Silvina Pezzetta: “No necesitamos comer carne”

Texto: Eduardo D. Benítez / Fotos: Natalia Marcantoni

 

 

La advertencia fue arrojada con anticipación mientras el ascensor con cabina de madera -de esos que engalanaban los edificios de principios del Siglo XX con sus rejillas de hierro trabajado- nos dejaba en el tercer piso. “Mirá que tengo dos perros y uno está siempre muy entusiasmado. Se te va a tirar encima” dijo Silvina Pezzetta: docente preocupada por la ética y el derecho animal, lectora de cierta sensibilidad de época que empieza a considerar a los animales como sujetos de derecho, titular de la cátedra de Ética Animal en la Facultad de Derecho e investigadora del Conicet.

Para adelantarse a posibles desmanes de amor perruno, el aviso de Pezzetta seguía en pie apenas entramos a su casa. Sin embargo los perros, querendones y todo, pasaron a segundo plano cuando una sorpresa más robusta no tardó en llegar. Hicieron falta apenas unos segundos -unos pocos momentos de pudor y de escaneo reglamentario- después de abrir la puerta para que empezara la danza. Sobre una de las bibliotecas, el ritual consistió en una suma de aleteos suaves, movimientos circulares y unos vuelos cortitos de un extremo a otro de la habitación. Filipa, la paloma en estado maltrecho que rescató en las inmediaciones de su departamento de Once, impuso su presencia con la galantería de un ballet de cour. “Es como un cortejo que hace. Cuando las rescatás te adoptan como si fueras su pareja…” dice Silvina quien, más allá de su rol académico, se desempeña como rescatista de aves colaborando con la Asociación Civil Pájaros Caídos.

-Hablemos un poco sobre el odio hacia las palomas…
-¿Te puedo hablar en términos teóricos?… Bueno… es muy interesante el trabajo de dos autores, Sue Donalson y Will Kymlicka, que escribieron un libro titulado Zoopolis; una teoría política para los derechos de los animales. Hacen todo un desarrollo para incorporar territorialmente los derechos que uno supone que los animales deberían tener. Para elaborar eso dividen a los animales en tres grupos. Por un lado tenemos los animales domesticados: los que hemos ido modificando a través de los siglos para que sirvan a nuestros propios intereses, ya sea como compañía o para consumo como alimento. Por otro lado están aquellos que no nos necesitan, esos animales salvajes que imaginamos en un mundo idílico en la selva o en la pradera. Los autores incorporan un tercer grupo, que las teorías tradicionales siempre ignoran, que son los animales liminales. Pueden ser tanto salvajes que se adaptaron a las ciudades, como domesticados que se asilvestraron pero no viven en la naturaleza sino en otras ciudades; ya sea porque se escaparon, fueron abandonados o se quedaron sin territorio.

-Ahí entrarían las palomas, habitando las ciudades…
-Claro. Estas palomas columba livia, las torcazas autóctonas, son un caso interesante porque ponen en cuestión la idea instalada que dice que las ciudades son para las personas y los animales tienen que estar en su propio lugar: esto puede ser la naturaleza intocada o en las casas y en las granjas sirviendo a intereses humanos. Las palomas están en todos lados y además son súper visibles porque, a diferencia de las ratas, no se esconden. Son producto de la domesticación humana y por eso son tan sociables. No les temen a los hombres. En algún momento las palomas fueron muy queridas y útiles. Pero después de la Segunda Guerra Mundial -cuando ya no se utilizaron más las palomas mensajeras y aparecieron nuevos medios de comunicación- empezó a surgir la idea de que son molestas y sucias. Así se va estigmatizando a este animal.

-Entonces las palomas serían como grupos de refugiados…
-Sí… un sociólogo norteamericano estudió las noticias que se fueron publicando en el New York Times a través del tiempo y rastreó cómo la paloma pasa de ser un animal querido a ser considerada una rata con alas. Pero el gorrión fue la primera ave que detestaron en Estados Unidos. Se lo comparaba con los inmigrantes de ese momento. Las cosas que se dicen, tanto de los gorriones como de las palomas, espejan el mismo discurso sobre el inmigrante indeseado, las personas que viven en la calle, los homosexuales en las plazas. Todo lo que subvierte la idea de orden, sobre quién puede o no ocupar el espacio público y todo lo que es distinto es puesto en el mismo lugar y etiquetado como indeseable. Son minorías desclasadas, despreciadas. Las palomas no son bienvenidas en ningún lado: no tienen lugar al que volver en la naturaleza y tampoco son queridas en las ciudades.

“Las cosas que se dicen, tanto de los gorriones como de las palomas, espejan el mismo discurso sobre el inmigrante indeseado, las personas que viven en la calle, los homosexuales en las plazas”

-¿Y la idea de que las palomas transmiten enfermedades, no es cierta?
-Las palomas son el foco de todo tipo de odios y miedos. Por ejemplo el temor a las enfermedades cuando, en realidad, no es potencialmente más peligroso que un perro o un gato. Y por supuesto que son menos peligrosas que un humano porque todas las enfermedades que portamos las transmitimos potencialmente a otros humanos. Es más peligroso trabajar en una fábrica de pollos que ir a pasear a una plaza y contagiarse algo.

Hace tres años que Silvina Pezzetta está a cargo, junto a Pablo Suárez, del Seminario de Ética Animal (U.B.A.) a través del cual proponen poner en crisis la manera habitual que tenemos de relacionarnos con los animales. Dejar de considerar a los animales como cosas, bienes, propiedades; y concebirlos como “personas no humanas” con sus consiguientes derechos. Pero la propia Cátedra no puede sino desbordar su objeto de estudio para forjar una crítica profunda de las formas de vida contemporánea, de nuestro vivir juntos. Y ese “nuestro” se expresa comprendiendo varias esferas de lo viviente. ¿Qué tipo de organización social es posible desnaturalizando la idea del animal como una “cosa utilizable”? ¿Cuál sería la resonancia ética a partir de un cambio de paradigma que contemplase al animal como sujeto de derecho? ¿Es necesario un cambio de perspectiva en la convivencia con los animales para sobrevivir como sociedad? Algunos interrogantes que se van desprendiendo en esta conversación.

– ¿Cómo surgen las preocupaciones por la ética animal?
– La cuestión de la ética animal surge con la publicación de la obra de Peter Singer: Liberación animal. Fue el primer filósofo contemporáneo en retomar el tema de los animales no humanos como algo sobre lo que vale hacerse una pregunta ética, y cuestionar además qué es lo que venimos haciendo con eso hasta ahora. Singer es uno de los seguidores de la corriente utilitarista que funda el inglés Jeremy Bentham, quien asentó su teoría no en la idea de que somos seres racionales, si no en la idea de que tenemos capacidad de sentir dolor y placer. Eso es lo que nos define y gobierna nuestras acciones y esa es -además- la medida de lo que está bien o mal a la hora de evaluar acciones. Singer retoma eso y a partir de allí es fácil demostrar que no hay diferencias relevantes entre humanos y animales. El dolor es dolor; no importa si lo sufre una vaca una gallina o un ser humano. Ya sea para continuar o rechazar lo que Singer popularizó -el especismo- todos los autores que vinieron después fueron constituyendo una base bibliográfica suficiente para que aparezcan cursos, centros de especialización, revistas sobre el tema. Además hoy la ética animal está viviendo lo que se llama un “giro político”. Entonces se busca pensar estas cuestiones en términos de organizaciones sociales justas. ¿Cómo debemos organizarnos nosotros para convivir con animales liminales, por ejemplo? ¿Qué deberes tenemos con respecto a los animales domesticados que hemos modificado para ponerlos a nuestro servicio?

-¿Qué lugar ocupó Argentina en la incorporación de los derechos del animal?
-En su momento, los primeros en preocuparse por los actos de crueldad más obvios y aberrantes fueron Sarmiento e Ignacio Albarracín. Después, en el año 1954 se sanciona la Ley 14.346 que es parte del Código Penal -y es de avanzada en nuestro país- que tipifica estos delitos, con penas muy mínimas pero tiene de bueno que contempla delitos contra animales denominados “de granja”. Esto es distinto a lo que sucede en muchos otros países, que cuando se protege contra la crueldad y el maltrato, se restringe a los animales domésticos. Por supuesto que la Ley sola no alcanza porque tipifica sólo delitos de crueldad abierta: no darle de comer en calidad y cantidad suficiente, hasta atropellar a propósito, causar sufrimiento innecesario, matar un animal que está evidentemente preñado. Pero, a pesar de esto, los animales no tienen derecho a la vida. Si se los mata por una razón sanitaria o porque el dueño de un animal enfermo decide que no quiere pagar el tratamiento y en ese acto se interpreta que no hay dolo ni perversión, se los puede matar. Se podría decir que los derechos están muy limitados.

– Si los animales son considerados objetos… ¿qué usos de lo animal se dieron a lo largo de la historia? ¿Hubo transformaciones de esos usos?
– Siempre hubo voces disonantes. Desde la antigüedad griega, algunos sofistas como Plutarco por ejemplo, se opusieron. Pero todas las sociedades han hecho uso de los animales, que siempre prestaron servicios. Lo importante es que ahora nosotros no necesitamos hacer lo que se hizo históricamente con los animales para sobrevivir como sociedad. Por el contrario, lo que estamos haciendo es nocivo para la vida social.

-¿Dónde radicaría lo nocivo?
– Por ejemplo la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) publicó en el 2006 un informe desolador donde explica los daños que causa el consumo de carne. Muestra que para el 2050 el consumo de carne irá en aumento porque la población humana va en aumento y porque la demanda crece a medida que hay más acceso económico a los productos de origen animal, que en el pasado eran considerados consumos de lujo. Esa producción descomunal va a generar un impacto ambiental por el uso de agua, de combustible, de antibióticos que tienen repercusión en la resistencia bacteriana de las personas. También el uso de las superficies habitables es absolutamente desmedido. Casi el 30% de la tierra está destinado a la producción de ganado y con la cantidad de personas que hay es irracional esa manera de producir alimentos. Hay algunos autores que piensan que no se va a poder comer más carne -seas animalista o ambientalista, tomes esto como causa o no-, que el consumo va a caer por su propio peso. Y hay otros que piensan que se va a terminar cuando se desarrollen alternativas sustentables como la carne de laboratorio.

“En la cátedra de Ética animal, cuando empezamos las clases siempre aclaramos que no tendría ningún sentido hablar de los derechos fundamentales para los animales si no fuera posible llevar una dieta sin productos de origen animal. La ética no exige comportamientos heroicos”

– ¿Qué implicancia tiene la denominación de animal no humano?
– A través de varios siglos de cultura nosotros pensamos que lo que nos separa de los demás animales es una diferencia sustancial. Cuando en realidad no es tajante, sino una cuestión de grados: nosotros también pertenecemos a la escala zoológica. Además es incorrecto pensar en un modelo único de ser humano, autónomo, racional, hablante. No todos somos así e incluso no somos iguales a lo largo de nuestra propia vida. Hay diversidad dentro de la humanidad. Por eso animal no humano, se usa para remarcar que nosotros también somos animales.

– ¿Desde lo jurídico tiene algún tipo de incidencia la denominación persona no humana?
– Hay un fallo interesante en Argentina en el que se declaró persona no humana o sujeto de derecho a Sandra que es la orangutana que vive en el ex zoológico de Buenos Aires. Ahora hay un proceso judicial para ver si va un santuario en Estados Unidos. Y también se otorgó un habeas corpus a favor de la chimpancé Cecilia. Por lo menos con esos animales hay alguna recepción de parte de los operadores jurídicos respecto de que no son cosas, porque presentan características o situaciones que hacen insostenible que sean consideradas bajo la categoría de cosas.

-¿Cómo se resuelve la tensión que supone la cría industrial para la alimentación con la necesidad de cuidar y proteger a los animales?
– No hay ninguna tensión, porque no necesitamos comer carne. Nosotros, en la cátedra de Ética animal, cuando empezamos las clases siempre aclaramos que no tendría ningún sentido hablar de los derechos fundamentales para los animales si no fuera posible llevar una dieta sin productos de origen animal. La ética no exige comportamientos heroicos. Para poder exigir o hablar de derechos de los otros que imponen obligaciones en uno, uno tiene que tener en cuenta acciones posibles y no heroicas. En ese sentido, vivir sin consumir animales es perfectamente posible. Si esto es así, simplemente es cuestión de revisar porqué seguimos haciendo esto que tanto daño causa.

-¿Qué sucede cuando una empresa de productos alimentarios quiebra? ¿Qué pasa con esos animales?
-Como los animales son considerados cosas, su destino es terrible. Hace poco tuvimos el conflicto de Cresta Roja de nuevo, que viene desde hace tiempo. Esos animales fueron abandonados adentro de galpones y cuando se les terminó la comida los dejaron morir en condiciones terribles. Es un enorme problema porque hablamos de miles y miles de individuos.

-¿No hay nada que regule esos casos?
-En realidad dejarlos sin agua y sin comida es un delito de la Ley 14.346, aunque de todas maneras esos animales fueran a morir para ser convertidos en comida, porque uno puede diferenciar entre dos acciones distintas: causar sufrimiento y matarlos para alimentación. Las medidas no se tomaron porque a nadie le importa. Hubo acciones de activistas que fueron a rescatar a los animales que podían. Pero por otro lado, esos animales son propiedad de alguien. Si ese alguien no está dispuesto a entregarlos o a abrir las puertas para que se hagan rescates, no hay manera de hacer mucho.

-¿Qué pasa con los animales cuando hay sequías y el Estado no resuelve nada?
– La cuestión de los animales salvajes recién ahora se está discutiendo. Las primeras propuestas teóricas se concentraron en los animales domesticados, que son los que más daño sufren: no es ético comer animales, usarlos para circos y zoológicos. Tenemos que abstenernos de hacer esto. Respecto de los animales salvajes debemos abstenernos de cazarlos. Pero lo que le sucede a los animales salvajes en su entorno ya no es nuestra culpa. Porque si sufren no lo hacen por causa nuestra. Nuestras obligaciones empiezan y terminan con lo que les hacemos voluntariamente. Durante mucho tiempo la teoría dijo “bueno, acá simplemente no tenemos que meternos. Basta con dejar de cazarlos y de capturarlos para encerrarlos en zoológicos”. Recientemente muchos autores cuestionan esas políticas de abstención porque, claro -así como nosotros en los casos humanos de sequías o estados fallidos también intervenimos ya sea por desastre natural o por culpa de alguien- con los animales deberíamos hacer lo mismo. Algunos proponen intervenir en casos muy puntuales: por ejemplo si hay una enfermedad y se puede vacunar para evitar que haya una epidemia. Lo cierto es que las intervenciones en la naturaleza ya existen, pero solo cuando benefician a los humanos. Hay parques donde -al ser visitados por los humanos- se logra llenar los estanques con agua cuando hay sequía, para que los animales no mueran y los humanos puedan seguir visitándolo. El planteo es por qué limitar la intervención sólo en casos que benefician a los humanos. Porque esa idea de naturaleza intocada, virgen, de no intervención por su ciclo natural no es real. Sé que es una discusión muy nueva, pero igual hay que tener cuidado también con los argumentos falaces: “el león se come a la gacela, ergo yo puedo salir a matar animales”. Son cosas distintas y una cosa no habilita a la otra.

“Es fácil demostrar que no hay diferencias relevantes entre humanos y animales. El dolor es dolor; no importa si lo sufre una vaca una gallina o un ser humano”

– ¿Se conocen penas por maltrato animal?
-Sí, hay penas contra personas que han maltratado caballos, perros. Son penas de un mes a un año que pueden ser transitadas en libertad. Hay un caso de zoofilia con una perra víctima en La Pampa y un caso de maltrato a un perro en Salta, ambos con cumplimiento de prisión efectiva.

– ¿Qué vigencia tiene el modelo tradicional de zoológico? ¿Se puede reformular ese esquema respetando el derecho de los animales?
-La idea de zoológico -tradicional o no- es siempre rechazable. Son animales que están en cautiverio y a los que se les ha violado el derecho básico de estar en libertad. Pero bueno, cuando deciden cerrar un zoológico como el de Buenos Aires, es cierto que los animales que han nacido o vivido muchos años en cautiverio tienen muchos problemas para reinsertarse en la naturaleza. Incluso a veces no hay naturaleza a la que volver. Pero la solución nunca puede ser tener al animal en exhibición porque eso es reproducir todo lo reprochable: pensar que están a nuestro servicio. Y aunque ahora se hable de que tiene fines educativos, en realidad el zoológico es recreativo y, de hecho, compite con otro tipo de parques destinados al espectáculo. Entonces divertirse exhibiendo animales es absolutamente rechazable y para educarse es innecesario. La solución es enviar a los animales a santuarios, que no son zoológicos, que estén evaluados y calificados por determinadas organizaciones internacionales. Allí se garantiza la vida lo mejor posible a un animal al que ya se le ha hecho un gran daño.

-¿Cómo se hace para transformar la mirada y considerar a los animales como sujetos y ya no como objetos?
– En realidad es un problema que excede mi área, aunque no me es ajeno el hecho de que se trata de una cuestión social, estructural, de habitus. Está tan incorporado que los animales son utilizables, o incluso que hay animales que importan y otros que no, que se deben respetar y otros que no, que muchas personas van portando creencias inconsistentes. Hay gente que se puede horrorizar por el maltrato a algunos animales en determinadas sociedades, pero a la noche llega a la casa y se come una milanesa. Son procesos sociales que hacen que uno disocie las cosas. Es cierto que para cambiar las costumbres se necesita un soporte, porque hay costos sociales al cambiar determinadas prácticas. Cambiar la alimentación -ser el que siempre se sienta a la mesa y no come algo y al que interrogan- es algo que lleva muchos años. Por lo menos empezar a charlarlo y que empiece a ser un discurso legítimo es una primera manera de empezar. También es interesante que la cobertura de los medios sobre el tema haya cambiado en este tiempo reciente. El tema del maltrato animal se toma un poco más en serio y no como nota de color.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *