Marcia Schvartz: «Hay toda una maraña de pelotudeces que hay que traspasar y que te impide ser vos mismo»

Texto: Lucas Villamil / Fotos: Karin Idelson

 

¿De qué se ríe Marcia Schvartz? Al parecer, de todo. De placer, de bronca, de pasión y de tristeza. A cada momento resuenan las carcajadas en su taller temporario de la calle Carlos Calvo y se mezclan con el ruido de los colectivos.

A su alrededor hay autorretratos en óleo y en pasteles, el retrato de un pintor amigo con cierta cara de malevo y otros más abstractos, algo perturbadores, inspirados en la Divina Comedia -que descansa en una edición enorme y antigua sobre un futón-. La artista mira la serie “dantesca”, inclina la cabeza y lanza el comentario: “Cosas raras me salen, medio siniestros… ¡Me encantan!”. Breve pausa y de nuevo esa risa.

 Está recostada en un sillón, coronada por decenas de pinceles con las cerdas teñidas. Un poco más arriba, en la pared, números de teléfono y nombres garabateados en lápiz. Este año, una interminable construcción en el terreno vecino obligó a la artista a irse de su casa de San Telmo, donde tiene el taller y vive desde hace 18 años, y ahora está refugiada en la galería Big Sur. “Es una cosa desastrosa, el infierno -dice-. Enfrente están haciendo una obra enorme que le decimos mamotreto. Toda una manzana, 400 departamentos, y abajo todos locales: Starbucks… Voy a la Asociación de Vecinos de San Telmo y me entero cada cosa… Les chupa todo un huevo. Van a hacer todos edificios horribles, todos iguales. Se la agarraron con San Telmo, Barracas y La Boca”.

-Te vas a tener que acostumbrar a desayunar en Starbucks.
-¡Jamás! Siempre quedará un bolichón inmundo… Yo me quedo en mi casa y no me entero de nada, pero ahora me sacaron de mi casa. Fui a una astróloga y parece que hubo un eclipse en 2015, que empezó toda una cosa que a mí me pegó. Se me dio vuelta todo.

-En este contexto personal, ¿qué rol cumple la pintura? ¿Es una suerte de exorcismo?
-Es mi vida, no puedo estar sin pintar, yo si no pinto me enloquezco. Me mata estar sin pintar. Para mí, es una pulsión vital que tiene que ver con la comunicación.

-¿Cómo es el estado en el que entrás para pintar?
-Es mi estado natural, no entro en un estado. Al contrario, cuando se me corta por algo, -porque me tengo que ir de casa, o por la locura circundante o problemas personales-, me hace muy mal psíquicamente.

-Y en este contexto social, en general, ¿qué representa la pintura? ¿Qué lugar está ocupando?
-Eso es más complicado porque nos tienen acorralados, nos quieren hacer desaparecer, nos quieren suplantar por unos que aprietan el flash, el aparatito… de verdad. Hay como una obsesión por la desaparición de la pintura. Siguen hablando, hace cien años que están jodiendo con eso. La pintura no desaparece. Yo conozco un montón de pendejos que pintan bárbaro que no son precisamente a los que les da pelota el mercado. Yo he tenido un montón de alumnos, a los peores les va bárbaro.

El padre de Marcia, Gregorio Schvartz, fue el fundador de la famosa librería Fausto y director de la editorial Siglo XX, desde la que tradujo al español a autores tan centrales como Simone de Beauvoir, Cesare Pavese, Louis-Ferdinand Céline y William Burroughs. La madre, de apellido Clementi, es historiadora, y sus dos hermanas más grandes se dedican a la escritura. Marcia expresó desde muy chica su vocación artística. “Mis padres, pobrecitos, tuvieron que resignarse porque yo tenía problemas de conducta, era una bestia. Mi padre estaba todo el día sentado leyendo y a mí me gustaba serruchar… Ellos eran burgueses, yo soy más bohemia”.

Ese espíritu bohemio la impulsó a los 17 años a irse de viaje por Sudamérica con sus compañeros de la escuela de Bellas Artes. Después llegó la militancia, el exilio en Barcelona durante los 70 y el comienzo de un intenso compromiso con el arte. En la pintura, Schvartz forjó un lenguaje propio, sus obras son fácilmente reconocibles y llevan vida e historias a rincones de todo el mundo. Es, sin duda, una de las artistas más importantes del país.

Pero ella no se corre de la simpleza e intenta transmitir, como sea, su manera de ver las cosas. Este año dio doce clases en la escuela de arte Prilidiano Pueyrredón. “Me gusta dar cosas cortas y siempre en la escuela pública. Como un empujón. Contarles mi punto de vista y ayudarlos a romper estereotipos, que hay tantos”.

-Por un lado está la técnica y otra cosa es encontrar el lenguaje propio. ¿Cómo se busca eso?
-Ahí es donde yo me especializo. En que hagan lo que quieran, que se larguen a ser ellos mismos.

-¿Cualquier persona tiene potencial para alcanzar eso?
-A mí me gusta trabajar con gente que ya algo sabe y que sigue caliente con su pasión y yo le puedo dar una mano para sortear obstáculos mentales. Las estructuras que se inventaron sobre el dibujo hacen muy difícil encontrar el hilo personal. Hay como toda una maraña que hay que traspasar de pelotudeces que te enseñaron que te impiden ser vos mismo. Una cosa así. Y lo hago en la práctica.

-Hay que tener ganas de jugarse la vida.
-Claro, pero es un camino también muy gratificante. Gente que tiene esa materia pendiente y venir le da un empujón… Te jugás la vida pero sos vos mismo, no te transformás en un ser pasivo. La devolución es mucha.

-Y el mercado, ¿qué es lo que busca?
-No tengo idea, yo. Ni ellos saben. En principio, se copian todos de todo lo que está de moda no sé dónde. Después, la cuestión digital que invadió todo y si no estás metido en eso sos una especie de sobreviviente de la protohistoria, cosa que es mentira. No sé qué quieren, hacer negocios supongo, ¡lavar guita! … ¡Jajaja! Todo lo peor que pasa en la sociedad, pasa inmediatamente en la pintura. Como es un medio raro y muy emparentado con el poder, repercute todo inmediatamente, automático. Pasa en todos lados. En San Pablo te querés morir porque hay tanta riqueza visual en la calle y no se refleja en lo que hacen.

-¿De qué vive el artista que no transa con esta lógica?
-De distintas cosas, pero el artista vive humildemente. Ese verso que se comieron todos de Polesello tomando champagne… eran él y cuatro payasos más. La cosa mediática del arte se corresponde con los tipos que hacen publicidad de sí mismos. Pero son muchos más los artistas como Quinquela, Policastro, tipos más comprometidos con su entorno. Policastro trabajaba en el correo y pintaba cuando llegaba a su casa. Es la pasión de su vida, una maravilla. Muchísimos trabajan de otra cosa. La gente te asocia con los payasos mediáticos.

«Nos tienen acorralados, nos quieren hacer desaparecer, nos quieren suplantar por unos que aprietan el flash, el aparatito… de verdad. Hay como una obsesión por la desaparición de la pintura. Siguen hablando, hace cien años que están jodiendo con eso. La pintura no desaparece. Yo conozco un montón de pendejos que pintan bárbaro que no son precisamente a los que les da pelota el mercado»

-¿No hay cosas rescatables entre las que se tornan mediáticas?
-Bueno, está bien, yo tampoco soy tan retrógrada. Hubo en los 60 una fusión del arte con los medios, pero quedó lo más superfluo de todo eso, porque había gente re piola. Hoy los pendejos tienen toda esta presión del mercado, de ganar guita, de que el mejor es el que vende más caro. Hay un montón de artistas que venden carísimo y son unos bodrios, la gente los compra porque son decorativos, no tiene nada que ver con nada. Ese dibujo arquitectónico… hay gustos para todo.

-Y entre los galeristas, ¿cómo ves el panorama?
-La mayoría son macristas. Ellos pensaban que iba a haber guita. ¡Mentira! Imaginate la guita que ganan poniéndola en la bicicleta financiera, ¡qué se van a comprar un cuadro! Se joden. Los que tienen guita la sacan afuera. Hace un tiempo un tipo me compró un cuadro porque el cuadro había estado en ARCO. Compran así, no porque les gusta: porque estuvo en ARCO. Entonces fui a llevarle el cuadro. Una oficina de una financiera. El tipo no estaba, estaba la curadora de la colección del tipo. Y veo todos unos mamarrachos… “arte joven brasilero”. Ellos invierten, y si uno la pega… No es que les gusta el artista y lo quieren bancar. Hay mucha gente que quiere vivir de esto: “estudiá gestor cultural en la UADE”. Es increíble, ¿qué mierda es eso? No saben ni poner un clavo. Hay mucho de eso: curaduría, gestión cultural, historia del arte… miles de personas que quieren vivir de nosotros. El objetivo del curador es destruirte. Bombardean, bombardean. Si nos hundimos, nos hundimos todos en este barco, ¿de qué van a vivir?

-¿A vos quién te compra los cuadros?
-Yo hace mil años que vendo los cuadros, entonces tengo un mercado secundario, que eso es lo que dicen que hay que tener. Es la reventa. O sea, vos me comprás un cuadro a mí y sabés que lo podés vender.

-¿Y qué es lo que hace la diferencia entre tener o no tener un mercado secundario?
-Yo hace 40 años que vendo. Me ha comprado gente que yo pensaba que me compraban porque les gustaba y cuando pueden, lo venden. Y después te enterás. Sale el cuadro en los remates… Lo ves colgado en un museo. Todos los cuadros míos que están colgados en museos, ninguno me lo compraron a mí. Yo los vendí por dos mangos hace treinta años y ahora están ahí y yo no vi un peso.

-¿Te da bronca eso?
-Sí, sí, me da mucha bronca. (Otro motivo para largar esa carcajada graciosa.) Acá se trató de hacer la ley que está en muchos lugares del mundo para proteger a los artistas en estos casos, pero no se aprobó. En Europa está en todas partes…

«Las estructuras que se inventaron sobre el dibujo hacen muy difícil encontrar el hilo personal. Hay como toda una maraña que hay que traspasar de pelotudeces que te enseñaron que te impiden ser vos mismo»

-¿Tenés un apego muy fuerte con tus cuadros?
-Sí, tremendo. Es por épocas. Decís “nunca jamás me voy a desprender de este cuadro”, y después ya no tenés tanta relación y lo podés vender. Hay otros que son intocables. Pero antes me pasaba mucho que venían y querían justo los que yo no quería vender.

-¿Tenés algunos que no vas a vender jamás?
-Tengo mi colección… Pero por ejemplo, hace unos años vino un tipo que quería esos. Y yo le vendí porque sabía que el tipo no los iba a revender, que iban a estar cuidados. Depende de la situación económica. Hay otros que los tengo super escondidos. Vienen y me dicen “¿no tenés este?” “No, lo vendí hace años”, digo, y lo tengo recontra encanutado. Tengo distintos canutos.

-¿Tienen distintas energías los cuadros?
-Obvio, si no, ¿qué es? Es eso, es energía que traspasa y que te toca por todos lados, está vivo. Los detalles no me importan nada. La obra está viva o no es.

8 comments

  1. Pingback: RODRIGUEZ LARRETA HIZO QUE MARCIA SCHVARZ SE FUERA DE SU HISTÓRICO ESTUDIO DE SAN TELMO | loveartnotpeople

  2. Camila Bensal

    Marcia sos una genia! Pones las palabras justas para describir esta situación espantosa que se vive con el arte. Soy de tu generación, tu aporte es valioso y trascendente!!!

  3. Ana maria

    Qué buena entrevista! Muy acertadas las preguntas , me encanta Marcia Schvartz su obra y ella misma
    Felicitaciones a la periodista que conversó con ella

  4. Andrea Prodan

    Que nos dejen libres.
    O mejor…QUE BUSQUEMOS NUESTRA LIBERTAD.
    No hay que depender de la mirada de otro/a; si felicitarse cuando un entusiasmo se prende en ellos…y es verdadero, espontáneo.
    Gracias…hermosa nota!

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