Mariana Enríquez: “En los peores momentos la vida sigue siendo torpe y ridícula”

Texto: Daniela Pasik / Fotos: Guille Llamos

 

Niños que se afilan los dientes. Chicas que se arrancan las uñas. Mujeres que deciden quemarse a sí mismas como respuesta extrema y viral a la violencia machista. El extrañamiento de ser padre ante un bebé que resulta demandante. El petiso orejudo, magia negra, celos, desamor. Aislamiento en general, obsesiones en particular. Ritos, oscuridades, supersticiones rurales, marginalidad, casas encantadas, fantasmas. Nada más aterrador. Y eso sólo es la punta del iceberg en la obra de Mariana Enríquez.

Ella misma tiene un aspecto gótico. No el look elegido, que es sencillo, con huellas de un pasado rockero. Es su cara en forma de diamante, sus ojos negros que brillan cuando habla del espanto, su boca amplia que sonríe al recordar paseos por cementerios, la palidez extrema. Mariana Enríquez podría dar miedo, pero tiene una forma de contar las cosas, cada cosa, que da morbo y atrapa. Es como arrancarse una cascarita. Aterra, por ahí duele un poco, y sin embargo no se puede parar.

En una charla, como en sus libros, divierte peligrosamente. Cuenta al pasar que hace mucho, en una casa que compartía con dos amigos cuando no tenía un mango y la Argentina se desmoronaba después de la crisis de 2001, había un espíritu. Y que jugaban a la copa. “Pero yo no creo en los espíritus”, dice. Y después da los datos del hecho. Fríos, quirúrgicos, y deja que la anécdota transite en la delgada línea que separa lo comprobable de lo irreal. Así son también sus cuentos.

Desde su primera novela, Bajar es lo peor (Espasa Calpe, 1995, y reeditada por Galerna en 2013), hasta su último libro de relatos, Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), cuenta el presente como pocos. Apenas corrida de la norma, un poco torcida de lo evidente. Con una extrañeza cotidiana que crece a lo largo de su obra hasta ser, sí, tan horrorosa como hipnótica. Y entonces es la princesa, no, la reina, del terror local. Y come un tostado. Y toma gaseosa. Tiene hambre, le queda un rato antes de ir a Página/12, donde trabaja como subeditora del suplemento Radar.

Es autora, además, de la novela Cómo desaparecer completamente (Emecé, 2004), el libro de cuentos Los peligros de fumar en la cama (Emecé, 2009), el de crónicas de viajes a cementerios Alguien camina sobre tu tumba (Galerna, 2013) y un perfil riguroso de Silvina Ocampo, La hermana menor (Ediciones Universidad Diego Portales, Chile, 2014). Y sus notas en Radar, y relatos en antologías, más los sueltos que todavía buscan libro, pero que aparecen tal vez en alguna web, como un regalo inesperado.

El que visite su Facebook por estos días puede casi sentir que da la vuelta al mundo a través de las tapas de Las cosas que perdimos en el fuego. Mariana Enríquez las postea con un anuncio escueto: “en República Checa ya salió, en noviembre”, “en Polonia, a fin de mes”, “en Estados Unidos, en febrero”, “en Italia, en marzo”, “en Alemania, en abril”, “En Francia, la semana que viene”. Y sigue: en Dinamarca, en Gran Bretaña, en Holanda, en Suecia y así hasta hacer un mapa de 19 países y 14 idiomas.

“Soy de terror, cambio todo el tiempo los títulos de los cuentos y nunca me los acuerdo”, dice en plena merienda. Es gracioso que ella se autodefina como “de terror” por algo que va por fuera de lo terrorífico. Lo nota. No se ríe. Mira fijo. Logra la risa del interlocutor. Sigue: “Mi primera novela, aunque es realista, de amor, para mí es gótica, medio de vampiros, y tiene muchos elementos del género. La segunda, claramente, no. Pasan cosas horribles, digamos, es aterradora, pero no es de terror”, explica para aclarar que le costó dominar el género.

-¿Y en qué momento decidiste dedicarte abiertamente al terror?
-Siempre quise hacer terror, pero no me salía. Hacer una novela de terror larga es muy complicado. Se hace difícil de mantener, tan extensamente, el género. No hay tantos ejemplos en castellano. Y eso no es una boludez, porque no tenés una manera clara de ver cómo se sostiene en tu lengua. Así que medio hay que inventar la forma. Y claro que hay terror en castellano, pero no es una tradición. Son cosas aisladas. Por eso empecé con lo que es más fácil para mí en el terror, que es el cuento.

-¿Por qué te resulta más fácil? 
-Bueno, en cuentos hay un poco más de ejemplos. Y aunque el 80 por ciento es de tradición anglosajona, el formato me resulta más contenible para hacer mi traducción de cómo es narrar así en castellano. Para pensar terror desde acá, cómo sería, cómo es, un terror argentino, latinoamericano. Tengo más control porque es más corto y pude entender por dónde ir. Pero hasta que publiqué Los peligros de fumar en la cama hice muchas pruebas fallidas. Entonces me salieron esos cuentos. No fue una decisión pasar al terror, si no que llegó el momento en el que aprendí a hacerlo.

“Todos los personajes de los cuentos están medio aparte, algo solos, levemente malhumorados. Eso tiene un poco que ver conmigo”



-¿Ya te sentís lista para hacer una novela de terror?
-Estoy haciendo una ahora. Pero es re difícil. Igual yo la paso re bien escribiendo. Y aunque la novela me cuesta mucho más, no es una dificultad que me haga sufrir. Lo que pasa es que me lleva mucho tiempo y es muy demandante, porque si no le doy bola dos o tres días me olvido. Yo además trabajo en el diario, no tengo becas y esas cosas, no vivo de “ser escritora”. Entonces se complica.

-¿De qué se trata?
-Es un gótico argentino, muy local. Tiene un foco de magia negra, ocultismo, espiritismo, va más por ese lado. Hay un personaje que se roba a un niño con poderes. Y aunque no tiene nada que ver con los bebés robados de la dictadura, eso resuena. Aunque transcurre en los 50, es como un eco. Me gusta laburar con resonancias. Esto pasó antes, pero es como si fuera un mal recurrente que siempre está pasando.

-¿Cuáles son los pocos ejemplos locales de literatura de terror con los que armaste tu guía personal?
-Cortázar tiene un montón de cuentos de terror. La escuela de noche es tremendo; en El otro cielo hay un asesino serial; Verano es el de la nena que de noche es un ser extraño o La puerta condenada, que es casi una leyenda urbana. Después, en novelas, Informe sobre ciegos, de Sábato, para mí es de terror. Y El mal menor, de Charlie Feiling. Eso solo.

-Salvo Feiling, ninguna de esas lecturas se registran culturalmente dentro del género de terror…
-No. Y no sé por qué nadie los leyó así.

-¿Será por el prejuicio, ya antiguo, de que el terror es un género menor?
-Cuando Borges escribió There are more things, que es un homenaje a Lovecraft, era un momento en el que él dictaba el gusto. Hacía lo que quería en el campo cultural. Entonces, que nadie haya agarrado eso y se haya puesto a escribir por ahí, es raro. Pero tranquilamente puede haber sido por una suerte de prejuicio.

-En el mundo pasaba. Se consideraba un género menor, a pesar de la tradición anglosajona…
-Sí, es cierto. Henry James, aunque no se lo lee así, hizo terror. Otra vuelta de tuerca es una novela de horror. A Stevenson también se lo puede leer como terror. Y son todas lecturas que le gustaban a Borges, además. No sé por qué acá no se hizo una tradición. O Crónicas marcianas, que Borges hizo el prólogo, aunque no es de terror tiene muchos cuentos que dan miedo. Bradbury en general escribió bastantes cuentos de terror, sobre todo en la primera época. Sí se lee en su género al terror histórico anglosajón, de la Inglaterra victoriana. Ahí fue donde aparecen algunos monstruos del folklore, como Drácula. La novela es genial, brillante.

-Y antes Frankenstein…
-En su momento fue considerada una novela de ciencia ficción, pero para mí es de terror gótico. Aunque suceda en la Antártida y en escenarios abiertos. Es muy interesante cómo Mary Shelley labura con algo de la época, que es el tema de la ciencia y el robo de cuerpos. Lo que hizo fue trabajar con la superstición y con la actualidad, que son cosas que el horror requiere.

-¿Eso es lo que hacés vos para trabajar tus historias de terror?
-Sí, yo uso eso: actualidad y superstición. Actualidad en el sentido de miedos actuales. Y al mismo tiempo la superstición, que es de algún modo la tradición.

-¿Cuáles son para vos los miedos actuales?
-Todos los terrores urbanos. También el horror que tiene que ver con la historia, sobre todo en Argentina con el tema de la violencia política. No solamente el crimen ni el desaparecido, sino esta ciudad tomada durante tantos años con lugares secretos donde se producía daño y la gente no sabía, o sí. Había gritos en las noches, calles desiertas. Hay algo de la dictadura argentina que es muy fantasmal. También está la locura urbana de las crisis económicas repetitivas y la paranoia que se produce con eso. Y la violencia institucional, que me parece otra actualidad que súper sirve para trabajar el terror. El terror que me interesa tiene más que ver con el surgimiento de malos sentimientos que con seres sobrenaturales.

-En Las cosas que perdimos en el fuego vas más para ese lado, pero también hay supersticiones. ¿Son tuyas?
-En el libro están San la Muerte, el Gaucho Gil y varias otras. Me interesan. Sobre todo como elementos que trasplantados acá, a Buenos Aires sobre todo, representan cierta autoridad. Pero también escribí cuentos que suceden en Corrientes, que conozco el ambiente. Es un lugar que me gusta. Me sirve mucho para hacer como una traducción, además de lo gótico a lo local, de cierto espíritu sureño de Estados Unidos. Algo vampírico, de Nueva Orleans. Los dos lugares son muy parecidos. Es el mismo clima. Hay algo.

“El atrevimiento, personal y literario, me genera mucha felicidad cuando leo. Aunque sea increíble, todavía hay gente que te dice que hay cosas que le parecen de mal gusto contar, que no pueden leer porque se impresionan”


Corrientes tiene mucho rubio metido en un clima tropical y todo un contraste sirve mucho, física y geográficamente. Además es un lugar muy supersticioso y usarlo es como darle una vuelta de tuerca a toda la narrativa argentina del Río Paraná, que es muy contemplativa. Bueno, yo le pongo acción a eso. La tradición cansina del río es linda, pero no es eso solamente. Así que me gusta hacerle un honor.

-¿Sería como mostrar el otro lado, un poco lo que hace Stephen King con Maine?
-No me quiero comparar, pero sí. No hay cosa más aburrida que Maine. Es la nada. Y King creó todo un mundo en esa zona.

-¿Cuál es tu lugar ficticio local ideal para situar historias de terror?
-La ciudad de Buenos Aires, porque tiene de todo. Y también el conurbano, los primeros cordones, la zona más industrial. El otro no lo conozco tanto y me es más difícil de contar. Pero la provincia, zona sur, por supuesto, el norte no porque están podridos en plata y no me sirven para nada.

-También usas mucha liturgia de ocultismo y espíritus. ¿Te interesa el tema?
-Me parece divertido leer sobre ocultismo y asesinatos. Cuando leo cosas terroríficas me da miedo, pero no mucho. Me asusta en el momento, pero no de un modo supersticioso. ¿Viste que hay gente que te dice “tuve pesadillas, dormí con la luz prendida”? Bueno, yo no sé de qué me están hablando. No me impresiona lo que leo porque no siento empatía. Puede ser un grado de psicopatía, jaja. Lo que me pasa es que no me impresiona. Si tengo que leer un cuento, así sea uno realista de Lorrie Moore de su hijo con cáncer o uno de Stephen King en el que un chico se encuentra con el diablo, en ninguno de esos casos empatizo con el niño.

-¿Empatizás con el diablo?
-Jaja, no. Lo leo con tranquilidad. No es que digo “ay, no puedo, pobre criatura”. ¡No es una criatura!, ¡es una construcción del lenguaje! Y tampoco me dan impresión las escenas de mucha violencia y destripamiento. Si están muy bien hechas, lo que me pasa es que me deslumbran.

-¿Qué escena recordás como muy deslumbrante de la literatura de terror?
-En Cementerio de animales, por ejemplo me impacta muchísimo cuando el padre desentierra a su bebé y en el momento de arrancar la camioneta no se acuerda si quedó con la cabeza para adelante o para atrás, jajaja. Porque Stephen King es un hijo de puta con un humor adorable. Y el tipo lo tiene que tocar para ver si el hijo está al derecho. Tremendo. Re realista. Me parece de una observación impactante. Porque claro, es algo que puede pasar. En los peores momentos la vida sigue siendo torpe y ridícula. Y si yo estuviera en esa situación también diría “no puedo arrancar el auto si está el chico al revés”.

-La cara que pones mientras contás esto es como la de Homero en la Tierra del chocolate…
-Es que me encanta, me encanta.

-Y te da alegría.
-Sí, sí.

-¿Qué es lo que te alegra?
-El atrevimiento, personal y literario, me genera mucha felicidad cuando leo. Aunque sea increíble, todavía hay gente que te dice que hay cosas que le parecen de mal gusto contar, que no pueden leer porque se impresionan. Y a mí, los escritores que pasan ese umbral, así con cierta alegría, digamos, me caen bien.

-¿Hay algo tuyo, personal, en tus relatos de horror?
-Todos los personajes de los cuentos están medio aparte, algo solos, levemente malhumorados. Eso tiene un poco que ver conmigo.

“El terror que me interesa tiene más que ver con el surgimiento de malos sentimientos que con seres sobrenaturales”

-¿Te interesa el terror fuera de la literatura? 
-Sí, pero en cine me parece que este es un momento bastante aburrido. Veo todo. Igual me gustan las películas de vampiros, que son menos de terror y más románticas. Hay escritores cinéfilos, que escriben con imágenes, con citas. Yo no. Me gusta ver cine y tele, pero no es una influencia.


También veo mucho tenis, y tampoco está en mis cuentos. ¡Y mira que soy fan mal de Djokovic! Me hace pésimo, tremendo, que no sea más el número uno, pero no me atraviesa la literatura.

-Pero sí hay mucha música en tus libros. ¿Qué escuchás para escribir?
-Eso sí y creo que es una influencia directa de King. Yo puedo escribir con cosas que nada que ver con el terror, por ejemplo soy de poner Springsteen. La música para el terror tiene que ser muy rockera, tirando a oscurita. Ayer estaba escribiendo con Led Zeppelin. Necesito que no sea en castellano para que no me entren las palabras. PJ Harvey uso mucho y Florence and the machine.

-El título de tu libro Como desaparecer completamente es el de una canción de Radiohead…
-Sí. Y Las cosas que perdimos en el fuego es de unos gringos que se llaman Low, que es una banda de mormones. Re locos. Hacen slowcore, que es como una cosa muy lenta, medio cercana al country, pero súper lenta. Después, en muchos cuentos y en las novelas hay música. En Los años intoxicados, que está en Las cosas que perdimos en el fuego, está Zeppelin, porque es muy sensual, que es algo que yo uso mucho. Y además Jimmy Page era brujo. Tiene esa combineta de magia negra y sexo que me funciona. En Bajar es lo peor están Iggy Pop y Bowie.

-¿Te gustaba el terror cuando eras chica?
-Sí, siempre me gustó el terror. Mi abuela, que era correntina, me contaba cosas. Tenía muchas historias de allá. Y a mí me encantaba eso. El desentierro de Angelita, que está en Los secretos de fumar en la cama, por ejemplo, está basado en algo que me contaba mi abuela. O sea, jaja, a nadie en mi familia lo persiguió un bebé zombie fantasma. Todo parte de una confusión infantil mía. Mi abuela me dijo que a su hermanita, cuando murió, la enterraron en el fondo de la casa, y que lloraba de noche. Pero claro, ella hablaba del fondo de su casa de Corrientes, de cuando era chica. Pero mi casa de Lanús, donde yo vivía cuando me enteré de la historia, también tenía fondo. Entonces yo estaba convencida de que era ahí.

-¿Te lo contaba para asustarte?
-No, era algo natural. Ella tenía muchos hermanos, yo le preguntaba dónde estaban, y me iba contando de cada uno. Que tal estaba en Corrientes, que tal se murió y la enterramos en el fondo… Igual era un poco oscurita la abuela, sí.

-¿No te daba miedo pensar que en el fondo había un bebe muerto?
-No me daba miedo. Me gustaban esas historias. A partir de ahí yo me inventaba mis cosas. No era muy sociable, así que no es que jugaba con amigas y eso. Me auto contaba historias de terror y me divertía con eso. Tampoco a los otros pibes les fascinaba que yo les contara esas cosas. Se asustaban. Re cagona es la gente, pensaba yo de chica. Y bueno, a veces ahora también lo pienso.

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