Olga Cruz estuvo esclavizada en un taller ilegal: “Vine a buscar un futuro mejor y me equivoqué”

Texto: Franco Spinetta / Ilustración: Lina Vélez

 

Olga Cruz nació en Sucre, Bolivia, en el año 1975. A los 21 años vino a la Argentina con dos hijos y una deuda abultada en dólares. Llegó con la ilusión de encontrarse con el parnaso menemista y los salarios dolarizados. Pensó que rápidamente podría saldar su deuda y regresar a su país para criar a sus hijas. Lo que le sucedió fue lo que a muchos migrantes: nada de lo que prometieron era lo suficientemente real. Y cayó en la trampa de los talleres clandestinos. “Hace mucho que estoy acá. Vine pensando que iba a encontrar un mejor trabajo, buscando un futuro mejor. Me equivoqué”.

-¿Por qué decidiste venir?

-Porque era mamá muy joven. Cuando nació mi segunda hija, se enfermó. Como estaba tan delicada, cayó en desnutrición. Una tía me prestó plata en dólares. No sabía cómo pagarle. No tenía trabajo, no había nada, nada. Siempre se hablaba en Bolivia de la Argentina, que pagaba en dólares y que se vivía bien. Era muy difícil, pedí plata para venir y cada vez tenía más deuda.

-A muchos integrantes de la colectividad los reclutan en Bolivia, ¿vos cómo viniste?

-Vine por mi cuenta. Tenía a mí papá y a un hermano, que trabajaban en la construcción acá en Buenos Aires.

-¿Qué pasó cuando llegaste?

-Estuve meses indocumentada, con mucho miedo. Nadie me ayudaba. Quería volverme, pero no tenía plata. Vivía por Mataderos.

-¿Cómo arrancaste con el rubro textil?

-Empecé trabajando en casa con terminaciones de sweaters y bordando polleras con piedritas.

“Empecé trabajando en casa con terminaciones de sweaters y bordando polleras con piedritas. Nos pagaban cinco centavos por prenda. A veces, diez”

Nos pagaban cinco centavos por prenda. A veces, diez. Trabajaba día y noche para poder tener algo. Para comer.

¿Ahí llegaste al taller?

-Un conocido de la colectividad tenía un taller, y lamentablemente fui. Trabajaba desde las 7 hasta la medianoche, de lunes a sábado. Empecé como ayudante, limpiaba las prendas y también la casa.

-¿Para qué marcas hacían ropa?

-No tenían marca. Hacíamos remeritas para niños. El dueño vendía en La Salada, después encontró clientes directos en Once y Avellaneda (barrio de Flores). Siempre nos decía que no les pagaban. Nos daban 10 o 15 pesos por fin de semana.

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Olga dice: “Es un triste trabajar”. La frase tiene una sintaxis profunda y contundente. Nos quedamos en silencio unos segundos y ella arranca –con la potencia de haber superado esa etapa- a describir las condiciones en las que le tocó criar a sus hijas: “El lugar del taller era una habitación 4×4. Los trabajadores no se movían, salvo para el ir al baño. No se podía hablar, la música estaba fuerte como para que nadie se escuchara.”

-¿Qué te pasaba por la cabeza entonces?

-Me preguntaba para qué vine. Un inmigrante tiene muchos sueños, pero cuando llegué no era lo que soñaba. No sabía ni qué hora era, estábamos entre hilos, telas y música fuerte. Y siempre nos decían ´acá el trabajo es así´.

-¿Tu jefe era argentino?

-No, de mi colectividad. Nos decía que a él lo habían hecho trabajar así, entonces que él hacía lo mismo.

-¿El taller dónde estaba?

-Por Parque Avellaneda.

-¿Vos dónde vivías?

-Mis niños estaban conmigo y alquilaba piecita en el mismo lugar del taller.

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-¿Fue el único taller donde trabajaste?

-Sí, pero siempre viví en lo que ellos llaman talleres familiares. Siempre alguno te alquila una piecita.

-¿Cómo lograste salir de la situación?

-En el 2000, 2001 hubo mucha crisis. El taller quebró y cerró. Quedamos afuera sin trabajo, sin plata. No sabía qué hacer. La pasamos muy mal. En el 2002, todavía no tenía trabajo. Iba a los comedores, a las Iglesias. Nació mi tercera hija. Cuando no podía entrar a los comedores, no comía. Un día me dijo mi hermana que había abierto un comedor en Directorio y Lacarra, que había mucha gente de la colectividad. Para mí era todo muy raro porque la gente era amable, no eran malos. Me hicieron sentir que tenía derechos. Ahí me sumé a La Alameda (N de la R: es una de las fundadoras de la Cooperativa La Alameda, dedicada a la lucha contra la trata y la explotación laboral). Siempre me apoyaron.

“Me preguntaba para qué vine. Un inmigrante tiene muchos sueños, pero cuando llegué no era lo que soñaba. No sabía ni qué hora era, estábamos entre hilos, telas y música fuerte”

-¿Qué le sumó a tu vida?

-Aprendimos a organizarnos, nos preguntamos entre los inmigrantes qué podemos hacer para que no nos traten tan mal, que nos explotan, nos maltratan. Antes no se hablaba. Siempre silencio. No encontrábamos una respuesta, ninguna radio ni ningún medio hablaba de los talleres esclavos, muchos patrones que les pegaban a sus empleadas. Lamentablemente sigue pasando lo mismo.

¿Por qué pensás que hay tanta explotación en los talleres?

-Participé en muchas investigaciones, no sólo acá sino también con la explotación de niños en las cosechas. La policía sabe dónde están los talleres, los vecinos también. El gobierno, nadie hace nada. En los talleres familiares a veces hay más explotación todavía, donde hay una o dos máquinas. Pagan muy mal. La mayoría se autoexplota, lamentablemente. Si las marcas pagarían un poco más, se podrían hacer dos turnos y no habría tanta explotación. Hay lugares donde el trabajador paga la luz, el agua y el gas que usa en los talleres. Siempre le están debiendo plata al patrón y no pueden salir.

-¿Qué responsabilidad tienen las marcas?

-Ellos saben que están mandando a confeccionar a talleres que no están en regla. Son tan conscientes que ahora no le ponen la marca para que no quede rastro. Entonces la prenda sale así limpita del taller y va a otro lugar donde le pegan la etiqueta. Ellos (las marcas) dicen que los responsables son los talleristas, que son los que explotan, pero no es del todo así. Los dos son responsables. Las marcas saben que los talleres no cumplen con la ley, que pagan 2.500, 3.000 con cama (N de la R: “cama” se refiere al régimen de cama caliente, se duerme donde se trabaja), desde las 7 de la mañana hasta la una o dos de la mañana. Trabajan mujeres embarazadas y niños. Y se sigue pagando por prenda, en vez de por hora o por jornada.

-¿Y por qué no cambia?

-Nosotros seguimos peleando. En algunos lugares mejoró, pero falta mucho. Mucho.

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3 comments

  1. María

    La industria textil en argentina y en el mundo es impresentable…en europa una remera hecha en india te cuesta 2euros…como es posible? Y lo peor es que son las grandes marcas los que estan destras de semejante atrocidad. Aqui mueren niños quemados, miles viven en condiciones aberrantes, esclavizados…es tristísimo pero que se puede prentender cuando uno de los principales responsables es nada más y nada menos que la empresa textil de la primera dama…Olga es un gran testimonio, gracias por compartirlo

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