El hombre que soñó con el cometa Halley y hoy apuesta por la vida en Marte

Texto: Pablo Esteban / Fotos: Mariano Campetella

 

Mariano Ribas nació en Palermo, en la Ciudad de Buenos Aires, un 20 de junio de 1970. Cuenta su madre que cuando la enfermera puso al bebé en su regazo, sugirió: “Deberían llamarlo ‘banderita’, hoy es una fecha patria inolvidable”. Se cumplían 150 años del fallecimiento del gran Manuel Belgrano y su paso a la inmortalidad, en apariencia, era recordado por todos.

De la misma manera que los pilotos acumulan horas de vuelo y eso determina su experiencia, este entrevistado de pelos largos, voz corpulenta y noble semblante puede enorgullecerse –con justa causa– de contar con 30 años de observación del cielo. Es un mapa que conoce palmo a palmo, mejor que su barrio. Lo ha mirado a simple vista y con todos los instrumentos reales y que sea posible imaginarse.

Sin embargo, fue en su adolescencia –cuando tuvo sus primeras citas– que aprendió a contemplarlo, a tenerle respeto pero sobre todo a disfrutarlo. Sus encuentros nunca fueron casuales, sino todo lo contrario. “Siempre repito la rutina: subo a mi terraza, veo a simple vista el cielo, armo el instrumento, preparo los accesorios y soy paciente”. Metódico, milimétrico y apasionado, absorbe el silencio de las noches y transita las horas con una certeza que conmueve: “Con fenómenos menos rimbombantes que los eclipses, en algunos casos, puedo ser el único mortal en el planeta que está presenciando un evento estelar. Ser el único testigo de un acontecimiento del universo es emocionante”, dice.

Afortunadamente, este hombre de las estrellas no atesora bajo llave los conocimientos de sus lecturas y experiencias. Muy por el contrario, comparte todo lo que sabe, a partir del manejo geométrico de una herramienta tan básica como letal: la divulgación científica. “El Planetario es el teatro del universo. Cuando las personas se empapan de lo que ocurre en el espacio les cambia la vida, comienzan a ver todo de otra manera. Conscientes de ello, buscamos que el 99,9 por ciento de las personas que no quieren seguir una carrera vinculada, puedan conocer algo de astronomía”, plantea, convencido. Se trata de correr las pantallitas electrónicas a un lado para observar la gran pantalla del universo que ofrece el Planetario que, con una agenda regordeta y bien regular, brinda espectáculos científicos y culturales; eventos democráticos, aptos para todo público.

En la actualidad, Ribas es quien mejor narra los fenómenos espaciales y cósmicos, quien explica, con mayor claridad, las maravillas del universo, ese cuento que nos define y nos constituye como personas, que nos empequeñece (porque vivimos muy poquito en comparación a los tiempos cósmicos) pero también nos individualiza (porque tenemos vida y eso es un milagro). Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA), astrónomo amateur y coordinador del Área de Divulgación Científica en el Planetario Galileo Galilei de Buenos Aires. También es columnista en el programa La liga de la ciencia, que se emite los sábados por la TV Pública. Además, trabajó como periodista científico en el suplemento Futuro de Página 12, en el ciclo televisivo Científicos Industria Argentina y escribió seis libros de divulgación, entre los que se destacan “Historia de las Estrellas”, “Guía Turística del Sistema Solar” y “La Luna del 1 al 10”.

A continuación, nuestro auténtico “capitán del espacio” narra cómo fue su infancia y juventud atravesadas por la dictadura, explica qué significó en su carrera la compañía del periodista (y maestro) Leonardo Moledo, al tiempo que recupera sus éxitos y sus asignaturas pendientes como comunicador y divulgador de ciencias.

-¿Qué recordás de tu infancia?
-Tuve una infancia muy linda con muy buenas amistades. Mis viejos se separaron cuando tenía seis años y, a diferencia de lo que ocurre tradicionalmente, me quedé con mi papá. La secundaria la hice en el “Nicolás Avellaneda” y, afortunadamente, como ingresé en 1983, solo me tocó un año de dictadura. Antes era todo muy rígido, los preceptores eran casi milicos; me perseguían por el pelo largo, me obligaban a usarlo por arriba del cuello de la camisa. Por suerte, en 1984 explotó todo y nos liberamos. Sobre todo se advertía en los pibes más grandes que habían participado durante más tiempo de un clima muy denso. Dos años antes había vivido Malvinas y aunque tenía conciencia, no entendía muy bien qué pasaba. Por suerte tenía a mi viejo, Gabriel, que al ser docente de Historia me explicaba todo aquello que no lograba comprender. Durante el Proceso fue perseguido.

-¿Se tuvo que esconder?
-Sí, varias semanas. En una ocasión, cuando tenía siete u ocho años estaba en casa con mi hermano y con la señora que nos cuidaba, dos tipos tocaron el timbre, entraron de golpe a casa, subieron por la escalera y tiraron abajo toda la biblioteca. Venían a ver qué leía mi papá, que por suerte ya no estaba.

-Cuando terminás la secundaria, ¿por qué estudias Ciencias de la Comunicación? Era una carrera nueva…
-Sí, se decía que estaba de moda. Además, explotaban las FM, escuchaba mucho los primeros programas de Mario Pergolini, Ari Paluch y Lalo Mir. A los 17 años sabía que me gustaban mucho dos cosas: la astronomía y la comunicación.

-Estaba esperando el momento, me parecía raro que en el relato de tu infancia y juventud, todavía no había aparecido la astronomía…
-En realidad, la astronomía me gusta desde los cuatro años. Como mi viejo trabajaba en la Editorial Kapelusz recibía fotocopias sobre el espacio todo el tiempo; me regaló libros muy elementales que pronto despertaron mi interés. Cuando estaba en jardín, hacía poco que se habían realizado los viajes a la Luna y todo estaba inundado de imágenes que captaban aquel momento. En la típica foto de preescolar que tengo con la maestra, Buzz Aldrin (astronauta del Apolo XI) completa el cuadro detrás de nosotros. Más adelante, vino la época del Halley, que fue bisagra, un punto de inflexión. Tanto que en 1985, mientras todos esperaban el Mundial del año siguiente, a mí me desesperaba la llegada del cometa. Me incorporé a la Asociación de Amigos de la Astronomía al año siguiente y fui muy autodidacta. Como no había Internet, me la pasaba leyendo libros y cartas celestes (mapas del cielo para ubicar estrellas y objetos).

“Mientras todos esperaban el Mundial del año siguiente, a mí me desesperaba la llegada del cometa Halley”

-De modo que la llegada del Halley en 1986 significó un antes y un después para los amantes del universo.
-Correcto, fue un episodio iniciático para muchos que no conocían nada del espacio. Amigos de la Astronomía incrementó exponencialmente la cantidad de socios y el universo pasó a estar en agenda. El fenómeno fue comunicado en todos lados. La Razón, por ejemplo, sacó un número especial con una revista, que todavía conservo. Por aquella época comencé con mis primeras prácticas de astronomía real.

-¿Cómo fueron esas primeras prácticas?
-Todo un ritual. A la medianoche escuchaba el programa de Alejandro Dolina y, cuando terminaba, a eso de las dos o tres de la mañana, subía a la terraza a esperar al Halley. Me iba con las cartas celestes y trataba de reconocer los tramos de cielo en que aparecería para buscarlo con mi primer telescopio, que era de juguete, un regalo de mi abuela. Con mucho esfuerzo logré encontrarlo.

-¿Qué sentiste cuando lo viste?
-Primero sentí decepción porque era una manchita. Ni siquiera sabía si iba a estar quieto o si atravesaría el cielo (los cometas no pasan, sino que están quietos como si fuesen estrellas), pero finalmente lo ubiqué en una zona del cielo que estaba entre Sagitario, Escorpio y Centauro. Así pude reconstruir el rompecabezas del cielo y su mecánica, me lancé a buscar fenómenos concretos. Entonces, mientras daba mis primeros pasos en Ciencias de la Comunicación, realizaba cursos para aprender sobre el universo.

-¿Y el periodismo científico? ¿Cuándo llega?
-Cuando conocí a Leonardo Moledo que fue profesor en Periodismo Científico durante el último año de la carrera. Desde el primer año, era una de las materias que más esperaba cursar y fue una excentricidad total porque de seis personas que asistíamos solo terminamos dos. Tanto que eran más profesores y ayudantes que alumnos, pero gracias a eso fue intensivo.

-¿Cómo recordás a Moledo? Fue el gran maestro del periodismo científico en Argentina…
-Para mí era una persona extraordinaria, como decís: un verdadero maestro. Junto a mi viejo y a Adrián Paenza constituye lo más alto que me tocó conocer en la vida. Por sus convicciones y su inteligencia que lo desbordaba todo, cualquiera de nosotros se reconocía –al menos– dos escalones abajo. En verdad, nunca conocí a nadie como Leonardo, tenía la capacidad de enseñarte a cada minuto, sin la necesidad de un aula; cada vez que hablaba o escribía te dejaba algo. Además, era muy generoso, enseguida comenzó a ofrecerme trabajo. Lo acompañé en algunas revistas y a principios de 1997 empecé en el suplemento “Futuro”, de Página 12, que él editaba. Si me preguntás, para mí sigue siendo el mejor periodista de ciencia.

-¿Cómo fue esa primera experiencia en Futuro?
-Significó jugar en primera. Al principio no me animaba, pero pronto publiqué una contratapa sobre Plutón. En aquella nota preanunciaba que iba a cambiar de categoría, acontecimiento que ocurrió en 2006 (pasó a denominarse “planeta enano”). De ahí en más fueron 17 años en Futuro, una experiencia muy linda junto a Moledo. De más está decir que fue director del Planetario durante siete años (2000-2007), lo colocó patas para arriba y, afortunadamente, también me llevó con él.

-Hasta el momento, entonces, habías trabajado en revistas de divulgación y debutado en Futuro, pero el Planetario es el Planetario.
-Mi viejo me lo dice siempre: “Vos fuiste hecho para trabajar en el Planetario”. Tal vez tenga razón, por el empate técnico entre la astronomía y la comunicación que siempre constituyeron mis dos grandes pasiones. Es mi lugar en el mundo, fui modelado para trabajar aquí, un espacio ideal que me brinda la oportunidad de transmitir ese gusto por el conocimiento. El 1 de octubre del 2000 fue la primera vez que ingresamos al edificio junto a Moledo y Carlos Carabelli (otro de los jóvenes convocados por el nuevo director). Era un lugar aplacado y el objetivo fue hacerlo explotar, así que pusimos en marcha un cambio de estilo que incluía una apertura hacia la comunidad. Incorporamos a la población de diferentes maneras: observaciones por telescopios, brindamos cursos de astronomía general, instalamos el primer café científico, desarrollamos “Planetario para ciegos” (con un mapa del cielo táctil) y convocamos instituciones para potenciar las actividades durante las vacaciones de invierno. Entre 2002 y 2004 tuvimos días con 15 o 20 mil personas que venían de todas partes para ¡asistir a una feria de ciencias! Algo impensado hasta el momento.

-Es que a las personas les interesa mucho el universo. Junto a los dinosaurios dominan el podio…
-Es exactamente así, son los dos temas que más interesan a los pibes. Los dinosaurios porque son monstruos que formaron parte de la realidad del planeta; y la astronomía porque nos desborda temporal y espacialmente. Y, además, porque es una ciencia que cuenta con una potencia visual única y es absolutamente accesible. Te puede gustar la arqueología pero es muy difícil irse de campaña y encontrar esqueletos completos, o bien te puede interesar la física pero un átomo no lo vas a ver en tu vida; sin embargo, con la astronomía es diferente porque el universo viene a tu casa. Basta con salir al balcón o a la terraza, no precisás ir a ningún lado a buscarlo. Incluso, para muchos de los fenómenos y acontecimientos más importantes no se necesita ningún telescopio.

-No obstante, también hay que decirlo: no cualquiera sabe apreciar el cielo.
-Por supuesto, es lo mismo que ocurre cuando compartís una excursión con un geólogo que comienza a describir las montañas, sus procesos de sedimentación y relieves, cuando uno a priori –y sin el ojo entrenado– no observaba más que rocas. Con el cielo pasa igual, cuando lográs comprender las lógicas que lo rigen –la mayoría son muy simples– te garantiza un disfrute de por vida. Todas las semanas hay un evento distinto para ver en el cielo, con una agenda interminable. La astronomía tiene mucho de autodidacta, por eso Argentina tiene tanto amateurismo.

-¿Cuál fue la pregunta que más veces contestaste?
-Si existe vida extraterrestre.

-¿Y qué respondés?
-Que es muy probable, pero no lo sabemos. Enseguida percibo la decepción en los rostros de la gente, que quiere que haya extraterrestres y que muchos creen en su existencia, lo viven como una cuestión de fe. Entonces les explico que lamentablemente no tenemos ninguna evidencia.

-Las luces que se mueven en el Cerro Uritorco…
-Hace 30 años que observo el cielo, tengo miles de horas de observación. Lo conozco palmo a palmo, mejor que mi barrio. Lo he mirado a simple vista y con todos los instrumentos que te imagines. He visto toda clase de fenómenos, pero nunca algo que me hiciera siquiera sospechar. Ningún astrónomo profesional o amateur jamás ha visto o reportado nada que se acerque a la palabra OVNI. La gente que más sabe y más mira el cielo jamás compartió nada al respecto. Y no se trata de deshonestidad, en innumerables ocasiones me quedé horas y horas observando lluvias de meteoros sin ninguna obligación, me encantaría poder divisar un plato volador. Aquí en el Planetario, no pasa una semana sin que nos llegue una foto, un llamado o un correo de alguien que captó algo raro en el cielo.

“Hace 30 años que observo el cielo, tengo miles de horas de observación. He visto toda clase de fenómenos. Ningún astrónomo profesional o amateur jamás ha visto o reportado nada que se acerque a la palabra OVNI.”

-Ante la evidencia, ¿qué responden?
-Las fotos, en general, son aviones, meteoros, estrellas o satélites. También puede ser Venus, el cuerpo por excelencia que lo confunden con un OVNI, o bien la Estación Espacial Internacional (centro de investigación en la órbita terrestre) que atraviesa el cielo entre 10 y 15 veces por mes y se destaca por su brillantez. Nosotros contamos con programas de simulación de cielo que nos permiten corroborar nuestros datos y brindar respuestas a las personas. Eso sí, hay que ser muy cuidadoso porque mucha gente deposita su fe en la vida extraterrestre y no se trata de herir la susceptibilidad de nadie.

-Sucede que creer en los extraterrestres también funciona como una respuesta frente al desconocimiento. Lo inexplicable debe ser explicado de alguna manera…
-Completamente, es que el fenómeno OVNI opera como una religión. La gente se reúne, tienen prácticas y aseguran estar contactados. Frente a ello, nosotros intentamos responder desde la ciencia, pero sobre todo ser humanos, sin violentar ninguna creencia.

-Siempre que ocurre algún acontecimiento en el espacio ya nos acostumbramos a mirar la TV porque sabemos que te vamos a encontrar siendo entrevistado por algún canal… o por todos. ¿Cuál es la noticia que más te gustaría comunicar y todavía no comunicaste?
-Me gustaría confirmar la existencia de vida en Marte. El planeta tiene un ambiente subterráneo muy propicio con agua líquida, sales minerales y materia orgánica; y también cuenta con emanaciones de metano, un gas que emiten las formas de vida. Además, tiene todas las chances de haber sido un escenario biológico en el pasado remoto, en efecto, no es nada descabellado pensar que albergó vida y que migró donde pudo: ni más ni menos que bajo tierra. Es altamente probable que existan bacterias marcianas aunque aún no tengamos los medios para confirmarlo. Por ahora son sugerencias, afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias y todavía no las tenemos.

“Me gustaría confirmar la existencia de vida en Marte.  Es altamente probable que existan bacterias marcianas aunque aún no tengamos los medios para confirmarlo.”

-Hace 30 años que observás el cielo, ¿qué fue lo que más te gustó?
-Pienso que observar Plutón. Es un rito para todos los astrónomos, implica un punto de inflexión para todos nosotros. Fue en 2008 cuando planifiqué verlo durante unas vacaciones en Córdoba. Armé nueve cartas celestes (desde la más amplia a la más cerrada), llevé un gran telescopio que tenía y realicé el proceso de adaptación visual que se requiere. Es necesario tener las pupilas bien dilatadas y eso se logra cuando recién te despertás; entonces dormí, me puse el despertador a las tres de la mañana –y en la oscuridad total– fui al telescopio. Luego, con luz roja observé las cartas para ubicarme y con la vista híper-sensible, mediante un esfuerzo descomunal, pude observarlo. Es un puntito miserable y escuálido, pero que me moría de ganas de conocer.

-Por último, ¿por qué es importante que las personas conozcan el universo? A menudo, tiendo a pensar que la amplitud espacial y los tiempos cósmicos constituyen un motivo suficiente para disparar otra reflexión acerca de los seres humanos, su finitud y pequeñez…
-Estoy de acuerdo, la astronomía “nos ubica”, en cualquier sentido de la expresión. Nos pone en contexto existencial, no es casualidad de que la astronomía y la filosofía tengan raíces e intelectuales comunes. Nos transmite la inmensidad espacial y temporal, nos permite advertir que somos episodios muy breves que ocupamos un planetita que no es el centro de nada, que viaja alrededor de una estrella ordinaria, en el borde de una galaxia que es grande pero tampoco está en el centro de nada. Todo moviéndose en un universo que tiene 14 mil millones de años cuando los humanos, con suerte, vivimos tan solo 90. Somos un parpadeo, por eso tenemos que aprender a valorar nuestra propia vida y todo lo que tenemos. Uno es más feliz sabiendo astronomía que desconociéndola.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *