora.

-Se te identifica más como historietista pero también tenés un largo recorrido como ilustradora…
-Si, desde que entré en el blog Historietas Reales, hace más de diez años, se me empezó a conocer como historietista. Yo tenía una pelea conmigo misma, quería dejar de hacer historietas y ser ilustradora infantil pero nunca lo hice. Además, en esa época estuve trabajando para Billiken haciendo una historieta infantil. Fue el primer trabajo fijo que tuve. Y el último. Después siempre fui freelance y viví esa cosa de no saber si al mes siguiente uno va a tener plata. Mi lado de historietista es mi vocación de ahora. La ilustración infantil todavía es mi trabajo pero lo tengo más relegado. He dibujado de todo: manuales escolares, libros para chicos, adaptaciones de cuentos infantiles: desde Caperucita hasta Los tres cerditos. También ilustré cuentos para afuera: Corea, Estados Unidos. Me costó mucho encontrar mi manera de dibujar. Porque estaba obsesionada con ser prolija, y por eso usaba vectores que no tiene nada que ver con el estilo que más cómodo me sale. De chica decía que quería ser escritora. Cuando empecé a hacer viñetas en serio, me terminé dando cuenta que esas dos cosas que había querido que eran escribir y dibujar, tenían una unión muy natural en la historieta.

-¿Cómo ves la ampliación de espacios que están logrando las mujeres en el mundo de la historieta?
-Me parece que desde los ochenta, cada tanto se vuelve a armar un colectivo de mujeres para decir “acá estamos, hay mujeres haciendo historietas.” Cada tanto es necesario hacer ese planteo para recordar que existimos, como si nunca se terminara de aceptar. Igual creo que en un punto va a haber que dejar de hacerlo porque si no, no avanzamos más.

-La necesidad de hacer ese planteo tal vez evidencia que hay algo que todavía se resiste a que las mujeres sean también protagonistas…
-Si…pero a nivel autoral creo que habría que dejar de hacerlo porque ya es claro que hay un montón de chicas haciendo historietas. Igual es genial que existan festivales como por ejemplo “Vamos las pibas”. Yo nunca sentí que hubiera una editorial que dijera que No a algún proyecto, por decirle no a las mujeres. ¿Por qué estamos mirando el género de las personas? Entiendo que pueda ser necesario pero no estoy del todo de acuerdo, porque no es esa la raíz del problema. Los lectores de historietas son hombres en su gran mayoría y sólo leen cosas de hombres. Las mujeres publican y solamente les venden a mujeres o a muy poquitos hombres. ¿Por qué los hombres no pueden leer cosas hechas por mujeres? Al lector de historietas le cuesta mucho acercarse a su lado femenino. De hecho Andrés Accorsi, el crítico de la revista Comiqueando, inventó un término que es “argolla friendly” para designar a los autores que hacen historietas sensibles. O sea, si sos gay está bien que tengas sensibilidad femenina. Pero si no sos gay y tenés cierta sensibilidad hay que aborrecerlo. Viene por ese lado el problema: una masculinidad que no cede ante su sensibilidad femenina. En cambio, las mujeres que leemos y hacemos historietas nos tuvimos que acercar sí o sí a nuestra sensibilidad masculina.

“Existe cierto feminismo de moda que genera que se planteen superheroínas totalmente bidimensionales que terminan siendo machos con tetas”

-¿Cómo fue eso en tu caso?
-Y…haber leído mucho animé: Dragon Ball, Los Caballeros del Zodíaco. Las magical girls, Sailor Moon, Sakura son como un asentamiento de lo masculino en lo femenino: “somos mujeres pero peleamos!”. Que me guste la ciencia ficción, el género de aventuras o Asterix también. Hace poco leí un ensayo donde se comparaba a la película de Mujer Maravilla con los personajes femeninos de Game of thrones. Las mujeres de la serie son mucho más interesantes porque son complejas, porque por ejemplo cada vez que toman decisiones contra algo se enfrentan a la posibilidad de perder algo ellas también. La violencia nunca les resulta gratis. Son personajes más tridimensionales. Porque si no lo que sucede también es que existe cierto feminismo de moda que genera que se planteen superheroínas totalmente bidimensionales que terminan siendo machos con tetas.

-¿Cómo se fue dando el proceso creativo de tu novela gráfica Poncho fue?
-Yo me separé y empecé a escribir el libro al mes. El guión lo resolví muy rápido, en uno o dos días, pero después me sucedió que al procesar toda mi ruptura, no lo podía trabajar. Lo tuve encajonado durante nueve meses. Unos cuantos meses después, todavía estaba súper mal, pero en terapia me sugirieron que siguiera haciendo el libro porque me iba a hacer bien. Empecé a dibujarlo y llegó un momento en el que dudaba si cambiarle los nombres a los personajes o no. Tuve que hacer un proceso de ficcionalización porque me daba miedo exponerme. Cuando se terminó el momento de catarsis, este libro se convirtió en un ancla pesada que no me dejaba avanzar hacia otro lado. Me hacía mal leerlo, afectaba mi vida cotidiana. Después vino un proceso de dos años con muchas correcciones. Soy muy de corregir, cambiar, dar vueltas.

“Siempre me interesó la diferencia sutil entre ser culpable y ser responsable. La culpa sirve para manipular a los demás. Cuando alguien te hace sentir culpable ya está. Caíste en sus garras”

-¿Tuviste algún método de trabajo para escribir el guión?
-Escribí el guión usando el método del copo de nieve. Escribís una frase, esa frase la transformás en cuatro, esas cuatro las convertís en ocho. De ahí pasás a la sinopsis, de ahí a la escaleta y después pasás al guión. Lo hice por ser ordenada y después me enteré que es un método.

-En Poncho fue, el trabajo con el color es determinante…
-Sí, ahí es donde entra mi gusto por el cine. Poncho fue tiene cosas que yo le veo a las películas pero que no le veo tanto a las historietas, en relación a cómo está contado a partir del uso del color. Todo lo que tiene que ver con el tratamiento del color y el ritmo narrativo me viene más del cine. Cuando empecé hacer las tiras cortas de La pelusa de los días fue cuando me enganché definitivamente con el lenguaje de la historieta.

-Así como Poncho… tuvo su momento de catarsis, en las tiras diarias de La pelusa de los días también hay algo catártico pero más que nada para procesar lo cotidiano, ¿no?
-Si…en La pelusa de los días trabajé sobre cosas que me pasaban todo el tiempo. Algunas eran más graciosas y otras eran simplemente pavadas. Pero me servía para mirar mi cotidianeidad y dibujarla. Venía de hacer Solo le pasa a Sole, que era híper autobiográfico, donde figuraban todos los nombres de mis amigos y contaba cosas muy íntimas. Cuando empecé a hacer La pelusa… no lo quise hacer así pero si lo mirás bien es bastante autobiográfico: cuento mudanzas, separaciones. Al empezar a trabajar en paralelo Poncho Fue, La pelusa… dejó de ser autorreferencial. Igualmente, en todo lo que hago siempre parto de algo mío, sólo que aprendí a enmascararlo. En la historieta que estoy haciendo -una comedia de ciencia ficción sobre un extraterrestre- tal vez es imposible relacionar el tema con algo mío, pero al mismo tiempo estoy hablando a través de mi mirada.

Poncho fue generó bastante rebote… ¿cómo te llevás con las interpretaciones que se hicieron?
-Mirá…es muy complicado. El otro día, por ejemplo, una chica medio enojada twitteó algo donde decía que las reseñas del libro la definían como la historia de una relación tóxica, y para ella era de maltrato. Han dicho que el libro es desde feminista hasta misógino. En realidad, yo conté de la manera más sincera algo que me pasó a mí. La vida es un poco así; no tiene las etiquetas tan claras. Para mí es un relato de una relación tóxica donde hay maltrato pero, a su vez, hay un sinceramiento de que ese maltrato también fue responsabilidad del propio personaje por no saber quererse más. En un punto creo que hay un tema de manipulación que siempre es maltrato. A mí siempre me interesó la diferencia sutil entre ser culpable y ser responsable. La culpa sirve para manipular a los demás. Cuando alguien te hace sentir culpable ya está. Caíste en sus garras. La responsabilidad, en cambio, es lo que nos hace adultos. Es hacerte cargo de que te estás metiendo en una situación por tus propios medios, pero si querés también podés salir.

-Es un límite delicado…
-Sí, es un tema delicado. Porque es cierto que no es la culpa de la mujer estar en una relación así, es el otro quien es medio psicopatón. Pero al mismo tiempo, para que esa persona salga de la relación no se lo tiene que decir alguien desde afuera. Se tiene que ocupar de su propia responsabilidad. Es muy complejo porque no se puede señalar con el dedo, pero sí generar algo para que esa persona sea consciente de que es adulta y puede ser responsable de sí misma. Me parece que esto no sólo se aplica a los vínculos de pareja, sino a un montón de relaciones.

“Amar no es adaptar a la otra persona a lo que uno quiere. El amor como forma de control no funciona. Para mí tiene que estar más ligado a cierto tipo de libertad”

-¿Estás de acuerdo con quienes dicen que Poncho fue es feminista?
-Para mí es feminista en el sentido de que, por cómo estamos educadas las mujeres en esta sociedad, estas situaciones nos suceden más seguido a nosotras que a los hombres. Porque hay un tema con el dinero, con los roles, con qué se supone que tiene que hacer una mujer en pareja y qué no. Y también porque creo que miles de relaciones que terminan en violencia física viven primero lo que les sucede a los protagonistas. Poncho fue muestra el germen de un tipo de relación que termina de manera mucho más grave. Y tal vez no es feminista en el punto en que ese tipo de vínculos se puede dar entre cualquier persona. Me pasó que me escribieron un montón de chicos contándome que se habían sentido identificados con el personaje de Lu, que habían vivido historias similares.

-¿Qué noción de amor creés que se juega entre los personajes de Poncho fue?
-Para mí claramente se habla del mito del amor romántico. La principal manera que se usa para manipular es la de ese mito: “nosotros somos la pareja perfecta, vamos a estar juntos siempre y somos nosotros contra el mundo y esto es lo más importante que nos pasó en la vida”. Todo un chamuyo gigante que te empieza a atrapar. Es el mal de las películas de Disney de los noventa. Es La Sirenita dejando todo por alguien al que vio sólo dos veces en su vida!

-¿Qué otros tipos de amor serían posibles?
-En la novela gráfica que estoy haciendo tengo la intención de reivindicar al amor desde otra perspectiva. El amor es muy complicado y muy simple al mismo tiempo. No tiene que ver con la idealización del otro. Eso es el enamoramiento, algo que tal vez hace falta como estadío. Enamorarse es estar conociendo a una persona, descubriéndole cosas. Si ya das por sentado que lo conocés y sólo intentás que se adapte a tu idea de lo que esa persona es, ya no es amor. Amar no es adaptar a la otra persona a lo que uno quiere. El amor como forma de control no funciona. Para mí tiene que estar más ligado a cierto tipo de libertad.

-¿Cómo te ves en este nuevo escenario donde conviven las viñetas digitales, varias editoriales especializadas ya consolidadas, junto a la revitalización del mundo del fanzine?
-Yo empecé en el mundo del fanzine pero dejé de hacer cosas en papel y me pasé al blog rápidamente. Pero hay otros autores que siguieron militando el fanzine durante un montón de tiempo. Cuando empezaron a volver las ferias con tanta fuerza como tienen ahora, me copé y volví con un fanzine que se llama La de las botas rojas. Me parece buenísima la movida fanzinera que se está dando en la actualidad. Con respecto a lo digital, yo después de años y años de usar internet como excusa para publicar, terminé abandonando mi página. Me termino enojando con la gente y después me digo: “¿porqué estoy tan enojada?” Pierdo mucho tiempo en internet. Es la tercera vez que cierro Facebook. La primera fue en el momento del ballotage del 2015. Además, me empezó a saturar el mundo del “me gusta”. Me cansé de ver que hay gente que calcula a la hora que postea para que resulte más visible. Toda esa cosa marketinera del “me gusta” no me interesa para nada. El marketing es mi enemigo. Venderse como producto a uno mismo o a lo que uno hace, no me interesa.

-¿De tus contemporáneos estuviste leyendo algo que te gustó?
-De lo que leí últimamente me gustó mucho Notas al pié de Nacha Vollenweider, Lo salvaje de Pablo Vigo, Sadboi de Berliac, Gravidez de Julia Barata, Un beso así de La Watson y Guerra de soda de Jazmín Varela. De afuera me encantó Beverly de Nick Drnaso, Rolling blackouts de Sara Glidden me gustó mucho. Y lo que hace el belga Bretch Evens me partió la cabeza.

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