Marcelo Colombo, el fiscal anti trata: “La coerción se da a través de situaciones de explotación que terminan siendo naturalizadas”

Texto: Alejandra Hayon / Fotos: Pauli Villamil

 

Una chica de unos veintipico sonríe y mira a cámara. Tiene los ojos delineados, el pelo rebajado por los hombros y una remera azul. La de la foto es Soledad Olivera Giménez -delgada, piel trigueña, ojos marrones, dos tatuajes- y fue vista por última vez en noviembre de 2011 en Mendoza. Su rostro encabeza la cartelera que hay en la puerta de la Procuraduría de Trata y Explotación de Personas (Protex). Más abajo está el primer plano de una adolescente de sonrisa ancha: Johana Elizabeth Chacón tenía 13 años cuando fue vista por última vez, también en Mendoza. Yamila Cuello sonríe desde la misma cartelera. En la foto, de antes del 2009, estaba en Córdoba y tenía el pelo recogido en media cola. También hay fotos de María Cash y un único varón: Ariel Llampa, un chico morocho y con gorrita, también desaparecido.

En el segundo piso del edificio del Ministerio Público Fiscal, en Perú al 500, está la oficina del fiscal Marcelo Colombo, titular de la Protex. Marcelo -pantalón azul, saco azul, camisa azul- recorre los tribunales desde los 18, pero fue recién en 2008 cuando se convirtió en el fiscal anti trata, tras la sanción de la ley. Cuenta que a partir de ahí tuvo que salir a estudiar de cero porque se sabía poco y nada en el país sobre la mal llamada trata de blancas. Hoy, en cambio, con más de mil casos llevados a juicio y más de cincuenta condenas por año, dice conocer cada hilo de esa red invisible que mantiene cautivas a las pibas en los prostíbulos, incluso con la puerta abierta.

Marcelo habla desde su escritorio amplio y ordenado, aunque dice que para encontrar a las chicas desaparecidas hay que dejar la oficina, salir a la calle, ir a las escuelas, hablar con los amigos de las víctimas. También cuenta que opinar sobre algunos temas le trae problemas, como cuando toma postura sobre la relación entre explotación y trabajo sexual. “Todo prostíbulo es trata”, dice claro y sin vueltas el fiscal, que redobla la apuesta y cuestiona que el trabajo sexual autónomo no propone una verdadera sexualidad libre. Dice que algunos casos le pegan más fuerte por la agresividad del tratante y que avanzar contra jueces y fiscales le valió varias denuncias penales en su contra.

Marcelo entra a su despacho y pasa siempre por al lado de la cartelera, igual que las familias de las chicas desaparecidas que llegan hasta ahí con una foto y algún dato esperando que él las ayude a encontrarlas.

-¿Siempre que desaparece una persona hay que presumir que pudo ser víctima de trata?
-Nos llevó varios años saber que el terreno de la búsqueda de personas era muy deficiente y entonces empezamos a tender conexiones con los organismos de búsqueda, el Ministerio de Seguridad sobre todo, y a colaborar con los fiscales que llevan casos que podrían ser de trata. Cuando empezamos con la fiscalía todavía no sabíamos cuán importante era articular con los registros de personas buscadas. De todas las investigaciones que abríamos de trata con fines de explotación sexual teníamos un perfil similar de mujeres, de un mismo rango etario, principalmente pibas jóvenes, que desaparecían y las familias no recibían una buena respuesta en las oficinas municipales o provinciales. Entonces las familias llegaban hasta acá con algún dato de que la chica podía estar en algún circuito prostibulario o haber sido trasladada a otra región. En esos casos en seguida nos ponemos en contacto con las fiscalías locales. El ejemplo más actual es el de Nadia Rojas, donde le estamos dando una mano al fiscal que lleva el caso.

-¿Creés que el caso de Nadia, como el de otras chicas del Bajo Flores o Lugano que desaparecen algunos días y vuelven a aparecer, es una nueva forma de trata?
-No es tan nueva ya, pero sí muy difícil de probar. Son chicas que desaparecen y vuelven a los tres o cuatro días con un celular nuevo y con algo de dinero. Muchas veces los captores son amigos del colegio o conocidos del barrio, que a la vez cumplen otras funciones para las organizaciones de narcotráfico como salir a narcomenudear. A las chicas las llevan cuatro o cinco días con algún personaje destacado de esa organización para tenerla a su servicio. Es una dinámica que estamos viendo detrás de las desapariciones en la villa 1-11-14 y sobre las que tenemos que seguir investigando.

-¿En todos los casos hay connivencia con la policía o con otros funcionarios?
-Siempre hay que actuar como si la hubiera, porque es muy probable. Y sobre todo lo que llamamos el primer y segundo anillo de protección al prostíbulo dado por las fuerzas de seguridad y los inspectores de control municipal, que habilitan lugares bajo una denominación distinta de lo que hacen puertas adentro. Esto es una constante, los prostíbulos están prohibidos desde 1937 pero los inspectores sólo revisan que no falten matafuegos y hacen la vista gorda. En noviembre del año pasado, en Ushuaia, se condenó al municipio por ser civilmente responsable del funcionamiento de un prostíbulo. En muchos lugares las habitaciones están a la vista.

“Las redes captan a las pibas con engaños muy sencillos, no hay que prometer mucho para alguien que no tiene nada”

-Pero también hay casos más explícitos como un intendente condenado o fiscales procesados.
-Esos casos son los más difíciles para llevar a juicio porque presentan más resistencias incluso en los propios operadores judiciales. El intendente de La Pampa, por ejemplo, era amigo del proxeneta, amigo del comisario que le daba protección al prostíbulo y había salido públicamente a decir que el prostíbulo era un lugar de contención espiritual. Tuvimos que establecer los contactos telefónicos entre los tres -comisario, intendente, proxeneta- para lograr la condena penal. Además de este caso, tenemos fiscales y jueces denunciados. Son casos más difíciles de investigar porque la matriz de mafia está más consolidada y por lo tanto tienen mayor protección.

-¿Cuál es el eco en la Justicia cuando denunciás a un juez o a un fiscal?
-No es bueno. Fiscal que denuncia a fiscal es visto como alguien que rompe esa lógica de corporativismo judicial y genera mucha desconfianza. Existe el prejuicio de que la denuncia surge por un problema entre pares. El Poder Judicial es muy conservador y reacio a rendir cuentas.

-¿Recibiste amenazas?
-No amenazas directas pero sí llamadas raras, visitas raras y pedidos de audiencias raros. Me comí denuncias penales por supuesto “abuso de autoridad”. Son todos obstáculos. Para amenazar a un fiscal se utilizan otro tipo de técnicas que suelen ser más eficaces, como iniciarte un sumario.

-Una de las quejas más frecuentes de las familias de las chicas desaparecidas es la falta de respuesta de las comisarías y fiscalías de turno adonde van a hacer las primeras denuncias. ¿Por qué creés que se desestima la denuncia de desaparición?
-Lo que pasa es que muchas veces no hay un delito detrás de la desaparición. El 80 por ciento de los casos de los menores de 18 desaparecidos -muchas más mujeres- vuelve a aparecer al tiempo y las causas de esa desaparición no pueden ser atribuidas a un fenómeno delictivo. Generalmente se fugan por problemas de la propia estructura familiar. Esto produjo una mala práctica y las policías o agencias de seguridad empezaron a decirles a las familias que había que esperar 48 o 72 horas para judicializar el caso. Y esto es un error garrafal para ese porcentaje menor que sí es víctima de trata porque lo que no hacés en esos primeros tres días es muy probable que ya no lo puedas hacer en toda la investigación.

-¿Como qué?
-Si la chica tenía un celular y la familia vino a denunciar a las horas es posible que vos puedas saber dónde está operando con algo tan sencillo como pedir las antenas de ubicación de ese teléfono, que después descartan. Otro ejemplo son las cámaras de seguridad que muchas veces tienen muy poco tiempo de guardado y si no salís a pedirlas urgente terminan regrabando sobre la cinta. También te perdés la información de los testigos, gente que pudo haber estado en el lugar. Una cosa es ir a las dos horas y otra, a las dos semanas. Es importante salir del escritorio, ir a las escuelas, hablar con los rectores y amigos, ellos pueden tener algún otro dato. Nos pasó con un caso que tuvimos hace poco en Jujuy, las amigas íntimas sabían que tenía un bolso preparado para irse, algo que los padres desconocían.

-¿Son frecuentes los casos de secuestros o hay más engaños?
-Son muy muy pocos los casos por privación ilegítima de la libertad, lo que se conoce como el secuestro. No llegan a ser ni un cinco por ciento de los casos con condena.

-O sea que la Traffic blanca es un mito. 
-Cuando corre lo de la Traffic blanca aparecen muchas denuncias, la mayoría anónimas. Hicimos un mapeo y estamos analizando cientos de casos que tienen alguna connotación parecida. Pero de los primeros estudios resulta que la mayoría de denuncias eran por supuestos secuestros, intentos que no se habían llegado a concretar, y que las denuncias no provenían de las víctimas mismas sino de personas a quienes les había parecido ver que una chica era subida a una Traffic. En la mayoría de los casos de trata, las chicas son captadas a través de engaños y abuso de una situación de muchísima vulnerabilidad. La pobreza es el gran contribuyente a que puedan terminar en un prostíbulo alejado del lugar donde viven, no tanto los secuestros.

-¿Cuál es el perfil de las víctimas?
-Todas son chicas pobres, con dificultades muy severas. Familias monoparentales, donde ellas tienen que llevar adelante la crianza de los hijos de la manera que encuentran. El 90 por ciento de los casos son chicas que vienen de inicios muy tempranos en el sistema prostibulario, entre los 13 y los 17, pero tal vez el caso de trata las encuentra a los veintipico. Son mujeres en situación de vulnerabilidad que no tienen recursos para imponerse frente a cualquier abuso o explotación. Por eso las redes las captan con engaños muy sencillos. No hay que prometer mucho para alguien que no tiene nada.

-¿Y cuáles son los engaños?
-Les dicen: ‘te venís a Buenos Aires o a Bahía Blanca, tenemos un lugar donde vas a servir copas y vos hacés lo que querés. Tenés los fines de semana libre, podés estudiar, mandarle plata a tu familia y podés volverte a tu casa cuando quieras’. Después la realidad es totalmente distinta.

-Pero si no es la chica encerrada en un calabozo como se pinta en las películas, ¿cómo es que después quedan atrapadas?
-Es un sistema mucho más sutil pero inmensamente eficaz. La coerción se da a través de situaciones de explotación y de opresión que terminan siendo naturalizadas. En la jerga está lo que le denominan el ablande, que básicamente es el proceso de acostumbramiento de una mujer a tener que disociar su cuerpo y su mente para poder soportar en una noche a diez tipos haciéndoles servicios sexuales. Eso es algo imposible de un día para el otro, es un proceso muy doloroso pero que después muchas mujeres terminan naturalizando y quedan atrapadas en lo que conocen porque, ¿qué hay del otro lado? ¿Cuál es la otra posibilidad? Se tienen que volver sin nada, tal vez son del interior o de otro país, tal vez ya tienen uno o dos hijos en el lugar donde están. Se va generando una red invisible pero mucho más eficaz de condicionamientos que les hace imposible pensarse en otro proyecto de vida, tener un plan de autonomía.

-¿Pero están amenazadas también?
-Sí. Los prostíbulos funcionan bajo sistemas de amenazas, sistemas de multas y sistema de deudas. Tienen reglas muy estrictas que deben cumplirse y si alguna mujer las rompe se le descuenta de los servicios sexuales. Hay reglas de todo tipo: desde sentarse de manera provocativa, no usar el teléfono, hasta no poder levantarse de la cama antes de las cuatro de la tarde, como nos pasó en un caso. Si las mujeres se despertaban antes, tenían que quedarse en el colchón hasta que fuera la hora. Todas esas multas van generando un servicio casi sin pago, algo que termina siendo un control muy efectivo. Con el tema de las multas ves que no tienen posibilidad de rechazar a un cliente, incluso si es un violento no tienen opción de decir que no. Y esto es un punto muy interesante desde el punto de vista jurídico, porque bajo esta premisa, la de la amenaza, donde las mujeres no están dando un consentimiento libre porque eso implicaría una multa, prácticamente estamos hablando de una violación. Las deudas, las multas, la coerción y la imposibilidad de tener relaciones por fuera del prostíbulo generan una situación de aislamiento casi total, aunque la puerta esté abierta.

-¿Qué fue lo que más te impactó en todos estos años?
-Hay algunos casos que te tocan más por la agresividad que ves en el tratante. Para investigar hay que intentar ponerse en la cabeza del explotador y a veces es imposible. Por ejemplo, el caso de toda una familia que explotaban a dos chiquitas en Constitución o el de un chico que tenía que salir a vender estupefacientes para un tipo que lo violaba sistemáticamente. A veces se hace muy difícil meterse en la cabeza de esos tipos. Pero lo que más duele es llegar a la conclusión de que hay determinadas situaciones familiares y sociales que son tan dramáticas que llevan a las pibas a no tener opción. El sábado pasado apareció una chica que estaba desaparecida desde hace un año y sus dos grandes temores eran volver con el tratante o con el padre, que era casi peor. Entonces, más allá del juicio, ¿qué respuesta le das a esa chica?

“El 80 por ciento de los casos de los menores de 18 desaparecidos -muchas más mujeres- vuelve a aparecer al tiempo y las causas de esa desaparición no pueden ser atribuidas a un fenómeno delictivo. Generalmente se fugan por problemas de la propia estructura familiar”

-¿Fue cambiando con los años el delito de trata de personas?
-Lo que hay son mutaciones. Por ejemplo, con los viejos lugares de swingers o spas que eran más vip ahora estamos viendo una transferencia hacia la explotación. También hay una modalidad de incorporar chicos menores de edad para cometer delitos en el marco de una organización delictiva mayor. Como el caso de los soldaditos de Rosario, que salían a vender estupefacientes por orden de la organización y el Sistema Penal torpemente piensa que ellos son los narcotraficantes. Cuando en realidad los pibes son víctimas, en un contexto de relación servil y en situaciones de adicciones muy avanzadas. Lo que hay también es la visibilización de situaciones de explotación que antes estaban muy naturalizadas, como la de los laburantes golondrinas en las cosechas. Ves dónde duermen, dónde viven, que no tienen agua potable, que tienen que comprar la comida en la despensa del dueño, que les retienen parte del sueldo por una supuesta deuda por los gastos del viaje, eso es una condición servil que antes de la ley de trata ni se discutía como delito.

-¿Creés que la falta de regulación del trabajo sexual posibilita la trata?
-Es muy difícil cuando hablás de prostíbulo, donde hay un proxeneta o alguien que se beneficia económicamente de la explotación de otro, dividir la aguas entre trata y trabajo autónomo. En términos legales, es más o menos lo mismo porque el Protocolo de Palermo te dice que no hay posibilidad de explotar sexualmente a alguien sin abusar de su situación de vulnerabilidad, y el noventa y pico de las mujeres están en situación de pobreza. Entonces ahí se diluye la línea. Todo prostíbulo es trata, lo digo y me genera un montón de problemas con quienes defienden el trabajo sexual autónomo. Si una mujer decide vender su cuerpo claramente no hay delito, pero hay que reconocer que hay muchísima más explotación sexual y prostibularia que ejercicio individual y autónomo. También hay que pensar qué significa el trabajo sexual y el prostíbulo socialmente, qué tipo de relaciones está consolidando un prostíbulo. Uno ahí puede decir que está consolidando una suerte de dominación masculina sobre la femenina a través del dinero y la consideración de la mujer sólo como un objeto. El prostíbulo supone un sistema de relaciones sociales y de poder de un hombre que va y compra sexo por dinero, compra ese cómo del sexo por dinero, y pone a la mujer al servicio del deseo varonil.

“Me parece que lo que vendría a ser el trabajo sexual autónomo tampoco propone una sexualidad libre. La libertad es otra cosa, es poder expresar el deseo sexual abiertamente y el dinero lo que hace es joder esa relación más que propiciarla”

-¿Abonás la teoría de que sin cliente no hay trata?
-Sí, absolutamente. Y me parece que lo que vendría a ser el trabajo sexual autónomo tampoco propone una sexualidad libre. La libertad es otra cosa, es poder expresar el deseo sexual abiertamente y el dinero lo que hace es joder esa relación más que propiciarla.

-¿Creés que fue cambiando la mirada de los chicos sobre el prostíbulo? Digo, hasta hace poco para los adolescentes era como un mandato ir a debutar a uno.
-Ya no se ve tanto eso en los chicos. Incluso en las charlas que damos en colegios secundarios no lo veo con la especie de naturalidad que se decía en la generación de tipos más vejetas como yo, y anteriores, donde el rito de iniciación sexual era así. Se trata de sacarle esa mirada naif e inocente al prostíbulo que lo único que hace es darle la posibilidad al pibito de 15 o 16 años de probar su masculinidad. Un mandato de masculinidad que debe ser rediscutido.

-Y que es una presión enorme para los chicos.
-Silvia Chester, una socióloga que admiro muchísimo, dice que es también una sexualidad muy pobre para el varón y por eso hay que incorporarlos en la discusión. Hizo un estudio a partir de testimonios de los clientes, que ella llama prostituyente, como deben ser llamados, y llega a la conclusión de que en el consumo sexual hay una suerte de persecución de una reafirmación de la virilidad y la obtención de prácticas sexuales que no serían posibles de obtener en otras condiciones.

-O sea, tabú y machismo.
-El tabú, el machismo y lo naturalizado como correcto. Hay suficientes argumentos para decir que el prostíbulo y la prostitución generan situaciones de desigualdad en las relaciones sexuales.

-Los casos más emblemáticos como el de Marita Verón, Florencia Penacchi, María Cash no responden al perfil clásico de las víctimas ni a la lógica de la captación por engaño. ¿Qué pasa con las chicas que desaparecieron hace tanto y no hay novedad?
-De alguna forma el secuestro como modelo de captación de la víctima se termina imponiendo en el imaginario social por el caso de Marita, que sí fue secuestrada. El otro dato importante, es que estos casos son previos a la sanción de la ley de trata por lo que las primeras investigaciones no siguieron está lógica. Pero sí analizamos los expedientes para ver si podíamos establecer otros canales de búsqueda. En el caso de Marita hicimos de todo: fuimos a levantar prostíbulos pensando que tal vez podía estar enterrada como decían las denuncias en La Rioja. Hicimos lo mismo en La Pampa y Santiago del Estero y tenemos dos exhortos abiertos en España. En este tipo de casos que llamamos fríos, porque llevan mucho tiempo como desaparecidas, hay que buscar a las chicas en todo contexto y eso significa también buscarlas como si estuvieran muertas. Hay que buscarlas entre las posibles inhumaciones de NN de todo el país. Y eso es un desafío extraordinario porque la manera en que se registran los NN en cada municipalidad es diferente. Ya hicimos muchas identificaciones de NN, unas 200 en dos años. Un caso que me chocó muchísimo fue tener que decirle a una madre que buscaba a su hija como desaparecida por una red de trata que, en realidad, su hija había sido inhumada como NN al otro día de su desaparición y que la había matado un perro dogo. El peor escenario posible: tener que decirle a esa madre que el Estado había fallado y que se podía haber enterado de la muerte de su hija a las 24 horas y no haber estado dos años peregrinando por tribunales y buscándola por todo el país.