Los buenos, los malos y el camino: la búsqueda del fotógrafo Walter Astrada

Texto: Lucía Parravicini / Fotos: gentileza Walter Astrada

 

¿Cómo se captura el mejor ángulo de un fotógrafo escurridizo, inquieto y curioso como Walter Astrada? Lo más inteligente es mirarlo desde una perspectiva cenital. Desde ahí, es como los dibujos de los ríos con sus múltiples ramificaciones, que desbordan su cauce natural.

Astrada se hizo conocido por sus trabajos crudos y directos en el fotoperiodismo internacional. Cubrió la hambruna en Karamoja, Uganda, reflejó la enfermedad de esclerosis múltiple en Europa y mostró al mundo la discriminación que sufren los migrantes haitianos en República Dominicana. Recibió no una, sino tres veces el World Press Photo, máximo galardón que se puede obtener en el mundo del fotoperiodismo, por sus trabajos sobre el femicidio en Guatemala (2006) y los conflictos armados en Kenia (2009) y Madagascar (2010).

”Siempre tenés miedo. No soy naif, sé a qué lugares y contextos voy. El miedo no está mal, al contrario, te da el extra para sobrevivir. Lo que no hay que tener es pánico, que sólo genera que te paralices y que no puedas hacer nada. Cuando estás en un contexto de violencia sabés que te puede pasar algo, pero los que están jodidos ahí son los que están siendo golpeados, torturados o que están metiendo presos. Quiérase o no, yo decidí ir y hacer ese trabajo, me interesa que la gente se entere de lo que pasa. No hay que edulcorarle la realidad a la gente”, dice.

El gran cambio de su vida llegó en el 2010 cuando en un bar de Haití, donde cubría la epidemia de cólera, se prometió que saldría en moto por el mundo para cubrir el día a día de las personas y demostrar que no sólo hay violencia, guerras y muerte. Durante cinco años se preparó para ese viaje. Por aquel entonces no sabía manejar una moto y ni siquiera tenía registro de conducir. “La verdad, yo creo que hay que tener las cosas claras, si no no lo hacés. Prefiero no hacer nada que quedarme a medias. Si empiezo algo, más allá del tiempo que lleve me gusta terminarlo. Lo más importante es estar seguro, que hagas lo que quieras”. El lugar de largada fue Barcelona, en el 2015. Primero recorrió Europa, Asia, Australia; y desde principios de este año: Chile, Uruguay y Argentina.

-¿Dónde publicás las fotos que vas sacando en tu viaje por el mundo, ya que es un emprendimiento propio, y qué fue lo que te inspiro a hacerlo?
-Las voy publicando en mi blog de viajes: www.wathejourney.com. Me gusta nombrarlas como un conjunto de fotos individuales. Me puse a pensar que si me moría mañana lo único que iba a quedar de mi trabajo es que el mundo es un lugar donde se violan continuamente los derechos humanos y hay guerras en todos lados. Me parecía que era una parte que había vivido, pero que no todo el mundo es así. El viaje es una continuación de lo que venía haciendo antes, pero centrándome en otra parte. Y ahí se me ocurrió fotografiar la vida diaria, la rutina de las personas, lo que menos sale en la prensa.

-¿Cómo vas diseñando tu itinerario y cuándo estará concluido el viaje?
-El itinerario se da si puedo entrar con mi moto o no. La excepción fue Vietnam, que entré con otra moto. Igual me sirvió ya que venía de un año y medio de recorrido y fue bueno dejarla para un chequeo. El tiempo y el recorrido de cada país depende según la duración de mi visa y del permiso de la moto. Entonces, más que nada es un tema legal. A veces el limitante es el clima, como fue Rusia y el invierno. La idea original del viaje era hacerlo en dos años, pero ya llevo tres años y de recorrido tengo la mitad. Lo terminaré aunque no tengo un tiempo pensado.

-¿Cuál es tu equipaje para moverte en el mundo?
-La moto con la que ando es una Royal Enfield y llevo conmigo dos Fujifilm X-Pro 2, una computadora, una carpa, un bolso impermeable de 40 x 35 centímetros con mi ropa y una mini cocina.

-Ahora estás en la Argentina, ¿cómo es la experiencia de sacar fotos acá, ya que hace más de veinte años que no vivís en el país?
-Sí, quiero fotografiar a los argentinos desde mi punto de vista. Hace casi 20 años que no vivo en el país. Vine para cubrir Copa Libertadores o Eliminatorias, y en la parte política los años 2001 y 2002. Para mí es un país que no es mío… digo, es. Porque tengo toda una parte histórica incluida en mi cabeza, pero muchas cosas no sé qué son. Tengo varias lagunas, por ejemplo hablando con amigos que nombran una persona y no sé quién es, que tengo también de otros países, porque no soy de ahí. Entonces el desafío es fotografiar a la Argentina siendo extranjero y local a la vez. En junio y julio estuve en Buenos Aires en el momento que se jugaba el Mundial. Me interesa particularmente ese sentimiento que se genera en torno al fútbol. Es una de las pocas veces que somos todos lo mismo y después volvemos a nuestra trinchera.

-¿Cómo es tu forma de trabajar para conseguir esa foto que te parece única?
-Voy con la moto y puedo visualizar si hay o no una foto. Pero muchas veces es estacionar la moto y salir a caminar y ver qué encuentro. Soy más un cazador que va buscando en un recorrido. En otras soy un pescador: me quedo en un rincón y espero que pase alguien o que pase una situación.

En ese “conjunto de fotos individuales” está una de sus favoritas, la de un niño remontando un barrilete a la orilla del Ganges, en Varanasi, India. Muchas del vínculo del hombre con los animales y su búsqueda de dominar lo salvaje. También se cuelan pequeños reportajes bastante exóticos para Occidente, como los ritos fúnebres de Tana Toraja, un pueblo de Indonesia. Al ser tan costosos los funerales, la familia puede tardar años en enterrar a su difunto mientras “conviven” en la misma casa. Al momento de la ceremonia vienen parientes de distintas partes, se sacrifican animales y se preparan grandes cantidades de comida. El común denominador que atraviesa a todas las fotos es el blanco y negro. Astrada dice que los seres humanos somos más iguales de lo que pensamos: “Con las fotos en blanco y negro lográs que el conjunto de imágenes se fusionen y que no sean fotos de uno u otro país, sino que terminan siendo fotos del mundo. En verdad, no somos muy distintos. Nos venden que debemos plantar banderas por si nos invaden y esas cosas, o matar al invasor. Es una forma de alienar a las poblaciones a que se enfrenten a otras. Si te ponés a pensar, tenemos pocas cosas distintas”.

Muchos de sus trabajos fueron con las agencias internacionales Associated Press (AP) y Agence France Presse (AFP), sin embargo, muchos otros fueron con auto financiamiento y a través de becas. Uno de ellos fue un trabajo sobre la violencia de género.

-Es un tema difícil, te llevó seis años, entre 2006-2012. ¿Cómo fue hacer ese trabajo?
-Cuando me involucré con la temática, mi pareja de esa época trabajaba violencia de género con el gobierno español, así que de repente en la mesa de mi casa tenía un montón de informes sobre la problemática. Entendí que debía tomarlo a nivel global y por lo menos analizar un país de cada continente con distintos tipos de violencia. Inicié con mis propios ahorros el viaje a Guatemala para mostrar los altos índices de femicidio en Centroamérica. Luego obtuve una beca para el viaje al Congo, que trabajé sobre las violaciones de las mujeres como campos de batalla. Después vino la India con los dotes y los abortos a los bebés de sexo femenino, donde incorporé con la fundación Mediastorm no sólo la fotografía sino el formato de video; y por último en Europa, Noruega.

-¿Cómo es que se da la violencia de género en Noruega, uno de los países que en general no se asocia con la violencia contra la mujer?
-La violencia contra la mujer siempre se asocia a un problema de género y ya está, cuando es un problema social y al ser un problema social ninguna sociedad está libre. Para mí, es una pandemia, y por el otro lado, la violencia contra la mujer no respeta clase social, religión ni sistema político. Entonces Europa no escapa de esto ya que es parte del mundo. Me puse a investigar que en los países nórdicos hay muchas violaciones hacia las mujeres. En el caso de Noruega, figura como uno de los primeros países más seguros en el mundo, pero eso es lo que te venden en la prensa. Si los números dicen que entre 8 y 10 mujeres son asesinadas, entre 16.000 y 32.000 son violadas y 30.000 y 50.000 pasan las noches en albergues públicos a nivel anual, porque tienen miedo a sus maridos, ¿a qué llamamos seguro, entonces? Porque a veces damos las cosas por hechas, como que Noruega es el país más seguro, pero ¿en base a qué está hecho ese índice? Tal vez sí puede ser seguro, pero hay que analizar el resto de los números. Podés decir una mentira diciendo una parte de la verdad.

-Muchas de las fotos son retratos y primeros planos de las mujeres que sufrieron violencia física y psicológica en primera persona, ¿cómo confiaron en vos, veías la urgencia de poder ser escuchadas?
-Sí, están confiando en vos completamente. Yo creo, en el caso de Guatemala, las únicas que las escuchan son otras mujeres y asociaciones como el “Grupo Guatemalteco de Mujeres”, que me ayudó, a su vez, a mí a contactarlas. Esta asociación brinda un marco para que puedan hablar, hacer la denuncia si lo desean y ofrecen albergue a las mujeres. Me gané la confianza del grupo explicando lo que quería hacer; se dio entre tanto que en el 2006 gané el World Press Photo con una foto sobre el femicidio en el país, y ayudó a visualizar el tema en los medios y, en cierta forma, las mujeres y chicas que me dieron acceso a sus historias de vida agradecieron el trabajo que logré. Al final, la confianza se va ganando con el tiempo.

-Después de dos décadas gatillando el obturador a lo peor y lo mejor de la humanidad: ¿la balanza para qué lado se inclina, qué encontraste más?
-Individualmente, el ser humano como individuo: uno solo es más bueno. Yo creo que el problema es cuando el individuo se camufla. Siempre doy el ejemplo del linchamiento: individualmente alguien no se anima a matar solo en la calle, pero en grupo sí. El individuo en grupo se convierte en masa, ya no tiene la responsabilidad individual sobre sus acciones. Por el otro lado, creo que los malos hacen más ruido que los buenos, o los parlantes que se les pone a los malos son más potentes que los que se les pone a los buenos. Pero finalmente yo viajo solo en moto y si me pasa algo tengo que confiar en los otros, y siempre lo pude hacer.

-¿Qué consejo le darías a alguien que quiere dedicarse a la fotografía?
-Lo más importante es unir el ojo, el cerebro y el corazón al enfrentar la cámara. El corazón para tener el impulso de las cosas que quieras hacer y el cerebro para analizar los datos y procesar la información. La combinación es lo que hacés, que leas algo y, a partir de ahí, luego lo puedas traducir en un proyecto con sentimientos.

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