Paula Brecciaroli: “La poesía es el punto más alto de la escritura”

Texto: Lucas Villamil / Fotos: Sebastián Pani

 

La narrativa argentina es un universo infinito que se expande a toda velocidad y en todas las direcciones. Incluye tanto a los grandes escritores de la historia como a los pequeños autores ocultos, a los sellos multinacionales y a las galaxias de editoriales independientes que crecen y se multiplican a pura autogestión. En ese espectro se encuentra Paula Brecciaroli, psicóloga, escritora y editora, fundadora de la editorial Conejos y miembro de La Coop., una cooperativa de editoriales que está refrescando el mercado al potenciar la llegada de muchos autores como Walter Lezcano, Loyds, César Sodero y Alejandra Zina.

-¿Qué vino primero, la vocación de escribir o la psicología?
-Creo que es más originaria la voluntad de escribir, pero me daba mucha vergüenza, me parecía que lo que escribía no estaba bueno y como carrera no la veía muy viable. Y ahora se va dando vuelta, porque trabajo como psicóloga, aunque muy poco en este momento. Durante muchos años trabajé mucho en un centro de salud, todavía tengo algunos pacientes, pero después apareció la editorial. Me fascinaba el trabajo de edición, entonces eso empezó a ganar mucho más espacio.

-¿Cómo te fuiste formando como escritora?
-El primer taller que hice fue uno de ensayo con Rafael Cippolini. En ese taller conocí a un compañero que tiraba consignas a partir de las cuales escribíamos ensayos con una estructura académica, pero absolutamente delirantes en cuanto a contenido. Ahí es donde la ficción entró de lleno y me empezó a divertir más la fabulación literaria que lo académico. Después de ese taller hice uno con Ariel Bermani, y de ahí nació la editorial Conejos. Ariel quiso hacer la editorial y me invitó, junto con Bruno Szister y Facundo Soto. Coincidió que nos habíamos ido un fin de semana al Tigre y había un amigo mío que es diseñador, y ahí tomó cuerpo la idea de hacer una editorial.

-Conejos empezó en 2010, ya son siete años. ¿Cómo es llevar adelante una editorial independiente en Argentina?
-Siempre que hay dificultades uno empieza a pensar nuevas estrategias. Que la editorial sea independiente hace que lo hayamos tomado, en un principio, como un juego, algo que nos divertía hacer. Después empezó a convertirse en una responsabilidad porque cuando armás un catálogo tenés un compromiso de elección, de selección, los libros empiezan a circular… Pero sigue siendo sumamente divertido. Nosotros no obtenemos ganancia de la editorial, así que es puro disfrutar, y la verdad que lo fuimos aprendiendo a hacer a medida que lo íbamos haciendo. Y aprendemos mucho de los colegas, que son súper generosos.

-Eso en La Coop tiene un lugar importante, ¿no? 
-Si, la Coop se consolida a fines del 2014 y nace un poco de eso, de juntarse con otros colegas, preguntar “dónde estás imprimiendo”, “cuánto te cobran”, “comprás papel”, “hacés offset”, “tenés prensa”… de ese hablar cotidiano que ocurre en las presentaciones, en las lecturas… Marcos Almada un día nos juntó a una cantidad de editores para charlar de estos temas y empezamos a pensar que estaría bueno trabajar más en conjunto. Más que nada, en ese momento las problemáticas estaban puestas en la distribución y las ferias. Nosotros hace varios años que distribuimos con Galerna, pero la mayoría de los editores lo hacían ellos mismos. Eso es agotador y es la parte más cuesta arriba de la editorial, porque hay que visitar cada librería, arreglar que te paguen, cada librero te paga un día distinto… Es lo más alejado de toda la parte linda de la editorial, entonces se armó la idea de armar una distribución en conjunto. Y después el tema de las ferias.

Es muy costoso viajar al interior, llevar los libros, entonces también dijimos de hacerlo en conjunto. Ese fue el origen de La Coop, que después devino en un montón de proyectos que están buenísimos y es como un tren loco que avanza. La distribuidora ya funciona muy bien y ahora empezamos a distribuir sellos que son de afuera de La Coop. En cuanto a las ferias, en 2016 fuimos a 80, incluido un festival de poesía en Nicaragua y la Furia del Libro en Chile. Este año ya estamos planeando llegar a otras ferias internacionales, no para de darnos satisfacciones, sino para ver que nuestras editoriales llegan a un montón de lugares más,

“Que la editorial sea independiente hace que lo hayamos tomado, en un principio, como un juego. Después empezó a convertirse en una responsabilidad…”

que esa era la gran preocupación de cualquier editorial independiente: cómo llegar a nuevos lectores y amplificar lo que uno hace.

Como escritora, Brecciaroli ya se animó a explorar varios campos. Su primer libro fue de ilustraciones, Vaca Vaca, en 2007. Después publicó el libro de relatos Pequeño ensayo ilustrado, los poemas de Te traje bichos para que juegues y la novela Brasil, publicada en 2011 por su propia editorial. En su última novela, Otaku (Paisanita, 2015), un aficionado a la cultura popular japonesa sueña, a los cuarenta años, con la gran ola tecnológica que lo rescate de la deriva impasible en la que se encuentra.

-¿Se trata de mundos propios? ¿Cómo fue el proceso de escritura?
-No tengo un sistema pero sí hay cierto método para escribir. Yo parto de algo que me surge. Me gusta ir inventando y acercándome al personaje y a sus acciones a medida que se va desarrollando la historia. Otaku nace porque hace mucho tiempo tenía un grupo de amigos que eran otakus. No tenía afinidad con todo lo que es el animé y el manga,   pero eran mis amigos y estaban hablando todo el tiempo de eso, entonces compartía muchísimo la vida de lo que era el otaku promedio de los 90. Era muy apasionante para mí estar en el lugar de observador. Nunca me hice fanática de nada, nunca logré engancharme con esa pasión que tiene un fanático, pero me llamaba la atención esa gente que por ahí se gasta todo el sueldo en traerse un libro de Japón. Lo que me motiva de la escritura de Otaku es que a la mayoría de esos chicos no los vi más, y un día me acordé de ellos y pensé: ¿qué será de la vida de estos pibes? Y armé un personaje con cosas de ellos, imaginándome cómo serían sus vidas hoy, a los 40 años.

-Es un juego, una improvisación, no es que tenés una estructura de todo lo que querés contar.
-No, eso jamás me pasó. Si sé lo que va a venir me aburre muchísimo. Aparte mi escritura es horrible porque me quiero apurar a contar eso que va a venir más adelante. Como no me funciona jamás, entonces parto de algo: tengo un tipo de 40 años, otaku. Y ahí me empiezo a hacer todo tipo de preguntas: ¿dónde vive?, ¿con quién? ¿Qué hace? ¿Cómo se viste? ¿Qué come? Me divierto a mí misma con eso, me voy contando a mí misma una historia que no conozco, que no sé para dónde va a ir.

-¿Tu formación de psicóloga interviene en la creación de los personajes?
-Creo que funciona pero sin una intervención intencionada. No pienso en la psicología de los personajes, pienso en las acciones, y las acciones reflejan la psicología del personaje. Sí hay cosas que sé que no puede hacer, pero no hay que estudiar seis años de psicología para intuir eso. A mí me divierte que el personaje se vaya armando en el momento, nunca sé para dónde puede ir, por eso nunca podría escribir un policial, por ejemplo. Ahora estoy escribiendo una novela en la que la protagonista le clavó un cuchillo a un hombre y se fue, no sabe si lo mató. Y el otro día, de casualidad, en un recital me pongo a hablar con un pibe y me dice que es lanzador de cuchillos en un circo, y yo digo: ya, el padre de esta mina, ella no lo conoció pero era lanzador de cuchillos. Me encanta ir metiéndole cosas sin anticiparlas. Escribir me lleva un tiempo, porque la verdad es que me cuesta. No es que lo hago fácilmente o que tengo un método. Escribo cuando puedo, cuando se me cae una idea, pero sí todo el tiempo estoy pensando en lo que estoy escribiendo. Y después corrijo mucho; le dedico, mínimo, un año a la corrección. Ahí me pongo más sistemática, me levanto temprano y escribo dos horas…

-La poesía es otro mundo, ¿no?
-Si, yo digo que no escribo poesía. Para mí la poesía es el punto más alto de la escritura, es un trabajo de preciosismo, como el de un orfebre. Disponés de muy pocas palabras para crear algo que tiene que ser hermoso, perfecto. Por eso, a los poetas los respeto más que a nadie. Este año la verdad es que me puse a escribir poesía porque no tenía el tiempo que necesitaba para sentarme con la novela y necesitaba escribir algo. Tiene que ver mucho con una pulsión, con algo impulsivo, mucho con la imagen y con la sensibilidad. El uso económico y preciso de las palabras es uno de los momentos más hermosos de la escritura.

-Aprovechando que sos editora y debés estar leyendo mucho todo el tiempo te pido algunas recomendaciones. 
-El libro de cuentos del 2016, para mí, es Sierra Grande, de César Sodero, editado por AltoPogo. Son todos cuentos independientes ubicados en Sierra Grande y los personajes son un grupo de chicos que están en la adolescencia.

Está impecable, es una belleza. Otro es Apuntes en los márgenes de la vida, de Irina Bogdaschevski, un libro inclasificable escrito en prosa de una manera tan poética y tan bella… Hay historias de la Segunda Guerra Mundial, de cuando la autora se viene a Buenos Aires, de cuando conoce a su marido en Viena, un recorrido por toda una vida muy sufrida con una sensibilidad y una belleza poética que no lo quiero terminar de leer.

“El uso económico y preciso de las palabras es uno de los momentos más hermosos de la escritura.”

 

Otro libro muy hermoso es el de poesía de Ariel Bermani, que acaba de sacar los Santos Locos, No sé nada de ballenas. Ariel escribe poesía hace mucho pero nunca había publicado, lo que me pone muy contenta porque soy muy fan de él.

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