La primera travesti en recibir el DNI femenino: “En los 70 tenías que ser bien macho para salir en tetas”

Texto: Javier González Cozzolino / Fotos: Alejandra Rovira

 

Valeria del Mar Ramírez tiene 60 años, vive en Constitución, es delegada de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR) y como carta de presentación afirma: “A esta altura de la vida, a nada le tengo miedo”.

Se hizo conocida en 2012. Cristina Fernández de Kirchner y Florencio Randazzo le entregaron ese año su nuevo DNI femenino. Fue la primera en recibirlo. Por ese tiempo también se conoció que por su condición sexual y por el ejercicio de la prostitución desde la década de 1970 estuvo dos veces detenida en el centro clandestino conocido como Pozo de Banfield, en 1976 y 1977. Hoy, retirada del trabajo sexual al que se dedicó durante casi tres décadas, comparte sus días con un compañero y un perrito llamado Lolo.

-¿De qué vivís hoy, Valeria?
-Me jubilé como ama de casa, gracias al DNI. Pero mi lucha es para que las chicas (las prostitutas) puedan acceder a su propia caja jubilatoria como trabajadoras sexuales. Además, estoy peleando por la pensión por haber estado detenida en el Pozo de Banfield dos veces.

-¿Por qué te llevaron al Pozo? ¿Militabas en algo?
-Por ser travesti y trabajadora sexual. Yo empecé a trabajar a los 20 años en Camino de Cintura, en la rotonda de Lavallol. Vivía en Rafael Calzada. Me tomaba un colectivo hasta el cotolengo y de ahí pasaba la Costera que hacía la Ruta 4 y me bajaba en la rotonda. Me metieron en el Pozo por ser también brava con la policía. No me podían agarrar, corría, les pegaba, me tiraba entre los rosedales y los tipos decían “por acá tiene que estar el puto”. Cuando me agarraban, me daban primero que nada por puto. En esa época teníamos que ser bien machos para salir con un par de tetas y una pollera. Me acuerdo que para los cumpleaños de algunas de las chicas nos íbamos para el Tigre, al recreo Las Rosas, y cuántas veces venía la Prefectura y nos teníamos que tirar al agua, o escondernos entre los yuyales…

-¿Cómo fue estar en el Pozo de Banfield?
-Fui violada. Yo estaba en lo que se llamaba el “buzón”, unos cosos cuadrados sellados con una apertura por donde te pasaban la comida. Por ahí me preguntaban: “¿Querés comer?”, y me pasaban el miembro y me decían: “Dale, tirame un rato la goma”. Si no quería, me sacaban el plato de comida. Hasta la botella de agua me sacaban. Ahí vi nacer a una criatura. Esa criatura, años después, estaba con las Abuelas de Plaza de Mayo, con la Carlotto. Y bueno, la chiquita trató de contactarme, se llama María José, no me acuerdo el apellido.

“En esa época teníamos que ser bien machos para salir con un par de tetas y una pollera. (…) En los 70 la única salida era la prostitución. Hoy agarraría otro camino, una profesión”

La chica había visto que las fechas de mi detención y las de su nacimiento coincidían. Y aporté algunos datos. Ahora están haciendo un documental sobre el Pozo de Banfield y me llamaron para dar mi testimonio. Es duro, no quiero hablar mucho del tema, la pasé muy mal. Dentro de poco, por ese documental, me van a llevar otra vez al Pozo. Va a ser fuerte. Pero tengo que estar.

Valeria respira, tiene una mirada que atraviesa la nuca. Hay cierta sensualidad, cierta forma de cantar las palabras comiéndose alguna ese y un modo de mover los brazos, la boca y el cuerpo que nutren una sustancia codiciada por toda mujer: el misterio. En Valeria, por sobre toda la densidad de su historia, lo que subyace es el misterio.

-Contame de tu infancia.
-Nací como Oscar, Oscar Ramírez. Pero siempre estuve en un cuerpo distinto. Mi mamá era sirvienta, yo era hijo único. Mamá trabajaba en lo que era la Bodega La Cosecha, en César Díaz y Camarones, Flores, y bueno, soy hijo de uno de los dueños de la bodega, llevo su apellido. Él me reconoció, pero nunca lo tuve como papá. Después nos fuimos con mamá de ahí, a un hotel. Yo hice el colegio en la escuela Quintino Bocayuva, en la calle César Díaz, y por ese tiempo mamá conoció a un español, iba al Centro Asturiano, esas cosas. Era de Almería el hombre, y bueno, de ahí nos fuimos con él a vivir a una casa que tenía una despensa, en Vidal y Virrey Olaguer y Feliú. Viviendo en ese barrio empecé la secundaria en el Instituto Santa Rita y terminé quinto Comercial ahí. Ya ahí, en ese trayecto, me iba los fines de semana a provincia, Florencio Varela, Rafael Calzada, donde se armaban las fiestas con los chongos.

-¿Cómo era ser hijo único y puto?
-Mi padrastro me aceptaba más que mi mamá, le decía: “Mujer, ¿qué vas a hacer, si la rama ya nació torcida? ¡Es tu hijo!”. Así fue que mi mamá, que era una mujer muy posesiva, a lo último me aceptó.

-¿Cómo te hiciste puta?
-Después de terminar quinto año, por recomendación comencé a trabajar en el Banco Ciudad, como cadete. Poco después me pasé a una compañía donde hacían informes comerciales, en la calle Alsina. Yo estaba en Contaduría, pero ya por ese entonces empecé a salir más, a faltar, quedé cesante, me relacioné más con las chicas, y bueno.

-¿Y bueno, qué?
-Era mi mundo ponerme un vestido y un par de tacos. Me sentía mal vestida de traje. No era yo.

-¿Pero el mundo que te habilitaba a vestirte como una mujer debía ser sí o sí el de la prostitución?
-Era la única salida que había en ese momento.

-Hoy, en el siglo XXI, si volvieras a tener 20 años, ¿elegirías otra vez la prostitución, o ves que existen otras alternativas para una travesti?
-En los 70 la única salida era la prostitución, como te decía, no podías salir así vestida en otra parte. Hoy, con estudios, en cambio, podés ser lo que quieras. Hoy agarraría otro camino. Una profesión. En la Fundación Buenos Aires Sida hace años hice un curso de peluquería. Después hice otro de asistente social. Y por el Hospital Muñiz tengo otro curso más como promotora de salud. Además, trabajé dos años en el Hospital Ramos Mejía por esos temas.

-¿Hace cuánto que dejaste la prostitución?
-Ya hace como diez años, ponele.

-En todo este tiempo ¿pudiste encontrar a un compañero?
-En este momento estoy en pareja hace ya tres años.

-¿Y la maternidad o la paternidad te quedó como un asunto pendiente?
-En Rafael Calzada, cuando vivía con mi mamá, conocíamos a una chica, la Nancy, que vivía en la calle. Mi mamá, que ya era una persona mayor, les tenía a los hijos de todo el barrio. La Nancy se había juntado con un pibe conocido nuestro, pensaban comprarse un terrenito. Ella estaba embarazada, pero no de ese pibe sino de otro, y a ese nenito, cuando nació, no lo quiso. Entonces se lo dejaba a mi mamá una semana, ponele, y después se lo llevaba para volvérselo a dejar otros tres días, y así.

“Mi padrastro me aceptaba más que mi mamá, le decía: ‘Mujer, ¿qué vas a hacer, si la rama ya nació torcida? ¡Es tu hijo!’ (…) Era mi mundo ponerme un vestido y un par de tacos”

Hasta que un día dije: “basta, yo me tengo que llevar a mamá al médico, ella se encariña con la criatura y cuando te vas, sufre. Entonces, Nancy, hacé una cosa, llevátelo por favor o, si no, me lo dejás y nunca más se lo sacás a mi mamá”. Nancy escuchó, agarró al nene y se lo llevó. Esa noche durmió en la estación de Calzada. Vino a las 6 de la mañana siguiente con el nene, la pareja le había pegado. La dejamos pasar y Nancy me dice: “Valeria, hagamos los papeles, reconocelo como el papá”. Ese mismo día fuimos al Registro Civil de Calzada y lo reconocí.

-¿Lo ves?
-Sí, tiene 17 años. Para él yo soy el padre y él para mí es mi hijo. Cuando falleció mamá, como a mí no me daba para dejarlo con una niñera mientras me iba a trabajar, logré conseguir una vacante en el colegio León XIII, en Córdoba, a través de una parroquia. Ahí cursó los estudios. Ya está en quinto año.

-¿Y quiere estudiar algo?
-Está jugando en Talleres de Córdoba, le va bien. Viene en las vacaciones y las fiestas las pasa una conmigo y otra con la Nancy. Lo que no sé ahora es cómo es esto de los papeles. Porque cuando lo adopté, lo hice con el DNI viejo donde soy Oscar Ramírez. Pero Oscar Ramírez ya no existe más. Con mi nuevo DNI, el que me entregaron Cristina y Randazzo, soy Valeria del Mar Ramírez, ¿me entendés? Es algo que estoy averiguando y que me preocupa.

-¿Cómo son tus días?
-En Constitución me conoce todo el mundo. Hago las compras, paseo a Lolo. Y estoy atenta a lo que pasa con las chicas por ser delegada de AMMAR. La otra vez estaban “La Pata” y “La Gato” peleándose en el garaje de un albergue transitorio, a la entrada. Yo bajé con mi perrito y vi que una de las dos ya estaba sacada. Doy la vuelta y cuando vuelvo ya andaba el patrullero. Ellas se habían puesto a tirar piedras y le habían dado al parabrisas del auto del dueño del hotel. Uno de los milicos, un morochito muy malevo al que todas conocemos, le dice a otro: “Bueno, si no se calma, encajale dos cachetadas”. Ahí me metí. “Tranquilícenla, primero”, dije. Viene el otro que estaba con el malevo y yo le digo que conozco a todas las chicas del barrio. Pedí que me esperaran, dejé a Lolo en casa y volví con la billetera, me presenté, les di mi carnet de AMMAR, y ahí cambió el trato con todas. Un poco así son mis días.


A Valeria la inquieta el narcomenudeo que dice observar en Constitución, donde, según dice, por las malas pagan las buenas. “Muchas trans, que no son carmelitas descalzas, como no tienen plata y no hay consumo sexual como había antes, se dedican a vender cocaína y marihuana. En muchos casos, si no tienen droga no trabajan, porque los clientes hoy vienen a buscar eso”.

El arreglo con los dealers, según Valeria, no se da con las chicas, sino más arriba. No le gusta la Policía de la Ciudad, tampoco le gustan el gobierno local y el nacional. Anda con bronca. Como sea, asegura que hay trans que están paradas en la calle ocho o diez horas y solo se acercan a las ventanillas de BMWs, Mercedes y otros autos de alta gama que vienen a comprar drogas. “A eso en el barrio se le suma el tráfico en peluquerías, maxikioscos, verdulerías. Y sábados y domingos por la noche y la mañana temprano el barrio es un hormiguero: a las trans se les suman los vendedores de pasta base que, como hormiguitas, andan atrás de las chicas haciendo lo suyo. Ahora bien: todas en la misma bolsa, no”.

Su teoría es clara: si se regulara el trabajo sexual, mucho de todo esto no sucedería. Esa teoría se choca con otras. Y así se suceden los días. Mientras tanto, Valeria da nombres de hoteles donde asegura que los dueños hacen de proxenetas que se montan a la transa. Dice que hay una mujer que tiene a unas tres o cuatro menores a las que hace ofrecer sus cuerpos. Es su versión de los hechos, y aunque asegura que tampoco tiene temor de decir todo aquello con nombres y coordenadas, es mejor la omisión antes que la curiosidad, el morbo o la revelación de esos datos.

Valeria no tiene miedo, pero a veces se siente incómoda, por ejemplo cuando con su compañero entra a cenar a un restorán y le sobreviene el temor a que la miren mal, como “el travesti” y no como “la señora”. La estigmatización ha sido grande en su vida, es una herida que no cierra y ella está podrida de haber sido en la calle y en la vida una curiosidad circense, un mono escapado del zoológico, el puto al cual fajar. Está podrida y se le nota. Aunque procure disimularlo y sonría, se acomode el pelo y atienda, ahora mismo, un llamado telefónico.

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