Pedro Mancini, el niño híper estimulado que inventó la infancia de William Burroughs y la adultez de un Alien Triste

Texto: Eduardo D. Benítez / Fotos: Estrella Herrera

 

Sucedió unos años atrás en el mes de marzo. Seguramente se trató de una de esas noches donde el sopor de la tarde va amainando y da paso a una brisa dulce que deja intuirse como un rasguño ligero sobre el tendido eléctrico y pone a correr, de a corcovos, la basura en la calle. Para Pedro Mancini todo comenzó con la rotundidad de un “no”, en la medianoche de un verano compacto en el conurbano de su infancia. Historietista a contrapelo del mundo, como tantas otras veces, prefirió el ostracismo. Ante la invitación de sus amigos para salir de festichola eligió quedarse dibujando en la soledad de su cuarto. No era la primera vez, pero esa noche sí fue una novedad el hecho de que decidiera plasmarlo en una tira formada por tres viñetas. Así todo comenzó a mutar de manera acelerada.

De la construcción real e imaginaria de esa “cueva” emplazada en el corazón del oeste nació Alien Triste, el libro que le dio notoriedad definitiva a Pedro Mancini. Y de esa manera comenzó a forjar una mitología de sí mismo como hombre retraído que goza en solitario de sus gestas creativas a puro trasnoche. “Fue así. Esa noche me quedé dibujando, hice una tira rápida, la escaneé como el culo y la subí a Facebook. Alien triste surgió haciendo algo medio deforme. Todos los primeros originales están hechos en hojas de mierda, impresentables. En las redes sociales encontré una respuesta inmediata, pasó algo distinto con este formato bien directo”, refuerza el anecdotario.

Entre las miles de historias posibles donde la convivencia entre las ratas y los seres humanos pueda gozar de una armonía triunfal, está la que construye Pedro Mancini escenificada en una locación bien precisa: el barrio de Haedo. Aunque también puede ser Ituzaingó, Morón o algún otro rincón del oeste donde el historietista vivió y se ejercitó en la formación de una imaginería alucinada poblada de bichos, dinosaurios, heladerías favoritas y amigos del corazón. Cualquiera que se proponga caminar los barrios del oeste después de haber leído Alien Triste o No soy Hordak, summa autobiográfica que acaba de editar Loco Rabia, probablemente esperará en cada esquina alguna escena pesadillesca, lindante con la ciencia ficción. Cualquiera que asuma el viaje de revisitar la infancia del escritor William Burroughs en su libro Detrás del ruido -recientemente publicado por Hotel de las Ideas- se encontrará con que la niñez no es un territorio colmado de dicha, globos multicolores y golosinas a granel. Más bien será una niñez macabra, parecida a la que podemos encontrar en los libros ilustrados por Edward Gorey.

Donde muchos adivinarían abismos, Pedro Mancini teje vasos comunicantes. Desde la lectura de comics de “He-Man” e historietas basadas en series de televisión como “Thundercats” y “Las Tortugas Ninjas” hasta los relatos afiebrados de David Lynch, se tensa una educación sentimental que condensa gesto ñoño y trastorno alucinatorio en un mismo brebaje. Y ese arcón variopinto de usos culturales ya estaba presente en exploraciones que nos retrotraen una década hacia atrás: cuando daba un salto épico con la revista “Ultramundo” del Colectivo Niños que integró junto a Darío Fantacci y Santiago Fredes.

Por lo demás, las señas ficcionales parecen bien precisas: Mancini se impulsa a sí mismo como un “hombre crustáceo” algo desvencijado y reducido a un único atributo: dibujar por las noches en una soledad apremiante. Figuración algo sombría de un tipo que se identifica como un “aparato, tirando a nerd”. “Siempre fui un niño híper estimulado y consentido. Me llevaban mucho a ver teatro y títeres. Mi abuelo era actor”. Se refiere a Ricardo Passano, actor célebre, llamado a convertirse en el campeón del melodrama en plena edad de oro del cine argentino entre las décadas del 30 y la del 50.

-¿Cómo repercutió en vos el hecho de que tu abuelo fuera un actor reconocido?
-De manera zarpada. Era un chabón híper delirante. El tipo fue un muy famoso actor de cine de la era pre peronista. De un cine de palo comercial, hollywoodense, con ese estilo de actuación bastante exagerada. Filmó con Lolita Torres. El padre de mi abuelo era comunista, había fundado un teatro independiente que se llamaba La Máscara. Mi abuelo estaba medio en babia, no era muy político, pero por tener el apellido de su padre le cortaron el mambo durante el peronismo y le trabaron la carrera. Tuvo diez años de fama total con tapas de revista incluidas. Pero de golpe se quedó sin laburo y no sabía para dónde agarrar.

“Creo que la máxima de mi familia sería: “no disfrutes demasiado las cosas porque todo se puede derrumbar con el tiempo”. ¿Cómo no me van a salir naturalmente los personajes derrotistas?”

-Después tu abuelo estuvo bastante vinculado a Narciso Ibáñez Menta, no?
-Si, tuvieron una linda relación. Ese era un costado bastante flashero. A mi abuelo lo habían encasillado en el laburo de galán de peli romántica, porque era muy fachero. Pero él sentía que tenía pasta para un teatro más dramático. Cuando Narciso lo llamó para hacer obras más de su palo como La muerte de un viajante, de Arthur Miller, le agradeció eternamente porque le había dado la oportunidad de desplegar un estilo menos estereotipado.

-¿Y qué recuerdos tenés de tu infancia con él?
-Me acuerdo que era magia pura. Yo entraba a su habitación, en una casa antigua de piso de madera, y él estaba pasando letra con una capa de Drácula. Había una mística muy especial alrededor de él. Para mí, mi abuelo era como un vampiro, un personaje misterioso. Curtió ese cine más comercial, pero él se consideraba un actor de teatro al que no le habían dado oportunidad en el cine. Respiraba un poco la magia pero también la frustración de no poder hacer aquello para lo cual había nacido. Vos mirás las películas ahora y no se pueden ver, son difíciles: Juvenilia (1941), Se abre el abismo (1945) Bólidos de hacer (1950), Ritmo, sal y pimienta (1951). Era un cine hiper inocente, romántico, exagerado. Cuando lo pude ver en teatro fue un flash distinto. Después de unos cuántos años de estar en las sombras le dieron nuevamente un poquito de bola y volvió a hacer cine, novelas y series.

-¿Qué quiere decir que estuvo en las sombras?
-Y…mirá…hace poco me pasaron las listas negras de artistas que no podían actuar durante el peronismo. Es un tema re espinoso porque yo simpatizo con ciertas cosas pero de golpe hay situaciones complicadas, esa es una parte oscura… y en ese momento le jodió la vida a mi abuelo. Pero bueno… no es lo mismo vivir ahora que hace cincuenta años. Entiendo que el peronismo es muy complejo, no se puede reducir. Si me tuviera que llevar por lo que vivió mi familia, yo tendría que ser antiperonista directamente. Sin embargo, ahora encuentro que la mejor realidad posible sería con el peronismo. Aunque parezca una contradicción total.

-En casi todos tus libros hay una insistencia por retratar personajes un poco derrotados…
-Porque no puedo salir de mí mismo. Tal vez tiene que ver con esa característica de mi abuelo, que impactó a toda mi familia, de ser consciente de que te puede ir muy bien pero después te puede ir como el culo. Creo que la máxima de mi familia sería: “no disfrutes demasiado las cosas porque todo se puede derrumbar con el tiempo”. ¿Cómo no me van a salir naturalmente los personajes derrotistas?

-Solés trabajar desde lo fantástico… ¿qué tipo de mirada sobre el mundo te permite el uso de ese género que no te permitiría un registro más realista?
-En principio me permite divertirme y contar cosas cotidianas de otra forma. Estoy ligado a ese mundo de lo fantástico porque me impactó desde chico. Para mí, crear tiene una ligazón con el juego, con lo lúdico. En el campo de lo fantástico no hay reglas, puedo tironear de la realidad e ir para cualquier lado. Puedo mostrar el conurbano y de repente aparece un dinosaurio. Se puede contar la realidad de una manera más intensa y exagerada. Supongo que también en el uso de lo fantástico se esconde un anhelo de mantenerse niño. Al final uno se la pasa haciendo lo mismo que hacía cuando era chico, y yo trabajo duro en sostener eso todo lo que pueda.

“En el campo de lo fantástico no hay reglas, puedo tironear de la realidad  e ir para cualquier lado. Puedo mostrar el conurbano y de repente aparece un dinosaurio”

-Sin embargo en tu libro No soy Hordak hay una secuencia donde decís que ya no podemos emocionarnos con las obras que marcaron nuestra infancia…
-Uh, si. Eso es terrible. Igual uno va atrás de capturar de nuevo esa emoción aunque no lo logre. Cuando me pongo a ver las historietas que me gustaban de chico me pasa que no me concentro o no me flashean tanto… Es un goce raro… el de estar frente a imágenes que están en mi cabeza y que de alguna manera me construyeron, pero que claramente ya no me impactan. Una vez lo escuché decir a Enrique Symns que el único impacto real es el de la primera vivencia con las cosas, después queda sólo el placer de la repetición. Vamos acumulando experiencias y ya no nos asombramos tanto. Es casi la explicación de morir. Bah… tampoco tiene que ser tan dramático, pero bueno…la melancolía es así.

-En la historieta local es frecuente la nostalgia por la infancia… ¿Cómo se hace para eludir el “simple homenaje ñoño”, como decís en No soy Hordak?
-Primero que nada, no caer en la pura melancolía. Uno se encuentra mucho con homenajes medio vacíos. Está pintando mucho entre dibujantes que son convocados para homenajear, por ejemplo, a “Dragon Ball Z”. Pero no hay emoción o una vuelta de tuerca a eso. Mi forma de no caer en eso es trayéndolo a la actualidad, a mi propio presente. Yo puedo ser fan de “He-Man” pero también de David Lynch. Entonces, ¿qué pasa cuando se da un cruce de esas cosas? Esa es la forma que considero más interesante para encontrarse con las obras del pasado. Si hay algo que no me cierra, es cuando un dibujante mainstream te hace a un “Astérix” musculoso y moderno, actualizándolo de una forma donde ni siquiera hay una conexión emocional. Hacer sólo un revival vacío me parece que no da. Siempre se corre el riesgo de caer en el oportunísimo retro.

-¿Por qué crees que se da esa obsesión por lo retro?
-Y…siendo extremo, creo que se agotó el sistema y ya no queda mucho jugo para sacarle a las cosas. El otro día un amigo -que tiene relación con el Indio Solari- me contaba que en un momento el Indio le dijo que para que haya algo innovador, el ser humano tenía que enfrentar alguna situación extrema que lo empujara a necesitar contar algo nuevo. Y después decía algo muy loco: una chance de poder narrar algo nuevo es que caiga una nave espacial y encontremos alienígenas. Para bien o para mal, depende si vienen con buena onda o nos quieren cagar a tiros. Ahí va a haber una nueva emoción para contar (risas). Si no, estamos repitiéndonos continuamente. Simon Reynolds ya lo dijo; estamos en un loop eterno.

-Pero… la historieta a qué situación se debería enfrentar para contar algo nuevo?
-La historieta no le importa a nadie así que no interesa qué situación enfrente… (risas). Una vez, en un curso con Juan Bobillo, profesor mío, un alumno llevó una revista sobre Maradona que era re bardera, bizarra, extrema; y alguien muy preocupado la agarró y dijo: “esto es muy terrible, puede ser un gran quilombo”. Bobillo lo calmó y le dijo: “A quién le importa, nada que suceda en una historieta repercute demasiado en ningún lado”. A mí me gusta esa cosa de ser medio marginados y por eso mismo decir lo que nos cante. Tenemos una existencia medio subterránea los historietistas, entonces se puede hacer y decir mucho.

-¿Estarías obligado a hacer cosas más directas, caricaturas de la coyuntura política por ejemplo, para no tener esa existencia subterránea?
-Creo que no es necesario dibujar a Macri con un palo incrustado en la cabeza para que uno deje entrever una línea de pensamiento. En mi caso, creo que hacer un libro sobre William Burroughs es un hecho político. Publicar con algunas editoriales y con otras no, participar en ciertos festivales y en otros no también son posiciones políticas.

-¿Cuál es la sintonía que sentías con la figura de Burroughs , que te impulsó a hacer un libro sobre su infancia?
-Soy lector suyo desde hace muchos años y por eso me propusieron hacer el libro. Desde que empezamos con “Niños Ultramundo” fue una figura crucial, que nos marcó a todo nivel. Tiene un magnetismo especial para mí Burroughs. El tipo inventa un modo de hacer, traza un mundo que nos afecta.

-¿Buscaste documentación sobre su infancia?
-Sí: vi muchos documentales. El tipo no largaba mucha data sobre su infancia y ahí creo que está el chiste del libro. Reconstruí como pude algunas cosas. Por ejemplo, consulté biografías que él mismo bardeaba. Creo que tenía un mambo con el hecho de haber sido un niño rico, acomodado y el contraste con la vida aventurera y sacada que después vivió. El abuelo de Burroughs fue el inventor de la máquina registradora y por eso la familia tuvo siempre mucha plata y él cobró un cheque mensual hasta muy avanzado en edad. Era el William Burroughs famoso ya, limándola en México, viviendo sus aventuras, yendo de acá para allá, y cada mes tenía un cheque que bancaba todo. Entonces ahí decís “ah, eras re aventurero pero tenías un buen respaldo”. Cuando se iba a publicar Yonqui le piden que haga un prólogo para explicar que estaba en contra del consumo de drogas y que provenía de una familia bien. Porque al editor le parecía muy extremo el libro y no quedaba claro si era o no una apología a las drogas. Y él decide no hacer un carajo y termina escribiendo un prólogo donde cuenta algunas anécdotas de la infancia. Esas anécdotas para mi fueron bien directas, me sirvieron para armar el libro.

-¿El resto es producto de tu imaginación?
-En verdad, la licencia más grande que me tomé es con respecto a la línea temporal. Los hechos los llevé a mi mundo y los trabajé con mi forma. Fue lo que me propuso el editor, que no le tuviera tanto respeto.

“Hacer un libro sobre William Burroughs es un hecho político. Publicar con algunas editoriales y con otras no, participar en ciertos  festivales y en otros no también son posiciones políticas”

-En este libro hiciste un cambio en el estilo del dibujo…
– Creo que lo que más cambió fue cierta síntesis. No soy Hordak y Alien Triste me obligaron a sintetizar la línea. No tenía sentido contar algo gracioso o laburar una tira con un estilo hiper cargado. En este punto me parecía que hacer un cruce podía funcionar. Un cruce entre la síntesis para dibujar los personajes, las figuras; y el laburo de fondo con mucha carga de tramas para generar cierta atmósfera densa. Me parece que está buena esa carga parecida a la que hace Thomas Ott, un laburo desgrafiado que es con mucha trama de blancos sobre negros.

-¿Hay alguna relación estilística o temática entre lo que hacés con tu banda “Oesterheld” y tu laburo como dibujante?
-Sí, que en “Oesterheld” flasheamos mucho. Nos gusta hacer noise porque tocamos como el culo y el noise se puede llevar bien con eso. Tenés un sintetizador, le metés ruido y funciona. Hacemos una cosa deforme y ruidística. El chiste es que tenga algo visual, gráfico y algo con indumentaria llamativa, porque todos los integrantes somos dibujantes antes que músicos.

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