Roberto Canessa, sobreviviente de la tragedia de los Andes: “En los límites, aflora lo mejor”

Texto: Gustavo Grosso / Ilustraciones: Sofía Martina

 

A los diecinueve años, Roberto Canessa -junto con Nando Parrado-, dejó atónito al mundo. Era diciembre de 1972 cuando aparecieron vivos en Chile tras escalar la cordillera de los Andes durante diez días, para guiar el rescate de sus catorce amigos atrapados en el fuselaje, dos meses después que el avión en que volaban se estrellara contra las montañas. Canessa se graduó como médico cardiólogo pediatra y formó una familia. Fue galardonado tres veces con el Premio Nacional de Medicina en Uruguay y en 2015 fue designado Honorary Fellow of the American Society of Echocardiography. Además de dictar conferencias de liderazgo para empresas, actualmente es jefe del Departamento de Ecocardiografía y Cardiología del Hospital Italiano de Uruguay y colabora con una red integrada por prestigiosos colegas en todo el mundo. La delgada línea entre la vida y la muerte se transformó en un catalizador para el resto de su vida. Canessa traza un paralelismo único y fascinante entre el tratamiento de cardiopatías congénitas muy complejas a niños recién nacidos y en gestación, y las decisiones difíciles de vida o muerte que fue forzado a tomar en los Andes. Lo que sigue, es el resultado de una charla con Canessa, auntor junto al escritor Pablo Vierci del libro Tenía que sobrevivir, un conmovedor relato de vida, de esperanza y de compromiso.

-En todos estos años, muchísimas veces le habrán preguntando sobre su experiencia en la cordillera, habrá relatado mil veces aquellos días, ¿cuáles son ahora sus desafíos en la vida? ¿Qué fue lo bueno de aquella tremenda circunstancia?
-La pregunta que intenta responder el libro Tenía que sobrevivir – Cómo el accidente en los Andes inspiró mi vocación para salvar vidas, es por qué una persona que vivió en el umbral de la vida y la muerte cuando tenía 19 años, se dedica, en su vida posterior, a tratar niños y fetos que también están en el umbral de la vida y la muerte. Advierto con las repercusiones que está teniendo el libro, que a los lectores les llama la atención que una persona que estuvo tanto tiempo al filo de la muerte, haya elegido para vivir y trabajar otra situación límite, tal vez la situación límite más sensible que se pueda imaginar, el palpitar de los corazones de los niños y los fetos que todavía no nacieron. No puede haber seres más vulnerables, porque los niños que todavía no nacieron, que padecen cardiopatías congénitas, tienen aún menos que nosotros en la montaña: ni siquiera tienen una foto: apenas tienen una ecografía. Nosotros en los Andes nos pasamos esperando el rescate que jamás vino. Por el contrario, la sociedad civilizada nos había decretado muertos, por lo que fuimos nosotros los que tuvimos que salir a buscar a los rescatistas, que terminó siendo un arriero, uno de los hombres más íntegros y generosos que conozco, Sergio Catalán. Pues aprendimos que el rescate no siempre viene, cuando estás en una situación muy vulnerable. Y la vida me dio esta segunda oportunidad, donde en lugar de esperar el rescate, yo soy el rescatista que nunca apareció en 1972. Yo trabajo de “arriero”, de rescatista de estos niños con severas cardiopatías que también, en muchos casos, están “decretados muertos”, porque están desahuciados, como lo estuvimos nosotros en el 72. Entonces la peripecia de los Andes no solo me dio la oportunidad de trabajar en el resto de mi vida en ese rol de rescatista, sino que tuve que hacerlo con una responsabilidad suplementaria, porque no era yo solo, sino que era yo en representación de los otros 29 que no volvieron, y que, con sus cuerpos, nos ayudaron a sobrevivir. Entonces yo actúo por mí, pero también siento que actúo por ellos. Cuando llegué a Montevideo de la montaña y recorría las casas de las familias de los muertos, me daba cuenta que yo no podía llevar cualquier tipo de vida. Porque, ¿qué dirían esos familiares, que nos recibieron con tanta ternura? ¿Podía hacer una vida fácil, dedicada exclusivamente a mí y a mi círculo más íntimo, o tenía que hacer una vida muy digna, la más pródiga posible, en homenaje y en representación de todos ellos?

-Usted ofrece conferencias sobre liderazgo, es director de equipos médicos, ¿cuál es la importancia de trabajar en equipo?
-En la montaña aprendí que los equipos que funcionan son aquellos donde cada uno da lo mejor de sí. La sociedad de la nieve que se creó en la montaña es un ejemplo cabal de equipo en este sentido. Todos formamos parte de un organismo, que resultó ser muy generoso, porque nuestras prioridades, además de huir, eran atender a los heridos, a los que estaban peor. Y descubrí, y esto no me lo contaron sino que lo viví, que una situación límite, extrema, la más dura imaginable, la más humillante imaginable, permite que aflore lo mejor del ser humano, no lo peor, como dicen esas profecías apocalípticas, de que en los momentos límites aflora el “lobo”, los saqueadores tras los huracanes o las grandes desgracias. Yo viví lo contrario. Afloró un equipo estrecho, magnánimo, donde todos aportaban lo que podían, algunos la fuerza física, otros el ingenio, otros la inteligencia, otros el humor y otros, y esto fue clave, la ternura.

“Nosotros en los Andes nos pasamos esperando el rescate que jamás vino. Por el contrario, la sociedad civilizada nos había decretado muertos, por lo que fuimos nosotros los que tuvimos que salir a buscar a los rescatistas”

-Una afirmación suya es que “hay momentos en la vida en que se te cae el avión”. ¿Qué le diría a aquel que puede estar atravesado por esa instancia?
-Que la mayoría de nosotros tiene mucho más de lo que necesita y hace mucho menos de lo que puede. Y no hay que esperar a que “se te caiga el avión”, porque si se te cae, te das cuenta, en una fracción de segundo, todo lo que tenías y lo que podías hacer por otros, y no aprovechaste, o no hiciste. Y un avión se cae de las maneras más impensables y en los momentos menos esperados. Cuando diagnostican un cáncer, cuando diagnostico una cardiopatía congénita. Y con esas madres, en esos momentos, cuando se les “cae el avión”, yo sé que puedo ser muy útil, porque ya viví todas esas sensaciones.

-¿Cómo y por qué decidió ser uno de los sobrevivientes que enfrentó la nieve y las alturas en búsqueda de ayuda?
-No fue una decisión mía, yo no soy de los que sale primero corriendo a arriesgar su vida. Yo veía como otros corajudos hacían las primeras expediciones y fracasaban, y volvían destrozados, porque la experiencia de los Andes está llena de fracasos, y algunos éxitos. Yo analizaba cómo llegaban, y me preguntaba qué estábamos haciendo mal. Y un día se terminaron esos corajudos. Y ocurrió una anécdota que para mí fue definitiva. Un compañero, que luego murió, Arturo Nogueira, que tenía las piernas quebradas, me dijo: “Qué suerte tenés vos, Roberto, que podés caminar por los demás”. Fue como una centella que me penetró la mente y el corazón. Pero Arturo me hizo ver que yo tenía una responsabilidad que él no podía asumir, y yo sí podía. Y así fue que formé parte de los escaladores, junto con Tintín y Nando, y luego del tercer día de caminata, con Nando.

-¿Cuál es la relación que puede establecer entre aquella lucha por salvar su vida y su trabajo por salvar la vida de niños enfermos?
-Hay muchos médicos que se ponen al hombro los pacientes, como dicen que yo lo hago. Pero la tragedia de los Andes tiene una aureola especial, a nivel global, y eso me ha permitido que me abrieran las puertas los principales centros médicos del mundo. Por eso puedo hacer ateneos de pacientes de hospitales públicos uruguayos en forma virtual con centros médicos de primera línea en todo mundo. Y eso es usar a lo que me sucedió en los Andes de una forma que considero digna. De esa forma estoy honrando, creo yo, a los 29 que murieron en la tragedia del 72. Mis amigos médicos de la Universidad de Harvard dicen que soy un “country doctor”, y fundamentalmente sostienen que soy un “doctor sabio” no por lo que sé, sino por cómo encaro la medicina, porque, como me dicen, “sabes de cosas que no están en los libros, ni en Internet”. Estuve en el umbral de la vida demasiado tiempo, en esa zona gris, más muerto que vivo, y regresé a la vida no solo para contar la historia, sino para trabajar en eso que había aprendido. Y eso, según estos médicos muy prestigiosos de todo el mundo, es muy importante para la medicina.

-Por su vida y por su profesión, usted sabe mucho de corazones (también de corazones abiertos) ¿que se puede lograr abriendo el corazón, haciendo frente a los desafíos?
-Esto que preguntás lo estamos viendo cuando presentamos el libro en Uruguay, en lugares públicos, abiertos, donde vienen muchedumbres. Y creo que no vienen específicamente a una presentación de libro. La gente llega buscando un lugar de intercambio de emociones, donde ellos y nosotros salimos más enriquecidos.

“Estuve en el umbral de la vida demasiado tiempo, más muerto que vivo, y regresé a la vida no solo para contar la historia, sino para trabajar en eso que había aprendido”.

Y además, en muchos casos los eventos se hacen para apoyar a la Fundación Corazoncitos, lo que también colabora para darle un contenido diferente a estas experiencias de ida y vuelta. El evento resulta como una cruzada contra el individualismo, contra el egoísmo. Eso a su vez reordena las prioridades de las personas. La gente no cambia, mejora. Pero a veces necesitamos empujoncitos. En la cordillera nosotros precisábamos un empujoncito, que nunca llegó. Entonces yo intento dar empujoncitos a personas en dificultades que se me cruzan en el camino, que tropiezan con mi vida.

-¿Por qué eligió a Pablo Vierci para trabajar en la edición de su libro?
-Cómo te decía, el libro trata no solo de mi experiencia en los Andes, sino fundamentalmente cómo esa experiencia definió mi vida posterior, con 35 años dedicándome a una de las áreas más delicadas de la medicina, como es la cardiología pediátrica de recién nacidos y fetos con cardiopatías congénitas. Lo que le propuse a mi amigo y coautor, Pablo Vierci, fue intentar encontrar y explicar las conexiones, muchas veces intangibles, entre una adversidad extrema, como fueron los 72 días en los Andes, cuando tenía 19 años de edad, siendo estudiante de segundo año de medicina, y a lo que me dediqué en mi vida posterior, intentando salvar vidas de más de 100 mil niños, mis pacientes a lo largo de mi vida. Y con Pablo somos amigos desde la infancia, nacimos a 70 metros de distancia, nos conocemos desde siempre, fuimos al mismo colegio, jugábamos en el mismo equipo de rugby, él era compañero de clase y amigo de Nando. O sea, él, además de ser un reconocido escritor con mucha experiencia, tenía el background necesario para esta experiencia, que es una búsqueda: encontrar los hilos de titanio y cristal que vinculan aquel pasado que no puedo cambiar y este presente vivo, que cambia todos los días, con nuevos pacientes y nuevos desafíos, en una disciplina como la cardiología pediátrica que avanza vertiginosamente. Y en esto claro que yo no soy muy objetivo, porque se está hablando de mi vida. Incluso de mi inconsciente, de muchas cosas que yo no había advertido, pero que en los diez años que nos llevó terminar el libro, salieron a la luz. Como me dijo ayer un lector: “cuando llegué a la última página, me di cuenta que es un libro que extrañaba antes de leerlo”.

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