Liliana Heker: «El gran problema del escritor es encontrar la forma»

Texto: Pablo Díaz Marenghi / Fotos: Daiana Valencia

 

«Tuve ganas de ahondar en mi propio secreto» afirma Liliana Heker (1943) mientras bebe un sorbo de café y medita sobre La trastienda de la escritura (Alfaguara), su último libro. En dicho volumen se propone indagar sobre su proceso creativo y las vicisitudes que giran en torno al mismo: el germen de una idea, la corrección y, por supuesto, su experiencia dictando talleres literarios que se han vuelto emblemáticos: llevan más de cuarenta años y de allí han surgido escritores notables como Samanta Schweblin, Guillermo Martínez, Inés Garland y Pablo Ramos. Allí incluye ensayos y fragmentos del diario que lleva desde 1964, que no sabe si algún día publicará: “Por ahora no me estoy preocupando por eso. Espero vivir más pero tal vez en algún momento los revise o pase a la computadora y vea los textos que me parecen significativos”.

Pero Heker, además de ser una gran maestra, tiene una vasta trayectoria en las letras que comenzó de muy joven, a los dieciséis años, en una anécdota que ya es leyenda: le envió una carta al director de la revista El Grillo de Papel, un también joven Abelardo Castillo (1935-2017), y un poema. Este le dijo que el poema era malo pero que en la carta se notaba su pasión por la escritura y la invitó a sumarse a su publicación. Luego vendrían más revistas literarias (El Escarabajo de Oro, El Ornitorrinco; publicaciones que resistieron durante la Dictadura Militar), libros de cuentos (La fiesta ajena, el más célebre; la compilación de sus Cuentos Reunidos ganó el Premio Nacional 2018), novelas (Zona de clivaje, El fin de la historia) y una trayectoria marcada por el compromiso ético. Sobre su obra, afirma: “Voy construyendo una obra que hasta el último día de mi vida voy a sentir como no terminada”.

“Siempre viví en Almagro” recuerda aunque hace más de treinta años se instaló en San Telmo. Allí vive, corrige, enseña, escribe y le abre las puertas a la revista que lleva el nombre de su barrio más querido para examinar sus propias fórmulas sobre la narrativa que, como escribió en su libro: “No hay recetas ni verdades inmutables (…). Lo que de verdad vale son los descubrimientos que hace un autor (…). Todo lo que otro, desde afuera, puede intentar es promover de algún modo esos descubrimientos”.

-En tu libro decís que la creación no es prolija.
-La creación no es prolija y no siempre es de la misma manera. Felizmente. No se puede generalizar respecto de la escritura de un cuento o novela. Cada cual trae sus problemas singulares. Pero, al mismo tiempo, hay ciertas cuestiones que se van reiterando. Pero cada texto plantea distintos problemas.

«La forma tiene una razón de ser en la medida en que vuelve más expresivo aquello que quiero decir. (…) El gran problema del escritor es el encontrar la forma, que no existe aislada de aquello que quiero decir»

-¿Siempre te sentás a escribir con una idea?
-Sí. A lo mejor se me ocurre algo muy vago pero le doy bastante vuelta antes de sentarme. Por ahí estoy caminando por la calle o me despierto a la madrugada y empiezo a verlo, empiezo a construir algo. Y recién cuando tengo una idea de qué es lo que quiero contar, ahí me siento.

-¿Qué pensás de la forma en un relato?
-Lo que se dice es lo que se dice porque tiene la forma que debe ser. Una rosa es rosa por su forma, su perfume, la configuración de los pétalos y todo lo que la constituye. No creo, de ninguna manera, en juegos formales que no corresponden a nada. Esos escritores que se quieren hacer los raros y tergiversan porque sí los signos de puntuación, las palabras, ponen puntos de más y creen que son originales simplemente porque ponen una forma rara. Sí, es una forma rara pero es una forma de nada. La forma tiene una razón de ser en la medida en que vuelve más expresivo aquello que quiero decir. Cuando uno encuentra el final de un cuento, también está trabajando en la forma. Que ese final sea impactante no tiene que ver sólo con la situación, por ahí un final anecdóticamente puede ser bueno y malograrse si lo cuento con palabras inadecuadas. El gran problema del escritor es el encontrar la forma, que no existe aislada de aquello que quiero decir.

-¿Qué pensás que te aportaron estos años al frente de talleres literarios?
-Lo que más me aportó es el vínculo humano. Si no estimo a la gente que viene no le puedo dar taller, y si no siento que, de alguna manera, me estima a mí, tampoco. Se crea algo muy íntimo. Tiene que existir esa empatía. Haber tenido la fortuna de ver cómo escritores se van formando y van construyendo obras que, en sí, son bellísimas, ya es algo muy hermoso. Es un vínculo perfecto, una amistad tan singular que, te diría, es para toda la vida y lo agradezco enormemente. Hay mucho afecto, mucha entrega y eso es lo más hermoso que me han dado y me siguen dando los talleres.

«Éramos una generación que se comprometió mucho con la escritura en su doble posibilidad: como hecho creador y, también, como una herramienta para dar testimonio»

-En tu libro planteas que los talleres reemplazaron a las discusiones de los bares, cierta bohemia de los años sesenta.
-No, no, sacá la palabra bohemia: trabajábamos mucho nuestros textos. Discutíamos mucho ideológicamente. Estábamos muy comprometidos con lo que hacíamos, no estábamos en la dulce bohemia. Éramos una generación que se comprometió mucho con la escritura en su doble posibilidad: como hecho creador y, también, como una herramienta para dar testimonio. Para mí, toda esa época estuvo vinculada con un hecho que fue parte fundamental de mi vida que son las revistas literarias: El Escarabajo de Oro y, más tarde, El Ornitorrinco. A esas reuniones de los viernes, en el Café Tortoni, venía buena parte de la narrativa argentina. Alguien leía un cuento y se discutía apasionadamente. Éramos impiadosos, por supuesto. Allí estaban (Abelardo) Castillo, Humberto Constantini, (Ricardo) Piglia, (Miguel) Briante. Fue una generación y una época de escritores de peso la nuestra. Ahí aprendíamos el oficio y a corregir nuestros textos.

-¿Observas una relación entre los primeros talleres y la resistencia a la Dictadura Militar?
-Sí. Los jóvenes escritores no tenían ninguna posibilidad de reunirse, sacar revistas, conocer a sus pares o ni siquiera saber si existían esos pares. Creo que los talleres surgieron de esa necesidad de nuclearse y leer sus cosas a otros. Y, también, surgen, como una necesidad de los que ya habíamos publicado en los sesenta/principios de los setenta pero, al mismo tiempo, habíamos sido echados de los lugares donde trabajábamos y necesitábamos sobrevivir. Lo que no puedo explicar, pero sí es un hecho indiscutible, es la vigencia que los talleres, terminada la dictadura, siguieron teniendo. De hecho, han venido a estudiarlo: una vez vino un crítico e investigador francés a verme y supongo que, también, a otros coordinadores para analizar el fenómeno.

-Esa dinámica de discusión, debate y reflexión en los bares, ¿la encontrás hoy?
-Creo que se da mucho menos. En los sesenta había un debate continuo entre los distintos grupos, tanto en torno a lo estético como a lo ideológico. Había revistas literarias que, además, tenían una posición. Esas posiciones crearon vínculos. Aún antes de publicar el primer libro parecía que éramos parte de un movimiento literario. Ahora puedo dar fe de que hay nuevos escritores, algunos excelentes, no falta creatividad, pero no percibo ese movimiento, esa discusión. Doy fe de que existe un gran grupo de nuevos escritores argentinos pero no veo una necesidad de discutir y fijar posiciones como había en los sesenta. No lo digo con nostalgia. Creo que cada época debe encontrar sus nuevos recursos y formas.

-A lo mejor hoy uno encuentra intercambios políticos en redes sociales.
-Esa es una característica distinta porque, de pronto, hay opiniones pero son fugaces. Hay algo que tiene que ver con la brevedad y la fugacidad. En esos debates de los sesenta, y anteriores, no sólo en Argentina, estuvo el debate (Jean Paul) Sartre- (Albert) Camus, por ejemplo. En nuestra historia, Sarmiento-Alberdi. Es decir, el debate, la polémica, era algo que realmente sucedía y para mí era enriquecedor. Hoy lo veo menos.

-Respecto a esto, ya en la editorial del número uno de El Grillo de Papel se menciona la palabra “revolución”. Se evidencia un compromiso político en escritores jóvenes.
-Era una revista que se posicionaba en la izquierda y, al mismo tiempo, respecto a la literatura, de alguna manera cuestiona la literatura panfletaria. Sus directores eran muy jóvenes. Abelardo Castillo tenía 24 años, era un joven que acababa de publicar su primer cuento, justamente, en El grillo… (“El marica”). Ya en esa editorial aparece esa posición. A eso me refiero: escritores muy jóvenes sacan una revista y ya en el número uno está planteada una posición, que fue lo que a mí me fascinó. Yo tenía dieciséis años y eso era lo que estaba buscando. Descarté otras revistas porque me parecían aburridas y reaccionarias.

«Algunos elegimos escribir, o necesitamos escribir, y aquello que queremos decir lo conseguimos luego de una búsqueda, luego de un largo trabajo. Eso, realmente, es la verdadera creación y un trabajo maravilloso. Pero si no existe el placer por esa búsqueda, si uno está esperando que algo le cante en la oreja, a lo mejor escribe una página en toda su vida»

-Ahora ya casi no hay revistas literarias.
-Bueno, no hay revistas de papel. Yo en eso soy muy amplia. Pese a que sigo amando el papel, el libro en papel, creo que lo importante es saber leer y buscar. Cada uno elegirá el soporte con el que se sienta mejor. Eso no importa. Creo que el libro no va a desaparecer. Va a convivir con el e-book y otros soportes que aparezcan. El libro, en su formato, es perfecto. Tiene una economía muy difícil de superar.

-¿Creés en la inspiración?
-Cuestiono la idea de inspiración, sobre todo en un aspecto ideológico. Hablar de inspiración supone que hay ciertos seres dotados para la literatura que se ponen en trance y les sale el cuento o la novela que merece ser leído, que es un hecho artístico/literario. Creo que algunos elegimos escribir, o necesitamos escribir, y que aquello que queremos decir lo conseguimos luego de una búsqueda, luego de un largo trabajo. Eso, realmente, es la verdadera creación y un trabajo maravilloso. Pero si no existe el placer por esa búsqueda, si uno está esperando que algo le cante en la oreja, a lo mejor escribe una página en toda su vida.

-La trastienda de la escritura es mucho más que el acto de escribir.
-Es todo el trabajo. Las vacilaciones, las interrupciones. El decir “realmente a este tema le di vuelta mucho tiempo, me fascina y no puedo escribirlo. Y a lo mejor no lo voy a escribir nunca”. Algunos cuentos míos todavía están esperando ser escritos y no te puedo decir si lo voy a conseguir. De lo que estoy segura es que si no son lo que quiero que sean, nunca van a ser escritos. Me importa que eso que estoy buscando se acerque lo más posible a lo que quiero hacer y uno nunca lo consigue del todo. Siempre habrá alguna palabra que quiera cambiar. No es casual que un escritor como (Jorge Luis) Borges, en sus sucesivas reediciones, siguiera corrigiendo muchos de sus cuentos. Uno tiene que saber que es parte del trabajo. Insisto mucho en esa palabra: trabajo. La creación es trabajo. Trabajo creador. Búsqueda. Equivocaciones. Tirar muchos papeles. Crear muchos archivos. Eso es el trabajo del escritor. Y es maravilloso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *