Marilú Marini, en busca del alma humana

Texto: Lucas Villamil / Fotos: Alejandra Rovira

 

El camarín de Marilú Marini en el Teatro Nacional Cervantes es austero, no muy fotogénico. Apenas un espejo, una mesa, una silla y un catre. Mientras se maquilla para uno de los últimos ensayos de Sagrado bosque de monstruos, la nueva obra de Alejandro Tantanian, la actriz deja abierta la puerta para que los empleados del teatro y otros artistas que dan vueltas por los pasillos pasen a saludarla. Está como en su casa. El año pasado protagonizó acá El día de una soñadora (y otros momentos), basada en textos de Copi, y tuvo su debut como directora con Escritor fracasado. Al mismo tiempo, en otros teatros de Buenos Aires hizo Todas las canciones de amor, bajo la dirección de Santiago Loza, y dirigió a Erica Rivas en Matate amor. Más de cinco décadas de carrera artística, desde sus inicios con la danza en el Instituto Di Tella hasta hoy, no alcanzaron para colmar la sed creativa de Marini, quien nuevamente está lista para exponerse al riesgo.

-¿Qué te interpela en este momento de tu vida para aceptar un proyecto?
-Que me conmueva y que me haga acontecer. Quiero decir: nosotros, los seres humanos, es como si estuviéramos todo el tiempo en proceso, y para mí, aceptar embarcarme y encarnar un personaje -aunque yo no sé si el personaje existe-, es eso. Particularmente en este proyecto hay cosas muy pero muy íntimas mías, porque el personaje alrededor del cual se teje, que es Santa Teresa de Ávila, es una figura que me es cercana por esta preocupación de que lo “sublime”, o lo que está conectado con esa parte misteriosa que tenemos todos y que a veces no comprendemos pero sabemos que está, ella la tenía “à porter de la main”, al alcance de la mano, de muy joven y no de una forma solemne. Ella decía “entre pucheros anda Dios”. O sea que lo concreto también estaba presente en todo su universo. Ella es una mujer que tiene sus arrobamientos, se dice que levitaba, pero a la vez fundó cuarenta conventos, reformó una orden que estaba podrida y corrupta en un momento en que la Iglesia era de una corrupción casi tan flagrante como la que estamos viviendo en estos momentos, y aun más. Ella estaba adentro de la Iglesia pero en disidencia. Ella escribe El libro de la vida porque la inquisición la está persiguiendo, la está cuestionando. Se salva de una persecución más cruenta porque es habilísima política y tenía contactos con la realeza.

Marilú se muestra apasionada por su nueva encarnación, la fascina la unión de un mundo místico con una fenomenal capacidad de acción. Sagrado bosque de monstruos, escrita por Inés Garland y Santiago Loza, parte de la poesía y la vida desaforada de Teresa de Cepeda y Ahumada, una mujer del siglo XVI, para hablar de temas inoxidables; tal vez, mejor, inasibles. “Habla de algo que en este momento está bueno que sea puesto sobre el tapete, que es la eficacia e inmediatez de las cosas. Habla de que las cosas no están acabadas. Un libro puede estar acabado, pero se recrea en la cabeza del lector que lo va a leer, o un cuadro, pero vuelve a recrearse en la mirada de quien lo mira. Y habla de que hay que estar siempre dejándose ser, soltar es dificilísimo”, dice Marilú midiendo cada una de sus palabras.

En el espectáculo, la actriz comparte una escena completamente improvisada con el poeta y sacerdote Hugo Mujica. Ellos nunca saben exactamente qué dirán en cada una de las funciones, pero algo se puede figurar conociendo las inquietudes compartidas por ambos. “Con Hugo Mujica compartimos un humor y una mirada hacia eso que Albert Camus llamaba “la parte misteriosa” del hombre…”

-¿Lo que comúnmente llamamos alma?
-Sí, alma, eso que no sabemos.

-¿Vos qué entendés por alma?
-“Nuestra alma es un castillo todo de diamante y cristal muy claro que tiene muchos aposentos”. Así lo describe Santa Teresa. “En este castillo hay moradas en lo alto y en lo bajo, y a los lados. En el centro es donde pasan las cosas de mucho secreto, entre Dios y el alma…” O sea, está en nosotros, no sé cómo es pero sé que está. Tal vez para mí el alma es esta sed que tengo de encarnar cosas, de encarnar personajes, de encarnar gente.

“En cada gesto del cuerpo y de la palabra, que es lo mismo, uno está presente: la historia de uno, lo que uno ha visto, lo que uno ha vivido”

-Es decir que para vos la actuación, el teatro, es una especie de transmigración mística.
-Sí, mística y al mismo tiempo concreta, porque vos tenés que estar diciendo este texto maravilloso con dolor de callos. Ese es el asunto. A mí lo que me fascina de Santa Teresa y los grandes místicos es cómo a través del cuerpo se llega a eso, porque nosotros, los actores, devenimos otro a través de esto. Esto no cambia, y cambia. Esto -el cuerpo- no cambia pero es a través de esto que nosotros somos un ser maravilloso, o un monstruo, o la vecina, o un loro, yo qué sé. No hay límite. El límite es, tal vez, cuando no nos animamos a soltar.

-¿A soltar qué?
-A soltar las cosas que no nos dejan ser, que nos llevan para atrás. Las cosas que nos rodean y no nos dejan fluir. Volviendo a Santa Teresa, ella tuvo siempre mucho conflicto con su cuerpo, fue una mujer muy enferma, pero a pesar de eso, siguió, el anhelo era mucho más grande que el problema físico que atravesaba. Lo que me gusta es que es una santa que está en conflicto, que está activa.

-Como vos, que el año pasado dirigiste por primera vez una obra, y este año otra. No tenías necesidad de ponerte en ese lugar de incomodidad.
-Me parece que es interesante, porque ¿para qué quedarte con lo que ya sabés? Es aburridísimo y es repetitivo. Aparte yo tengo una constitución kamikaze. Yo me largué a dirigir porque Diego Velázquez y Oria Puppo me dijeron, pero con una inconsciencia total. Yo siempre estuve en el lugar de la intérprete, no de alguien que tiene un punto de vista sobre una obra.

La esencia kamikaze de la que habla Marilú tuvo algunos momentos de emergencia reveladora. El primero fue a fines de los sesenta, cuando aceptó la convocatoria de Roberto Villanueva para protagonizar la obra Ubu Rey, que significaría su inicio en el teatro tras haber tenido una formación puramente de danza. Otro hito fundacional llegó pocos años después, en 1975, cuando respondiendo a una invitación del actor y director Alfredo Arias se mudó a París, ciudad en la que se instaló para siempre. “Una lengua es una visión del mundo distinta”, dice. Hoy, la actriz vive en dos ciudades a la vez, París -donde viven sus nietos- y Buenos Aires, y eso también es parte de lo que ella le da a cada obra y película en la que participa.

Marini dice que la necesidad de estar allá o acá “va apareciendo”. Dice que admira a muchos actores y directores locales y menciona a Ciro Zorzoli, a Mariano Pensotti, a Iván Moschner. “Me hubiera encantado trabajar con Ricardo Bartís, cuando vi De mal en peor me conmovió profundamente, pero sé que no va a ser posible por sus tiempos, que es mucho tiempo de ensayos y yo no puedo”, comenta. Y agrega: “Los actores que hay acá son de una realidad fantástica”.

-¿El teatro allá tiene la misma efervescencia que acá?
-Sí, pasan cosas muy interesantes. Siempre las hubo. Es un lugar de cruce, se vienen de Italia, de Alemania… en París podés ver cosas de muy distinto nivel y distintos horizontes. Aparte, constitutivamente necesitan y quieren lo extranjero porque los vitaliza. Pero siempre guardan una cosa constitutiva en la que el texto es muy importante. Acá es más físico y más de situación. Allá es escuchar, porque es algo que ya viene desde los clásicos, es otra tradición teatral.

-¿Cómo se fue transformando tu forma de ver la actuación desde tus inicios hasta ahora? ¿Cuál sería la constante en todos estos años?
-La constante es que tenemos un oficio artesanal. Un oficio que está hecho no de una rutina sino de cómo trabajar la materia con la cual tenemos que trabajar. Cómo lo tenemos que desglosar, trabajar, con nuestra impronta, con el punto de vista del director, la persona que da el paisaje de la obra; y después, qué es todo lo que uno aporta. En cada gesto del cuerpo y de la palabra, que es lo mismo, uno está presente: la historia de uno, lo que uno ha visto, lo que uno ha vivido. Todo eso está siempre presente aunque nosotros no seamos conscientes.

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