Cecilia Pavón: “La ternura es lo contrario a tomar posición, es dejarse llevar por lo que hay y conmoverse”

Texto: Mariano Saborido / Ilustración: Laura Poggi

 

En el living de Cecilia Pavón cuelgan cuadros de amigas y amigos. Tiene un sillón, sillas rojas y una mesita en la que quienes van a su taller apoyan tazas de té y poemas. Hay una biblioteca gris y sobre un estante están las esculturas de cerámica que hace su hijo Félix.

Nació en Mendoza en 1973, es Licenciada en Letras y entre sus obras se encuentran los libros de poesía ¿Existe el amor a los animales?, Pink Punk, Los sueños no tienen copyright y Un hotel con mi nombre. Su último libro, el primero de cuentos, se llama Pequeño recuento sobre mis faltas. En Cecilia y en su obra hay algo de lo etéreo, el romanticismo y la sencillez que invita a sentirla como un juego de las escondidas. Cecilia se maquilló y está preciosa.

-¿Cómo eras de chiquita y a qué le tenías miedo?
-Me gustaba mucho estudiar, ir a la escuela para mí era re divertido. Yo era como esos chicos a los que les gustan las cosas de grandes. Y le tenía mucho miedo a quedarme sola en mi casa; mi mamá trabajaba, mi papá trabajaba y me quedaba con mis hermanos pero siempre tenía como miedo de… no sé, de que pasara algo, era medio paranoica. Y además, como todas las nenas, sufría con la belleza. Me doy cuenta ahora de grande. Todo el tiempo estaba segura de que era fea, estaba siempre mirándome al espejo porque decía: “tengo la nariz mal, soy gorda”… terrible. Y te das cuenta que es re cultural y cuando dicen todo eso de que hay que cambiar el estereotipo de la tele, es verdad, te re marca la infancia. No sé cómo es para los varones… En la infancia, ser aceptado pasa mucho por la belleza. Ser buen alumno no le importa a nadie en la escuela. O también jugar bien a los deportes. Entonces, básicamente diría miedo a no pertenecer. No era una persona integrada en la infancia, pero ahora de grande pienso que por ahí todas sentían eso y a la que veía como la más cool, la más linda, la más exitosa, por ahí también tenía otro miedo… A no pertenecer a otra cosa, no sé.

-¿Tenía algo especial estar en Mendoza de chica?
-Mendoza es una provincia que tiene esa cosa de un orden muy rígido, todas las familias se conocen… La verdad que ahora me parece un horror pero quizás hay algo de una estabilidad que tiene que por ahí, comparado con vivir acá, eso es más difícil. Pero lo más lindo de Mendoza es la naturaleza y el paisaje. Pienso que la relación que tenés con la naturaleza… sí, de chica fue increíble. La fuerza de la naturaleza… La montaña es omnipresente. Yo me acuerdo que siempre dibujaba en la escuela las montañas y filas de álamos en perspectiva. Mi obsesión era los álamos y la montaña. Pero después de vivir más de veinte años acá hay algo de la montaña que todavía me llama.

Cuando voy por ejemplo a Santiago de Chile, que el papá de mi hijo es chileno y voy re seguido, hay algo de la luz de la montaña, la altura, del sol; hay algo que es irracional, que me atrae, que siento como volver a la infancia. Creo que la infancia es el paisaje también.

 

 “Creo que la infancia es el paisaje también”

-¿Qué te gusta de las plantas? ¡Cómo es tu relación con las plantas?
-Tengo este patio que para mi es muy raro. Tener este jardín con plantas en el medio de Once la verdad que me encanta. Yo allá vivía en una calle cortada de tierra. Había un montón de árboles y siempre los juegos tenían que ver con machacar flores, con agarrar ramas. Estaba re integrada la vida con ese mundo vegetal, natural. Patear piedras, hacer casitas de barro, jugar con agua y tierra es re normal allá para cualquiera. Y lo que me preguntás de las plantas no sé, me dan como energía. Yo tenía el jardín desordenado y conocía a Cecilia Perkins, que es una chica que sabe un montón, es paisajista, y vino y me ayudó a diseñar con helechos o con cosas que son más de acá y a mi no se me ocurrían porque en Mendoza hay otras plantas que son más del clima seco. La gente no piensa los jardines como una selva, los piensa como tener el rosal, tener la Santa Rita, como cada planta por separado. Y acá, por ahí, lo que pensó Cecilia es como un jardín tipo selvático, y eso me encanta de estar de este lado de la Argentina, la humedad. Yo muchos años fui a Tigre y ahí sí es como exótico. La selva es siempre exótica. Aunque ahí no es selva pero es tipo un pantano que avanza. Bueno, pero el pantano tiene eso de la humedad, ¿no? Y siempre me pareció como un espacio fantástico. Igual, viniendo de un clima seco siempre la humedad te parece un milagro.

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-En Un hotel con mi nombre tenés un poema que se llama A mi familia en el que hablás de Tigre, del sexo, del agua…
-Ese poema primero estuvo en un libro que se llama Pink punk y era como una idea de familia. Lo escribí a los veintisiete o veintiocho, en una época en la que yo tenía un grupo de amigos a los que yo sentía como una familia. Siempre decíamos “somos una familia”. Una familia de otro tipo. Y una vez sucedió una cosa media erótica, extraña. Eran todos chicos gay y chicas, era raro, no había ningún hetero. Era una cosa de mucha energía femenina que también tenía que ver con escuchar música electrónica, siempre bailábamos música electrónica y en esa relación había algo con el arte y la idea de los vínculos desde otro lugar. Creo que escribí ese poema como una especie de homenaje a lo que en un momento de mi vida fue una idea de familia. Hay algo que me gusta que es como la hermandad del arte; como si por ahí los artistas buscaran familias más amplias. O más por afinidad que por una estructura social. Me gusta esa idea. Como que la poesía o la literatura también tienen que ver con vivir de otra forma. No es tener una vida convencional y escribir un texto re loco, si no que también lo loco que escribís en los textos transforme la vida. Y ahí la idea era como jugar con otra idea de sexo. Te digo: eran chicos gays y chicas y había un montón de amor. Éramos un grupo de amigos que se unían por la música, la afectividad y el erotismo se daba desde otro lugar que no es la idea heteronormativa o falocéntrica. Ese dramatismo del amor también podía darse en un grupo. También está la tormenta: todos nos quedamos desnudos y no supimos qué hacer, y tampoco fue un plan, se dio de un modo real. El agua es como lo sentimental.

“La poesía o la literatura también tienen que ver con vivir de otra forma”

-¿Cómo es estar enamorada?
-Hay otro poema que yo tengo, y me cito mal, pero que decía: “¿era más real el amor cuando lo nombraba o cuando no lo podía nombrar?”. Me gusta esa idea de que el amor es lo que se puede explicar o nombrar, pero si sólo se puede explicar o nombrar se termina.

Me gusta eso, esa dialéctica entre lo que está claro que te hace bien y lo que no se sabe bien por qué te hace bien. Es muy complicado pero creo eso, que es todo el tiempo estar preguntándose qué es el amor. Mientras siga funcionando la pregunta sigue existiendo el amor. Me gusta la idea del amor como una cosa que va cada vez más profundo y que con los años es más amor. Y a la vez me gusta también pensar que bueno, que es una casualidad, que es el azar, que no es el destino, que tiene que ver con lo que pasa y que si no pasara no sería lo mismo. Es la inspiración en el sentido de que tiene que ver con la idea de que podemos salir de nosotros mismos, de que puede haber una relación en donde te perdés en el otro. Como una idea de inspiración en el sentido de una fe de que existe el amor. No sé, es muy complicado. El amor en definitiva es poder relacionarse con otro que te hace feliz. Es simple. ¿No? Qué se yo.

-Jacob Steinberg, el chico que tradujo tus libros al inglés en Estados Unidos, tiene un Instagram que se llama posnoventista. Creo haberte escuchado hablar sobre el posnoventismo. ¿Podrías decirme qué es?
-Eso se lo tenés que preguntar a Jacob. No sé por qué. Yo tenía un twitter que se llamaba poscultura en la época en que él vivía acá. Ahora vive en Nueva York. Pienso que quizás quiere decir… Bueno, estoy leyendo un libro de Tamara Kamenszain, Una intimidad inofensiva, que un poco analiza un cambio de paradigma que hubo en la poesía de los noventa, que tiene que ver con poner el foco en la enunciación antes que en el enunciado. Ella dice que antes la poesía era el enunciado, digamos, lo que se dice es lo que importa. Y en la poesía de los noventa, quién dice y cómo lo dice pasó a un primer plano. Creo que va por ahí. Estoy tratando de entenderlo. Se me ocurre que puede tener que ver con eso, con un momento en que hubo un cambio del lugar que tiene el escritor o el poeta. Por otro lado siempre hay cambios y siempre parece que se inventa algo y a la vez todo es re viejo. Un montón de cosas que pasan ahora pasaron hace 100 años. Lo que pasó en las vanguardias del Siglo XX no se superó. No sé, por ejemplo la Alt Lit (Abreviación del inglés de Alternative Literature), que es una cosa que está re de moda en Estados Unidos, podría haber sido dadaísmo: es como una literatura muy absurda que pone el foco en el juego, en el chiste, en el humor, y eso existe desde principios de siglo pasado. Y posnoventismo debe ser un fenómeno más. Todo el tiempo hay un pos. ¿Para vos qué es?

-Yo pensaba, si pudiese hablarse de un “grupo de posnoventistas”, que podría ser gente que escribe, canta, actúa, hace performances. Pensaba que esa idea era tuya…
-Ah eso está bueno, está buena esa idea. Hoy justo pensaba en la idea de vincularidad. Porque escribir un poema, el objeto poema, está totalmente en un contexto de eventos, de relacionarse con otras personas.

“Me gusta la idea del amor como una cosa que va cada vez más profundo y que con los años es más amor”

Por ejemplo, Jackie Golbert hace eventos y piensa a la escritura de poesía a la par de estos eventos en donde los poemas se difunden. Hizo un evento en el que leyeron un libro entero de Dorothea Lasky y creo que pronto se va a repetir. Organiza otro que se llama Transmisión del saber, en donde cada uno va y enseña algo que sabe. Y a la vez es poeta. Quizás, hace treinta años alguien que era poeta, era poeta y punto. Cómo se distribuía su poesía, cómo circulaba, cómo se creaban lazos o se creaba un público no le importaba. Por ahí eso puede ser pos noventista. Yo creo que hoy crear el público también es parte de la poesía.

-Hace unos días en tu twitter pusiste “ahora pienso que lo único que importa en el arte y la vida es la ternura”. ¿Qué es la ternura?
-Aaay sí, ahí estaba enamorada, ¿viste? Sí, pienso eso. Uno puede pensar si importa la ironía, si importa tomar posición. La ternura, por ahí, es lo contrario a tomar posición, es dejarse llevar por lo que hay y conmoverse con lo que hay. Una de las grandes cosas del arte es tomar posición, y eso está en cualquier obra, pero hay algo de la ternura que es como una especie de no estar preocupado por tomar posición.

-¿Sería algo así como abandonar el cinismo?
-Sí, puede ser… O capaz tiene que ver con la idea de conmoverse, poder pensar que hay un arte que tiene que ver con conmoverse y no con ser el más inteligente. Por ahí la literatura es entender el mundo, como si una de las grandes fuerzas de la literatura fuese entender, tomar posición, explicar. No sé. ¿Para qué sirve la literatura? Para entender, o para nada también. La ternura es aceptar lo que pasa desde un lugar receptivo… Quizás suena muy de autoayuda, pero es lo que pasa en el mundo, lo que ves. El lado sensible de las cosas que tiene que ver con involucrarse. Por ahí la cuestión es la empatía, sacale la palabra ternura. La empatía o la distancia son dos cosas que están en el arte.

-Entonces la ternura también puede ser una posición…
-Sí, yo te dije no tomar posición, pero bueno, es una toma de posición de no tomar posición.

“¿Para qué sirve la literatura? Para entender, o para nada también. La ternura es aceptar lo que pasa desde un lugar receptivo…”

 -¿Podría ser una posición que sirve para lograr algo trascendental?
-Trascendental me asusta porque quizás la ternura tiene más que ver con conectar con lo que está cerca más allá de si es trascendental o no, más allá de si es genial o no. Genios hay uno en un millón, y eso es un poco el paradigma que domina el arte; buscamos los genios porque nos iluminan, qué se yo.

Y por ahí la ternura es más democrática en el sentido de que es una relación con lo que está al lado, lo que está cerca. Yo la ternura la veo como que es el lado frágil de las cosas, y para encontrarle el lado frágil o tierno tiene que haber una conexión. En la distancia, por ahí, eso es más difícil. Bah… no sé, yo escribo las cosas porque suenan bien, después no las puedo explicar…

-En Diario de una coleccionista de nubes, el último cuento de Pequeño recuento sobre mis faltas, hay una parte en la que contás que volvés de la playa y enseguida te das cuenta que tenés que volver de nuevo. En ese cuento y en otros, incluso en tu poemas, te veía como una nena adulta que mira todo desde los rincones, que quiere tener aventuras y que a la vez es muy seria y firme en sus decisiones. Pensaba que sacar toda tu plata del banco e irte de nuevo a la playa era algo muy infantil y a la vez tenía la sensatez de ser todo lo que te hacía feliz en ese momento…
-Me gusta esa idea de la infancia. En lo que escribo me gusta tratar de simplificar las cosas. Lo que vos me decís de la idea de una nena creo que también es una idea de lo simple, pienso que en la infancia todo es más simple. En vez del rollo de pensar lo que te condiciona, y por qué sos el que sos, podés negar toda la complejidad y actuar desde la simpleza. Ahí también hay una decisión. No quiero este mundo complicado. Quiero que por ahí el arte o la poesía sirvan para inventarme el mundo simple que yo quiero.

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-¿Es el leitmotiv de Belleza y Felicidad?
-Sí, es como una isla en un mundo que no me gusta. La poesía puede ser idealista, en el sentido de pensar que puedo vivir de otra forma. ¿Qué es esa cosa simple que te hace feliz? Parece re discurso de autoayuda. Pero es poder crear un mundo, una estética, con materiales que uno ya tiene y decir bueno, conozco mi infancia. Ahora que lo decís se me ocurre… Tiene que ver con deformar las cosas. La simpleza es una forma de distorsión, yo creo que el arte es también la distorsión de lo real. Me encanta la primera persona y la autobiografía que son cosas que me marcan en lo que escribo, pero siempre me pasa que quiero además que haya una instancia de fábula o de cuento, de distorsión de lo real, de magia. Y eso creo que también tiene que ver con la infancia. A un chico siempre le contás un cuento y quiere que pase algo que no sea real.

-Como si hubiese una línea mágica en la experiencia.
-Sí, y en el texto. Si vas a cruzar la línea del texto o del libro ya aparece otra realidad que trae todo lo de la realidad que está antes del texto. Pero bueno, quizás lo posnoventista que me preguntabas antes es que medio se perdió la diferencia entre el adentro y el afuera del texto. Si en los noventa ya se había empezado a perder eso, ahora me parece que con las redes sociales el texto, el evento, el sujeto, está todo mezclado, y me parece que en algunas cosas nuevas falta esa línea de distorsión, mítica, de fábula, no sé, el nombre que se te ocurra, que separa el libro de la realidad. Esto lo estoy pensando mientras vamos hablando. Entonces, yo quiero escribir de mí pero no exactamente como soy yo. Entonces no es que fui a sacar la plata porque me parecía genial. Por ahí todo eso es la añoranza de una vida más simple. Podría haberlo contado desde una óptica más deprimida, pero también como está en el libro, de un modo impulsivo. Tuve el impulso de irme de nuevo al mar, eso es la distorsión de la realidad.

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