Luciana Peker: “Si no nombramos nosotras a esta revolución, no la nombra nadie”

Texto: Cecilia Alemano / Fotos: Luisa Magdalena

Periodista especializada en género, Luciana Peker escribe hace años en el suplemento Las/12 de Página/12, que le valió el premio “La mujer destacada de la década” otorgado por el Instituto Federal de Políticas Públicas y el “Lola Mora” de la Dirección de las Mujer de la Ciudad de Buenos Aires, entre otros. En 2017 publicó “La revolución de las mujeres no era sólo una píldora” (Eduvim). Próxima a editar “Putita golosa. Por un feminismo del goce” (Galerna) sostiene que estamos ante un cambio tectónico en materia de género en donde el mayor riesgo es quedarse a mitad de camino.

-La idea de la revolución de las mujeres ya está planteada desde el título de tu libro. Decís que es “inconclusa, impertinente e impaciente”, ¿por qué?
-Nombrarla como revolución es una decisión política, es una decisión ideológica, es una decisión periodística y una decisión narrativa. Hay algo que es muy impactante: si no la nombramos nosotras, no la nombra nadie. Y cuando digo nosotras me refiero a las travestis y trans también: todas las identidades de género. La categoría mujer me identifica y me emociona. Hay un cambio de paradigma. Alguien me decía en Twitter: es una evolución. ¡No, minga! Entre tu abuela que no podía salir de la casa, entre esas mujeres incapaces que no podían manejar su dinero, que si eran viudas no eran nadie, que si eran abusadas perdían el honor y vos hay un abismo.

-¿Por qué “impaciente”?
-Todos los años el Foro Económico Mundial saca cálculos anuales de cuánto tiempo puede tomarnos la paridad real con los hombres y la última vez creo que el resultado fue de 170 años. ¡No tenemos ese tiempo! Por eso somos impacientes. En términos históricos es un proceso de cambio muy acelerado: para los varones esto está siendo un shock. Los prepararon para algo y les cambiaron las cartas del juego en muy poco tiempo. Esto es un volcán con lava, un tsunami, un sismo histórico donde hay dos placas temporales haciendo fricción entre ellas. Es como si viviéramos en dos siglos a la vez. Las mujeres están viviendo en el siglo XXIII y los hombres están viviendo en el siglo XVII. Al pibe lo educan igual que a su abuelo, a las chicas no las educan como a sus abuelas. ¡A mí me enseñaron a bordar en el secundario!

-¿Dónde ubicás el inicio de este cambio radical?
-En la Ley de Cupo en el `90. Ahora se acaba de aprobar la Paridad, con lo que la representatividad pasa del 30 al 50 por ciento. No creo que los cambios se agoten en la representación política -de hecho, lo más importante que hoy ocurre es el movimiento de mujeres en la calle- pero lo que sí creo es que los cambios no vienen solos: hay que generarlos. Sin espacios forzados nadie cede privilegios. Donde no hay cupo no hay el mismo lugar. Esta representación genera una batería de leyes que yo describo en el libro: educación sexual, salud sexual, identidad de género, matrimonio igualitario y otras. Nunca se hubieran producido sin mujeres en el Congreso.

-En un capítulo citás al abogado Maximiliano Postay, que dice que no es necesario sumar más y más leyes porque la problemática de género más que legal es social.
-Esa discusión surgió hace algunos años cuando se incorporó en el Código Penal el agravante por femicidio, entonces empezaron las primeras críticas a que el feminismo no sea sinónimo de punitivismo. Ahí hay muchas variables. Yo hoy me identifico dentro de un feminismo no punitivista. No creo que todas las soluciones sean agravamientos de penas. Hay discursos que quieren aprovechar los repudios del feminismo para instaurar recursos de mano dura. Después del asesinato de Micaela García hubo intentos de agravar las penas en nombre de ese femicidio. Creo que el feminismo no es eso. Hace poco entrevisté a Jean Bouvier, papá de Cassandre, una de las dos turistas asesinadas en Salta en 2009. Hay dos hombres condenados a cadena perpetua. De uno de ellos no hay pruebas suficientes y el propio padre de Cassandre brega por que quede en libertad, porque dice que su hija nunca hubiera querido que en su nombre se encarcele a un inocente.

-¿Cómo definís “género”?
-A mí me interesa lo pragmático de los conceptos más que los conceptos absolutos. Desde el punto de vista periodístico lo que nos trajo la idea de “género” es la posibilidad de cuestionar los estereotipos y la libertad de ser más flexibles: de salir de la idea binaria de que entrás a la puerta de varones o a la de mujeres. Cuando decimos “género” sentimos que entramos a través de una puerta giratoria donde podés ser más libre. La violencia de género trajo a su vez la idea clara de que no había crímenes pasionales. Que no te mataban porque te querían, ni te querían tanto que te tenían que matar. Por ende, no era un piropo que te cagaran a palos o te tiraran un tiro.

-“Porque te quiero te aporreo”, “los que se pelean se aman”. Lo decíamos tan desde el sentido común.
-Exacto. La violencia de género lo que empezó a marcar desde la escritura, es que existía una violencia por ser mujeres, o mejor dicho, por lo que se le atribuye al ser mujeres. Ni hablar con las trans y las travestis.

“En el actual escenario político, es decir, frente al macrismo, creo que lo que hizo la diferencia del feminismo, incluso frente a otros movimientos sociales como el de los derechos humanos, fue haber sostenido su autonomía frente al poder político durante el kirchnerismo”

-Rodolfo Palacios, periodista de policiales, dijo que fuiste quien instauró el concepto de femicidio.
-Sí. La primera vez que lo incluí en una nota pasó, y volvió porque los correctores de Crítica decían que no figuraba en los diccionarios de la Real Academia Española. Y aún no la ha aceptado. Es algo que se sale de toda la lógica pero que sobre todo muestra un nivel muy alto de ensañamiento. Está en nuestro Código Penal. Aceptaron 1500 millones de palabras boludas. La que más me gusta para combatir es que aceptaron el término “machichurro”. Será un tipo que es más que churro, yo qué sé. Sólo aceptan el feminicidio, que se usa sobre todo en México para referirse a algo más parecido al genocidio de mujeres.

-Mucho camino por desandar…
-Sí, recuerdo una anécdota con Palacios que ilustra cómo se vivía todo en aquel tiempo. Parece que pasó una vida, pero fue en 2009. Él estaba cubriendo un asesinato en el edificio naval, por Paseo Colón. Entonces matan a una mujer. Cuando vuelve me cuenta que el cana le dijo “acá no hay nada raro, no fue nada militar, no fue nada político, no fue un robo, fue pasional: caso cerrado”. Y lo mandó de vuelta. ¿Qué significaba “pasional”? Que ahí no había pasado nada. No había nada para investigar ni nada para publicar. No se había movido ninguna ficha de su lugar. La idea de femicidio por sobre “lo pasional” subraya que el Estado falló.

-Qué difícil habrá sido sostener el feminismo en la jungla periodística todos estos años.
-Sí. Pero yo hace mucho tiempo decidí que profesionalmente iba a hacer lo que quisiera más allá de la mirada de los hombres. Mi primera nota premiada se llamaba “La primera prueba de amor”, sobre el uso de preservativos en las parejas. Había un periodista que criticaba mi participación en la terna. Siempre cargué con esas cosas. Tenía un editor que me decía: “¿Sabés cuál fue tu mejor nota? ¡La de la chocotorta!”, porque había escrito sobre el boom de la torta de Chocolinas en los cumpleaños. O había algo para cubrir sobre aborto y me daban la dieta de Messi a base de pescado… Trabajé con Diego Bonadeo. Y yo, embarazada de Uma, igual le subía el tono. El último día antes de la licencia –como yo hablaba de anticoncepción- él me gritó: “¡Vos querés que mis nietas cojan!”. A modo de disculpas me dijo que él se formó con Fernando Niembro. ¡Imaginate! Yo no bajaba las banderas y le decía: “Es por tus nietas”. Hoy ellas tienen discursos feministas.

-¿Te inscribís dentro de una corriente del feminismo?
-Ante todo, soy periodista e intento escribir desde la pluralidad. No entrevisto a abusadores sexuales ni a femicidas. Es mi límite. No creo que esté mal en todos los casos, pero yo no lo hago. Tengo un compromiso con las víctimas. Hace poco vi una publicidad que me encantó, de Roby, el spray que usaban nuestras abuelas. “Elegí lo que heredás”, decía. Es una frase con la que me identifico mucho. Me siento emparentada con la femineidad amorosa, lo cual no significa doméstica. En mi propia trama la traza de las mujeres que dan amor a través de la cocina y la presencia tienen mucha fuerza. Las mujeres que intentaron ser independientes sin rescatar la amorosidad al menos conmigo fueron muy hirientes.

-Editaste el libro “Mujeres pariendo historia. Cómo se gestó el Primer Encuentro Nacional de Mujeres. Reseña íntima y política de las integrantes de la Comisión promotora” de Diana Maffia, en el que junto a otras periodistas -quien suscribe incluida- rastreaste a las pioneras del movimiento. ¿Cómo ves la evolución del Encuentro Nacional de Mujeres?
-El primer Encuentro de Mujeres del que participé fue en Tucumán en 2009. Y el mayor enriquecimiento fue escribir ese libro sobre el primer Encuentro de Mujeres. No es un libro fácil de conseguir, pero creo que ahí está el ABC de todo. Ahí entendí todo sobre el feminismo en Argentina, el origen del Encuentro que fue en Buenos Aires en 1986 y un hecho muy trascendente que fue la pelea del feminismo en Argentina por ser federal, popular, muy organizado, autónomo y horizontal. En el actual escenario político, es decir, frente al macrismo, creo que lo que hizo la diferencia del feminismo, incluso frente a otros movimientos sociales como el de los derechos humanos, fue haber sostenido su autonomía frente al poder político durante el kirchnerismo. Aun los sectores de mujeres kirchneristas -y obvio los de izquierda- siempre fueron críticos de lo que no les gustaba y demandantes de lo que querían. No se aprobó el aborto legal, pero siempre se pidió. Y nunca se dejó de ir a los Encuentros. NiunaMenos, como todas las otras marchas, fueron durante el kirchnerismo. Se mantuvo una autonomía que se separó de la lealtad zonza, como una fidelidad con la cabeza baja, casi patriarcal. Eso fue un gran valor. Pero creo que por sobre todas las cosas es lo que hizo del feminismo el movimiento con mayor capacidad de resistencia política en este momento. Es el que hace el primer paro gremial en este contexto. “La CGT toma el té, las mujeres las calles”. Hay sectores políticos que minimizan el feminismo, o que creen que esta explosión tiene que ver con el apego a las consignas, como si fuera un feminismo emocional que reacciona al dolor de las violencias. Y no, es una construcción política cuya base está en los Encuentros de Mujeres.

-¿Qué cambio viste desde el primer Encuentro al que fuiste hasta el último en Chaco?
-Recuerdo a unas mujeres que venían de un gremio. Era la primera vez que habían salido de la casa. ¡Yo defiendo el turismo feminista de acá a la China! Es un feminismo realmente popular, con mujeres de todos lados. Una mujer me decía: “Es la primera vez que salí de mi casa y soy feliz desde que subo al micro hasta que vuelvo a mi casa”. Otra me decía que cuando fue a Mar del Plata, donde hubo represión, su marido y sus hijos la llamaban para preguntarle si estaba bien. ¡A ella, que históricamente tenía que estar detrás de ellos asegurándose de que estuvieran bien! Ya eso me parece una revolución. Ahora el Encuentro está cooptado por las jóvenes. Ellas tomaron la bandera de esta revolución.

“El mayor desafío es que se vienen épocas de retroceso machista, venganza. Los privilegios no se entregan con los brazos en alto. Cuando jodés los privilegios machistas te intentan joder. Cuando pedís fin de la violencia te intentan matar, cuando pedís más lugares laborales te dejan afuera; cuando los denunciás intentan excluirte”

-¿Por qué los medios hegemónicos no lo cubren?
-Misterio, porque la verdad es que tenés un carnaval de minas jóvenes en tetas y purpurina. No hay explicación mediática para que no se cubra. Es sólo ensañamiento e invisibilización. Pero por otro lado hubo un momento en este último Encuentro en Resistencia, en una calle al fondo de la ciudad, donde no había vecinos ni cámaras en el que nos vi a todas ahí, a pura fiesta feminista. Entonces tuve una sensación: a las mujeres ya no nos importa más ser miradas. Es un cambio histórico: ¡es realmente una liberación! Lo hacemos para nosotras. Obvio, tiene que ver también con un momento lésbico, con un deseo puertas adentro que se está acrecentando por la libertad sexual y a la vez como rechazo a la descalificación masculina, en todos los ámbitos.

-La camaradería antes era de los hombres y ahora, con la sororidad, también es nuestra, ¿o es una percepción mía?
-Creo que esos lazos femeninos estaban también antes, pero no estaban nombrados. Ahora desde distintos ámbitos lo que sí se siente es que se han jerarquizado. Y el auge del feminismo joven es arrollador… ¡Imparable! Lo vivo con mucho asombro.

-¿Hay internas dentro del feminismo?
Sí. Hay un feminismo carnívoro, bastante nocivo. No me molestan las diferencias en las posiciones legítimas. Es tan agresivo que me inhibe. Y sumale que el contexto político genera mucha impotencia. Hay gran frustración y eso hace más fácil agarrarte con la más cercana a vos.

-Si tuvieras que poner en palabras qué representa hoy NiUnaMenos, ¿qué dirías?
-Creo que NiUnaMenos fue un antes y un después. Tuvo que ver con la masividad de la comunicación y superó un feminismo más tradicional que en la ciudad no lograba traspasar. De hecho, hay fenómenos ahora que tienen gran llegada como Economía Feminista, las charlas en el Konex, lo que está pasando con el StandUp, FutuRock -la radio de Julia Mengolini-, las humoristas gráficas, que en muchos casos logran hacer de mensajes anteriores una dimensión nueva. NiUnaMenos fue como un canal donde lo mismo se transforma y de ese modo lo hizo disruptivo. Para mí el momento más importante se dio el 19 de octubre con el paro de mujeres. Valoro el colectivo, y la horizontalidad, pero creo que hay que hacer un mix entre lo que pasa en la calle y las pioneras que son cuadros políticos, líderes o lideresas. Me gusta saber que hay mujeres a las que respeto y admiro.

-¿A quién nombrarías?
-A Marta Dillon, con toda la trayectoria que tiene en la militancia, desde Las/12 o cortando la calle el 19 de octubre; A Diana Maffia, cuya sabiduría ha sabido adaptar, transmitir y potenciar. Y la cabeza, la actitud y la corporalidad de Florencia Alcaraz y Sabrina Cartabia Grova. También Dora Barrancos, que es una genia absoluta. Mariana Carabajal, que para mí es el Google del género. Y sin duda Lohana Berkins, aunque ya no esté.

-En el libro la citás de un modo precioso: “Ni el feminismo de la igualdad, ni el de la diferencia, ni de la primera ola. Yo me supongo que las niñas travestis que vendrán ya plantearán un feminismo supercibernético, hipergaláctico, con una cuestión de la movilidad de las luchas”.
-Y sí. Yo creo en eso. El otro día estaba con mi sobrina de siete años, Huayra -a la que amo- estábamos charlando. Ella y sus amigas ya sufren cosas heavies, como la lesbofobia. ¡Y ahora las pibas quieren hablar de estas cosas! En un momento le digo: “Bueno, vos escribí qué se siente cumplir siete años”. Y me contesta: “No, Luli, yo quiero escribir de los derechos de las mujeres”. Lo que yo viví como una carga pesada todos estos años, para ella era un deseo.

-¿Cómo hacer para que NiUnaMenos no se convierta en una institución más que celebremos cada otoño?
-No está ese riesgo. Es un movimiento muy poderoso y autónomo. Sobre todo, en este momento conservador del país y del mundo. El mayor riesgo creo que está en el feminismo carnívoro, que corroe a las demás expresiones.

-En el libro subrayás mucho que estamos frente a un recrudecimiento de la violencia machista como una reacción.
-Sí. Porque hay que tenerlo claro. Quedarnos a mitad de camino no es una posibilidad. Entonces estamos en un momento de tensión difícil de manejar. El mayor desafío es que se vienen épocas de retroceso machista, venganza. Los privilegios no se entregan con los brazos en alto. Cuando jodés los privilegios machistas te intentan joder. Cuando pedís fin de la violencia te intentan matar, cuando pedís más lugares laborales te dejan afuera; cuando los denunciás intentan excluirte.

“En términos históricos es un proceso de cambio muy acelerado: para los varones esto está siendo un shock. Los prepararon para algo y les cambiaron las cartas del juego en muy poco tiempo. Esto es un volcán con lava, un tsunami, un sismo histórico donde hay dos placas temporales haciendo fricción entre ellas”

-¿Cómo no sonar victimista, como si hubiera una conspiración contra las mujeres?
-¡Es que hay una conspiración! Jaja.

-¿Hay mesa chica de machistas?
-No, no hay mesa chica porque en la mesa sólo se sientan ellos, jaja. Lo ves en la CGT, por ejemplo. O en los delegados gremiales. Fijate que en la región hubo una reacción ante la llegada a la presidencia de Dilma Rousseff, de Michelle Bachelet, de Cristina Fernández de Kirchner. Creo que la llegada de tres mujeres a la presidencia generó una reacción machista que va más allá de sus logros y sus adhesiones. Incluso Moyano decía que con Néstor Kirchner podía negociar porque hablaban de fútbol, había chistes y fútbol. Esa tradición de la pica y la tensión entre los varones, en las mujeres encuentra un corte. Hay un machismo más alto hoy que 20 años atrás. Desde el aumento de los femicidios hasta mayor discriminación y mayores muestras de desprecio hacia la producción artística e intelectual de las mujeres.

-¿No será que ahora es más visible la violencia?
-Sí, se dicen cosas que antes no se decían. Como el grito de las chicas: “No nos callamos más”, que denuncian a Cristian Aldana y los abusos en el rock. Pero, por otro lado, mi postura es que hay un recrudecimiento estadístico y un aumento de la crueldad. Tenés que ver cómo llegan las mujeres a las oficinas de la violencia doméstica. Verlo como una reacción es importante. Cuando la mujer denuncia, el tipo la quiere matar, porque él lo que creía es que ella era de su propiedad. El problema no está en la denuncia, sino en que la denuncia lo hace sentir amenazado en su ideología. Hoy el 20 por ciento de los femicidas se suicidan. Lo cual te connota lo dispuestos que están con tal de matar a la mujer. Casi como inmolarse. Entonces hay que recontra proteger a la víctima. No le podemos decir “Denunciá”, si después la vamos a dejar sola. Se necesita el doble de presupuesto. De manera tibia no va. Hay que ser muy virulento en la defensa de las mujeres. La mitad del camino es el tramo más peligroso.

-¿Cómo ves la gestión de Túñez en el Consejo Nacional de las Mujeres?
-Yo intento hacer una crítica muy clara a la gestión macrista. No creo que un gobierno neoliberal, con tanto retroceso en derechos laborales, económicos y sociales pueda resguardar a las mujeres. Y está la imposibilidad de construir una isla dentro de un proceso más amplio. Pero de todas maneras no creo que todo sea lo mismo. No subestimaría al macrismo, ni lo homogenizaría. Y no, no es lo mismo Fabiana Túñez que otra persona que pueda venir. Sí hace falta más presupuesto.

-¿Hay un sector de los hombres que responde positivamente a la revolución de las mujeres?
-Veo que hay todo para salvar en los adolescentes. Por los demás espero que ellos vengan y escuchen, pero no está pasando aún.

-¿Y lo de las nuevas masculinidades?
-¡Se habló tanto de que iba a surgir un hombre nuevo! Pero nunca llegó… jaja. Nunca hubo una revolución de los varones. Ellos se resistieron mucho a los cambios. Es como si les hubieran sacado todo el piso, tienen que aprender todo de nuevo. Vuelvo a la imagen de las placas tectónicas: el cambio que vivimos es de una prepotencia geológica.

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