Noche de paz: a 30 años de la muerte de Luca Prodan, una vida en fuga hacia la libertad

Texto: Alejandro Duchini / Fotos: Editorial Planeta

 

Tras cuatro años de viajar para entrevistar a gente cercana a Luca Prodan, el periodista Oscar Jalil escribió la biografía Luca Prodan – Libertad divino tesoro (Planeta, 2015). Fotos conocidas, fotos inéditas. Luca con pelo largo, con bigotes. Luca con anteojitos. Luca formal; Luca informal, con pañuelo en la cabeza. Foto de una orden de captura por desertor. Y voces. Muchas voces de entrevistados con los que Jalil reconstruyó -a través de viajes por Hurlingham, Córdoba, Roma y hasta Londres- a una de las figuras más emblemáticas (y míticas) del rock argentino.

Luca había escapado de Europa por su adicción a la heroína. En Argentina encontró otra droga: el alcohol. Estaba a punto de internarse en una clínica de desintoxicación en Entre Ríos. Para eso necesitaba dinero que pensaba conseguir con la firma de un nuevo contrato discográfico. No llegó a tiempo: falleció en la madrugada del 22 de diciembre de 1987, hace ya 30 años.

Luca vivió sus últimos días (y largas noches) en una casa precaria de la calle Alsina, en el barrio de Monserrat, donde hoy lo recuerda una placa: “Aquí vivió sus últimos días Lucas George Prodan – Voz y líder de Sumo. Luz, sonido y poesía del rock nacional. Declarado sitio de interés cultural por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. Año 2007”. Las paredes y la vieja y sólida puerta de ingreso están repletas de pintadas. Al lado hay un negocio de venta de comidas al paso; enfrente bares y casas viejas entre las más viejas. Así es hoy el lugar en el que murió Luca, quien horas antes de aquella madrugada había tocado con la banda en la cancha de Los Andes. Eran tiempos en los que Sumo preparaba un nuevo disco. Según cuenta Jalil, tanto su entorno como él mismo presagiaban el final, como si la vida de Luca hubiera sido un rompecabezas que se fue armando hasta terminarse aquella noche trágica.

 -En tu libro escribís que “una historia puede comenzar en cualquier parte”. ¿Dónde comienza la de Luca?
-La vida de Luca arranca con el nacimiento de su padre, Mario Prodan, con quien tiene un fuerte vínculo. Todo lo que le pasó al padre determina su vida. Buena parte de la vida de Luca fue oponerse al mandato familiar impuesto por su papá. Andrea Prodan, su hermano, dijo que le gustaría contar más cosas de ese padre que queda como villano pero que no lo era. ¿Quién era Mario Prodan y qué era lo que les pedía a sus hijos? Les exigía que hagan todo bien. Eso determinó a Luca. Ni hablar del hecho de que lo manden a estudiar a Escocia, a un lugar terrible, con disciplina militar, donde se bañaban con agua fría en invierno. Eso marcó la vida de Luca. Es imposible entenderlo sin entender a su padre. Así que su vida arranca ahí: con el abuelo de Luca como comandante de un barco, que por esas cosas tiene un hijo en Estambul. Ahí empieza una película épica, con sus padres que se conocen en China, que van a parar a un campo de concentración del que por suerte salen. La mamá de Luca, Cecilia Pollock, también nómade, había nacido en China de padres escoceses. Eligieron vivir en París, aunque podrían haber elegido Londres, ya que el padre era experto en arte chino y ahí tenía buenas posibilidades laborales. Pero eligieron Roma.

-¿Me contás de algún testimonio que, por diversos motivos, te haya asombrado particularmente?
-Los testimonios de sus novias, amigas y demás allegadas me asombraron. En todos los casos hablan de una sensibilidad muy particular. Quienes mejor definen a Luca son las mujeres. Eso está claro: era un buen amigo de sus amigas. Un tipo que escuchaba. Un tipo de modales refinados. Eso atrapaba porque contradecía la imagen de Luca. Los mejores testimonios son de Claudia Gernhardt (amiga), Lila (Riquelme), la mujer de Sokol, y el de Ceriani (Cecilia, última novia de Luca), porque muestran otra faceta de Luca, que hasta ese momento era desconocida. El libro hace justicia al desmentir esa imagen terrible que muestra la película de Jorge Coscia, Luca vive, donde se ve a un golpeador, a un tipo desagradable, sobre todo con las mujeres. Los testimonios de las chicas son muy reveladores. Y también muestran su costado más íntimo. Hay además algo fundamental: con las mujeres no competía. En cambio, con los hombres siempre estaba esa competencia. Era un tipo sencillo, que hablaba con todos y que tenía una amplia cultura literaria, cinematográfica y, obviamente, musical.

-¿Cuáles son las sensaciones que te quedaron al terminar el libro?
-Me queda la sensación de que Luca no era fácil, pero de todos modos le escapé a algunos análisis psicológicos. Preferí que a Luca lo cuenten sus allegados. Me queda la sensación de que todo el tiempo Luca peleaba con esa idea de que se iba a morir. Era como un círculo vicioso: la ginebra le frenaba la abstinencia de heroína, pero al fin de cuentas cambió una adicción por otra y no podía parar. Quienes estaban a su lado querían que frenara, pero era como un destino ya manifiesto y él lo sabía. También encontré en Luca a alguien que extrañaba a su familia. No la veía. Solía quejarse por la falta de afecto. Se fue mezclando todo en una ensalada de conflictos. Su actitud era de macho alfa que dominaba la escena, que llamaba la atención. El que se pone en ese lugar es un poco el que tiene el control de la situación y al mismo tiempo ayuda a los demás. Era una especie de líder carismático. Pero creo que dentro de la historia lo que queda es un Luca para armar, porque cada entrevistado tiene su versión de Luca. Hay ciertas cuestiones que van a ser siempre un misterio. Porque muchos de los que hablaron de él no sé si realmente lo conocían. En su última época estaba deteriorado y la gente le escapaba. Incluso, cuando arma una fiesta de despedida, algo muy fuerte porque siente que se va a morir, no va ninguno de los Sumo. Faltan muchos de sus amigos. En su última época se había aferrado a un círculo, no sé si nocivo, pero como con amigos de paso. Había mucho lumpenaje en su casa de Alsina. Eso abona la leyenda sobre él. Y es además un dato que agrega más cosas.

“El libro hace justicia al desmentir esa imagen terrible que muestra la película de Jorge Coscia, Luca vive, donde se ve a un golpeador, a un tipo desagradable, sobre todo con las mujeres. Los testimonios de las chicas son muy reveladores”

-¿Cómo era su vida en aquella casa de la calle Alsina que hoy es mítica?
-La casa de Alsina pertenecía a El Colorado, un afinador de pianos que trabajaba en el Teatro Colón y la usaba como depósito para guardar pianos. Luca tenía una habitación que creo que alquilaba. Hay toda una mitología con esa casa. Claudia Gernhardt me contó que él no pasaba mucho tiempo ahí. Era una casa que no tenía baño. Y como no se podía bañar, se bañaba en la casa de Claudia. O sea que estaba poco ahí. Alrededor de esa casa se creó como una bola. Una cosa que él contaba que le pasaba ahí es que escuchaba ruido de cadenas y gritos. Y cuando volvía borracho tiraba botellas contra las paredes. Hay un vecino que cuenta que no entendía qué le pasaba a Luca. Pero después se descubrió que ahí funcionaban salas de tortura en la época del Virreinato. Ahí murió gente. Esas cosas me llaman la atención. Hay un dato fundamental: Luca nunca tuvo una casa, siempre vivió de prestado. En Traslasierra, en lo de Jorge Crespo o en el departamento de Esther en el Abasto. Sólo un tiempo alquiló una casa cerca de El Palomar, con Mónica Stromp (su novia), pero nunca fue una casa porque no tenía ni muebles. No se puede decir que era una casa. Me parece que es un dato fundamental: una casa es un lugar al que podés llegar, aunque sea humilde, y estar más o menos confortable.

-¿Qué imagen te queda de Luca tras haber hecho cerca de 80 entrevistas sobre él?
-No me quedo con una imagen particular. Hay miles de imágenes. Entre ellas, la del pibe que se escapa de la escuela de Escocia y llega hasta acá. Su vida es una fuga permanente. Siempre en nombre de la libertad. Con contradicciones, con errores y con su costado menos querible. Me parece que todo lo hizo en nombre de la libertad. Con la intención de oponerse a un mandato familiar y también a un mandato social. Era un tipo inmanejable. Lo dice su hermano Andrea: “pará un poco, tenés que bajar, no puede ser todo bardo, todo quilombo”. Me parece que le queda como un romanticismo de otra época, que es alguien desilusionado con ciertas ideas del rock de los 60. Era un hippie que creció escuchando rock progresivo y a un montón de músicos. Tenía 23 o 24 años cuando aparece el punk rock, al que miraba de reojo. Siempre le gustó el reggae. Hacía canciones muy sencillas, Luca. Tenía una imaginación increíble. No vino con la idea de armar una banda sino con la de invertir algunos pocos pesos que tenía en un campo y curarse de la heroína. Pero vio que acá faltaba algo y entonces pensó que se podía meter por ahí. Tenía una actitud punk. Era fanático de Génesis, Yes… bandas que a un punk medio no le gustaban.

-¿Qué era Sumo en aquellos años?
-Creo que Sumo era una banda incómoda para el rock argentino. Un poco porque iba en contra de los postulados de la época, que eran pasarla bien, hacer música bailable. Sumo era una mezcla de cosas y exigía como alguna atención extra o cierta información previa. Hay temas muy raros. Su música no se escuchaba acá. Están La rubia tarada o Los viejos vinagres, pero esas canciones no eran Sumo. Había otras más representativas. A lo largo de la investigación me sorprendió encontrar pocas tapas de Sumo: desde el 85, cuando se conoce a la banda, porque la etapa under no está cubierta, sólo tiene cuatro tapas de Pelo, la gran revista del rock en esos tiempos. Y una cuando muere Luca. ¡Alejandro Lerner tiene más tapas! Ni hablar de otros grupos. Por eso creo que Sumo tenía un lugar exótico. Se convirtió en una banda de culto. Era una época como de cierto deterioro económico, sobre todo desde el 86. No había tantos grupos. El rock argentino se movía en esos vaivenes. No era tan lineal como ahora, que por ejemplo Ciro toca dos o tres veces al año en el Luna y después en el Cosquín. Y eso que Sumo tenía cierta difusión. Pero no existían tantos canales ni había un circuito de rock. Las dos veces que tocaron afuera, en Viña del mar y en Montevideo, les fue bien. Pero resultó un período muy corto. Sumo arranca en el 82 y graba su primer disco en el 85. Cuando parece que va a pasar a otro nivel, se muere Luca. Aquel que haya visto a Sumo en vivo quedó marcado y luego esa experiencia fue transmitida a través de un boca a boca gigantesco. Y como las generaciones posteriores no pudieron ver a Sumo en vivo, se alimentó el mito. Y mucho más se alimentó con la muerte de Luca.

-¿Cómo fueron las últimas épocas de Sumo?
-En la época de la recordada Semana Santa (intento de golpe militar al gobierno de Raúl Alfonsín) se graba el disco (After chabón) en condiciones desfavorables, porque no tenían temas y muchos los terminaron componiendo en el estudio mismo. Luca casi ya no se metía. Grababa las voces y no opinaba tanto. En la banda sabían que se venía el final, porque parecía que no podía vivir mucho más, aunque esto no quita que todos se sorprendieron cuando murió. Los Sumo sólo se juntaban a tocar. Sumo tocó mucho en el 87. Pero lo notable es el deterioro de Luca. Cuando presentan After chabón en Obras, él tiene las letras de las canciones anotadas para leerlas. Ahí se nota el deterioro. Estos siete años son de sobrevida para Luca. Porque venía de un coma hepático de Londres y vivía tomando ginebra. Le dicen que, si no para se va a morir, pero era como que ya no se podía hacer nada. La idea era llevarlo a una clínica de desintoxicación en Entre Ríos, pero era muy cara. Por eso querían firmar un contrato con la CBS por tres discos más. Uno sería Fiebre, otro en vivo y un grandes éxitos con temas viejos y otros nuevos. No hay un disco en vivo de Sumo que suene bien. Todos sabemos lo que podía provocar Sumo en vivo con un disco bien preparado.

“En su última época estaba deteriorado y la gente le escapaba. Incluso, cuando arma una fiesta de despedida, algo muy fuerte porque siente que se va a morir, no va ninguno de los Sumo”

-¿Qué vieron en Luca los demás integrantes de Sumo al momento de armarse la banda?
-Creo que notaban que era un tipo talentoso. Me parece que también para ellos era como un honor que Luca los eligiera. Esos primeros encuentros fueron bastante casuales en cuanto a cómo se dieron las situaciones. No se hablaba mucho, las cosas se daban naturalmente. Pettinato le hacía una entrevista y le contó que tenía un saxo y ahí quedó en el grupo. Luca todo el tiempo invitaba a gente a subir al escenario o a formar parte de los ensayos. Los músicos se enojaban mucho con eso. Sumo a veces se volvía una banda muy amateur. Pero cada uno que conoció a Luca descubrió un mundo nuevo. Entendió que no era necesario tocar súper bien. Lo cuenta Arnedo. En esa época había una especie de actitud en el rock argentino de estar muy pendientes de las herramientas y los ensayos y no de la naturalidad del show. Luca rompe con todo eso. Les abre la cabeza en cuanto a la libertad. Además, entienden que lo que hacían estaba bueno. Luca tuvo la suerte de tener buenos músicos: eso era Sumo, y no la banda de Luca. Luca era una atracción, pero íbamos a ver a una banda en la que todos componían, todos tenían participación. Había una asociación colectiva. Entonces Luca también tuvo la suerte de encontrar músicos que no encajaban mucho en la escena del rock argentino y pudieron hacerse un lugar a través de Sumo. Es llamativo lo que puede provocar alguien muy arengador, alguien que genera estímulos. Sumo se hizo con Alejandro Sokol y Germán Daffunchio, que no eran profesionales de la música, y con Diego Arnedo y Ricardo Mollo, que sí lo eran.

-Entre los temas de mayor referencia cuando se habla de Sumo suele aparecer Mañana en el Abasto. ¿Es quizás el más referencial?
-Me parece que es un tema que adquirió cierto carácter expansivo a partir de la muerte de Luca. Tiene algo de tango y algo de despedida. La canción originalmente no les gustó a los Sumo. No les parecía interesante. Pero parece que cuando la estaban grabando pasó Spinetta y les dijo que era una canción maravillosa. Pettinato, que escuchaba mucho a Spinetta, le dio bola. Pero hay otros temas de Luca que tienen un costado melancólico. Lament, por ejemplo, que muestra ese costado del Luca cantautor. Porque por lo general las canciones son más veloces, abrasivas. Por suerte hay discos como Perdedores hermosos que muestran a ese otro Luca, al autor haciéndose cargo de cómo lo canta. Mañana en el Abasto es una canción muy porteña. Tiene que ver con los años que Luca vivió en ese barrio. Tiene que ver con esa bohemia que proponía Luca de ir por bares y hablar con los mozos. Tiene que ver con un lugar que no era un shopping en esa época sino un ex mercado que marcaba como el final de una época; un lugar tan importante en otro momento y que para entonces estaba derruido. Ahí me parece que Luca también habla de su propia decadencia y del paso del tiempo y lo describe de la mejor manera. El tema es hermoso, me parece una gran postal. Igual, no sé si hay que ponerla en un pedestal. Hay canciones que me gustan más que Mañana en el Abasto. No me parece la canción suprema. Está muy bien, pero hay otros temas que sirvieron para armar una banda. Divididos por la felicidad o Mula plateada o Estallando desde el océano hacen que uno quiera armar una banda.

-¿Qué les dirías a los chicos de las nuevas generaciones que quieran saber quién fue Luca Prodan?
-Que escuchen los discos. Que no lean tanto. Su mejor legado son sus canciones. Todas las anécdotas, las cosas que cuentan los mozos, las barbaridades que a veces decía de Moura o Cerati son cotillón. El verdadero legado está en las canciones, en la manera de cantar. Nunca se habla de su voz ni de su modo de actuar ni de lo tan buen frontman que fue. Por el tono de voz, me recuerda mucho a Jim Morrison. Lo mejor de Luca está en los discos de Sumo. Y que sepan que Sumo es una banda y no es la banda de Luca. Después si alguien quiere investigar es otro paso. Pero me parece que la mejor manera de conocer a Luca y a Sumo es a través de los discos.

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