Aniko Villalba: “No soy una viajera que escribe, soy una escritora que viaja”

Texto: Julio De Bonis

 

Aniko Villalba entra a un hamman (baño público árabe) en Marruecos. Opta por la versión para los locales, que lo usan para bañarse porque en sus casas carecen de duchas. Descarta así el hamman para turistas, donde hay mayor confort, masajes y terapias con flores. Está sola y desnuda, tratando de descifrar los pasos a seguir. Ve salas, pero no descubre ninguna ducha. Le dan dos baldes, en uno el agua hierve, en el otro está fría. También recibe una suerte de sartén profunda que servirá para mezclar las aguas en busca de la temperatura ideal. Decide pagarle medio euro a una mujer gorda y robusta para que la bañe. La “bañadora” refriega el cuerpo de Aniko con una esponja como si fuera una muñeca de trapo, para quitarle la piel muerta.

Las experiencias con conexiones locales son una marca registrada de Aniko, que suele alejarse de los sitios para turistas, esas torres de Babel 2.0. Desde 2008 se dedica a recorrer el mundo detrás de su vocación narrativa, y hoy, a sus treinta y un años, tiene dos libros escritos -Días de Viaje (2013) y El síndrome de París (2016)- y un millón de sellos en su pasaporte. Lejos de ser la guía de una aventurera, estamos ante una escritora que usa sus experiencias nómades como inspiración.

Ahora, en una plaza de Parque Chas, barrio porteño que la entrevistada desconocía y cuyas calles llevan nombre de ciudades internacionales, fluye la conversación.

-¿Cuál es tu rutina de trabajo en los viajes?
-Me cuesta separar viaje de trabajo. Siempre voy a estar mirando sobre qué puedo escribir, buscando ideas para generar contenido o sacando fotos, que después se van a transformar en notas para revistas, posts para el blog, temas para mis próximos libros; no lo puedo separar.

-Cuando un mochilero quiere recorrer todo el sur se plantea, por ejemplo, terminar en Ushuaia, o sabe que tiene una x cantidad de días. Vos, ¿estás determinada por un destino final o por cierta duración?
-No, porque ni siquiera tengo pasaje de vuelta, así que no tengo ni idea. La primera vez, cuando me fui a Sudamérica pensé que iba a viajar seis meses y me parecía muchísimo. Había hecho cálculos y me dije: bueno, si quiero conocer de acá a México y estar 15 días en cada país voy a tardar eso. Al final me fui 9 meses y ni llegué a México. Cuando me fui a Asia también me fui sin vuelta. Igual, ahora me doy cuenta de que al año necesito volver, aunque sea por un mes o dos, no para quedarme, pero es como que se cumple un año y ya me canso: quiero estar de vuelta en casa, ver a mi familia y a mis amigos.

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-¿Cuándo te das cuenta que llegó el momento de irte de una ciudad?
-Voy viendo, a veces me tengo que ir porque no consigo lugar para quedarme y sigo camino. Igual, me doy cuenta que se cumplen ciclos, que ya el lugar me dio todo lo que tenía. Puede pasar en dos días o en diez meses.

-¿Hay algún momento en modo vacación?
-Pocos, cuando no uso la compu, ni saco fotos, ni tomo apuntes. Cuando me desconecto de todo.

-¿Cuánto cambiaron tus relaciones por los avances tecnológicos?
-Mucho. En mi primer viaje tenía un celular pero no tenía smarthphone, no se usaba, el celular era para emergencias; para hablar con mi mamá iba a un locutorio y llamaba por teléfono al fijo. Tampoco se usaba tanto el skype, era difícil estar conectado de manera instantánea. Sí, por mail.

-¿No hay algo de contradictorio en eso de estar viajando siempre conectada?
-Depende de cómo lo uses. Yo tengo apagadas las notificaciones de mail, de facebook, de instagram, salvo el Whatsapp no tengo nada activado. Porque si no constantemente te llega algo y para mí desconectarme es no mirar el mail ni facebook. Whatsapp lo dejo porque ahí es donde tengo a la gente más cercana, no lo uso para lo laboral. Entonces es lindo, me gusta estar lejos y mandarle una foto a una amiga y mostrarle qué estoy viendo.

-¿Cómo se elige la próxima estación?
-Casi siempre de manera intuitiva. O sea, siempre hay un lugar que me llama. En el primer viaje, a mí me llamaba América latina, no sé, no me llamaba Europa, ni Estados Unidos, ni nada. Quería conocer América latina y seguía ese impulso. Después me empezó a llamar Asia, más adelante Hungría y España, que tienen que ver con que mi mamá es húngara y la familia de mi papá es española.

“El último año estuve siempre alojándome en casas, y ya en un punto no daba más, te cansás de estar poniendo buena cara”

-¿Cómo es el sonido de esa llamada?
-No sé, de pronto lo siento, lo que te decía de mi mamá húngara… todos me decían seguro que conocés Hungría. ¡No! ¡Porque nunca sentí que fuera todavía el momento para ir a Hungría! De golpe, se dieron un montón de señales: apliqué a una beca para estudiar húngaro en Budapest y me la dieron, mi mamá me dijo que si salía esa beca venía a verme… todo me señalaba que Hungría, ahora sí, entonces fui.

-Confiás en que el camino se hace al andar.
-Sí, por alguna razón misteriosa.

Fanática de los Beatles, Aniko podría pasar al femenino el tema “Nowhere man” para ilustrarse. Es que mientras la mayoría de los mortales nos regocijamos diariamente con la llegada al hogar, ella desconoce esa sensación en su hoja de ruta. Sus distintas escalas son casas de familias ajenas.

-¿No hay un nivel de saturación grande en eso de ser huésped tanto tiempo?
-Mi segundo libro es un poco sobre eso y toda mi búsqueda del hogar, preguntarme si el hogar es una ciudad, un lugar, una persona… Y me pasó que el último año estuve siempre alojándome en casas y sí, ya en un punto no daba más, porque es como vos decís, te cansás de estar poniendo buena cara.

-¿Cómo fue ese momento de cansancio?
-Me cansé, estaba triste, me había separado, se me había muerto quien era como mi abuela, estaba de duelo. Llevaba cierta tristeza encima y no estaba a la altura de dar lo que se espera cuando te reciben. Porque está buenísimo quedarse en casas, ahorrás un montón, pero te saca independencia porque dependés de cada familia que te aloja. Algunos quieren que estés con ellos todo el tiempo, te llevan de acá para allá. Ojo, a veces no, te dan la llave y te dejan hacer lo que quieras, pero uno no es totalmente libre, yo no me podía encerrar cinco días y quedarme mirando series metida en la cama sin darle explicaciones a nadie. Eso al final se me hizo muy complicado. Después, cuando lo conocí a L -su actual marido-, con quien decidimos quedarnos en Biarritz (Francia), alquilamos un cuarto en casa compartida y eso fue un hogar: nuestro cuarto, un escritorio que compartíamos para trabajar y un baño privado. Era cerrar la puerta y ya está, no tenía que explicarle nada a nadie.

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-Armemos un bolso donde sólo entren cualidades. ¿Cuáles se necesitan para ser huésped un año y estar todo el tiempo cambiando chips culturales?
-Capacidad de adaptación: adaptarte a lo que te toca en el momento del lugar en el que estás. Mi primer desayuno en China fue en una casa de familia y justo la chica que me alojaba no estaba y era la única que hablaba inglés… así que estaba sola con los padres, allá son todos hijos únicos. Me invitaron con gestos a sentarme a la mesa y me trajeron el desayuno, que era un bowl con algo que parecía leche, pero podía no serlo, un huevo que parecía estar duro, un pedazo de pan y unos palitos. Yo pensaba: ¿Cómo mezclo estas cosas? ¿Mojo el pan en la leche? ¿Pongo el huevo ahí adentro? ¿Qué hago? Entonces esperé a que se sentaran los padres y vi lo que hacían. Copié todos los movimientos. Al final era un huevo duro que lo peló y se lo comió así, le puso café al bowl de leche y se comió el pan, no era tan distinto… Pero bueno, hay cosas que hay que adaptarte: sacarte los zapatos en Asia, que a mí me gusta, pero si no no sé…

En su periplo Aniko cruzó muchas barreras culturales, pero la más difícil, su río Rubicón, podría titularse Crónica Escatológica China.

-Sí, esa fue la más extrema. Yo tenía una pesadilla recurrente donde tenía que ir al baño y todos los inodoros estaban puestos en un espacio público sin pared, o sea que la única opción que tenía para ir al baño era frente a todo el mundo. A veces dentro de un shopping o en un colegio, siempre con mucha afluencia de gente que prestaba atención a lo que hacía, entonces no me animaba a ir. Después de ir a China se me fue esa pesadilla.

-Fue premonitoria la pesadilla.
-Totalmente. Antes de ese viaje, una china malaya me dijo: cuando vayas a china llevá un paraguas. Le pregunté: ¿Por qué? ¿Llueve mucho? No, me dijo, es porque en los baños públicos no hay paredes, ni puertas, entonces el paraguas hace de escudo. No llevé paraguas, pero sí me encontré con un baño en la ruta que era una canaleta en el piso. Había paredes de separación, pero sin ninguna puerta, si vos caminabas de punta a punta veías todo y ahí no hay inodoros, se acuclillan. Tuve la imagen de ver a dos chinas acuclilladas, fumando un pucho, frente a frente, cagando y charlando como si nada.

-Pasemos de las pesadillas mentales a las carnales, ¿cómo es estar enferma en otro país?
-La peor fue en Guatemala, que me agarró dengue. Estuve internada cinco días en una clínica, pero creo que había estado viajando una semana enferma. Me sentía muy mal desde que llegué a Antigüa (Guatemala) y me picaron muchos mosquitos. Al otro día me desperté y no tenía hambre, estaba asqueada. Pensé que era el cambio climático, hacía mucho calor.

  “Tuve la imagen de ver a dos chinas acuclilladas, fumando un pucho, frente a frente, cagando y charlando como si nada”.


Seguí yendo de ciudad en ciudad, recorriendo, y a cada lugar que llegaba lo hacía muy cansada, con ganas de irme a dormir. Pasaron los días y comía sólo una vez por día por obligación. Una noche desperté con mucha fiebre. En ese momento estaba la epidemia de la gripe A y había carteles en el hostel sobre los síntomas y dije ya está, tengo eso. Me fui a la ciudad siguiente porque no quería saber que tenía, sentía que si iba al médico me iba a arruinar el viaje. Encima, el último trayecto fue un desastre, había habido un derrumbe y tuve que hacer varios kilómetros a pie con el barro hasta los muslos.

-Ideal para tener dengue.
-¡No sabés! Llegué a las ruinas de Tikal, me tiré a dormir y cuando desperté fui a ver un médico porque algo me pasaba. Tomé un mototaxi, entré en la clínica y me dieron suero: estaba deshidratada. Al día siguiente hicieron los análisis y dio dengue. Aparte tenía Amebas, que es un parásito que está en el agua, y eso es lo que tenía tan mal del estómago. Pero en la clínica todo bien, la pasé bárbaro, me contaban todos los chismes. La doctora me sigue escribiendo por Facebook.

-Muchos se quieren pegar un tiro si se enferman en el extranjero, ¿vos no te desesperaste?
-No, me preocupé cuando me dijeron que tenía dengue, ahí le pregunté a la doctora si me iba a morir y me respondió que ya me hubiera muerto. Pero me sensibilizó mucho, pensé: si no existiera la profesión de médico, ¿qué sería de nosotros? Me pegó más por ese lado.

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-Hablemos de gastronomía, ¿cómo se adapta tu organismo a las distintas comidas?
-Depende, en Asia, que comen de todo, estaba feliz. Porque en realidad un desayuno debiera ser más completo, como un almuerzo o una cena. Un desayuno en Filipinas era una mesa entera llena de huevos, fideos, pescado, arroz, carne, mariscos, todo lo que quisiera. Después al mediodía comía menos y a la noche dependía. Es que gasto mucha energía porque estoy todo el tiempo caminando, necesito alimentarme.

-¿Alguna gastronomía te hizo decir basta?
-Sí, Marruecos, que es todo harina. A un punto que veo mis fotos y estoy toda hinchada. Subí 6 kilos, que en mi peso se nota, se me escondían los ojos en la cara de lo redonda que estaba.

-¿Y por qué no parabas de comer? ¿Vas a un lugar y sos esclava de su comida?
-Y… en general sí, no me puedo escapar. Porque la gente te da de comer y te lleva. ¿Qué vas a hacer?

“En Argentina tenemos una palabra que no se usa en ningún otro lugar, que es sobremesa. Las palabras marcan una cultura”.

-Me meto en tu intimidad. Ser mujer tiene inconvenientes extras, por ejemplo el ciclo menstrual. ¿Cómo se soluciona?
-Jajaja. ¿Te digo? Soy evangelizadora de la copa menstrual, antes usaba tampones pero hay lugares donde no se consiguen, como los países musulmanes. No lo googlées porque te va a dar asco. Y para depilarme compré la maquinita y voy con eso a todos lados.

-¿Cómo fue la experiencia de haber visto la aurora boreal?
-No lo podía creer… es algo que nunca viste en tu vida, de repente ver cómo el cielo se está pintando de verde y de violeta y no saber cómo… no sé, a mí me encantó.

-¿Internamente te llenó de energía, tuviste alguna experiencia cósmica?
-No, lo que me dio mucha energía fue el sol de medianoche en Islandia. Fui 20 días y siempre había luz, no tan fuerte, pero no había oscuridad. Me re aceleró, pero me encantó, podría vivir así.

-¿Y cuánto dormías ahí?
-Normal, ocho horas, pero eran las doce y estaba re activada, cosa que acá no me pasa.

En Alemania, Aniko encontró una palabra que la ilustra: Wanderlust, que significa fuerte deseo o impulso por conocer el mundo.

-Es re linda esa palabra. Y en Argentina tenemos una palabra que no se usa en ningún otro lugar, que es sobremesa, también re linda. Me encanta que las palabras marcan una cultura.

 -¿Cuándo llegás a un lugar vas con algún foco definido?
-Depende de cada lugar, capaz voy con una idea más general. Sé que en Tokio voy a llenar un álbum de figuritas bizarras porque tiene de todo. Hay un abuelo que se viste de colegiala y sale al parque para que la gente se saque fotos con él, después tenés los dispensers de bombachas usadas, cosas mitológicas que existen, entonces a Tokio voy a ir con el radar en busca de cosas raras. Igual, si busco bizarreadas pero empiezo a ver cosas relacionadas con otra temática, estoy abierta a olvidarme de esa hipótesis inicial y decir: no, mirá, lo que Tokio me está dando es, qué sé yo, comidas.

-¿Es un laburo full-time? ¿Estás siempre buscando una excusa literaria?
-Sí, es agotador. Para mí viajar tiene mucho que ver con prestar atención. Incluso cuando estás en tu ciudad, si prestás atención como que la realidad te sorprende aunque sea algo conocido. Y estar con esa mentalidad todo el tiempo es agotador, tu cabeza no descansa nunca.

 “Soy totalmente                   autorreferencial, me siento muy cómoda ahí, porque el personaje soy yo y me conozco”.


Hace poco leía sobre los escritores que hablaban de esto, porque salís a dar una vuelta y tu mente está trabajando: estás pensando en el texto que vas a escribir o buscando ideas o analizando la realidad para una novela, nunca se termina. Hay que intentar encontrar el equilibrio, tampoco me gusta estar tan a la deriva siempre.

-Para eso tenés el blog, que sería un cable a tierra donde plasmar lo inmediato.
– Pero eso es ahora, porque en el último viaje que hice salí totalmente a la deriva, lo único que quería era superar el duelo. El viaje era donde fuera, salí buscando la felicidad. Ahora, como estoy bien, salgo con varias ideas y proyectos. Voy a ver cuál hago, después siempre hay una que va decantando.

-Tus libros son como cuentos que te tienen como protagonista y los lugares son el contexto, la excusa para escribir. ¿Viajar es encontrar la inspiración?
-Sí, en general, sí. Es como que trato de unir y los lugares pasan a ser excusas, como decís vos. Pero también sé que ciertas historias no me podrían pasar en otros lugares, o sea, tengo que estar ahí para que me pase eso.

-Elegís ciudades que intuis te van servir como musa…
-Sí, y a veces pasa que la historia la veo después. Me voy de un lugar pensando que no le saqué nada y ahí precisamente está la historia. Muchas veces necesito que se asientan las experiencias para verlas desde otra perspectiva. Una vez, en el blog hice un post que titulaba nada, porque sentía que no había hecho nada, pero dentro de esa nada había hecho un montón de cosas.aniko-indonesia

-Hay algo en vos de disfraz, porque se te podría catalogar como periodista de viajes y sos más bien una escritora que viaja para poder escribir.
-Sí, por eso un día cambié el eje de mi blog, porque yo antes decía “soy la viajera”. ¡Sí, la viajera! ¡Me encanta viajar! Y después me di cuenta que lo que más me gusta es escribir. Ahí dije no soy una viajera que escribe, soy una escritora que viaja. Y ahí sentí que me empezaba a definir mejor y que al público, no sé si se les cambiaba las expectativas, pero les decía: miren yo no soy la gran viajera, a mí me gusta otra cosa.

-Viajemos al futuro, proyectos de formar una familia, hijos, ¿Se puede complementar con tu estilo de vida?
-Quiero tener hijos, la verdad es que no sé si podré viajar porque todavía no los tengo. Sé que se puede, sé también que se necesitan otras comodidades. Muchos de los que viajan con hijos tienen vehículo propio: una casa rodante, un auto, algo como un espacio propio, que es totalmente necesario con un chico. Yo no tengo nada de eso. No sé si podría seguir viajando, quizás paro porque estoy cansada y quiero estar tranquila.

-Como la escritora está antes que la viajera, quizás las inspiraciones puedan venir de otro lado.
-Sí, claro, creo que si me quedo quieta igual voy a seguir escribiendo.

-En las primeras publicaciones de un autor, el protagonista suele ser él mismo camuflado en un personaje. Vos directamente usás tu nombre y apellido.
-Sí, soy totalmente autorreferencial, me siento muy cómoda ahí, porque el personaje soy yo y me conozco, pero tengo como proyecto escribir ficción. Me encantaría, pero nunca me animé a pensar. Es como ser una suerte de Dios eso de crear un personaje.

-Y al ser tan autorreferencial, ¿Qué te genera leer lo que escribiste?
-No me gusta, (risas). No me puedo leer… Bah, depende, lo último puedo, pero no me gusta leerme. Y sí leo lo del 2010 digo yo no soy eso, era otro momento, ya está. Ahora escribo distinto, me interpreto distinto. Todo tiene que ver con una evolución y que uno va cambiando.

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Un sello en el pasaporte para viajar al más allá

Aniko ha mencionado varias veces a lo largo de la entrevista el duelo que la tuvo a maltraer en su último viaje. Esa mujer, que era una suerte de abuela para ella, era Lily Süllös, la reconocida astróloga húngara. Su muerte fue trágica: se suicidó con su hermano en un pacto suicida. Ellos no estaban casados ni tenían familiares, se tenían sólo el uno al otro y habían jurado suicidarse si alguno de los dos estaba en el final de sus días. Aniko estaba al tanto del contrato mortal, pero la noticia la impactó con fuerza. El día que iba a ir a la casa de ellos a despedirse porque emprendía un nuevo viaje, el pacto se concretó.

-Había hablado de casualidad el miércoles con ella, estaba en lo de mi madre, atendí el teléfono y era Lily. Me dio unos consejos de vida y quedamos en vernos el domingo. El domingo me llamó mi mamá, le había llegado un mail de Luis -el hermano de Lily-, diciendo que Lily no reaccionaba y que él iba a cumplir el pacto. Entonces mamá agarró el auto, fue para Olivos y cuando llegó tuvo que llamar a los bomberos.

Ya era tarde. Él le había disparado a ella y luego se había suicidado.

-La relación de Lily con mi mamá era casi de madre e hija, para mí era como mi abuela, entonces me hizo mierda. Tenía ganas de dormir y despertarme 6 meses después cuando hubiera terminado el duelo. Tuve una crisis existencial, ¿Para qué hacer todo si después nos vamos a morir? Entonces viajé muy rara, no podía conectar ni con las personas, ni con los lugares, ni conmigo. Estaba en un plano que quería sentirme bien y olvidarme de todo. Meses después me fui a Hungría con mis papás. Fue todo muy bizarro, mi mamá tuvo un sueño con Luis y pensó en revisar su agenda. Encontró un número de Hungría y llamó, resultó que eran los primos. Mamá contó lo que había pasado, les dijo que ellos eran los herederos y también que se estaba por ir a Hungría. La mujer le pidió que vaya a visitarla. Así que fuimos, ella tenía setenta y largos y es médium, así que nos propuso hacer una sesión con Lily, a través de una Ouija.

-Continuá por favor.
-Yo sé que vos nos crees en esas cosas… (risas) Hicimos una comunicación con ellos, mamá le hizo unas preguntas a Lily sobre el día que murió, cómo murió, cosas que sólo mamá podía saber porque ella los encontró muertos, nadie más de esa mesa sabía nada y contestaba todo bien. Yo hice una pregunta sobre qué objeto de su escritorio nos gustaba mirar y pensaba en un globo terráqueo, algo redondo. Las respuestas nos las decía la prima porque la Ouija estaba en húngaro. Entonces, ella me dijo que veía una bola de nieve y pensé: nada que ver. Pero después me acordé que tenía una de esas bolas que si las das vuelta cae nieve y también me llamaba la atención. No te puedo asegurar que tuve una comunicación con ella, pero bueno, algo raro hay. Por eso, fue un viaje para buscar explicaciones de la muerte.

-¿Y le encontraste explicación a la muerte?
-Qué hay que aceptarla y para mí es muy difícil, pero hay que hacerlo.

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