Oscar Brahim, el taxi-artista que deja mensajes en el puente de Juan B. Justo y Córdoba

Texto: Carolina Cabana / Fotos: Rodolfo Schmidt

 

Oscar Brahim llega al bar de Villa Crespo sonriendo pícaro como quien se apresta a jugar, trae una bolsa roja doblada bajo el brazo donde lleva los documentos del auto. Maneja un taxi hace ya veinte años, aunque cuando se refiere a su actividad prefiere decir que “transporta gente”, y reflexiona sobre lo obvio hasta que se vuelve extraño: “Alguien está en Núñez y quiere ir a Pompeya, es muy loco, hay una persona que lo va a transportar”. Además de transportar gente, hace ya varios años que Brahim interviene el espacio urbano con mensajes y manifestaciones artísticas. O sea, es tachero y artista. Para más información, es el autor de las frases que en los últimos años interpelaron a los porteños desde el puente de Juan B. Justo y Córdoba. Lo último que llegó a escribir ahí fue “The house is in order”, justo después de la asunción de Macri.

-¿Alguna vez paraste?
-Jamás, es una constante en mí desde que empecé con estos ejercicios. Siempre estoy haciendo cosas, desde esto de grabar las conversaciones en el taxi, alguna idea que se va cocinando en ese habitáculo… La calle tiene toda una dinámica, el taxi es más un mundo privado.

-¿Te frustrás cuando no sale alguna de las ideas que tenés?
-No, jamás, tal vez lo que sí me pasó es que tuve períodos donde las finanzas no funcionaban bien por la cantidad de tiempo que invertía en hacer estas cosas.

A Brahim se lo nota divertido con la idea de tener cierta exposición. El hombre ya tuvo su egotrip, cuyo pico fue en 2004 con el estreno del documental de Sergio Morkin que lleva su nombre y lo muestra interviniendo publicidades en la vía pública.

-¿Te divertiste haciendo el documental?
-Muchísimo. No hace justicia lo que yo pueda contar a la adrenalina que sentí en ese momento de saber que iba a salir a intervenir un cartel. Sergio quería ser más directo con el tema del ataque a la publicidad, el consumo, la explotación, y lo mío era más buscarle la vuelta, más la sutileza. Está bien, después vino una cámara detrás y el ego de uno, saber que estás ahí… Igual yo perfil bajo, pero… Poco a poco con Sergio estábamos armando un personaje, por momentos me dejaba el bigote tipo Dalí, el pelo. Hay un montón de cosas muy raras en ese documental. Trato de no hablar tanto de la película, porque fue la película de alguien, había un guión, me tuve que adaptar un poco, pero ni él sabía cómo contarla.

-Mientras se proyectaba el documental, en el Rojas te dieron un espacio para mostrar tus obras de “cazador de publicidades”. ¿Por qué no vivís de tu actividad artística?
-Son pocos los mimados de las galerías, la gente que en verdad gestiona bien su trabajo. En un punto, tal vez, se me adelantan algunos prejuicios con respecto a cómo el otro lo gestiona. Y no sé si vende su alma al diablo, pero es como que da mucho para tener… En verdad la parte económica ya no me interesa, porque lo que me interesa es llegarle al otro y hurgarle un poco, sacarlo de ese lugar de autómata, ¿no?

-¿Tenés amigos en el mundo del arte?
-Sí, todo el mundo me conoce. Es medio como un referente Oscar, a pesar de que soy medio perfil bajo y no me gusta aparecer en todos lados.

-En los últimos años hubo varios casos de artistas que empezaron en la calle y muy rápidamente pasaron a vender obra en galerías o Arte BA.
-Sí, los conozco. Depende del grado de exposición de uno y qué es lo que tenés para ofrecer. Y hay mucha cosa para ofrecer que la gente quiere. Entonces vos les estás dando lo que quieren. Yo conozco muchas galerías a las que puedo ir y decirles: mirá, ¿hacemos algo? Pero soy muy vago. Tengo que armar mi CV, tengo uno viejo de antes de irme a Barcelona.

Su viaje a Barcelona fue en 2006, cuando lo invitaron a participar en The Influencers, una reunión anual de vanguardia comunicacional. Allá, Brahim es considerado el pionero sudamericano de los “adbusters”, o cazadores de publicidades, y lo que más valoran de su trabajo es la constancia. En algún momento fue presentado como el archienemigo de Ramiro Agulla, el famoso creativo de los 90, por su supuesta lucha contra la publicidad. Pero el objetivo de Oscar, aclara, no es la publicidad sino el espectador que acepta pasivamente el mensaje sin cuestionar. Así se entiende el pasaje de las intervenciones de avisos callejeros a las frases, que empezó sacando de contexto expresiones cotidianas como “mantener fuera del alcance de los niños”, o “el baño es de uso exclusivo de los clientes”. Primero en cartelitos que pegaba en los edificios donde vivían amigos, o en el taxi.

Ahí aparece el famoso puente de la avenida Córdoba. La lamparita se encendió al ver a unos militantes pegando afiches de un partido político. Inmediatamente se dio cuenta de que ese podía ser otro medio para seguir con sus provocaciones anónimas en la ciudad.

“Conozco muchas galerías a las que puedo ir y decirles: mirá, ¿hacemos algo? Pero soy muy vago”

-¿Cómo empezó lo de las frases?
-La primera frase del puente fue “necesito niños”. En ese momento estaba leyendo sobre el niño interno y todo lo que representa el niño: que juega, que interpreta de otra manera, y yo mismo me sentía como un niño, si bien tenía mis responsabilidades, tratando de ver las cosas desde la inocencia. Ahí reparé en la advertencia de algunos paquetes de “mantener fuera del alcance de los niños”. La tipeé y la pegué arriba del portero eléctrico de la casa de un amigo. Cuando la gente llegaba y tocaba timbre la leía. La idea era empezar a trabajar con el absurdo. Hasta que encuentro el puente, y en esos días detienen al padre Grassi. Y dije: ya lo quiero subir. Mi sarcasmo siempre estuvo, desde las publicidades. Con los pasajeros era muy disparador, algunos decían que tenía que ver con una secta, con la prohibición de tener más de un hijo en China, cuando les tiraba lo de Grassi, me decían: ¡no, cómo va a tener que ver con eso, es una perversión!

-Ahora se te vio escribiendo frases con vasitos de plástico. ¿Cómo surgió esa idea?
-Parado en un semáforo veo a un tipo servirle café a otro taxista y saca el vasito del alambrado, donde había hecho un diseño encajando los vasitos en los huecos romboides de alambre. Ahí se me ocurrió, ¡listo! Lo más loco es que cuando se me ocurre algo ya no tengo ganas de trabajar. Fui directamente a la estación de gas donde te sirven el café gratis y tiran los vasitos. Los lavé uno por uno y los guardé en el baúl. Los primeros ensayos los hice en Agronomía. Dije: no puede ser difícil. Pero después no me gustaba, no podía medir los espacios. Entonces googleé y saqué la tipografía de puntos. Iba, escribía, sacaba fotos y guardaba los vasitos, porque si los dejo se los pueden llevar o, peor, tirar en el piso y no colaboro con nada así. Aparte que después tendría que volver a conseguirlos. Ahora tengo más de 700 vasitos, ya con eso estoy bien. Cuando empecé tenía tiempos muertos entre un viaje y otro, en ese momento estaba como remise y ahí leía, llevaba anotaciones y pensaba cómo podía trabajar con los vasos. Y cómo visualmente se potenciaba… es más, hay un cierto horario que por la luz parece que la frase está suspendida en el aire.

En estos días, Brahim participa de un taller organizado por Tiempo Argentino con el nombre “Seminario Intensivo sobre Comunicación de Guerrilla”, pero él, en su Facebook, define: “La comunicación no es guerrilla”.

-Parece que te pone incómodo la palabra guerrilla, ¿por qué?
-Los que hacían campañas eran los militares, y en los 50 la publicidad toma esa palabra como una herramienta de contenido y método de interacción con mucha plata detrás para publicitar un producto. La guerrilla dice: hacemos el trabajo desde abajo, vamos a socavar este sistema con una mirada mucho más crítica. Está bien, igual lo de la guerrilla no puede sumar muchos más puntos. Si bien yo en los 80 milité y mirábamos hacia Rusia, hacia Cuba, era otro contexto de mundo. Yo era muy idealista, no me asustaba la palabra guerrilla. Yo puedo entender el concepto de que la guerrilla es el trabajo de seguir resistiendo, pero a mí justo ahora me interesa mostrar esto de que la comunicación le pone fin a la separación. Esto de vivir separados porque tenemos ideas… tenemos que ponernos de acuerdo. Yo estoy más con la poesía, de llegar al otro, ver si le podemos tocar la fibra. Y ellos están más en la guerra: si vamos a salir a hacer algo, le tenemos que contestar a este sistema. Son dos cosas que si las ponés frente a frente no tienen nada que ver.

-Todas las frases que usás en tus intervenciones son lo suficientemente ambiguas como para generar un amplio espectro de interpretaciones, pero muchas remiten claramente a cuestionamientos espirituales. ¿Cómo aparece la espiritualidad en tu juego?
-Cuando viajé a Europa estaba muy flaco, me había separado de Marcela, estaba pasando por otro proceso, empecé a trabajar desde otro lugar. Empecé a reunirme con unos chinos que tenían un restaurant y me hice vegetariano y empecé a estudiar el Tao. Quería bajar un poco, después de todo esto de exponerme. Me cautivó esa cosa de la serenidad. Lo que nunca me gustaron fueron los rituales, si me suena como a culto, me alejo. Pero con ellos fue una experiencia de otro mundo, ahora que la recuerdo. Fue muy directa, como que me movilizó muchas cosas. Yo ya estaba trabajando en el puente con frases que en un contexto pueden cumplir una función pero cuando las sacaba de contexto se tornaban ambiguas. Al final me fui del Tao y empecé a trabajar con algo que se llama “Un curso de milagros”.

“La comunicación le pone fin a la separación. Esto de vivir separados porque tenemos ideas… Tenemos que ponernos de acuerdo”.

 – Alguna vez ojeé “Un curso de milagros” por curiosidad, porque muchas personas que hablan de espiritualidad lo citan. ¿Es el que habla de la Biblia?
-Está encarado desde la cristiandad pero no tiene nada que ver con la Iglesia Católica, ni con la Biblia misma, es más esotérico. La Biblia es el parámetro donde nos basamos para trabajar con una idea.

Trata sobre la mente, ahí donde se toman las decisiones, tenemos que ir ahí. Hasta puede plantear que esto nunca existió, y si no existió esto no existió la Biblia, no existió nada. Es muy loco, pero a mí esas ideas me cautivaron.

-¿Lo leíste solo?
-Al principio iba a unas reuniones con una facilitadora y un grupo de gente, era más como una psicoterapia.

-¿Pero sobre qué trata?
-Cuando te rendís, cuando dejás que tu ego no interceda en todas las formas que lo hace, miradas, opiniones, podés llegar al otro pero desde un lugar más elevado que todo esto que conocemos.

A esta altura de la charla hace rato que dejamos el bar. Mientras me lleva a casa en su taxi, Brahim habla pensando cada una de las palabras, haciendo pausas y volviendo a empezar. Pero nunca se detiene.

-Me cuesta poner las palabras pero es muy bueno hablar de esto porque tiene que ver con todo, tiene que ver con uno mismo. Lo que hay que tener en cuenta es el ámbito. A veces adentro del taxi se generan este tipo de charlas. Hay gente que viene a rezongar sobre cualquier aspecto y capaz les digo: nunca vas a ver las cosas como son, las estás viendo como sos. ¿Cómo es eso? Pensalo, como vos sos, así las ves. Si no abrís un poco más, ves como si estuvieras separado de eso, entonces lo podés juzgar, y juzgar es atacar. Todos juzgamos. Cualquier cosa juzgamos. Entonces en el taxi se genera eso y, aparte, como que yo también reafirmo esas ideas conmigo mismo cuando las comparto con otro. Estamos en un siglo de movilización, de mucha locura, de gente que de un momento a otro saca una escopeta y manda al otro mundo a 30 personas. Mucho odio. Tenemos la tecnología al alcance y no sirve de mucho, pero también hay mucha gente que está trabajando en esto que te estoy contando. Y si lo podés extender y usar las redes para eso me parece bárbaro. He recibido comentarios de gente que leyó Un curso de milagros conmigo: ¡Qué bueno que puedas transmitir cosas del curso desde tu trabajo! Yo sé que lo hacés desde ese lugar y que no estás especulando. Ahora tengo la posibilidad de trabajar no sólo con los alambrados, el puente y otros accesos que también tengo en la ciudad. Y, si bien convido a la gente con el Oscar de la película y eso, quiero correrme de esa locura y contexto, porque estoy con esto que me moviliza mucho y no me lo puedo guardar, lo tengo que compartir.

Estamos frente a mi casa y aprovecho la pausa para abrir la puerta del taxi, pero antes de huir se me escapa la última pregunta.

-¿No te da miedo que tu trabajo se interprete como lo que peyorativamente se llama autoayuda?
-Eso sería un escándalo para el ego, ¿no? Lo que pasa es que subir frases de un nivel metafísico a un auditorio dualista, como poner “en cada víctima hay secretamente un victimario”, y… moviliza. Hay gente que se va a identificar. Hay gente que no se lo va a bancar.

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