Música, autogestión y aborto legal: el alma punk de Paula Maffía

Texto: Pablo Díaz Marenghi / Fotos: Karin Idelson

 

A Paula Maffía le brillan los ojos cuando recuerda su infancia melómana, esa que la llevaba a “cazar” temas de la radio y la que terminó impulsándola, por pura ansia y fragor, a estudiar música en el conservatorio. Paula, que se curtió en el punk y a partir de las She Devils de Patricia Pietrafesa amplío su consciencia y se sumó a la causa por el aborto legal, es una artista multifacética y todo terreno. Estudió antropología, dibuja y da clases de canto. Pisó fuerte en el under con La Cosa Mostra a partir de un repertorio que no le tenía miedo a la mezcla de géneros. Fue con Las Taradas que se consolidó como un referente del under y le dio vida a una “orquesta de señoritas” atípica que homenajea a ritmos y sonidos clásicos como el bolero, la salsa, el swing y la cumbia, bajo un tamiz rockero y reo. La compositora no se detiene: actualmente, además, se encuentra tocando junto a dos cantautoras que admira: Flopa y Rosario Bléfari. “Es una alianza que armamos desde el amor y el cariño que tenemos por la obra de la una y de la otra, porque a veces es más sencillo salir en grupo y porque la unión hace la fuerza. Somos tres personas que no tenemos representantes, dependemos la una de la otra y nos hacemos más fuertes juntas”.

Paula Maffía recorre el under desde su adolescencia y afirma que, aún hoy, es una de las cosas que más le conmueve y la moviliza. La nostalgia, lo melodramático, las sensaciones agridulces, el poder de la canción y la potencia interpretativa serán algunos de los temas recurrentes de la charla en donde, por supuesto, surgen temas como el feminismo, la desigualdad de género y el proyecto de ley de despenalización del aborto, tópicos que la tienen en estado de movilización y militancia permanente. En una entrevista a La Nación del 23 de mayo de 2015 afirmó: “La sola experiencia de ser mujer merece una vida de militancia. Salir a la calle es una experiencia no natural para la mujer. Todos los días, en un abrir y cerrar de ojos, muere una mujer por violencia de género, por abortos ilegales. Y no puedo dejar de pensar que tengo que hacer algo para evitarlo”.

Su voz, magnética y aterciopelada, se embebe de la tradición de la canzoneta napolitana, el crisol latinoamericano de la pachamama y, a la vez, de la irreverencia mutante heredera del punk. Paula Maffía es sutileza y arrabal, delicadeza y furia, electricidad y canción acústica; un mar de caricias y el rugido de una leona. Mientras tanto, la compositora no se detiene: el 10 de agosto se presenta en la Sala Caras y Caretas bajo la formación que ha denominado Paula Maffía & Sons, junto a Nahuel Briones y su fiel ladera Lucy Patané. El ensamble está por lanzar un disco con la producción de Juanito el Cantor.

En la antesala a una jornada histórica para el movimiento de mujeres, resume la cuestión de fondo: “Hay una conducta completamente hipócrita y de doble discurso de la sociedad sobre cómo la mujer tiene que explotar su cuerpo”.

-¿Cómo comenzó tu relación con la música?
-Tengo un recuerdo muy claro de entender que tenía un metejón, un enamoramiento grande con la música, algo que nada más me producía. Hubo dos o tres circunstancias. A los tres años, “Canción para bañar la luna”, de María Elena Walsh, me generó una sensación poderosísima. La escuchaba y me generaba felicidad y tristeza a la vez. O, más bien, como felicidad y nostalgia. Nostalgia a los tres años; una sensación muy extraña. Sentía algo que viene del futuro pero que podía empezar a generar una categoría y entender de qué se trataba. Me imaginaba la historia de una lunita que es una niña, vestida con su pequeño kimono, haciendo cosas que hace una niña, bañándose en un charquito con un jabón, robando un crisantemo, haciendo cosas pícaras, me generó una sensación de familiaridad muy grande con la protagonista de la canción. Esa canción me pareció épica. Además esa mezcla de música japonesa y carnavalito que tiene. Tampoco distinguía mucho los géneros musicales. No vengo de una familia musical, pero entendía que eso no era una canción que representaba algo que yo ya conociera. Luego tuve otro flash muy grande. Esta vez, a los cinco años, escuchando la radio en el Renault 9 de mi padre. De golpe, suena la canción “Moonlight Shadow”, de Mike Oldfield. De nuevo la luna. Esa canción me pareció extraordinaria. No sabía inglés en ese momento, tenía cinco recién cumplidos y estaba aprendiendo. Algo de la melodía me pareció espectacular y me quedó grabada en el cerebro hasta mucho más grande. Me impactó al punto tal que recordé el título, un título que no comprendía: la sombra de la luz de la luna. No es fácil. Luego, a los nueve, en un lugar de juegos para niños por Palermo/Belgrano donde viviría a esa edad, suena “Dreams” de The Cranberries. Otra canción extraordinaria y ahí tac, tac, tac; se me armó una constelación. Toda mi vida, hasta entonces, estaba surcada por el impacto que me generaron las canciones. Algo doloroso y dulce a la vez, que me fragilizaba como ninguna otra cosa.

-¿Por algún motivo no conectabas aún con el rock en español?
-Supongo que porque en mi casa no se escuchaba música y era lo que se escuchaba en los noventas. A esa edad tenía acceso a cosas que sonaban en la radio, no tanto rock nacional. Si escuchaba Las Viudas, porque me había agenciado un casettito, algún casette de Tanguito que había puesto alguna vez mi mamá, algún disco de Manal que sonó alguna vez, también canzonetas napolitanas típicas, las canciones que cantaba Pavarotti, cosas más genéricas de hogar. No hubo amor por el rock nacional, el folcklore o el tango. De niña no tuve esas referencias sino que las adquirí por propia voluntad. A los once consigo que me compren un mini componente, que venía con casetera para grabar y lectora de cd. Lo tenía en mi habitación y sintonizaba Radio Belgrano, donde pasaban una música brutal. Ahí, a los once, descubro a PJ Harvey, Tori Amos. En simultáneo, en MTV pasaban música muy buena, descubrí bandas independientes geniales; Aterciopelados, que era una banda que empezaba a sonar fuerte. En ese momento llamaba a la radio y el programador ya me conocía; me decía “¿Qué querés escuchar hoy Paula?”.”Quiero escuchar el nuevo single de Tori Amos” “Bueno, te lo pasamos entre las 11 y las 11 y 10″.”¡Gracias!” Y yo estaba ahí, con el dedo clavado al grabador y me armaba mis primeros mixtapes de estas cosas que cazaba y me volvía loca. Ese fue mi recorrido de melómana.

“Hay algo impresionante en lo punk, una cosa de “vos podes hacerlo”. Querés hacer música, dejate de joder, do it yourself”

-¿En ese momento de pasión melómana rabiosa, ya hacías música?
-A esa edad escribía, pintaba, hacía todas las cosas que estaban al alcance de mi mano porque no había logrado que mis padres me mandaran a estudiar música, que era lo que más me urgía en la vida. Hasta que a los quince dije “basta, si alguien no va a hacer esto por mí, lo tengo que hacer yo”, y le pedí a mi mejor amiga que me acompañara al conservatorio municipal (Manuel de Falla) que tenía una sede en Parque Las Heras. Averigüé, hice los trámites y entré. No fue fácil. Tuve un examen complejo, pero me preparé por mis propios medios y logré ingresar. Estudié piano durante cinco años, y le agarré un terror reverencial. Es un instrumento que no puedo tocar. Lo uso para dar clases y componer pero no lo toco en vivo. Porque había como una cultura del castigo al alumno no promedio y yo no lo era. Me ponía a estudiar una sonata de Beethoven, me distraía y me ponía a componer. En el ínterin, además, tuve una pareja en Uruguay, me fui a vivir sola, trabajaba, empecé a estudiar antropología en la UBA. En esos cinco años se me dio vuelta la vida. Pasé de ser una adolescente a una adulta. Ir al conservatorio era un lujo para mi, entonces, a los veintiuno decidí abandonar porque pensaba que estaba ocupando el lugar de alguien que realmente podría estar formándose como concertista. El piano me enseñó el lenguaje musical, nociones poderosas y desplegadas de la música, y también a entender cómo funcionan la mayoría de los instrumentos. Aprendí a tocar la guitarra de oído por saber tocar el piano. Me ayudó muchísimo para componer. Después, muy de grande, me formé como cantante ya siéndolo. Adquirí cuestiones de método, que te permite lograr más con menos, preservar la voz durante varios shows para rendir mejor, entender cosas de dinámica y expandir la tímbrica.

-Tuviste diferentes experiencias en bandas como cantante, además de presentarte como solista. ¿Cómo lo manejaste?
-Casi siempre estuve al frente. Nunca tuve un rol secundario en alguna banda. Empecé en la banda de un amigo, Safari Moon. Eramos dos cantantes. Hasta que después de tocar de ese modo durante unos meses mi amigo me dijo “creo que es mejor que armes tu propia banda, porque no sé si esta dinámica está funcionando”. Y lo hice. Se llamó Acéphala, pronosticando no muchos años antes lo que fue el 2001. En realidad, le puse ese nombre porque hice un colegio técnico en botánica, que quedaba adentro del jardín botánico (Cristobal M. Hicken). Un colegio de 200 alumnos, diminuto. Y el repollo se llama “brassica oleracea acephala”, género y especie. Y me gustó el concepto de acéphala. Algo que no tiene una cabeza o un comando sino como ese concepto un poco más horizontal, y dije “quiero armar una banda donde pueda armar las canciones y cantarlas, pero me gusta que sea un proyecto colectivo”. Y la verdad que nunca abandoné esa idea de formar una banda donde todos los integrantes ocupen el mismo espacio. Creo con Las Taradas logramos el pico de esta expresión. Me gusta trabajar de esa manera. Me cuesta la cosa vertical. Es un formato que nunca me cerró. No solo ahora, en épocas de deconstrucción de mandatos, verticalismo, y consignas que vienen desde conductas patriarcales (estoy tratando de evitar la palabra patriarcado porque es como que cierra la interpretación y genera enseguida discordias, y significa demasiado para algo tan específico), no sentía que me representaba el mandato que chorreaba de una persona a varias.

-Antes mencionabas la melancolía y el dramatismo, ese poder de la canción, la intensidad, la fuerza, que son pequeñas grandes obsesiones que te acompañan en tus diferentes proyectos artísticos, sobre todo en lo interpretativo. No importa que estés cantando una canción tuya o haciendo una versión de un tema de hace más de cincuenta años, le das tu toque personal.
-Sí. Para mí hubo un giro muy grande en relación a eso. Antes pensaba que un intérprete era absolutamente de menor valor que un autor, porque me parecía que lo más poderoso era la creación. Cuando me interioricé en la obra de Mina Mazzini, una cantante italiana que es para mí un norte, me dí cuenta que estaba siendo una pánfila por haber pensado eso y que existe toda una manera de crear en la interpretación. Tenía diecisiete, dieciocho años cuando me metí de lleno en la música italiana, un poco obsesionada en la búsqueda de mis raíces: toda mi familia tiene descendencia italiana, había estudiado italiano, tenía mucho amor por la cultura latina. Sentí que la música italiana de los cincuentas y sesentas había producido algo muy fuerte, una especie de réplica a lo que fue el rock and roll a comienzos de los cincuentas en EE.UU. Cinco años después aterriza en Europa, específicamente en España, Italia y Francia, y empieza a gestar una especie de consigna rockabilly, que a los pocos años muta en lo que se llamó el Yé-Yé, que era una especie de versión europea y mersa, mucho más mersa, del rock and roll. Mina recreó, en el sentido más contundente de la palabra, canciones, compusieron canciones para ella. Ahí entendí el poder del intérprete. La estudié mucho, la seguí y me parece un personaje que transmite arte en su interpretación, no solo en el vivo. Cada disco que sacó, cada tapa de disco tiene un nivel de osadía y de impacto artístico tremendo. Invito a cualquier persona a buscar sus las tapas. Es transgénero, transgeneracional, trasnatlántica. Es un personaje queer adelante de su época, con un humor increíble que trascendió fronteras. Ahí empezaba a formar mis proyectos y descubrí que había algo muy grande en la interpretación. Me terminó de cerrar cuando armé Paula Maffia y La Cosa Mostra, que después devino en La Cosa Mostra, en esa búsqueda de horizontalizar mis proyectos. Ahora lo sigo tratando de llevar a cabo. Me parece que hay algo de concederse arriba del escenario que es muy importante, revelar una intimidad, no ser celosa de mi misma, no mostrar un lugar prefabricado, conectar con el aquí y ahora, lo cual me llevó a momentos muy fuertes de expiar grandes cantidades de cansancio, tristeza, frustración y exponerlo arriba del escenario; utilizarlo como una herramienta conjugando interpretación y creación.

“Es un momento sumamente próspero para producir porque con muy pocos recursos podés grabar un muy buen disco, podés sortear a través de plataformas y una buena estrategia cualquier incapacidad del aquí y ahora nacional”

-En tus proyectos, además de revisitar ritmos y géneros tradicionales (bolero, salsa, cumbia) hay una impronta de rock, que va más allá del sonido.
-Un poco todas venimos del palo del rock. En realidad, yo me crié en el punk, fue mi iniciación en la música. Nunca voy a terminar de agradecer el empuje, que no sé si ella termina de ser consciente, que me dio Patricia Pietrafesa de las She Devils y actual Kumbia Queers formando el festival Belladona e invitándome a tocar a los diecisiete años cuando recién armaba mi primera banda, Acéphala. Eso fue enorme para mí. Aprendí mucho de escuchar a las She Devils, que en esa época pedían por el aborto gratuito, legal y seguro, casi veinte años delante en el tiempo. Hay algo impresionante en lo punk. Primero, una cosa de “vos podes hacerlo”. Querés hacer música, dejate de joder, do it yourself. Lo que hice a los quince, no iba a estar llorando porque mis padres no me mandaban a estudiar música. Me anoté en el conservatorio y listo. Esa cosa de “conseguite una guitarra: robala, pedila prestada, ahorrá o conseguite una changa y comprala y andá a tocar”.

-El punk conecta también en vos por esa fibra melodramática que tiene.
-Si, hay una cosa de un drama del no futuro, todo eso tiene un drama total. En esa cosa seca y como resuelta hay un dramatismo muy hermoso que me encanta. Me crié en el punk, me encanta el punk, el post punk y todo lo que hay en torno al punk. Luminarias de ese entonces como Pixies, PJ Harvey, Sumo, Los Visitantes, Pequeña Orquesta Reincidentes. También tuve una época muy funky con Willy Crook. Tuve una base de blues y jazz muy fuerte y después muté al punk. Incorporé las dos cosas. Lucy (Patané) también viene del rock pesado, Lu Martínez viene del funk, Nati (Gavazzo), la percusionista, viene de mucho rock y música brasileña. Las taradas venimos del rock, es algo casi generacional. Si no es del rock es del jazz o del blues y está muy presente esa veta musical. Todas venimos de curtir el ambiente de la música independiente, ninguna cayó fresquita de un conservatorio. Todas venimos de fechas, movidas y autogestión. Hay una cosa de aguante, de escenario, que se nota. Queremos hacernos las señoritas pero somos una chabonas (risas). No la queremos caretear tampoco. A veces tocamos con Onda Vaga o El Kuelgue y ellos están ahí, todos prolijitos. No lo digo en un sentido peyorativo. Al contrario, admiración total. Y nosotras subimos todas cascoteadas al escenario (risas) y es como que no hay caso: queremos ser chicas elegantes y nos ganan los chicos. Nos sale el punk de adentro.

-Nombrabas a la autogestión y, en general, los proyectos artísticos autogestivos o under resisten ante diversos torbellinos: desde medidas políticas, crisis económicas y otras dificultades. ¿Cómo ves, desde tu experiencia, el presente de la música autogestiva?
-Es un momento sumamente próspero para producir porque con muy pocos recursos podés grabar un muy buen disco. En ese sentido es complejo, porque podés sortear a través de plataformas y una buena estrategia cualquier incapacidad del aquí y ahora nacional, porque podés producir algo en tu casa y subirlo directamente a una plataforma internacional. También hay tanto output de música que es complejo posicionarse. Tenes que encontrar un nicho y ser muy inteligente, lo cual ya te consume calorías no creativas sino estratégicas, que no sé si están tan de la mano con la corazonada. Hay gente que justo está en el aquí y ahora y logra eso. Sucedió en todas las épocas. ¿Cuántas ganas tenía Janis Joplin de trascender y convertirse en una mega estrella? Es una piba que se consumió como un fósforo en unos años, jamás demostró un interés en cuidar su instrumento y su vida, completamente autodestructiva, que le hubiera venido bien un abrazo, que le hagan un café con leche y la guarden un poco, como contención en vez de explotación. Luego puedo decirte que a diferencia de cuando tenía once, que prendía la radio y escuchaba música increíble o prendía la tele y escuchaba música increíble, ahora no hay música increíble a la mano.

-¿Por qué creés que pasa eso?
-Hay todo un mercado de música berreta, bastante predigerida con featurings. Ya no existe el concepto de canción-obra, existe el concepto de hit. Para mí, vos podes hacer un hit y que sea un temazo, no hace falta que sea algo que se te meta en el oído. Toda esa exaltación que hicieron por la canción “Despacito”. Me parece una canción berreta por donde la mires. Esto de “cuatro productores se juntaron para hacer el hit perfecto” como si fuera una fórmula. ¿Cuatro personas se tuvieron que juntar para hacer esa canción? Me sigue pareciendo superior “Bombastic” de Shaggy, cualquier corte de cualquier disco de Michael Jackson, cualquier tema de los Twist es mejor. The B-52’s, Roxette, bandas que escuchábamos a los once años, son mejores. Quizá esté sonando nostálgica y sea una berreta. Sí me parece que hay gran música joven para salir a escuchar, pibes y pibas que están acá dando vueltas en las escena y ojalá puedan aprovechar el esfuerzo que hicimos durante los últimos diez años para recuperar una escena que se perdió durante los noventa y comienzos de los dos mil. Durante los ochenta y comienzos de los noventa hubo un buen maridaje entre la música y el teatro que generó una escena muy genial, donde se difundió la música como medio artístico. Después se empezó a generar esa cosa del boliche y de exaltar al músico como un ídolo. Esa etapa me parece completamente penosa, de idolatría a mortales y hacerles creer que son personas intocables. Me parece que ahora hay una gran movida de espacios culturales, productoras/es, gestoras/es, hay espacios interesantísimos que buscan mostrar buena música de todas las edades y variedades. Hay una mezcla de géneros musicales interesante, sin caprichos, y la gente escucha la música porque gusta de las letras, las consignas y lo que genera. No por tribu, algo más de los dos mil.

-¿Cómo ves el presente de la música autogestiva yendo más a un nivel macro, en una relación con políticas públicas en torno a música y cultura?
-La música está criminalizada, directamente, por Nación y Ciudad. Específicamente por Ciudad, porque en otras provincias hay posturas mucho más abiertas de mente con la música, con un intercambio más generoso y horizontal entre subsidios, planes y cosas; en capital te contrata la municipalidad para hacer un show y después no te paga. Estoy hablando de tocar en lugares como el CCK, lugares importantes, y tener que esperar un año para que te den un pago que obviamente se desvaloriza. Un pago ya magro desde el comienzo. Estoy hablando de lugares donde te contratan y te pagan cachets ridículos que no cubren ni los viáticos. Y no llaman a alguien que está empezando y le viene bien la difusión: llaman a gente con trayectoria y te hacen facturar. O sea, yo soy monotributista y pago monotributo para facturarle a la municipalidad y a Ciudad. Para mí, la ley de mecenazgo tendría que ser para pagarle el monotributo a los artistas. A mí no me rinde pagar un monotributo, y está buenísimo generar aportes pero estoy facturando para Ciudad y Nación para que después no me paguen. O sea, devalué en el transcurso de un año lo que me van a pagar. A todo esto, ponen consignas ridículas sobre espacios culturales, como cerrar un espacio porque no tiene habilitación para manipular aceite hidrogenado cuando en realidad el lugar no vende comida. No se ponen de acuerdo con regulaciones internas. Lo mismo pasa con inspecciones en espacios culturales. A eso se le suma la criminalización o persecución de artistas callejeros y cierre de espacios. En la voz pública hay un discurso muy filisteo de pensar que el músico y la música son cucarachas. Es como que la persona de teatro o que aparece en la tele históricamente están bien vistos por el gran público. Hay algo de divinidad en el actor/actriz. Son como mediums, como que están tocados por el arte; pero el cantante siempre es un perro, para el gran público. Toca la guitarrita. Por otro lado, está la idolatría ridícula del músico como insólita, a niveles paranormales. Dejate de joder. Son músicos que, posiblemente, se toman el subte. Está esa cosa cruel, están exaltados en idolatría y, por otro lado, castigados. Por ejemplo el Pity: la sociedad se ríe y lo ve como un paria homicida y por otro lado “no, pobre, el Pity”. El Pity es una persona que va a tener que asumir un castigo por haber matado a una persona. Es trágico, es terrible, es una persona que tendría que haber recibido contención, un adicto, era un ídolo, era un adicto ¿En qué momento fue gracioso que llegara siete horas tarde a un show y que la gente prendiera fuego todo? O el Indio Solari. ¿Cómo alguien llega a tener ese poder de movilizar esa cantidad de gente, genera esas movidas mafiosas, cómo se le da a alguien ese poder? ¿Qué está pensando el municipio que lo aloja? ¿Qué está pensado la gente que va ahí y se embarra, pagan entradas ridículamente caras, y se meten en avalanchas? No lo entiendo. Hay algo de la “cultura del rock” que me parece desproporcionado. Prefiero mil y un veces ir a ver a un músico o música emergente a un bar para cincuenta, cien personas. Me siento mejor sumando a esa causa antes que pagar $1500 0 $3000 para un tipo que es millonario y un evasor de impuestos. No me cierra.

-También, como decías al principio, quizá el problema sea la difusión, la llegada, romper ciertas barreras. Hay tanto circulando que a un artista emergente se le hace más difícil posicionarse.
-Hay una cultura de la idolatría. ¿Si el Indio hubiera sido una mina, qué hubiera pasado?

Siempre usan la palabra lujuria. Nunca es amor, placer y nunca hay una violación. Siempre se dice que es la lujuria de ella, como si fuera un animal bíblico con tentáculos en la vagina que se acopla de manera demoníaca con un hombre y ay, pobre, lo succiona y le quita ese halo de vida que es el semen preciado

-Sí, eso tiene que ver con la cultura del rock en general, que es heteronormativa y en general los referentes son varones.
-Claro, pero si una mina hubiera sido el Indio, primero pensemos en los comentarios que se le hace a una mujer cuando maneja un poco de poder: “conchuda, hija de puta”. Los Redondos, de hecho, tuvieron una manager muy importante. Hay, hubo y habrá, sobre todo habrá, enormes músicas argentinas y latinoamericanas. El lugar que se le dio a la mujer en Latinoamérica es ser la representante de la Pacha. Entonces, tenés la gran cantante folklórica y casi nunca autora. Hay muy pocas autoras que puedas conocer por nombre y apellido. Cuba tiene muchísimas, Argentina tiene varias, como María Elena Walsh, Eladia Blázquez, Chile tiene a Violeta Parra, también Uruguay, Brasil -si bien no deja de ser un país machista ni dejan de matar impunemente mujeres, como el caso de Marielle-. En el rock argentino el chabón hizo esa cosa de sentarse y abrir la piernas como en el subte y el resto de la gente entró. Ahí es donde empieza a generarse una cultura de mujeres que la remaron un montón y otras que supieron ser satélites de estos astros varones. Algunas incluso, lamentablemente, tienen ese discurso de “a mí ningún varón me dijo nada, hay que pelearla, si vos querés tenés que pelearla”. No creo que una mujer en cuarenta o cincuenta años de carrera no haya tenido ni una vez que morfarse algún comentario sexista o dilapidante por parte de un colega, un manager, un bolichero, o un técnico. En la ley de los grandes números no me cierra que yo, con casi veinte años de carrera, una vez al mes (y ahora que hemos superado grandes cuestiones de retraso en relación al género) tengo que escuchar algún comentario peyorativo. Dudo que una mina en los sesenta o setenta, por más que se haya sabido colocar al lado de un hombre benefactor, ya el hecho de acomodarte al lado de un hombre benefactor y tener completamente coartada tu autonomía te da comodidad y estás en todo tu derecho. Pero si le recomendas eso a tus colegas, eso es mala fe. No estás dándote cuenta que por un pequeño provecho tuyo estás condenando a miles de chicas que están a tu par y que vendrán. Tenés la obligación de ser un referente, estás fundando una movida, no podés estar a la sombra, hermana. No lo hagas. Podes hacerlo por vos pero no podés recomendarle eso a las demás ni criticar a las que quisieron generar una diferencia o cuestionar, criticar a la piba que salió a decir “esto no está bien, yo fui abusada, fui maltratada, fui engañada, fui retenida en la inmanencia, en las discográficas, en los shows, en las bandas, yo fui callada”. Si vos le decís a una piba que no puede decir eso porque a vos no te fue tan mal tenés una gran dosis de mala fe, por no decir otra cosa.

“Las nuevas generaciones son algo poderosísimo y hermoso. Las pibas tomando los colegios, organizándose, saben tanto y están tan instruidas. No son ningunas pavotas y nuestras madres hicieron un esfuerzo. Quizá no todas eran feministas, pero hicieron un esfuerzo por romper mandatos duros con nuestro abuelos y abuelas”

-Es inminente el tratamiento en el Senado del proyecto de Ley de Despenalización del aborto. En los últimos años, han habido cambios en torno a una mayor conciencia de la igualdad de género, un crecimiento del movimiento feminista, aunque, por supuesto aún queden muchas cosas por cambiar en una sociedad patriarcal. ¿Cómo te sentís en este contexto y, puntualmente, en relación al crecimiento de la militancia a favor del aborto legal, seguro y gratuito y la consciencia en torno a la problemática del aborto clandestino?
-Como mujer estoy completamente feliz de ver que por fin haya más compañeras acompañando el proyecto de ley de despenalización del aborto. Cuando volvió la democracia, hace 35 años, en la plaza había minas, referentes de ese momento, antropólogas, sociólogas, psicólogas pidiendo por la despenalización porque significa despenalizar nuestro deseo. Es una emancipación total de un época oscura. Esto es democratizar mi cuerpo y que pueda decidir sobre el mismo. Porque más allá de la cuestión del aborto podemos discutir muchas cosas: la cuestión de las libertades, el derecho que pueda tener el feto o no, cómo esto impacta sobre la agenda de salud pública, todo lo que tenga que ver con células madre y cuestiones médicas complejas, de económicas, también con cuestiones de moral burguesa atada a la Iglesia… Pero esto siempre, en última instancia, recae en un castigo sobre el deseo de la mujer. Hay una conducta completamente hipócrita y de doble discurso de la sociedad sobre cómo la mujer tiene que explotar su cuerpo pero, ¡ah! si pasa esto se castiga; el varón queda completamente impune. Imaginate lo que sería si el varón quedara embarazado. Cada vez que discutí con un varón sobre el aborto, le dije “imaginate que vos quedaste embarazado ¿A que edad tuviste tu primera vez?”. “Catorce, quince”. “Listo, imaginate que quedaste embarazado y la piba desapareció, o te das cuenta que es inviable? ¿Lo tenés? ¿Se lo decís a tus viejos? Pensalo, tenés la posibilidad de por unos mangos sacarte este tema de encima y tenerlo cuando quieras. Porque esto no quiere decir que estás en contra de la vida, en contra de tener hijos. No quiere decir que estás en contra de la persona que amás ni nada por el estilo. Te das cuenta de que eso te va a cagar la vida y que no vas a poder darle el lugar que amerita. ¿Estás dispuesto a tener nueve meses el bebé encima, todo el crimen psicofísico que se te genera en el cuerpo, y después darlo en adopción? ¿Es tan fácil?”. Y le digo: “Vos recién cuando hablaste conmigo dijiste que la mujer, por una noche de lujuria…”. Siempre usan la palabra lujuria. Nunca es amor, placer y nunca hay una violación. Siempre se dice que es la lujuria de ella, como si fuera un animal bíblico con tentáculos en la vagina que se acopla de manera demoníaca con un hombre y ay, pobre, lo succiona y le quita ese halo de vida que es el semen preciado. El chabón nunca tiene nada que ver en esa historia, siempre es la mina, cuando por lo general es violento y es todo lo contrario. Hay una falta de educación sexual en un montón de sentidos. Me parece que, por un lado, es importantísimo. Estamos despenalizando la mirada del otro sobre el cuerpo de la mujer. O sea, poniendo un fin sobre eso. Está penalizado el placer de la mujer. Tenemos tanto derecho como cualquier ser humano y esto, además, no va a aumentar la cantidad de abortos, ¡papanatas! Esto, básicamente, va a hacer que dejen de morir pibas en la clandestinidad porque las chicas se van a seguir haciendo abortos. Eso no va a cambiar. Me pone feliz que la campaña lleva trece años y por fin la estemos acompañando como ella nos viene acompañando.

-Hay cosas que de a poco están cambiando, sobre todo la mirada de chicas jóvenes y adolescentes.
-Sí, espero que sí. Las pibas jóvenes me sorprenden. Igualmente, me aterrorizó el otro día ver a una piba joven con un pañuelito azul atado en la mochila. Dije “wow, qué loco salir a hacer este statement”. Pero las nuevas generaciones son algo poderosísimo y hermoso. Las pibas tomando los colegios, organizándose, saben tanto y están tan instruidas. No son ningunas pavotas y nuestras madres hicieron un esfuerzo. Quizá no todas eran feministas, pero hicieron un esfuerzo por romper mandatos duros con nuestro abuelos y abuelas. Mi generación ya tiene una consciencia mucho más grande del feminismo activamente. Las jóvenes que están viniendo ahora van a hacer la diferencia, definitivamente. Ojalá que no sean engullidas por ningún interés más grande, monetario pienso, que no sean heridas o coartadas por movimientos (te estoy hablando de cosas casi casi atmosféricas) como el capitalismo. El patriarcado lo podemos derribar pero el capitalismo es como “ay, qué difícil”. Es como caminar por un lugar, querés caminar y no lastimar a las hormiguitas pero pisaste, por entropía natural algo vas a estropear.

-También se aprende mucho del movimiento feminista, de la organización de este tipo de reclamos que hasta se empieza a expandir. Por ejemplo, de la mano del reclamo por la despenalización del aborto se comenzó a poner sobre la mesa la separación de la Iglesia del Estado.
-Ojalá salga la ley y se pueda empezar a tener un Estado laico. La gente que quiere seguir su culto lo podrá seguir de manera privada, bien por elles. ¿Qué va a pasar? Vamos a dejar de mantener planeros curas (risas). Eso es lo peor que puede pasar.

-Antes mencionabas la construcción de la “mujer lujuriosa” y a veces hay un doble prejuicio, que tiene que ver con una cuestión de clase. Esto de “se embarazan para cobrar planes”.
-Claro, o, además, “¿por qué tengo que pagar el aborto con mis impuestos?” Mira, le estás pagando a un cura pedófilo con tus impuestos. También está pagando al pelotudo que anda en moto sin casco, se cae, se quiebra y tienen que hacerle un trasplante de columna y estás pagando a ese imbécil. Al tipo que se escabió y chocó con el auto y hay que internarlo también le estás pagando. A todo el mundo le estás pagando. Es salud pública ¿Querés privatizar la salud? ¿Eso es lo que querés?

“El movimiento de mujeres pide algo genuinamente y está desarticulado de intereses partidistas (…) Es pacífico porque estamos pidiendo algo desde nuestras voces y no desde intereses económicos o de acomode. Es épico y hay horizontalidad”

-¿Cómo analizás este crecimiento del acompañamiento?
-Antes, se iba una vez al año cuando se presentaba el proyecto de ley. No se hacían vigilias como ahora. Éramos las chicas de la campaña, treinta troskas, las pibas de Las Taradas y una murga de pibas. Fin. Ese número fue creciendo. Además, algo más para destacar es que no hubo disturbios en ninguna marcha o pañuelazo. El movimiento de mujeres pide algo genuinamente y está desarticulado de intereses partidistas. Después, cómo esto sea aprovechado por diputados/as, senadoras/es y gobiernos de turno es otra cosa y se nos escapa de las manos. Se está generando una nueva manera de hacer política; impensada, pacífica, donde no se está representando un interés partidario sino una consigna específica. Es pacífico porque estamos pidiendo algo desde nuestras voces y no desde intereses económicos o de acomode. Es épico y hay horizontalidad. Todas nos representamos y estamos representando a las demás. Hay un deber de honrar a la compañera que hace que vos no te salgas del lugar. Después la gente caracteriza a sus feministas preferidas, las idolatra o las tira abajo: las feminazis, las femiterroristas. Un partido de ultra derecha de carapintadas que se llama “Vecinos por la patria”, o algo así, tomó una foto de Boca de Buzón, de un pañuelazo donde estamos Mana Bugallo y yo con los pañuelos verdes en la cara, (jamás nos tapamos la cara pero nos sacamos esa foto como warriors, una de miles de fotos que nos sacamos) y la contrapusieron a una foto del ISIS donde ves hombres de negro con pasamontañas, desfilando con rifles en una ciudad bombardeada y pusieron “feminisis”. Compararon dos chicas con anteojos y sus pañuelos verdes con una falange ultra religiosa que apedrea a una mujer por estornudar en público. Nos compararon con el ISIS. El nivel de ridículo que maneja esta gente, este fanatismo, que cita otro fanatismo y piensa que el feminismo es un fanatismo, cuando básicamente es un reclamo pacífico y genuino porque dejen de opinar qué tenemos que hacer con nuestros cuerpos… Siguen opinando, y se siguen metiendo. El 13 de junio fuimos un millón y ahora tenemos que ser un millón y medio o dos millones. Ojalá lo seamos.

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