Melisa de Oro, el destape de una zorra empoderada

Texto: Alexandra Sánchez Hernández / Fotos: Guille Llamos

 

Es alta y magra. Tiene los labios y las uñas rojas y está parada en el centro de un círculo de cientas de feministas que organizan el paro internacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans del 8M. Tiene dos minutos para rajar la tierra con la palabra. Se presenta.

–Mi nombre es Melisa de Oro, soy la primera docente trans de la ciudad de Buenos Aires y soy trabajadora sexual.

Es un viernes caluroso de febrero. La asamblea convocada por el colectivo Ni Una Menos lleva más de dos horas y muy pocas personas se han ido. Reunidas en comisiones y sentadas en el asfalto, al costado de las vías del tren Sarmiento, las mujeres convocadas y autoconvocadas planifican el evento feminista más importante del año.

–Si vamos a cuestionar si la prostitución es violencia o no, en última instancia lo que es violencia es el sistema capitalista que nos prostituye a todas y a todos.

“Bravo, Meli”, le gritan entre aplausos. Sube el tono de voz.

No está de acuerdo con las dos oradoras que pidieron incluir en las consignas del paro “la prostitución como violencia”. Se define como Puta Feminista, pertenece a la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR) y defiende el reconocimiento estatal de la prostitución como trabajo.

–Dejemos de policiar cuerpos ajenos, –sube más el tono– dejemos de policiar deseos ajenos. Gratis o pago –al borde del grito– ¡el sexo es un derecho humano!

Lleva una blusa roja de tiras que le aprieta los pezones duros, una falda negra tres cuartos, cinturón, medias de red y sandalias con taco de corcho.

–Digamos las cosas como son: cualquier menor de 18 años que ejerza la prostitución no está siendo trabajadora sexual, está siendo explotada y abusada y eso debe ser penado severamente.

La silencian los aplausos.

Melisa decidió ser mujer después de los 40 años. Antes, cuando se llamaba José, se casó, tuvo dos hijas, se separó, fue vendedor informal, abrió una librería, la cerró, se tituló como profesional de educación primaria y fue contratado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para enseñar ajedrez en las escuelas.

Durante muchos años pensó que su gusto por usar ropa femenina clandestinamente era un fetiche. Se travestía cuando no había nadie en casa o en fiestas Crossdresser – varones que tienen la fantasía de vestirse de mujer-. Una noche, después de una fiesta en Casa Brandon todas sus amigas volvieron al aspecto masculino menos ella, que no quiso quitarse el maquillaje ni la peluca, ni la falda, ni las medias de red y mucho menos los tacos.

–A mí ya me daba pudor que me vieran con ropa masculina. Me sentía cada vez más ahogada. Salimos y una de las chicas ya vestida de varón me dijo: “voy al centro ¿querés venir?”. “Sí, dale”, respondí. Me bajé en el Obelisco, caminé por Corrientes y mientras veía las vitrinas de las librerías pensé: “nunca más me bajo de los tacos, ésta soy yo”. Luego me tuve que cambiar en una plaza y no paré de llorar un segundo.

A partir de ese momento comenzó su transición a mujer trans. Se lo contó a sus hijas, a sus familiares y a sus amigas. Pidió que le dijeran “Melisa”. Se lo ocultó a su padre, un hombre muy conservador que tiempo después falleció de un infarto y se quedó con la imagen de su hijo como un varón gay, aunque no lo fuera. También lo ocultó por un tiempo en las escuelas donde daba las clases de ajedrez.

“Me bajé en el Obelisco, caminé por Corrientes y mientras veía las vitrinas de las librerías pensé: “nunca más me bajo de los tacos, ésta soy yo””

En 2012, el año que se sancionó la Ley de Identidad de Género en Argentina, salió del closet en su trabajo. La torturaba volver a su aspecto varonil para ir al salón de clases y decidió asumir su identidad trans tiempo completo. Le envió un mail al coordinador del área socioeducativa del Gobierno de la Ciudad y a los directores y directoras de las seis escuelas donde enseñaba anunciando su cambio de apariencia.

El 30 de julio, después de las vacaciones de invierno regresó al aula con pollera, pelo lacio, flequillo, labios carmesí, uñas largas y senos grandes –ya no los tenía que esconder más-. Ese día las directivas de la escuela 23 del Distrito Escolar 11 reunieron a padres de familia y estudiantes y les entregaron una carta en la que Melisa explicaba su transformación. La nota iba dirigida también a sus colegas y estaba fechada el 9 de julio, Día de la Independencia de Argentina. Después ella se presentaría en la clase.

“Ser coherente con mis creencias y sentires más profundos me lleva a dar este paso trascendente en mi vida, una vida que nunca será plena y feliz si no manifiesta la esencia de mi propio ser. Y mi ser es profundamente femenino. Y ese género que siento como propio debe correlacionarse con un nombre que me identifique cabalmente, y ese nombre (que es el mío desde hace muchos años) es Melisa. Y porque soy y me siento ‘Melisa’, es que mi imagen corporal dejará la cáscara masculina”, decía uno de los fragmentos de la carta.

Solo una madre retiró a su hijo del taller. “El jaque mate de Melisa”, tituló el diario Página 12. Y en la bajada amplió: “Siempre tuvo nombre y aspecto de varón. Hasta que decidió vivir su libertad también en el aula”.

“Soy una zorra, también soy puta ¿Cuál es el problema? Ésas palabras no me ofenden, me empoderan”

La primera vez que Melisa cobró por sexo trabajaba como profesor de ajedrez de día y era mujer trans de noche. Vivía sola en Buenos Aires y un 31 de diciembre salió a celebrar fin de año. Caminaba hacia un boliche por la Avenida Santa Fe cuando un hombre mayor le hizo señas desde un Mercedes Benz para que se acercara.

–¿Estás trabajando? -le preguntó

–Sí –mintió ella y le dio una tarifa.

Ahí empezó su carrera como puta. Al principio buscó clientes en boliches, luego trabajó en el departamento en el que vivía en Constitución y en la calle; en la calle lo hizo por más de dos años también en Constitución, un sector muy popular de Buenos Aires con amplia oferta de servicios sexuales de travestis, trans y mujeres cis. Ahí las tarifas eran más bajas.

Pasó de esa experiencia de poca rentabilidad, como ella la define, a trabajar en un departamento que alquiló en Caballito, un barrio tradicional de Buenos Aires, cuando no le quisieron renovar el contrato en Constitución. El cambio le permitió ganar en un servicio lo que antes ganaba en cinco.

En la web y en los foros de prostitución se presenta como Mujer trans (Travesti). Así encuentra los clientes. A algunos les presta sus servicios a domicilio, principalmente parejas. A otros los recibe en su departamento, uno por día para no llamar la atención.

–Si ejercemos abiertamente la profesión, es difícil mantenernos en un lugar a menos que exista un acuerdo con el dueño.

Por eso es discreta, porque si los vecinos se quejan, el consorcio presiona y si el consorcio presiona tendría que irse.

–No soy una trabajadora de subsistencia, soy una trabajadora empresaria y autónoma. Mi negocio soy yo misma. Mi negocio está en saber vender mis servicios. Ahora tengo un target de profesionales, es más discreto y cobro más.

Cuando les contó a sus hijas (22 y 26 años) que era trabajadora sexual, ellas lo tomaron tranquilamente. Le dijeron que era libre de tomar sus propias decisiones y que tuviera cuidado. Sus familiares también lo entendieron y hubo quienes preguntaron cómo empezar a ejercer para ganarse unos extras.

“Zorra”, le gritó un motociclista y Melisa pensó en todas las palabras que se usan para ofender a una mujer. “¡Ay sí!, ¿cómo te diste cuenta?”, le respondió.

Al día siguiente entró al baño de su departamento y escribió zorra en los azulejos negros arriba de la bañadera, abajo del bidet y junto al inodoro. Zorra, zorra, zorra. Más de 50 zorras. En el cepillo dental, con marcador rojo escribió puta; en la cortina: putona. Al final, sobre el espejo: soy prostituta.

–Soy una zorra, también soy puta ¿Cuál es el problema? Ésas palabras no me ofenden, me empoderan.

El único lugar sin texto es el piso. En las paredes del living y el dormitorio la frase “Soy puta” se repite más de 100 veces. En los placares se lee “Soy prostituta callejera”. En la cocina “Soy Trabajadora Sexual”, “Putona salí a trabajar, la calle te espera”.

Melisa cree que las palabras pueden liberar o domesticar el deseo. Si a una mujer le dicen puta o zorra la limitan, la condicionan. Te parecés a una puta significa: no llamés la atención, vestite distinto, no demostrés tanto erotismo. Piensa que las mujeres deben rebelarse contra las condenas morales y convertir el insulto en una identidad política. Esa sería la clave en la lucha por la liberación sexual. Por eso no le molesta que le digan así.

“Prefiero la imagen de la mujer empoderada de su sexualidad y no la de la mujer casta y sometida a prejuicios”

–Yo siempre he reivindicado el derecho de la mujer a tener sexo con quien quiera, donde quiera, cuando quiera y como quiera, también el de la puta a cobrar por su trabajo. Prefiero la imagen de la mujer empoderada de su sexualidad y no la de la mujer casta y sometida a prejuicios.

En las paredes no solo escribió, también colgó cuadros: fotografías suyas en topless o en poses sensuales; imágenes pornográficas y dibujos animados en poses eróticas o experimentando prácticas sadomasoquistas. Con el tiempo, la decoración que surgió como una lucha contra el statu quo se transformó en una fuente de inspiración y demandas de nuevos servicios. Sus clientes y clientas empezaron a preguntar y a pedir látigos, cadenas, esposas, pinzas para los pezones, más pelucas, consoladores de todos los tamaños, trajes de novia, de monja, de enfermera, de dominatrix.

–Al departamento le di un clima que invita a desinhibirse. Generé un espacio de diálogo y un disparador de demandas laborales. Todo el que entra se asombra y pregunta. Hay pijas y culos por todas partes.

–¿Cómo es la relación con un cliente habitual?
– Casi de amistad.

–¿Confías en tus clientes?
–Confío en mi criterio

–¿En qué momento les cobras?
–Siempre se cobra antes, es la ley del oficio.

–¿Alguna vez fuiste clienta/e?
–Sí, en mi fase de transición, con una imagen masculina, tuve sexo pago con travestis.

Para Melisa el sexo nunca es gratis. Siempre hay un intercambio. En el caso de las trabajadoras sexuales la negociación es directa: sexo por dinero; en los demás se generaría lo que denomina “economía de la gratificación”: sexo a cambio de una cena, ropa, un viaje, amor.

En su departamento hasta los amantes pagan. Siempre dejan un aporte simbólico que ayudará para los servicios, el alquiler o el lavado de sábanas. Con esta política le hace honor a la frase que escribió arriba de la ventana en español y atrás de la puerta de la entrada en inglés: “En este lugar solo se tiene sexo por dinero”.

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