Pedro Mairal: “Para escribir necesito que me pasen cosas”

Texto: María Luz Carou / Fotos: Estrella Herrera

 

Cuando esa tarde llegue al bar de la calle Conde, el escritor no lo sabrá, pero la periodista que está a punto de entrevistarlo habrá pasado por tres mesas en busca de un rincón silencioso, se habrá disculpado con dos mozos que quisieron, insistentes, tomarle el pedido, y habrá probado el grabador del celular una, dos, tres veces, hasta cerciorarse de que cumpliese su función. Tampoco sabrá el escritor que a la periodista le llevará unos días poder sentarse a escribir porque, como a él, a veces, también le sale espuma. Menos en cuenta tendrá que desde hace un tiempo ella relee las anotaciones hechas en sus novelas, cuentos, ensayos y pornosonetos, y que repasa cada una de las entrevistas subidas a YouTube porque quiere evitar hacerle preguntas repetidas. No intuirá tampoco que desde el sábado anterior la periodista tararea en sus ratos libres la canción La tormentosa, que él mismo escribió, ni que más de una vez se sintió identificada con alguno de los personajes de sus historias. Mucho menos advertirá el escritor que, cuando terminó de leer La uruguaya, su última novela, ella se abrazó al libro y lloró.

Es el jueves 16 de agosto y son las tres y cuarto de una tarde fría con sol cuando Pedro Mairal abre la puerta del bar Jolie y el mundo, el de ella, se detiene. Las miradas se encuentran. Él se acerca con una sonrisa prudente a la mesa pegada a la ventana. Se saludan, se sientan y, antes de que ordenen un cortado y un café, el escritor –ahora también músico– pide disculpas por su voz ronca. Culpará entonces al resabio de los nervios del sábado anterior, cuando con el sociólogo, periodista y escritor Rafael Otegui, su compañero en el proyecto musical Pensé que era viernes, presentaron por primera vez ante un reducido público, en Radio Ciudad, buena parte del repertorio que vienen ensayando desde el último verano. Esa misma noche, desde las gigantografías ubicadas en las paredes del estudio mayor de la radio, también Piazzolla, Borges, Marshall, Merello, Gardel y Troilo se dieron el lujo de ser testigos de la literatura hecha canción.

Mairal, que nació en Buenos Aires en 1970, ganaba hace casi 20 años el Premio Clarín de Novela con Una noche con Sabrina Love. Los escritores Augusto Roa Bastos, Guillermo Cabrera Infante y Adolfo Bioy Casares integraron en 1998 aquel jurado. En confianza, Bioy Casares –que algún librero llegó a fabular que era su tío y que por eso había ganado el premio-, le dijo: “Empecé a leer tu novela y no me pude desprender de ella”. Mairal tenía entonces 28 años.

Pavada de halago para el estudiante de Medicina devenido en estudiante de Letras que esa noche se recibía de escritor sin necesidad de haber rendido las últimas materias. Años más tarde, por fin, llegarían El año del desierto (2005), Salvatierra (2008) y La uruguaya (2016). Publicó también el libro de cuentos Hoy temprano (2001) y los poemarios Tigre como los pájaros (1996), Consumidor final (2003) y, bajo el seudónimo de Ramón Paz, la trilogía Pornosonetos (2003, 2005 y 2008), que en septiembre editará Emecé, pero ahora con su verdadero nombre en la tapa. Mairal, que imprimía sus primeros libros de poemas en la impresora, que los encuadernaba y regalaba, dirá que eso es energía de uno y que hay que tratar de cuidarla para encauzarla. Que, de repente, alguien lee. Mientras trabaja en la adaptación de La uruguaya para llevarla el cine, ensaya canciones con Otegui y apunta a que la literatura y la música se trencen lo más posible de la mano de Pensé que era viernes.

-¿Siempre estuvo presente la música en tu vida?
-En 2015, me había ido dos meses a una residencia en Rennes (Francia) con Washington Cucurto. Y Cucurto se puso a pintar. Y yo, que me había llevado el ukelele de mi hija, me puse a inventar canciones. Me parece que el ukelele me bajó el superyó musical. No querés tocar Bach ni Paco de Lucía con el ukelele. Te permite jugar. Lo que los ingleses llaman “play”, “play the guitar”. Y la idea del juego, de tocar como juego, me permitió recuperarla el ukelele. Ahí empecé muy tímidamente a hacer algunas canciones. A la vuelta, empecé a tomar clases de armonía musical, de voces. Tuve una gran profesora que se llama Mel Muñiz, que toca en la banda La Familia de Ukeleles. Fue buenísimo. Ella me enseñó armonía en base a mis canciones, y así, de caradura, empecé a tocar en alguna radio. Me sigue dando mucha vergüenza, pero la combato.

-¿Qué lugar ocupan ahora mismo la música y la literatura en tu vida?
-Con la literatura siento plenos poderes. Yo sé lo que provoco con una lectura, sé cuándo el texto es emocional, cuándo va más rápido, cuándo es gracioso. Estoy muy en control de eso. Pero me gusta esto de ir a una zona que no controlo mucho. No sentía más vértigo en la escritura. Me parece que uno está buscando sus límites. Es eso: me parece que alcancé un límite propio con la escritura, mío, eh, de una capacidad expresiva mía. Y entonces quiero buscar la expresión por otro lado, que es una manera en la que también está involucrada la palabra. No veo que vaya a ser que no voy a escribir nunca más, sino que le estoy dando lugar a la parte musical, pero para que convivan las dos cosas, que se trencen lo más posible. A mí, por ejemplo, me llevó mucho tiempo hacer confluir las aguas de la poesía y de la narrativa. En un momento lo logré con El Gran Surubí, que es una novela escrita en sonetos. Y creo que la música estuvo siempre metida en la poesía. ¿Viste que en la poesía se habla mucho de la musicalidad del lenguaje? Es todo sonido, además de sentido e imágenes. Hay mucha sonoridad.

-¿Cómo nació Pensé que era viernes?
-Con Rafa (Otegui) nos cruzamos en 2017. Yo había escrito unas décimas para el Guernica [N. de la R: para una convocatoria del cantautor uruguayo Jorge Drexler], y Rafa me mandó una música para acompañarlas. Así empezamos. Nos conocíamos del ambiente de los talleres literarios. Tenemos un amigo en común, Santiago Llach. Rafa iba a su taller, y yo lo conozco a Santiago hace mucho, así que nos fuimos cruzando. Rafa había venido a mi taller hace diez años o más, pocos días, pero vino. Y en cuanto nos encontramos con él a tocar fue como muy inmediato cómo congeniaron las músicas. Eso fue como muy notorio. Es la armonía.

“Me gusta esto de ir a una zona que no controlo mucho. No sentía más vértigo en la escritura. Me parece que uno está buscando sus límites”

-En la radio hiciste referencia a una “tercera presencia” cuando ustedes cantan. ¿Qué significa?
-Cuando cantás, uno hace una nota y otro hace como una tercera o una quinta, y se produce algo que es como si fuera un tercer sonido. La suma de esos dos sonidos, armónicamente, de golpe, provoca la sensación de que hay una tercera presencia. Es un poco exagerado, pero es realmente una tercera voz la que aparece. Es difícil de lograrlo, pero las voces de Rafa y la mía empastan muy bien. Tenemos una voz medio parecida. Él canta mejor que yo, pero los tonos son parecidos. Y cuando logro cantar un poco mejor y Rafa mete la voz ahí, está buenísimo. No siempre pasa, y depende mucho de cómo estás, si estás nervioso, si no te animaste a colocar la voz, mil cosas. Pero hay momentos muy mágicos.

-¿Cuál es el norte para Pensé que era viernes?
-Estamos teniendo metas cortas. Lo que estamos haciendo es ensayar e ir creando material, tener diez canciones, ir tocando en público. Tenemos dos fechas: el 12 octubre y el 23 de noviembre, en Club de Música, en Palermo. La meta es tocar ahí, hacer un show con lecturas y canciones. Se va a llamar El Primer Rayo. Esa es una meta. Después, ir haciendo lo que se llaman maquetas con las canciones. La maqueta no es una versión de estudio, sino que es la versión más prolija que podés hacer con un buen micrófono para que la canción exista y la puedas mostrar. Generalmente, con eso vas después a un estudio. Por ahora, no pensamos en un disco. Ojalá algún día podamos colgar canciones en Spotify y que la gente las escuche. No sé tampoco qué va a pasar, si vamos a seguir siendo dos o si vamos a sumar a alguien. Estamos recién empezando.

“Uso mucho mi vida para escribir. En La uruguaya volqué las tripas. Entonces, ahora, me tienen que pasar cosas nuevas para volver a escribir”

-¿Qué te está dando ahora la música que no te da la literatura?
-No tengo mucha explicación porque es algo que empezó a suceder y yo le di espacio. ¿Por qué agarro la guitarra en vez de sentarme a escribir? ¿Por qué esa necesidad? Porque al final son impulsos, y es el lugar que vos le vas dando a los impulsos todos los días. Hace un ratito te hablaba del vértigo. Creo que hay una capacidad de exploración, curiosidad, ganas de aprender. En la literatura siento que no sé qué puedo aprender. Digamos: ya escribí novelas, cuentos, poemas, escribí una novela con sonetos, ahora escribí un poco para la obra de teatro Mi Fiesta. Quiero aprender, me estoy yendo para un lugar en que siento que puedo aprender. Yo, para escribir, necesito que me pasen cosas, porque uso mucho mi vida para escribir. En La uruguaya volqué las tripas. Entonces, ahora, me tienen que pasar cosas nuevas para volver a escribir.

-¿Cómo convivís con el éxito que tuvo y tiene aún La uruguaya?
-Lo que pasa ahora con el libro me pone contento. Se está publicando en muchos lados: Brasil, Italia, Francia, España. Me alegra mucho que pase eso. Por otro lado, la satisfacción que te da es medio rara, a destiempo. Yo ya escribí ese libro. Entonces, de pronto, es extraño estar con este delay. Me pasa con Una noche con Sabrina Love también. Sigo contestando preguntas sobre una novela que escribí hace 20 años. Me entusiasma menos, pero entiendo que la gente lee a otra velocidad. Una cosa es la velocidad en la que escribís algo, y otra es en la que se va leyendo. Los libros, a veces, tienen velocidad de caracol: muy lentamente, llegan a la otra punta.

-¿Por qué creés que tantos lectores se han identificado con el protagonista de la historia?
-Los lectores lo sienten muy cercano. Más allá de la anécdota de lo que sucede ese día, la intimidad de ese tipo contada de esa manera, con esa fragilidad también, provoca identificación y yo no estaba seguro de si eso… Nunca pienso si le va a gustar a las mujeres o a los hombres, pero cuando la terminé de escribir, hubiera jurado que el libro podía parecer machista y que a las mujeres podía no gustarle, pero me equivoqué completamente. Cuando sos muy sincero, trascendés la cuestión de género, porque a las mujeres también les pasa que se sienten atrapadas en una relación. Eso es universal, no tiene que ver con una cuestión de hombres o mujeres. Entonces me parece que, un poco, lo que pasó con el libro es que yo me animé a ir a fondo con eso. En un momento, cuando lo estaba escribiendo, pensé: “si voy por este lado, tiene que ser a full, con todo, contarlo todo, que estén todas las cosas avergonzantes que uno pueda meter.”

-Describís Montevideo a la perfección. ¿Por qué elegiste esa ciudad?
-Hace un par de años fui a ver si hacía unos talleres ahí. Al final no se dio, pero cada vez que iba, anotaba cosas, detalles. El mozo, por ejemplo, que acá me dice “jefe”, allá me dice “patrón”. Hasta la musicalidad cambia, es como más grave el tono uruguayo (imposta la voz). Me fascinaba esa realidad desplazada diez centímetros, nada más. Apenitas. Parece Buenos Aires, pero no. De golpe, alguien dice: “Atate los championes”. O sea, las zapatillas. Entonces yo anotaba esas cositas. Montevideo es fascinante para escribir, tiene una escala humana. Buenos Aires es monstruosa. A Montevideo no la conozco mucho, no está saturada de asociaciones emocionales. Si yo tuviera que hacer caminar a un personaje por Juramento, por ejemplo, escribo una novela entera: cruzaba por allá, en esta esquina le dio un beso a tal, todo. Todo está como saturado de información en la ciudad donde vivís. En una ciudad ajena, no. Es todo nuevo. Y se justifica, además, que el personaje mire y se deslumbre con algo y lo escriba. Porque, a veces, lo difícil en la literatura es entender por qué este personaje me está describiendo esto, qué justifica ese nivel de detalle. Bueno, en La uruguaya, el tipo está enamorado de la chica y de la ciudad.

-¿Cómo lográs vencer la traba de la exposición a la hora de escribir?
-(Aleksándr) Pushkin, un poeta ruso, decía: “Cada vez que nace un poeta en Rusia, el padre levanta el puño y maldice a dios”. Como que ahí nació un traidor en la familia. No queda más remedio que ser un gran traidor, pero porque esa es tu vida y es tu experiencia. El otro, si quiere, que escriba su versión. Por ahí, lo que tiene que quedar claro es que uno está haciendo ficción. Yo no le puse Pedro Mairal al personaje, se llama Lucas Pereyra. Entonces armo un Frankenstein con lo que más me conviene. Agarro cosas mías, ultra y recontra privadas, íntimas, pero después agarro algo que me contó un amigo, lo sumo por acá, y algo que escuché, y entonces armo una realidad literaria. Es una verdad literaria que no es una verdad del derecho penal, de si esto pasó o no. Entonces, estás haciendo ficción, y… Y el otro se tiene que joder (suelta la risa). No te podés hacer cargo. Vos tenés que contar tu historia. Si tenés una buena historia entre manos, contala.

-¿Cómo fue la transición del estudiante de Medicina al de Letras?
-Claramente, estaba fracasando en muchos frentes. Me puse a estudiar Medicina y me di cuenta de que no me gustaba. Estaba pasándola muy mal. Hacía el CBC en Ciudad Universitaria, no iba ni para atrás ni para adelante, estaba alargando la carrera, no me animaba a decirlo en mi casa, y me iba a la cafetería de la facultad a escribir mis cosas. Mis cuadernos de matemática se fueron llenando de palabras. Eso me fue generando una identidad. Empecé a sentir que con la lectura y con la escritura me podía bancar la sensación de caos, de no entender, de qué voy a hacer. Me podía bancar la incertidumbre con la literatura. Encontré en las palabras una identidad. En los poemas, al ir escribiendo mis cosas, fue como ir inventándome. De hecho, me cuesta mucho pensarme a mí mismo antes de haber hecho mi descubrimiento de la palabra. Me recuerdo, pero no hay muchas palabras para eso. Son como sensaciones de los veranos. Pero no son estructuras pasadas por el tamiz verbal. Y fue la palabra, el descubrimiento de la palabra en una identidad, un espacio donde yo podía ser, en una familia donde había que hacer carreras fuertes. Mi vieja, asistente social, y mi viejo, abogado. Era “o trabajás o estudiás”. Y ahí se destapó la olla de que yo estaba largando la carrera, se armó un gran quilombo. ¿Te acordás de una película que se llamaba La Sociedad de los Poetas Muertos?

“Empecé a sentir que con la lectura y con la escritura me podía bancar la sensación de caos, de no entender, de qué voy a hacer. Me podía bancar la incertidumbreEncontré en las palabras una identidad”

-Sí, claro.
-Bueno, le dije a mis viejos que fueran a verla porque para mí era muy importante.

-Ah, fue un “es esto o me suicido, padres.”
-Una psicopateada terrible, ¡y funcionó muy bien! Volvieron preocupadísimos, diciendo: “Tenés que estudiar lo que vos quieras”. Así que yo ya estaba yendo a un taller literario y me metí a estudiar Letras en El Salvador. Gané el Premio Clarín antes de dar los últimos exámenes, y medio que me di por recibido en el sentido de que yo quería ser escritor. Muy chanta, si querés. Mis amigos que terminaron la carrera tendrían todo el derecho de decir que era un chanta. Y bueno, así fue que me metí en Letras y me puse a estudiar. La carrera me sirvió para ser un buen lector. Letras no te enseña a escribir, te enseña a ser un lector al que no se le escapa nada.

-¿Recordás en qué momento sentiste por primera vez que tu escritura era buena?
-No sé muy bien en qué momento me dí cuenta de que esto era lo mío, porque son unos golpecitos de timón que vas dando hacia una dirección. Son como impulsos a los que vas obedeciendo y vas enfocando tu energía para ese lado. Es como que todos los días elegís el rumbo. Lo que sí me parece importante es dar a conocer tus textos, porque nadie te va a sacar los textos del archivo de la compu. Tenés que mostrar y usar las herramientas que hay ahora con las redes sociales. Hay una posibilidad enorme ahora para mostrar los textos. Te estás exponiendo, es un poco desnudarse. Pero no hay otra manera de comunicarse en la escritura que no sea poniéndola a prueba, escuchar qué te dicen los demás. Para mí, eso es esencial: escuchar qué te dicen, mostrar los textos y no solo a gente del palo literario.

-Y vos, ¿a quién se los mostrás?
-Tuve mucha suerte con la gente del taller al que yo iba porque todavía nos cruzamos textos anillados. Era el taller de Félix della Paollera. Era muy buen grupo y Félix no era nada metido con los textos. Te dejaba equivocarte, ir encontrando tu propio rumbo. Era muy buen taller. Hoy día confío mucho en los editores también. La uruguaya no necesitó mucho trabajo, pero Maniobras de evasión es un libro al que venía hace dos años dándole vueltas como un acordeón. Le agregaba cosas, le sacaba. Se me caía de las manos. Por suerte, Leila Guerriero me escribió para ver si tenía algo para publicar. Fue como si contestaran mis plegarias. Dije: “Mirá, Leila, tengo esto, no sé si se llama Pedro y El Lobo, Once mil metros o El señor de abajo, no sé qué es esto”. Le tiré el fardo y la gran editora que es Leila empezó con el hacha: “Esto no va, esto no va, esto no va”. Vio entre los textos desparramados la constelación, trazó el dibujo, y dijo: “Esto tiene que ser no ficción y es como una especie de autobiografía tuya no autorizada, como un lado B”. Y le dio cohesión al libro, lo comprimió, le encontró una alineación casi cronológica. Fue un laburo de edición espectacular que yo no podía hacer porque, a veces, cuesta mucho sacar cosas. Son textos a los que estás muy enganchado y es como cortarte un dedo casi. Y que lo haga otro, por ahí, es la posibilidad.

-¿Con El año del desierto fue así también?
-El gran editor de ese libro fue Damián Ríos. Él estaba en Interzona. Laburó un montón aconsejando, sacando cosas. Lo escribí en nueve meses. La corrección, más o menos, duró un año y medio. Lentamente, lo fui corrigiendo. Era un libro que se me había ido de las manos, era mucho para mí, nunca había escrito una novela tan larga, y me había pasado de rosca con la investigación. Eso siempre es un peligro. La investigación está muy bien, pero no se tiene que notar. Es un libro que, desgraciadamente, por las crisis argentinas, se va como actualizando todo el tiempo. La gente lo lee y dice: “Esto está pasando ahora”. La mujer va perdiendo todos los derechos en el libro. Por eso elegí una mujer, porque si metía un tipo en esa historia, no era muy interesante. Si yo la iba a contar para atrás, era más interesante así. Y bueno, ahí me ayudó un montón Damián Ríos. Siempre tuve suerte con los editores y fui dándole los libros a editores pertinentes.

-De todo lo que has escrito hasta ahora, cuando evocás el pasado, la infancia, la memoria, el paso del tiempo, hay una sutileza ahí que va muy a lo profundo y que tiene que ver con otro aspecto del que hacés visible en La uruguaya. ¿Cómo lo lográs de manera literaria?
-El personaje de La uruguaya tiene una cosa un poquito antipática, es un tipo que está amargado. Por eso no me identifico tanto. A mí me interesa mucho vincular la escritura con esa zona emotiva de la infancia. Me gusta cuando los textos se van para ahí, y me gusta leer cosas de esa época en la gente. Uno de los ejercicios que hacía en mi taller, aunque ahora no estoy dando, es escribir sobre la infancia, sobre qué pasaba cuando volvías del colegio y veías televisión, qué veías. O escribir sobre un personaje de la tele, o una serie, o una novela, o un personaje del cine. No sabés las cosas que salen. Cada uno escribe algo muy único y, a la vez, muy universal, porque se plantea ahí toda la diferencia entre lo deseado y la incertidumbre de uno, del sentirse chiquitito. Hay algo muy poderoso en eso.

-De toda la que llevás escrita, ¿cuál es tu obra favorita?
-La verdad es que no puedo contestar la pregunta porque, de verdad, son un poco como los hijos de cada uno. Por ahí, en línea con lo que decía recién, puedo rescatar textos como Hoy temprano, Adiós, señora Ana o Tocar a Gimena. Hay una peli muy linda que se llama El marido de la peluquera, y hay un momento en que él la ve a ella por primera vez. Es un tipo grande. En un momento la ve a ella y, en el contraplano, de pronto, es un nenito, y por un instante la mira por primera vez. Cuando uno logra eso en la escritura, produce algo emocional y, a la vez, vital. Pero no siempre se logra. Yo, en realidad, siempre estoy tratando de hacer eso. Cuando se logra, es uno de los momentos más lindos de la escritura.

Hay días que la tetas me persiguen

a partir de noviembre sobre todo

las tetas me provocan a su modo

me buscan y me apuntan y me siguen

con el calor asoman se acrecientan

inundan sobresalen en su altura

con su poder plural y su bravura

las tetas en noviembre me atormentan

llenan todo de sed y van triunfantes

se posan en el aire y al mamífero

lo abisma tanto escote tan mortífero

le duele tanta vida por delante

yo me quiero morir arrinconado

por un gran par de tetas sepultado.

Pornosoneto de Ramón Paz, 2003-2005

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *