Rolando Graña: “Hace 35 años que escucho a la izquierda trotskista decir que viene la revolución. No va a venir, muchachos”

Texto: Lucas Malaspina / Fotos: Mariano Campetella

 

Aunque pocos lo saben, el conductor televisivo Rolando Graña, hoy figura prominente de América TV, fue en su juventud una suerte de marxista crítico o heterodoxo. Entrevistador de intelectuales de peso como Cornelius Castoriadis o José María Aricó, el joven Graña también tuvo su breve paso por el trotskismo. Fue miembro del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) de Nahuel Moreno, del cual se decepcionó prontamente, y tuvo un breve período como simpatizante del grupo “Praxis” -liderado por el ahora prestigioso historiador Horacio Tarcus-, que reclamaba la unidad de la izquierda y acusaba de sectarismo a sus vecinos ideológicos.

Graña llega al lugar de la cita antes de tiempo y me sorprende hurgando entre papeles. Me acompaña una selección de ejemplares de la revista “El Porteño” cedidos por su ex compañera de redacción, Olga Viglieca. Cuando las ve se lamenta en voz alta: “Las fui perdiendo todas en mis divorcios”. Mientras las hojea señala con orgullo aquellas tapas que lo tuvieron como arquitecto.

-¿Qué pasa cuando alguien que tiene un bagaje como el tuyo, con una cultura de izquierda fuerte, pasa por la CNN y llega a lugares como el que estás hoy? Es decir, ¿cómo ves ese recorrido que hiciste y qué queda de eso?
-Por ahí puedo empezar contándote de algunas marcas biográficas. Estas cosas no se entienden sólo intelectualmente. Yo soy sociológicamente un producto de un momento de bonanza de la Argentina. Vengo de una familia antiperonista, mi vieja era ama de casa y mi viejo era un ex periodista que luego se convirtió en una especie de tenedor de libros y papeles durante el peronismo -según yo reconstruí, cercano al Partido Socialista-. Mi viejo muere cuando yo era muy chico y mi vieja tiene que dejar de ser ama de casa e irse a laburar de mucama. Pasamos de ser una familia de clase media bien a ser de clase media baja. En cambio, yo tenía relación con el barrio (Florida), el club de rugby (jugaba de ala), la escuela, con gente de clase media alta. Tenía un poco una cosa de parecido y diferente a la vez. Ese mundo de los chetos no me gustaba. No me gustaba el mundo del barrio, eso que después hizo un by pass y se convirtió en el rock barrial. No me gustaban las horas que se pasaban los pibes mirando el motor de un auto o de una moto. A mí no me interesaba, me sentía muy incómodo en el mundo del barrio que además se iba degradando, y también, en el mundo de los chetos. Y poco a poco mi mundo empezó a ser el intelectual.

-En 1979 entraste en la Facultad de Filosofía y Letras. ¿Cómo fue tu primera inmersión en este nuevo mundo?
-Era un clima de absoluta delación, todo el tiempo. El día que me voy a inscribir a Gramática I llevé El beso de la mujer araña de Manuel Puig, la edición de Seix Barral, blanca. Me gusta la escena porque ilustra el choque de dos normas literarias. La facultad estaba tomada por lo que era la cultura de La Nación, de la revista Sur. La revista Sur en su decadencia, en el sistema, Sur pasa al diario La Nación, se convierte en el discurso literario del diario y en su decadencia, ya viejo, en los años 70 y 80 era lo que quedaba en la Facultad de Filosofía y Letras. Uno de estos ejemplares de la cultura, del discurso Sur, después de haberse vuelto justificadores de los represores y qué se yo, era Claudio España, que era a su vez crítico de cine en el diario La Nación. Era uno de los jefes de la cátedra de Gramática I, de [Ofelia] Kovacci que me ve -yo venía a entregar el talón para que me inscribiera en tal práctico- y me dice: “Señor, ¿ustéd no sabe que ese libro está prohibido en la Argentina?”.

-Un clima policíaco.
-Era un clima policíaco intelectual, esto era lo más enloquecedor de la dictadura. Y como todas las experiencias que pasan por el cuerpo, si no la viviste no la terminás de entender de manera cabal.

“Las herramientas del marxismo sirven para analizar, para la resistencia, para saber por dónde pasa el poder, para hacer una radiografía del poder, pero no sirven para gestionar”

Ya en Letras, el joven Graña retomó un primer contacto que había tenido con militantes de izquierda de lo que era en aquel entonces el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), predecesor del viejo Movimiento al Socialismo (MAS). Pero entonces, un episodio marcaría su ”primera desilusión con la cultura de izquierda”.

Era 1981 y una joven compañera de militancia llamada Shirley Pfaffen se casó con Julio Spina, uno de sus mejores amigos. Pero Spina había militado en la JUP y había estado un año en la clandestinidad, y los dirigentes del PST quisieron exigirle a la mujer que se separe. “Que él es un ex montonero, que esos tipos cantaron en la tortura… Argumentos de un nivel de psicopatía y prejuicio que no se condecían con nada”, recuerda Graña. El asunto subió de tono, terminó con uno de los jefes del movimiento intentando pegarle a Pfeffen y con Spina interviniendo a punta de cuchillo. “El delirio de esta gente, prohibir la vida cotidiana y la intimidad de alguien me llamó mucho la atención. Esa primera experiencia me marcó mucho con lo que era la militancia, eso no tenía nada que ver con lo intelectual”, recuerda.

-¿Cómo viviste esos años finales de la dictadura, que así mismo es el momento de una reelaboración de tus propios puntos de vista?
-Aunque parezca que no -y mirado desde la distancia todo es igual-, cuando vos te acercás a los periodos de la dictadura hay un cambio efectivamente en el paso del 79 de Videla a Viola, hay una cierta relajación intelectual, un crecimiento de una revista Humor, las películas de Aristarain, algunas cosas que se empezaron a filtrar en diarios como Clarín, incluso. Su suplemento cultural. También hay un poco de hartazgo que se empieza a manifestar. Pero en el 81 hay un retroceso reaccionario que da miedo. Secuestran a Julio Bárbaro, lo cagan a trompadas, lo tiran por ahí. Y Camps publica el libro con los interrogatorios bajo tortura a Jacobo Timerman. En ese libro, Timerman supuestamente decía que el contacto del ERP con el diario La Opinión durante el secuestro de Oberdan Sallustro era José María Pasquini Durán, el padre de Claudia (quién más tarde sería esposa de Graña), que había sido jefe de política en La Opinión. El contacto al final no había sido él pero la mera publicación de eso desencadena una ofensiva de Coordinación Federal sobre lo que quedaba de la familia de Pasquini Durán acá… En cuestión de dos meses, allanan la casa de Claudia.

-Encontraron algo valioso en ese operativo…
-El encargado del operativo fue Arias Duval, que ahora está preso, con una anécdota divina. Mirá qué loca es esta historia, una metáfora de lo brutos que eran estos hijos de puta. Rodolfo Walsh, cuando tiene que pasar a la clandestinidad le da su biblioteca a Noé Jitrik. Noé y Tununa Mercado se van a vivir a México, esa biblioteca quedó en algún depósito en baúles de madera, me acuerdo como si los tuviera adelante. En algún momento Noé le dice a José María que por qué no recuperaban la biblioteca de Walsh que estaba en un guardamuebles. La recuperan. La llevan a la baulera de una casa que quedaba en Rosario 214, frente al Parque Rivadavia. Ahí vivía Claudia. Claudia y yo con lágrimas en los ojos abrimos esos baúles y expurgamos la biblioteca de Walsh. Y tiramos con dolor cosas. Por ejemplo, el padre de Tununa Mercado era camarista y tenía una copia del expediente del ERP en Tucumán, imaginate que en esa época no existían las fotocopias. Los allanamientos, los partes, cómo había nacido el ERP, la compañía de Monte… La tuvimos que tirar. Eso venía por Tununa. Teníamos libros de Conti dedicados a Walsh… Yo me llevé -a mí quién me iba a agarrar- un tomo de las obras completas del Che anotadas por Walsh, colecciones completas de Casa de las Américas. En el allanamiento, Arias Duval agarra el teléfono y dice: “Sí jefe, acá estuvimos revisando todo, no encontramos nada, no, no. Mucho Vargas Llosa, mucho García Márquez, pero subversivo subversivo no hay nada”. Ese fue el primer allanamiento. Y en ese contexto es que yo empiezo a salir con Claudia.

-¿Y cómo sigue tu relación con la militancia a partir de ese momento?
-Ahí es donde se mezcla la vida emocional y la vida política ideológica, claramente uno sabía dónde estaban los malos y uno se colocaba del otro lado. Los malos eran ellos, eran brutos, malos, no tenían nada que ver con mis valores. Por ende si estos eran los malos, mis valores eran otros. Los libros, la izquierda, todo lo otro. Porque era la resistencia a los malos. Pero yo entendía que eso no quería decir que la resistencia a los malos tuviera criterio de secta como tenía la militancia que me proponía el trotskismo. En esto coincidíamos mucho con Claudia. A partir de ahí siempre tuvimos algún grado de militancia independiente, de compromiso, pero siempre desde la independencia, nunca desde la militancia orgánica, con escalafones. En Letras nosotros fuimos los que dimos el debate para modificar el plan de estudios. Fue en el 84. Le dimos vuelta la carrera. El tipo que promueve el cambio del Plan de Estudios es Enrique Pezzoni, que era del esquema Sur. Sin embargo, intelectualmente honesto, entiende que esos viejos carcamanes hay que echarlos a la mierda y nos deja correr con la modificación para poder tener cátedras paralelas y seminarios.

“Yo puedo sentarme a hablar con un ladrón, con un policía, con un agente de la Federal o de un servicio de gendarmería o de quién sea pero no hay plata. Yo no soy su empleado”

A caballo entre la academia y el periodismo, Graña empezó a trabajar en la revista del CISEA, el think tank del alfonsinismo, poco después de la victoria de la UCR en las elecciones presidenciales de 1983. “Ahí fue mi segunda gran desilusión de la incoherencia de algunos personajes de la izquierda -recuerda-. Andrés Rivera, el director de la revista, nos echó como a unas ratas. Justo él, que vivía recordando lo valiente que había sido en el Cordobazo, qué se yo y qué se cuanto. El radicalismo final era una mierda. Era como se van a convertir estos en cualquier momento, con la coartada de la democracia podían hacer cualquier barbaridad. La idealización de Alfonsín yo no me la fumo”.

En 1985, el periodista había quedado en la calle. Tenía 24 años y, como estudiante, logró ganar una beca cuyo tutor era Carlos Altamirano para hacer un análisis de los suplementos culturales durante la dictadura, a partir de un incunable que él mismo constituyó. Entretanto, trabajaba en una librería ubicada en Cabildo y Sucre. A pesar de un final disgustante, en la sobremesa del CISEA -“que era la mesa del regreso de los exiliados de la dictadura”- Graña conoció a Osvaldo Soriano.

-¿Cómo se produce tu vínculo con Soriano?
-Con Osvaldo, durante ese año 85 yo había tenido una relación muy cercana porque yo le corrijo A sus plantas rendido un león. Corrijo con un nivel de pasión e intimidad que él me llamaba a las 12 de la noche, y me decía “¿Qué estás haciendo? ¿Podés venir a casa?”. La Boca, me tomaba el 29. Nos quedábamos discutiendo, charlando. Un día me acuerdo que el hijo de puta quería cortar media novela… Y así nos pasamos noches y noches discutiendo sobre la novela. Tanto es así que tengo el ejemplar que me regala cuando sale la novela que dice “Para Rolando Graña, con afecto. Algunas páginas de esta novela permanecen aquí por tu fervor y tu amistad”. Era mi hermano mayor. Tanto, que él y yo tuvimos hijos juntos. Su único hijo, Manuel tiene 6 meses más que mi hijo Juan, el mayor. Y en homenaje, en Una sombra ya pronto serás Osvaldo me dedica un párrafo: un personaje va caminando y lee que en un recorte que un tal Juan Floreal había hecho un gol de penal. Juan Floreal es mi hijo.

Junto a Soriano aparecen otros nombres célebres de la izquierda argentina entre los que Graña, con encuentros y desencuentros, fue forjando su posición. Con Luis Zamora discutió porque el dirigente político -al igual que muchos otros- apoyaba la Guerra de Malvinas. Con Jorge Altamira se sigue juntando a comer. Pero a quien rescata como la gran luminaria de aquel momento es a León Rozitchner. “En León confluían todos, porque sabían que era el mejor, el más brillante, el más ético. Piglia, Gelman, lo que quieras. Todos conocían a León. Con todo lo cabrón y lo hinchapelotas que era”, dice, y comenta que él grabó las memorias sexuales del filósofo. “Maravillas. Él se va de la Argentina reaccionaria y llega al París de posguerra, y cogía todas las noches. Marcaba en la pared el nombre de cada mina con la que estaba”.

-¿Cómo articulas toda esa formación intelectual ante la realidad actual?
-El otro día leía una nota, he tenido una pelea histórica con Caparrós, pero es la primera vez que coincido con él en mucho tiempo. Publicó en Infobae un racconto de cómo era la Argentina en el 75, desarrollo de pobreza, de desempleo y decía: “en un país así, ¿tenía sentido un discurso revolucionario maximalista o al final a lo largo de la historia las guerrillas no terminaron siendo una coartada para la represión?”. Yo no soy adepto a las teorías conspirativas, pero si uno mira la serie histórica, el fracaso de la lucha armada generó la dictadura, el plan económico y desde entonces aquella pobreza estructural que pasó de estar en el 4% a un piso del 25%. Ahora habría que hacer una revolución, no en el 75 (se ríe). Ese contexto, lo que pasa alrededor primero es lo que tiene que permitirnos una buena lectura de la realidad. Para hacer una buena lectura de la realidad yo sigo pensando que es el materialismo histórico, las herramientas que dio el marxismo como gran corriente intelectual, lo único que te permite hacer una lectura correcta de la realidad. Pero no lo único. Mas lo mejor, no lo único. Cuando cae el Muro de Berlín en el 89, yo había leído un artículo muy interesante de Hobsbawm que decía: “No es el final del marxismo, es el final del leninismo”. Y yo creo que el punto es hasta dónde llegan las izquierdas en la práctica. Las herramientas del marxismo sirven para analizar, para la resistencia, para saber por dónde pasa el poder, para hacer una radiografía del poder, pero no sirven para gestionar. A mí me ha tocado gestionar estructuras complejas, redacciones, empresas…Y la verdad es que a esta altura de mi vida, y parado en este lugar, a mí lo que me inquieta es que esa herramienta tan lúcida que te permite ver la realidad de los problemas, de los diagnósticos y quiénes son los buenos y los malos no se cristalice y sea una coartada para el inmovilismo.

“Todo lo que tiene que ver con la pureza ideológica me suena a la pureza racial aria. Y cada vez estoy más alejado de los fundamentalismos”

-¿Es complicado meterse en las tramas judiciales, de la inteligencia, de la policía, toda la cuestión securitaria que tiene un gran peso en tus elecciones temáticas?
-¿Por qué yo puedo atravesar todo eso? Me van a decir que trabajo para la SIDE, para esto, para lo otro. Porque hay algo que no te tiene que tocar, que es la guita. Si uno caza guita… Yo puedo sentarme a hablar con un ladrón, con un policía, con un agente de la Federal o de un servicio de gendarmería o de quién sea pero no hay plata. Yo no soy su empleado. Soy un empleado de América. Ni siquiera, soy un tercerizado que le vende el servicio. Como no hay plata de por medio, uno decide. En todas las oportunidades que yo tuve que discutir con gente de esa calaña, siempre dije lo mismo. “Mirá, mientras lo que vos me estés contando yo lo pueda verificar y en nuestra relación no haya ni plata ni apriete, nos vamos a llevar bien”. El resto, si uno elige este laburo, sabe que no es que vas a andar en la pureza ideológica. Por otra parte, a mí me da desconfianza, todo lo que tiene que ver con la pureza ideológica me suena a la pureza racial aria. Y cada vez estoy más alejado de los fundamentalismos. Yo desconfío de los discursos armados en base a lugares hechos, que se basan más en la credibilidad del emisor que en la solidez del argumento.

-¿Cuál es tu relación más fuerte con los personajes de la izquierda actual?
-Tengo una relación muy linda con el Pollo Sobrero, muy franca. Acá mismo almorzando le decía “Dejate de joder, ¿qué hacés en ese partido de mierda? Te maltratan, sos el dirigente más carismático y ni siquiera te ponen de candidato, sos un pelotudo”. “Sí, es verdad, pero ¿vos qué harías?” “Yo que vos me convierto en el primer intendente trotskista de América Latina. Me presento a intendente de Morón. Total en el municipio no podés hacer la revolución pero sí podés mostrar que tenés honestidad y un criterio alternativo para gestionar”. Y el Pollo quedó encantado, después no se animó. “Vos hacé las alianzas que yo te ayudo a pensar el modo de gestión”. A mí me interesa la cuestión de la gestión de los quilombos del conurbano. Con los intendentes, con las ONG, con la villa. Le digo al Pollo: “Mirá, si vos empezás una gestión socialista inteligente, a tu nivel en el municipio lo mejor que podés hacer es hablar con Ishii”. “¿Con ese hijo de puta?”. “No, boludo, vamos a hablar con Ishii”. Imaginate, Ishii, Cariglino, el Pollo Sobrero y yo, cuatro para la foto. El Pollo me decía “¿A dónde carajo me trajiste? ¿Qué van a decir mis compañeros?”. “Callate, sonreí para la foto. ¿Qué van a decir?” ¿Por qué yo lo llevé a hablar con Ishii? Porque en su locura, es el único tipo que hace una gestión como la que debería hacer la izquierda. Estatizó todo, todo es municipal y el principal empleador del municipio es el polo industrial del municipio. El tipo fabrica su propio alambre, su propio cemento, sus columnas, las ventanas de los colegios, las camas de los hospitales. Con esto se ahorra un 50% del presupuesto. Y el Pollo quedó con orgasmos a repetición viendo el polo industrial de Ishii. Entra ahí con su poncho y es Nerón. “Maaario, te adoramos”. En José C. Paz, que no tiene un carajo de laburo, que le paga 10 lucas por mes como empleado municipal… Las minas que hacen macetas, los desdentados que hacen alambres. Ahora bien, efectivamente no están en el convenio de la UOCRA, son empleados municipales pero es lo que se puede hacer. Eso me parece es el límite de la izquierda hoy. A la hora de resistir es mucho más fácil cuando tenés un malo claro. Esta es una época buena, todos sabemos que Macri va a hacer desastres, nos va a cagar a todos. El kirchnerismo era más difícil. ¿Cómo te parabas frente al kirchnerismo? ¿Cómo te parabas? ¿Qué cosas criticabas? Siempre hay que tener posiciones matizadas.

“No estaba mal la AUH, los juicios a los militares, había cantidad de cosas que deberían haber sido profundizadas, pero ahora la discusión queda para el recuerdo. El problema está en que si uno se queda solamente siendo un discurso de resistencia, tiene un límite dramático”

-Crees que la izquierda no fue suficientemente matizada en su caracterización del kirchnerismo.
-Creo que no entendieron algunas cosas. El kirchnerismo era un sistema esquizofrénico perfecto, pero tenía que ver con la complejidad de las alianzas de gobernabilidad en la Argentina. Pero a mí me parece que hay cosas que, con el gobierno que más llegó a la izquierda en el periodo democrático, la izquierda tenía que haber sido un poco más cuidadosa. Solamente eso. Habría que haber ido por más. No estaba mal la AUH, los juicios a los militares, había cantidad de cosas que deberían haber sido profundizadas, pero ahora la discusión queda para el recuerdo. El problema está en que si uno se queda solamente siendo un discurso de resistencia, tiene un límite dramático. Si vos no generás algún modelo de gestión y te quedás esperando que las cosas cambien desde arriba en un día… Hace 35 años que vengo escuchando a las distintas facciones de la izquierda trotskista diciendo que ya viene la revolución. No va a venir, muchachos.

-Desde los tiempos de Alfonsín hasta ahora con el proyecto de La Izquierda Diario y algunas de las figuras más mediáticas del FIT… ¿No creés que haya cambiado algo?
-No, porque no cambia en lo profundo. No gestionan nada. Los sindicatos que gestiona la izquierda son seccionales. El día que empiecen a gestionar presupuestos, vean los límites y gestionen con honestidad y tengan que convivir con disidentes internos se les va a ver el pelaje. Y ahí van a aprender. Lo que han hecho en la FUBA es una vergüenza. Atrincherarse en las fotocopiadoras para recaudar es una vergüenza. Las maneras que han tenido las peleas en los centros de estudiantes del Buenos Aires y del Pellegrini… ¿En nombre de que vos tenés razón hay patotas buenas? Vamos.

-Ahora tenemos al tema de De Vido con los macristas diciendo que la izquierda fue funcional a los K. En realidad, la izquierda ha sufrido en carne propia al kirchnerismo, como en el caso Mariano Ferreyra…
-No, eso no. Porque yo no votaría con el macrismo si fuese un diputado de izquierda. Para empezar a hablar, está claro que ellos son los malos. No votaría nada del macrismo. En el caso del kirchnerismo, votaría en defensa propia. Cualquier persona que tenga una mirada de izquierda sabe que lo que va a haber es una agudización del conflicto social. Con la misma coartada de que sos chorro, un día te van a echar porque sos cortador de ruta. Eso sería una pelotudez. Parece que el kirchnerismo y la izquierda van a pagar mucho por el choreo y por la defensa que ellos han hecho… “Es el poder que nos persigue”, decía De Vido. No, macho, te lo llevaste.

-¿Y la izquierda va a pagar por eso?
-Sí, porque es demasiado sutil pensar que en Argentina la gente distingue entre la izquierda marxista e izquierda peronista. Andá a Venezuela. Meten miedo. Yo no sé si quiero vivir ahí. Yo fui a la Venezuela de Chávez, fui a cubrir la muerte de Chávez y quedé deslumbrado con lo que habían hecho. Y volví tres años después y me quise pegar un tiro en los huevos. Todo lo que habían deshecho. Y siempre la culpa la tienen los de afuera. A lo que voy, la falta de una capacidad de gestión hace que vos la culpa la pongas en los de afuera. Y esto funcione como una coartada tranquilizadora de tu propio fracaso. Si la culpa la tienen los de afuera, necesitás pureza ideológica, conspiración, hay un infiltrado. Cuando entrás por ese camino, cagaste. Ya no sos más una fuerza transformadora, sos una fuerza conservadora.

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