Mariano Tenconi Blanco: “El arte es un contrapoder, produce expresiones que atentan contra el status quo”

Texto: Laura Sosa  / Fotos: Xavier Martín

 

 

La primera ficción que Mariano Tenconi Blanco escuchó era la de su mamá y su abuela contándose la telenovela de la tarde. Su abuela, además, era un personaje muy particular porque, nacida en la frontera entre Uruguay y Brasil, hablaba un español ‘aportuguesado’.

“Entonces mi abuela contando con su forma de hablar tan extraña un capítulo de una novela de Andrea Del Boca a mi mamá es como la primera ficción de la que tengo registro. Siento que ese código estético sigue marcando el pulso de mis materiales, como si escribiera las obras que ellas se hubieran contado”, explica.

Joven dramaturgo y director de teatro, Tenconi Blanco viene de presentar Astronautas, una coproducción entre Argentina y Chile que se estrenó en enero en Santiago y en mayo en Buenos Aires. Hasta hace poco tuvo en cartel Todo tendría sentido si no existiera la muerte, una pieza de tres horas que se pasaban volando. En constante producción, se encuentra próximo a estrenar La vida extraordinaria. Recibe a Almagro Revista en El Estepario, un teatro en el que da clases de dramaturgia y actuación, apenas unas horas antes de partir hacia Rosario.

-En tu próxima obra, La vida extraordinaria, ¿persiste el tema de la muerte?
-No de manera central como en Todo tendría sentido si no existiera la muerte, en donde la noticia para el personaje principal de que se va a morir la hace animarse a cosas que no se había animado. En el caso de La vida extraordinaria no es el motor de la trama pero sí respecto de los giros de trama ocupa un lugar importante, hay algunas muertes que generan movimientos en los dos personajes. Lo que las hace parecidas es que ambas postulan una nueva tesis sobre melodrama, en las dos hay personajes femeninos fuertes y la amistad ocupa un lugar importante. Lo que las hace diferentes es una cuestión de estilo, que es que en Todo tendría sentido… lo que traté de hacer es escribir una obra lo más “teatral” posible, entonces todas las escenas son diálogos, es una suerte de puro presente, y en cambio en La vida extraordinaria el texto está formado por todos los tipos de escritura posible. También la relación con el presente se extraña, si en Todo tendría sentido… había algo con el tiempo que era contar una agonía, en el caso de La vida extraordinaria es mayor la operación sobre la percepción del tiempo porque la idea es contar una amistad durante toda la vida.

-La vida extraordinaria y Todo tendría sentido… tienen en común la preponderancia femenina. En el contexto del ascenso del movimiento de mujeres, ¿el protagonismo femenino en tus obras cobra un nuevo significado?
-Sigo la lucha de mujeres en los diferentes temas y trato de aprender de lo que me van enseñando. Por ejemplo, fue una mujer la que me informó sobre la pornografía feminista, en donde el deseo está más repartido, y fue un territorio sumamente fértil para escribir la película pornográfica de Todo tendría sentido… Me interesa lo político en las obras, entonces siempre soy consciente de los contextos en los que se se inscriben, pero tampoco lo hago como movimientos de militancia. Me interesa que lo político atraviese el material pero no sé si del modo en el cual lo que quiero es decir algo. Cuando uno quiere defender una idea lo que hay que hacer es tomar la calle como el movimiento de mujeres nos enseña y producir un cambio real como que se legalice el aborto. Me parece raro, muriendo mujeres porque el aborto es ilegal, decir que porque uno hace una obra está modificando algún status quo. Por supuesto que es poderoso modificar el imaginario, pero a la hora de defender las ideas el ámbito más apropiado es la calle, más allá de que me interesa que mi teatro esté atravesado por lo político. Me preguntan frecuentemente por los personajes femeninos de mis obras y siempre me invento respuestas pero la verdad es que no tengo la respuesta puntual. Me pasó con algunas obras que las empecé escribiendo con un protagonista varón y después sentí que tenía que ser una protagonista femenina. La cuestión de lo político me interesa, entonces me interesa escribir mujeres fuertes y darles roles fuertes. En el caso de Todo tendría sentido… no podría ser un varón porque hay algo de la cultura machista que utilizó al cuerpo de la mujer como su campo de batalla, entonces es una mujer la que tiene que hacer ese movimiento de micropolítica que está en el interior de la obra. Pero también responde a algunas razones más indefinibles. Entonces más allá de lo político que me interesa, siento que también hay algo más profundo que me hace ir hacia esos lugares.

“Me interesa que la experiencia de ir a ver una obra te modifique, salís más sensible y con la percepción más alta, como que te queda inscripto en el cuerpo. Me gusta que las obras generen ese movimiento, que no quieras dejar de vivir en ese mundo de ficción en el que estabas”

-¿Cuál es tu preocupación política/estética?
-Quizá no es una preocupación puntual si no que fluctúa un poco. Por darte un ejemplo más reciente, hace dos años hicimos Walsh, todas las revoluciones juntas. La llegada de un gobierno de derecha que puso en duda a las organizaciones de derechos humanos e instaló un debate sobre la cantidad de desaparecidos, cercana al aniversario del asesinato de Rodolfo Walsh, me conmovió de manera tal que tuve ganas de escribir una obra atravesada por esos sentimientos. Pero al mismo tiempo la obra a muchos fanáticos de Walsh les molestaba, decían “no es Rodolfo Walsh”, porque era una suerte de ensayo sobre qué es hacer arte político y si produce algún movimiento real. En el caso de Todo tendría sentido…, más allá de que hay algo micropolítico que atraviesa la obra, la inquietud parte más desde algún lugar estético o emocional. La muerte de mi abuela me hizo leer novelas en donde se moría alguien, esas ficciones fueron como un bálsamo, sintiéndome acompañado por esta gente que estaba dolorida por haber perdido a alguien y entonces quise escribir la mía. El origen fue algo más personal y después sí, una vez que empiezo a crear, me atraviesan otras inquietudes políticas que empiezan a dialogar con inquietudes estéticas.

-Leí en una entrevista que en el programa de escritores de Iowa al que te fuiste hace dos años te preguntaron si en tu país se puede hablar libremente, ¿qué responderías ahora?
-Se puede. Se pudo criticar al kirchnerismo y se puede criticar al gobierno actual. El 90% de los artistas que trabajamos en los teatros o centros culturales públicos de Ciudad o Nación, estamos en contra del 99,9% de las políticas del gobierno y seguimos estando programados, y ellos lo saben, porque tratamos de decirlo cada vez que podemos. No creo que sea porque son adalides de la libertad de prensa, sino porque a nadie le interesa lo que yo puedo decir. Sí, para mi sorpresa, tenemos más espectadores de los que hubiera creído a favor del gobierno, y hemos tenido enojos, cuando quien era el ministro de Cultura de la Ciudad hizo esas declaraciones tan aberrantes (por Darío Lopérfido, quien puso en duda el número de víctimas del terrorismo de Estado), la comunidad artística teatral leíamos una carta en repudio a sus declaraciones y la primera queja sobre esa carta la tuvimos nosotros con una carta de lectores de La Nación denunciando al teatro encima. La pregunta que nos hacían iba vinculada a por qué harían el esfuerzo de leer a un autor traducido y parecía ser que si tenés algún problema, vale la pena el intento.

-En dos entrevistas mencionaste al Aleph. Por un lado planteaste que Borges fue con “El Aleph” quien inventó la idea de internet y por otro que el teatro en Buenos Aires era como un Aleph, ¿cuál es la relación?
-Son dos bromas. Borges es mi escritor favorito y posiblemente “El Aleph” sea de mis cuentos favoritos. Es una simplificación decir que “El Aleph” es internet. Además, parte de una broma que es que Borges inventó el Aleph para descubrir las cartas obscenas increíbles que Beatriz Viterbo le mandaba a Carlos Argentino, o sea que Borges inventó el Aleph para descubrir en el Facebook de la mujer que a él le gustaba que tenía un affaire con su primo. Respecto a lo del teatro de Buenos Aires va referido a que es múltiple, como si en una ciudad de un país periférico en el final del mundo estuvieran todas las formas del teatro posibles. Desafortunadamente está pasando menos, las dificultades económicas templaron los entusiasmos y siento que se entibió la actividad teatral, sobre todo independiente.

-¿Creés que el teatro independiente puede ser popular?
-Absolutamente. No creo que tenga que haber una degradación de las formas para ser popular, sí creo que la expresión artística que implica el teatro independiente puede alcanzar un público mayor que el que se suele pensar. El fenómeno de La Terquedad, que es una obra complejísima de un artista que admiro como Rafael Spregelburd, que (Alejandro) Tantanian haya tenido la valentía de ponerla en la sala grande, que haya apostado por una obra inteligente que le demanda al espectador, con grandísimos actores del teatro y el cine independiente me parece fantástico, y que haya ido tanta gente es una gran muestra de que no hay que degradar las formas y de que el teatro puede ser popular. Con Todo tendría sentido… vivimos, a otra escala, un fenómeno muy grato al respecto de que un montón de gente que no es el público de teatro independiente habitual, se enteró de la obra, le encantó y la recomendó. En tiempos en donde pareciera que entre la crisis económica más la posibilidad de ver ficción desde la casa, el movimiento que hace el teatro es achicarse, con Todo tendría sentido… decidimos hacer el movimiento inverso, hacer una obra extensa, en donde la actuación es intensa, y la gente acompañó. Siento que a la gente le sigue encantando ir al teatro porque sabe que no es comparable con ninguna otra cosa, entonces confío y me interesa pensar en el teatro como un lugar al que va mucha gente y sale conmovida como con ninguna otra expresión artística.

-Decías que parecía que en la era del streaming el teatro se había puesto en un lugar donde no molesta, ¿el teatro tiene que incomodar?
-A veces se aplica como que incomodar es agarrártela con el público y no me interesa el teatro con un afán educativo, no me gusta ir al teatro para que me digan cómo tengo que ser. Lo que está bueno es que genere un movimiento interno. Me interesa que la experiencia de ir a ver una obra te modifique, salís más sensible y con la percepción más alta, como que te queda inscripto en el cuerpo. Me gusta que las obras generen ese movimiento, que no quieras dejar de vivir en ese mundo de ficción en el que estabas.

“Las decisiones estéticas que tomo sobre la obra son políticas, que una obra tenga una extensión es político. Me gusta una frase de María Negroni que dice que la imaginación es política. Deberíamos repensar la educación, por qué nos enseñan que lo artístico tiene un valor secundario, pienso que se lee mal”

-¿Querés desafiar el lugar donde la industria cultural coloca al teatro off?
-El teatro es lo que más me gusta, pienso cada nueva obra como lo más importante del mundo y me encantaría que la gente que la va a ver piense lo mismo. Pienso que los y las artistas del teatro en Buenos Aires son los mejores que hay en Buenos Aires. Siento que el teatro es fantástico y que a veces en la mesa grande del arte se le da un lugar que no es el que merece. Por ejemplo, respecto de la literatura se publica muy poco teatro, habiendo algunos autores que son magníficos, entonces como muchas veces la literatura no sabe de teatro, se lee mal. Siento que la literatura argentina deja afuera al teatro, cuando es de las mejores cosas que hizo en los últimos 20 años. Lo que está pasando en el teatro en Argentina es enormemente poderoso. No estoy de acuerdo con que no hay público de teatro. Un poco no le interesamos a nadie y otro poco hay un montón de gente que va al teatro y por eso hay obras que están hace 10 o 15 años en cartel. A veces pienso que los artistas de teatro creemos que lo que hacemos es menos importante de lo que es.

-Decías que te gusta pensar a la dramaturgia como literatura de la más alta y de la más baja, ¿qué significa?
-Como literatura de la más alta porque muchos de los más grandes escritores que leí son dramaturgos, Shakespeare es el mejor escritor que hubo en la historia y es un dramaturgo, y además actor. El chiste de la más baja está vinculado a que los dramaturgos trabajamos con el lenguaje que está hecho para ser el desperdicio del lenguaje, que es el lenguaje oral.

-Dijiste que los actores en teatro pueden hacer cualquier cosa y que cuesta entender que el mensaje no sea ninguno o que el lenguaje es el mensaje, ¿el medio es el mensaje?
-Me da miedo esa frase tan categórica pero creo que la acompañaría en el sentido en que se dice “el poema es el mensaje” en Astronautas. No separo qué quiero decir de cómo lo quiero decir, me viene dada la historia, empiezo a leerme a mí mismo, a entender qué sistema de relaciones traza eso que se me ocurre y cómo debería escribirlo. Las decisiones estéticas que tomo sobre la obra son políticas, que una obra tenga una extensión es político. Me gusta una frase de María Negroni que dice que la imaginación es política. Deberíamos repensar la educación, por qué nos enseñan que lo artístico tiene un valor secundario, pienso que se lee mal.

-¿A qué te referís?
-A que se analiza de manera poco compleja el fenómeno artístico. El espectador que va a ver una obra y cree que tiene que ver cuál es el mensaje está leyendo mal. Está creyendo que la obra no tiene un valor en sí. Uno debería ir a ver una obra por el valor artístico que tiene al margen de lo que postule sobre la realidad. Es reducir el objeto artístico si se lo pone en función de una moraleja. No creo que la obra deba portar un mensaje, más allá de que uno escribe obras trazadas por lo político y de alguna manera lo portan. Respecto de que el actor puede hacer cualquier cosa, creo que las potestades expresivas del actor en el teatro son mayores que en el cine, me gusta mucho eso y tratar de explotarlas al máximo.

“Se pudo criticar al kirchnerismo y se puede criticar al gobierno actual. El 90% de los artistas que trabajamos en los teatros o centros culturales públicos de Ciudad o Nación, estamos en contra del 99,9% de las políticas del gobierno y seguimos estando programados, y ellos lo saben, porque tratamos de decirlo cada vez que podemos”

-¿El teatro se opone a la publicidad?
-Me gustan algunas ideas que están en el libro Post producción de Nicolás Bourriaud. Lo que dice es que el arte se opone a la imagen oficial de la realidad, que es la ficción que construyen los poderosos. Hay cierta constitución simbólica que hacen un grupo de empresas y el estado que postula una hipótesis de realidad. Siguiendo la idea de Bourriaud, el arte es un contrapoder y produce contraimágenes, entonces toda la historia del arte produce expresiones que atentan contra ese status quo. El arte ofrece una mirada más compleja y el que lee la realidad de una forma más compleja es menos ingenuo. Creo que el arte produce una expansión de sentido que hace que uno esté menos capturado por la producción de sentido monopólica.

-Decías que te interesa tomar el lenguaje más por su sonido que por su sentido y que el teatro puede inventar un nuevo lenguaje, ¿puede ser arbitrario?
-No completamente, de hecho la dramaturgia es una escritura llena de normas y menos libre que otras. Me gusta el trabajo sobre el lenguaje como materia. Lo que decimos en clase, que es una chicana, es que el teatro tiene más que ver con la poesía que con el cine, pero pensando en la dramaturgia puede ser que además de una chicana sea algo que está bueno pensarlo así. La poesía mal usa, en el buen sentido, el lenguaje, toma al lenguaje por su sonido, y el teatro debería tomar el lenguaje por su expresión sonora. Con los alumnos y alumnas de dramaturgia que confían en una hipótesis comunicativa del lenguaje decimos no, pensemos en cómo suena esto, porque nos parece que hay un eje constitutivo fuerte ahí. No construyo los personajes “psicológicamente”, pienso qué porción del lenguaje es este personaje, y en virtud de ese recorte se constituye un carácter. Me interesa más cómo va la ficción a la realidad que como va la realidad a la ficción, entonces esa frase va más vinculada a tomar la palabra como materia de trabajo y tratar de explotarla en todos sus sentidos.

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