El lado b del sueño americano: Holtville, el pueblo que alberga la fosa de indocumentados más grande de Estados Unidos

Texto: Franco Spinetta / Fotos: Border Angels

 

En el cementerio Terrace Park de la ciudad de Holtville, sur de California, hay un funeral. Una mujer murió de un infarto: tenía 68 años y como gran parte de los habitantes de esta zona de Estados Unidos, era mexicana. Los familiares la despiden rodeando el féretro, refugiados a la sombra de un toldo, mientras cantan guiados por mariachis y dejan ofrendas de flores de plástico a prueba de un calor que anula los sentidos. Los sepultureros aguardan, transpirados e impacientes, el final de la ceremonia.

El cortejo culmina y sólo queda por delante la rutina indolente del entierro sin apego. Jess Pardomo, mayordomo del cementerio, aparece desde el fondo subido a una retroexcavadora cargada de tierra. La máquina echa un humo gris que se deshace en el espeso aire desértico; Pardomo se acerca y se quita el sombrero para saludar:

– ¡Buenas tardes! Esta no es zona turística, ¿qué busca? – dice Pardomo, sin apagar la máquina con la que llena el hoyo donde ya descansa el ataúd.
– Vengo a ver la fosa de indocumentados
– Bueno, es que aquí no es, my friend… ¿está seguro? – contesta, dubitativo.
– Sí, seguro. He visto artículos en varios medios de Estados Unidos. Soy de Argentina y he venido especialmente para esto
– Ok, déjame consultar con los dueños – concede, serio, antes de aceptar una presencia que incomoda a todo Holtville.

Escondida detrás de un prolijo parque de pasto cortado al ras, plátanos, sauces y nogales, donde descansan contribuyentes al día y soldados caídos en alguna de las guerras de Estados Unidos, hay una fosa común de cientos de inmigrantes indocumentados. Muchos de ellos no reconocidos. Migrantes que murieron de sed, insolados, hambrientos y desolados, mientras intentaban cruzar el impiadoso desierto. Migrantes que no tuvieron un destino de entierro decoroso.

Con el visto bueno de la gerencia de Terrace Park, Pardomo apaga el motor cerca del hoyo y se baja de un salto para abrir un portón de alambre oculto bajo un cerco de coronas de novia, blancas y violetas. Cien metros adelante, tras una caminata ardiente, el sueño americano se desarma en una planicie de tierra removida, salitrosa y blanda, sin jardines ni ornamentos funerarios. Un pedazo del mundo destinado al olvido. “No camine entre los mojones porque la tierra se hunde, ¡take care!”, grita apuntalando su sombrero.

Los mojones que señala son pequeñas lápidas rectangulares, grabadas con toscos surcos en el cemento barato; algunas son grises, otras coloradas. Todas llevan una inscripción: los muertos identificados, su nombre; los NN, la expresión John Doe: una forma de decir “don nadie”.

Jesús González, tez oscura, bigote canoso, anteojos de sol y gorra, enrolla un pliego de pasto sintético del decorado fúnebre y lo revolea en la caja de la camioneta descascarada. Habla bajito, como si las palabras huyeran de su boca. Vive en Mexicali, una ciudad mexicana pegada a la norteamericana Calexico, desde donde viaja todos los días 40 minutos hasta el Terrace Park, donde trabaja hace 25 años. Aún recuerda la época de gran actividad para el cementerio “del fondo”. Durante los días de extremo calor llegaban de hasta seis cadáveres en simultáneo. “Un día entraron 15 personas que habían sido ejecutadas por los narcos o los coyotes, quién sabe”, dice.

El procedimiento era siempre el mismo: si no aparecía ningún familiar con plata suficiente para pagar un entierro formal, el infortunado migrante se envolvía en una bolsa plástica negra, colocado en una caja de madera barata y enterrado en el sector no visible del cementerio. Así se sepultaron unos 500 cuerpos, de los cuales sólo entre el 10 y el 15 por ciento fueron identificados.

Esta escena presenció repetidamente Jesús durante 20 años, desde el comienzo del Operativo Guardián en 1994 –el plan del demócrata Bill Clinton para frenar la inmigración masiva de mexicanos mediante la construcción de un… muro- hasta hace dos años y medio, cuando el Condado californiano del Valle Imperial decidió que no enterrarían más migrantes en el Terrace Park y dispuso que los cuerpos no reclamados ni identificados sean cremados.

Cien metros adelante, tras una caminata ardiente, el sueño americano se desarma en una planicie de tierra removida, salitrosa y blanda, sin jardines ni ornamentos funerarios. Un pedazo del mundo destinado al olvido

En la ONG Ángeles de la Frontera todavía no pueden creer que el Estado haya tomado esa decisión. “Así jamás podremos saber quiénes son, cuál era su historia, de dónde venían”, dice Enrique Morones, fundador y presidente. Los Ángeles de la Frontera batallan desde el 2002, cuando tomaron conocimiento de la existencia de esta fosa, por la exhumación de los restos, lo que permitiría poder hacer los estudios de ADN. Hasta ahora hubo una sola respuesta desde todos los frentes a su petitorio: no.

Cuando Morones comenzó a frecuentar el Terrace Park, las autoridades del cementerio hicieron todo lo posible para que claudicara: colocaron el cerco de coronas de novia y un alambrado con un portón encadenado; también bajaron la orden a los empleados para que nadie pudiera ver lo que estaba creciendo ahí, debajo de tierra, otra mancha negra en la conciencia americana.

Los Ángeles de la Frontera tramitaron entonces un permiso a través del Poder Legislativo. Los congresistas demócratas Bob Filner, primero, y Juan Vargas después, se ofrecieron como garantía ante las autoridades del condado. Desde entonces, dos jueves por mes, la ONG está acreditada para ingresar al panteón: colocan cruces y flores en las pequeñas lápidas, que luego son quitadas por los empleados del Terrace Park. Los Ángeles de la Frontera bautizaron esta fosa como el “cementerio de los no olvidados”.

“¿Por qué quitan nuestras ofrendas? Hay hostilidad porque quieren el olvido, como si aquí no hubiera pasado nada. A los migrantes los tratan mal cuando están vivos y los siguen tratando mal cuando están muertos”. Enrique habla spanglish, con un acento marcado en la indignación, aunque sin resignarse, como todo luchador.

De familia mexicana, nacido en San Diego, California, Enrique fundó en 1986 los Ángeles de la Frontera conmovido por las historias de los arriesgados y desolados cruces de frontera. Así, juntó a un grupo de amigos de origen latino del club de béisbol profesional San Diego Padres, donde era vicepresidente de marketing, y empezó a organizar incursiones en el desierto del Valle Imperial para dejar bidones con agua. En 2001, fue invitado a un popular programa de TV, Sábado Gigante, para hablar sobre esta situación y Don Francisco (Mario Kreutzberger), el conductor del magazine, lo bautizó como el “ángel de la frontera”.

Si bien no hay datos oficiales, los gobiernos de Estados Unidos y México suelen hablar de 6 mil personas que mueren año tras año, cruzando el desierto. Las ONG, contando los muertos en tierra mexicana calculan más de 10 mil. Acá saben del muro mucho antes de que el republicano Donald Trump lo pusiera de moda otra vez. Aquel operativo implementado por el presidente Clinton en 1994 incluyó la construcción un cerco alambrado en la frontera con México, la instalación de luces de alta potencia, radares y equipamiento militar para la Border Patrol: los temibles rangers que se disputan el control de los migrantes con los “coyotes” y los narcos.

El procedimiento era siempre el mismo: si no aparecía ningún familiar con plata suficiente para pagar un entierro formal, el infortunado migrante se envolvía en una bolsa plástica negra, colocado en una caja de madera barata y enterrado en el sector no visible del cementerio. Así se sepultaron unos 500 cuerpos, de los cuales sólo entre el 10 y el 15 por ciento fueron identificados

La frontera opera también como un límite muy pequeño entre el tráfico de personas y los sueños de quienes buscan una vida mejor. Enrique cuenta de a miles los casos de extorsión de los “coyotes” que cobran por un “servicio” de cruce para luego entregar indocumentados a las mafias laborales (y de otra clase), que truecan obediencia a cambio de la generación de un miedo constante a la deportación. Y los narcotraficantes, que “cazan” migrantes para obligarlos a traficar o transformarlos en sicarios, garantizándoles una seguridad en el cruce que nunca es tal. El riesgo de negarse, claro, es la muerte. Los 72 inmigrantes asesinados en 2009 por el cartel mexicano de Los Zetas, funciona como un fantasma en el imaginario de los que deciden encarar el cruce.

“Hay historias terribles de gente que se descompone en el camino y es abandonada para no poner en riesgo al resto de los inmigrantes”, cuenta Enrique. Muchos de ellos, los olvidados en el desierto, terminaron en Terrace Park.

El Muro Fronterizo –tal es su nombre- alcanza hoy para separar California de Tijuana, Arizona de Sonora, Nuevo México de Baja California y Texas de Chihuahua. Es un tercio de la frontera que divide EEUU de México: 1.120 de 3.200 kilómetros.

Desde la existencia del cerco, los migrantes deben caminar más kilómetros bajo el sol del desierto para hacer un rodeo e ingresar a los Estados Unidos. Muchos mueren por deshidratación. “Lo único que logró ese muro –y se profundizaría con la locura de Trump- es que haya más muertos. El muro mata gente pero no para el flujo de migrantes”, enfatiza Enrique.

Jess habla del muro con la naturalidad de haberlo conocido bien de cerca. Antes de convertirse en el mayordomo del cementerio donde enterraron a personas que intentaron sortearlo, Jess trabajó como empleado de mantenimiento del cerco para una contratista de la Border Patrol. Todos los días, se subía a una camioneta con otros empleados latinos con una sola misión: encontrar los “huecos” del alambrado.

“Nosotros veíamos cosas que los gringos no ven”, dice, orgulloso. Además de los clásicos túneles (“que nunca entran y salen en línea recta”, aclara Jess), había que detectar “puertas falsas” que son utilizadas, sobre todo, para traficar. “Lo que hacen es abrir un cuadrado de alambre y colocar bisagras, así desde la camioneta se hace difícil verlo”, detalla. Con ese sistema, cuenta, los narcos ganan mucho tiempo para ingresar y salir sin desviarse tantos kilómetros.

El Muro Fronterizo –tal es su nombre- alcanza hoy para separar California de Tijuana, Arizona de Sonora, Nuevo México de Baja California y Texas de Chihuahua. Es un tercio de la frontera que divide EEUU de México: 1.120 de 3.200 kilómetros

Eduardo Villaldeos, otro de los sepultureros, sombrero de paja y jeans sucios, lo mira a Jess y menea la cabeza. Pareciera desaprobar los comentarios de su jefe, pero sólo guarda silencio, mientras acaricia su barba rala. Nadie se atreve aquí a verbalizar la macabra presencia de cuerpos enterrados sin nombre con la existencia del muro. “No creo que Trump haga el muro ni que echen a los inmigrantes. Si lo hace, ¿quién va a trabajar?”, pregunta. Del otro lado, Jesús González le sonríe. “Acá Trump es mala palabra, no lo nombres mucho”.

La retórica anti migratoria (y anti mexicana en particular) del presidente Trump suena aquí extemporánea. Un informe de 2015 del Centro de Investigaciones Pew reveló que entre 2009 y 2014 fueron más los mexicanos que se fueron de Estados Unidos que los que ingresaron; la afluencia migratoria es protagonizada hoy por personas de distintos países de América Central, que huyen de la violencia mara.

Tras la crisis norteamericana en 2008, la lenta recuperación se hizo más compleja en las zonas de explotación agrícola, un rubro que suele emplear mayormente a migrantes de origen latino. La zona sur de California fue una de las más golpeadas. Alrededor de Holtville, el desierto fue convertido –a través de los años- en zona fértil, donde producen pasturas para engorde de ganado. Los granjeros empezaron a traer tierra y modificaron el paisaje con pequeñas elevaciones del terreno, que terminan en línea recta para descender nuevamente hacia la aridez. “Aquí la crisis pegó muy fuerte, mucha gente se quedó sin trabajo y los que siguen trabajando vieron su salario reducido”, dice Enrique. Sin embargo, el presidente de Estados Unidos insiste en la construcción de un muro de concreto, aunque el Congreso lo resista, y asegura que México deberá costearlo.

“Lo único que ha logrado Trump fue revivir a los grupos de odio”, se lamenta Enrique. Desde que el líder republicano llegó al poder, los Ángeles de la Frontera sufrieron diversos ataques: desde una brutal golpiza y secuestro de uno de sus integrantes, Hugo Castro, hasta la cotidiana rotura de bidones que dejan en el desierto para ayudar a los migrantes. “Nos han dejado mensajes mafiosos en los botellones, incluso cascos de balas alrededor para intimidar”.

En Holtville, mientras tanto, la vida sigue con ímpetu norteamericano: una autopista imparable en fuga hacia adelante, sin tribulaciones, ni mirar a los costados y mucho menos hacia atrás. Los granjeros continúan removiendo tierra desértica para hacer crecer la esperanza de abundancia y los inmigrantes siguen llegando en masa para alcanzar el sueño americano, ignorando -quizá- que para muchos ese sueño terminó en un panteón olvidado del cementerio Terrace Park.

2 comments

  1. Graciela Pelossi

    Como siempre los relatos fehacientes de Almagro, me subyugan hasta el final!. Los,ojos sorprendidos siguen el derrotero de los guiones y trasladan al cerebro su visión para metabolizarlo y convertirlo en conocimiento. Franco Spinetta traslada en sus escritos, la claridad y transparencia que un lector necesita gracias!!!

  2. Fernando Rodriguez

    Las ansias de vida, a veces, llevan al Hombre directo a la muerte. Es necesario saber cuando detenerse y disfrutar este precioso regalo de Dios!

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