Martín Garabal es dibujante, lo de influencer lo hace solo por plata

Texto: Josefina Blattmann / Fotos: Tomás Russi 

 

Martín Garabal es muchas cosas al mismo tiempo: diseñador de imagen y sonido, conductor de radio, dibujante y actor. Además, está por llegar a los 110.000 seguidores en Instagram, y eso quizás lo convierta automáticamente en un influencer. Lo que pocos saben de él es que en esta marea de ideas, proyectos, trabajos e Instastories, la constante en la vida de Martín Garabal fue y es el dibujo. Dibuja desde que tiene memoria, dice que tiene dibujos guardados de cuando tenía cuatro años y que su primera inspiración fueron los libros pop-ups de animales, las figuritas Basuritas, Dónde está Wally y Mafalda. Más tarde llegarían Humor, Sexhumor y El Cazador. A los trece, una cuasi desconocida que lo veía siempre dibujando le dió un papelito recortado del diario. Era el aviso clasificado de un taller de humor gráfico en el Centro Cultural Borges dictado por Claudio Kappel. Ahí les dio rienda suelta a sus personajes, “tenía un nivel de producción zarpado”, recuerda. Ricardo Robledo, Rogelio, Agente Pitman, una que viajaba en el tiempo, el Superabuelo… Armaba una antología de cómics que se llamaba Comics Locos y se las vendía a sus compañeros del curso de dibujo.

-Mis dibujos no cambiaron tanto. No es que ahora dibujo anatomía, modelo vivo y realismo. Mi dibujo se mantiene “infantil”. No aplico demasiadas nociones de perspectiva ni de realismo ni me sale bien dibujar autos o caballos o edificios. Siempre son como monstruitos o figuras extrañas medio deformes.

En 2006, casi por casualidad, Garabal publicó un libro de historietas junto a su amigo Ariel Martínez Herrera. En aquel tiempo eran dos estudiantes de Diseño de Imagen y Sonido en la FADU y, deambulando por los pasillos, conocieron a un editor. “¿Quieren publicar un libro?”, les dijo.

-No estábamos dibujando tanto ni sabíamos bien qué podíamos sacar. Nos dejó su mail y quedó ahí. Nosotros estábamos terminando de filmar una película independiente y como que congelamos un mes el asunto. Le escribimos, lo fuimos a visitar con todos nuestros cuadernos para mostrarle más o menos qué hacíamos, los vio y nos dijo “si si, lo hacemos, lo hacemos. Lo que ustedes quieran”. Para nosotros era cualquiera. Nos hizo el arreglo básico de cualquier editorial y empezamos a armar todo porque teníamos que llegar a la Feria del Libro. Nos encerramos en mi casa con el escáner y empezamos a escanear todos los cuadernos y papelitos que teníamos y nos dimos cuenta de que era una antología de material inédito. Le pusimos Grandes éxitos porque los artistas sacan los grandes éxitos al final de la carrera y nosotros la verdad que no sabíamos si iba a haber una carrera, así que lo sacamos al principio.

Grandes éxitos se imprimió on-demand. En los primeros diez minutos vendieron cincuenta, después otros cien y al final, aprovechando un momento de efervescencia de los blogs y poniendole energía a las presentaciones, terminaron vendiendo mil ejemplares en unos pocos meses.

-El libro era algo tan sacralizado que, quizás, al ver que el nuestro era un mamarracho total los dibujantes y lectores en general lo fueron a comprar. Yo creo que les generaba cierta curiosidad. Era muy trash. Blanco y negro violento. No había un estilo, no había una lógica. No te lo digo como algo re bueno sino que fue lo que pudimos hacer. No lo planificamos demasiado. Las páginas no están firmadas, no se sabe qué dibujo es de quién, hay páginas que empezó uno y terminó otro, hay pedazos de fotos, hay collage y hay páginas quemadas. Todo convive. Creo que mucha gente se enganchó con eso y el editor se enganchó con que se venda tan rápido y nos dijo de invitar amigos para editarlos a ellos también. Le editamos a Diego Parés su primer libro como autor: Aventuras del Señor y la Señora Rispo. Lo contactamos por la web que tenía, nos juntamos a tomar un café, nos propuso este libro que son historietas que había publicado en la revista Sexhumor y salió.

Doce años más tarde y después de darle infinitas vueltas, Garabal volvió a editar sus historietas y dibujos en La vida real, su primer libro solista publicado por la editorial independiente arty Wai Comics. Liniers, Tute y Oscar Grillo lo bancan. Entre otros.

-Estás por llegar a los 110.000 seguidores en Instagram, ¿cómo te sentís con eso?
-Yo me animé a sacar el libro porque pienso que hay gente que se va a copar y lo va a comprar. De hecho, tengo la fantasía de que mi libro es uno que va a comprar gente por fuera del dibujo que va a ser capaz el primer libro de historieta que tiene. Me entusiasma tener seguidores y recomendar cosas. Que el vínculo con los seguidores vaya por ese lado está bueno. Siempre siento que hay que establecer cuáles son las reglas de diálogo que vamos a tener en ese espacio virtual. Cuando me escriben cosas un poco agresivas, si se puede dialogar, dialogo y dejo en claro cuáles son mis límites y si te tengo que bloquear, te bloqueo. Es una relación medio rara la que se establece con los seguidores, los seguidos y los lectores. Ni vos les debés nada a tus seguidores, ni ellos te deben nada a vos pero se establece algo que es como que si tenés determinada cantidad de followers, vos debés explicaciones. Es muy extraño. No me voy a hacer cargo nunca de esa fantasía. Es algo tácito que, en realidad, no existe en ningún lado.

“Creo que hay que tener mucha voluntad pero también hay que tener suerte. Es necesario romper las bolas para que algo suceda”

-¿Qué es lo que más te molesta de tener muchos seguidores?
-Me mata cuando me escriben cosas como “Ya no sos Martín Garabal. Sos un influencer.” Ahí no me queda otra que responder que vivimos en el sistema capitalista y que lo que hago lo hago por plata. Para comer, pagar las expensas o comprarme un jean no aceptan mi esencia ni mi personalidad. Otra cosa que me pasa mucho es que a veces hago un dibujo y hay alguien que tiene la necesidad de comentarme que no le gusta o que le parece que no da un buen mensaje. Yo no entiendo esa necesidad. La gente se cree con derecho a decir cosas increíbles. Te pueden escribir “forro” o “puto” y no se dan cuenta de que alguien recibe eso. Yo no entro al trabajo de alguien y le digo “Che, esto no me gusta”. Todos queremos que nos quieran. Cuando aparecen críticos brutales y uno está como abriendo el corazón es fácil caer en la trampa de querer convencer a alguien que te bardea de que te quiera. Yo creo en esa regla que dice que hay 33% de personas que te quieren 33% que no te quieren y 33% no te conocen. Si esos que no te quieren de repente te lo hacen saber masivamente, no es gratis para nadie. Prefiero concentrarme en los que me bancan y en los que no me conocen.

-¿Leés historietas en redes sociales?
-Más que leer, miro. Me angustia y me genera un poco de ansiedad la cantidad de ilustradores que hay para consumir en Instagram por ejemplo. A mí todavía me gusta el objeto. Hay algo de la sensación de tener el libro que es distinto. Ojo, no reniego de lo digital. Para mí las redes e Internet son una vía de difusión y una forma de consumir que todavía tiene algo más o menos. Estás con un amigo querés ver algo y en Instagram es muy difícil de buscar y encontrar cosas sobre todo porque no hay un buscador ni se pueden publicar links muy fácilmente.

-¿Cuál es tu dibujante mainstream favorito hoy?
-Para mí, hoy, el mejor, es Diego Parés. La tira “Humor petiso” que sale en La Nación todos los días para mí es su obra máxima. Logra condensar su mundo interior, bajada de línea política y bajada de línea social en un chiste que es gracioso, está bien dibujado y se publica en un diario como La Nación.

-¿Qué le dirías a alguien que tiene ganas de llevar a cabo un proyecto artístico hoy en Argentina?
-Creo que hay que tener mucha voluntad pero también hay que tener suerte. Romper mucho las bolas. A nadie le interesa particularmente lo que uno hace. Uno tiene que ser el principal promotor y como es tan individual uno duda de su propio laburo y no quiere ser molesto, pero es necesario romper las bolas para que algo suceda. Yo con todos los proyectos que fueron importantes o trascendentes en mi vida estuve dos o tres años insistiendo y trabajando para que salgan.

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