La misión de Seedy González Paz, el albacea de Batato Barea, Omar Chabán y toda una época del under porteño

Texto: Lorena Perez / Fotos: Mariano Campetella

 

“Mi trabajo plástico está ligado a la literatura, al teatro, a la música, básicamente a la poesía”. Así se presenta Seedy González Paz, un artista multidisciplinario que lleva 30 años custodiando piezas de la cultura under de los 80′. Tiene una vida muy austera, dice, sentado en un departamento de Palermo decorado por piezas de otra época. Retratos de Batato Barea registrados por la lente de Alejandro Kuropatwa, el vestido bordado con botones que el recordado clown travesti literario -así se autodefinía Batato- usaba en obras de teatro. Desparramados por el ambiente también se ven dibujos de Omar Chabán. De una pila de papeles asoma la tarjeta personal de este hacedor cultural donde anuncia su rol al inaugurar Cemento, en 1985. “El artista off off off, patrimonio bien argentino”, se lee arriba de los datos de contacto del mítico espacio y emblema del rock.

Una computadora compila y recuerda todo lo que la cabeza de Seedy González Paz guarda y también en lo que trabaja actualmente: la edición de las “Historietas Obvias” de Batato Barea que se publicarán 30 años después en formato de libro. “El material está todo conservado, nada se perdió, tomé conciencia del valor que tenía cuando cerró el museo, hace dos años”, dice quien quedó en custodia, con la autorización de la familia, de las pertenencias que se mantuvieron intactas en la casa donde vivió Walter Barea, Batato, y que a cada rato este albacea expone en galerías de arte.

“Yo soy tucumano, criado por abuelos y formado en colegio de curas, y mi actitud fue salir de la sociedad en la que estaba, no como rebeldía sino por mera curiosidad de ir a buscar otro mundo”, recuerda Seedy mientras nombra a la revista Pelo, el Suplemento Sí y el programa de TV de Antonio Gasalla como espacios de ilusión a esa otra realidad. Allí leía nombres y anécdotas que le despertaron ganas de ser parte de una movida mágica, creativa que se estaba gestando: el under. Puso un pie en Buenos Aires para estudiar Arquitectura, pero se pasó a Diseño Gráfico. Para mantenerse, cuenta, repartía cartas y caminaba las calles porteñas que desde la provincia de Tucumán imaginaba.

-¿En qué momento conociste a Batato Barea?
-Lo conocí en la última etapa de su vida, en 1989, le hacía todo lo que era la gráfica de sus presentaciones. En aquel momento yo editaba una revista que se llamaba ‘La Medusa’. Tenía un staff estable compuesto por Batato Barea, Omar Chabán, Fernando Noy y Alejandro Urdapilleta. Había invitados especiales en ciertos números, pero eran todos textos de escritores que en verdad no pertenecían al ámbito de la literatura. Fueron personas a las que elegía. Me acercaba con una actitud de querer seducirlos, pero era toda una trampa para vincularme a ese mundo. ¿De qué manera podía acercarme a ellos más que pidiéndoles un poema? Me acuerdo especialmente de Batato, a quien vi en el programa “El mundo de Antonio Gasalla” cuando clausuraron el Parakultural y fueron todos los que trabajaban allá. Batato estaba con el pelo blanco, melena larga, hablando seriamente y diciendo que no los dejaban trabajar, que le quitaban el pan, y Gasalla le toma el pelo y le dice ‘estás muy Marilyn vos’ y Batato hace ese gesto de vergüenza tan suyo, de sonreirse y ponerse colorado. Eso me quedó, siempre me acordé de él.

-¿Hiciste un trabajo de campo para conocer ese mundo?
-Tenía miedo de que se me notara la tonada, hablaba poco y encima era tímido, pero al final me hice amigo de gente que era todo lo contrario. Mirá Chabán, Batato o Urdapilleta, Klaudia con K… Nada tímidos pero a la vez muy solos, también muy únicos, verdaderos y eso me encantaba de ellos. Repartiendo cartas un día llegué a la zona del bajo y entré por un pasaje, el que desemboca en el Parakultural. Me acuerdo que me ponían las cajas sobre los brazos y las llenaban de cartas, el límite era el cuello. Yo miraba por arriba y salía a la calle, toda una crueldad. Empezaba por Florida y cuando llegaba a San Telmo estaban esos carteles, como chorreados de tempera, con esos nombres: Redonditos, Gambas al Ajillo, Batato… y de repente tuve la revelación, resulta que este era el lugar que yo leía, el lugar donde actuaban. Puse la nariz por la cerradura, la llave era un candado con una cadena, una puerta desvencijada, y de ahí salía un olor a humedad, pero tenía un cartelito que decía “ambiente familiar”.

-¿Cómo fue ese primer acercamiento, esa llegada a la movida underground?
-Escuchaba y anotaba todo, así llegué al Bar Bolivia de Sergio de Loof. Me sentaba con un block de hojas y para que no me hablaran me ponía a dibujar. Ahí vi por primera vez a Batato. Levanté la cabeza y vi un tipo de cuerpo muy atlético, deportista, vestido con una camisa de hilo y pantalón de jogging plateado, pelo pelirrojo azabache y con una colita bien arriba. Lo que me gustó siempre de Batato fue que no era afeminado. Nunca tuve atracción sexual con él, pero a la vez me atraía como la miel. Lo desconcertante de Batato, que luego constaté con Tortonese y Urdapilleta, es que tenía leves gestos femeninos y que al vestirse de mujer pasaban inadvertidos, quedaban masculinizados porque no eran delicados. Otro día, salgo del baño del Bar Bolivia y me lo choco a Batato. Llevaba un vestido verde botella ajustado, ni siquiera ropa linda tenía, ropa de feria, que en el cuerpo de hombre quedaba chica. Tenía unos aros grandes y se peinaba con el pelo para atrás, así se vestía. Yo lo miraba y no podia creer lo que veía, pensaba, como chico del interior que era, ¡pobre madre! y la verdad que su madre lo alentaba de acá al universo. Batato me saluda con un vozarrón, me dice que no me asuste, que era actor.

“Estar con Batato era entrar en conflicto con la existencia de uno mismo, era una experiencia porque no era su actuación, su vestuario, sus dibujos. No. Ese conflicto existencial que Batato generaba era preguntarse quién era yo, a dónde quería estar y llegar”

-Hay generaciones que no lo conocen, pero es muy querido y su referencia es permanente. ¿Por qué Batato se mantuvo presente?
-Porque el amor es para siempre. Porque en el fondo es el que más desprotegido está, porque falleció. Yo soy su amigo y mi tarea es cuidar materialmente como conceptualmente su obra, aunque también Batato tenía noción de una posteridad; sabía que iba a morir joven.
De hecho guardó todo de una manera obsesiva y la mamá era igual. Siento que me eligió para cuidarlo.

-¿La explicación de la importancia de esta movida contracultural de los 80’ fue porque surgió como primera expresión artística post dictadura?
-En el caso de Batato, él podría haber hecho lo que hizo fuera de la dictadura, porque lo suyo no la tenía como excusa, sino una historia personal. Su hermano Ariel se suicidó. Era un chico de 16 años que se hartó de ir preso en una época donde ser homesexual era un delito. Y hasta que un día se cansó y se pegó un tiro. Batato se enteró cuando estaba en el servicio militar y fue muy rara esa imagen para él. Eso generó un click en Batato. Sus padres, Nene y Hugo, siempre dijeron que toda la tarea de Batato fue un homenaje a su hermano: cuando muere Ariel, Batato se vuelve doblemente escandaloso. No era orgánico en él vestirse de mujer, ponerse las tetas… Fijate que todo lo que en aquel momento se prohibía, hoy se venera, se estudia y termina en el museo.

-Se habla de Batato como un ser mágico. ¿Qué significó tenerlo cerca?
-Estar con Batato era entrar en conflicto con la existencia de uno mismo, era una experiencia porque no era su actuación, su vestuario, sus dibujos. No. Ese conflicto existencial que Batato generaba era preguntarse quién era yo, a dónde quería estar y llegar. El clown tiene la ventaja de poder nutrirse de sus errores y Batato, según Guillermo Angelelli y sus compañeros del ‘Clu del claun’, no actuaba de payaso porque era un payaso, porque él siempre pensaba que podía hacer todo, entonces te empujaba a esa corriente y no te quedaba otra que ser vos mismo. Todo eso fue mi escuela. Yo vivía en un estado de erotismo mental. Ni sexo tenía, jamás consumí drogas, lo fuerte de todos estos personajes era la poesía.

“Chabán como dibujante era excelso, dibujos que hay que mirarlos con lupa porque tienen trazos sofisticados. Cerraba Cemento y se quedaba dibujando en la barra”

-¿Cómo llegás a hacerte cargo de su obra y de sus pertenencias?
-Cuando muere Batato yo le dije a Nene, la mamá, que no estaba sola, que me llamara si me necesitaba, entonces ella me pidió que vaya a la casa a ver las cosas de Walter. A mí me tocó abrir la habitación: en el ropero estaban los dibujos y las poesías, eso pidió que se cuide como oro. La mesa de luz estaba llena de diarios, una repisa con los vhs, pero no tenía TV color ni videograbadora, solo una tele en blanco y negro con una papa negra, pero el compilaba todo lo suyo. De hecho, la primera vez que vio sus videos fue cuando hizo una performance en Ciudad Universitaria. Llegó a ir dos veces porque ya estaba mal físicamente. Me dice que pida un televisor y una video, entonces la performance consistía en que la gente lo viera sentado mirándose en la tele.

-A Omar Chabán también te acercaste por su arte y terminaste cuidándolo.
-Algo así. Hasta dos días antes de morir estuve con Omar. Una de los primeras veces que lo vi estaba hablando con Luca Prodan y lo gracioso de todo eso fue que Luca ya había muerto, pero él le hablaba por teléfono. Entrabas a Cemento y estaba todo oscuro y en esa barra larga estaba Omar hablando en voz muy alta. No es que hacía una puesta teatral, pero tenía un teléfono rojo y hablaba con Luca.

-¿Esta época formó tu educación sentimental?
-Sí, toda mi historia con ellos es de conexión. Creo mucho en la gente que te ayuda y en lo que te da sin que le pidas, y para mí todos ellos fueron seres iniciáticos, me liberaron mucho. En ese momento me hice medio amigote de Noy, que era una persona difícil para que te deje entrar en su mundo. Me invitó a la presentación de su libro ‘Dentellada’ en Cemento (imposta y arrastra la voz) ‘Que va a venir mucha gente, María Luisa Bemberg, Batato, Fito Paéz, Fabi Cantilo. Vení, te espero’. Pero yo no tenía dinero y Fernando sugirió que lleve una cámara de fotos y dijera que era periodista, así entraba gratis. Llevé una cámara de juguete, mirá qué ingenuo era. Sale Chabán, tipo Alan Faena con bigotes y anteojos grandes. Ahi lo vi a Batato recitar un poema de Noy y se comprometió a darme los dibujos para mi revista a la semana siguiente. Aún tengo el sobre que dice ‘González’. Yo me buscaba seudónimos todo el tiempo, como actitud medio teatral, el tener un alter ego verdadero. No soy artista, digo que me dedico a hacer tareas u oficios artísticos, soy un artista periférico, me busqué un rechazo, por eso me llamé Seedy González Paz. Pero ahora, por suerte, la gente no se ríe cuando lo escucha.

“Todo eso fue mi escuela. Yo vivía en un estado de erotismo mental. Ni sexo tenía, jamás consumí drogas, lo fuerte de todos estos personajes era la poesía. (…) Creo mucho en la gente que te ayuda y en lo que te da sin que le pidas, y para mí todos ellos fueron seres iniciáticos, me liberaron mucho

-Te ocupás de que la obra de estos artistas aparezca en libros, muestras y exposiciones, facilitás el material.
-Batato es tema constante, lo investigan, es necesaria una retrospectiva de su obra. A Chabán, en cambio, no me lo aceptan en ninguna galería. Conservo todo y ese gesto mío termina siendo el conector entre acontecimientos y personas. Por ejemplo, el periodista Jorge Dubatti vio en ‘La Medusa’ un texto de Urdapilleta y me preguntó si tenía más de esos escritos porque no sabía que Alejandro escribía. Así se vincularon ellos y terminaron haciendo los ‘Vagones transportan humo’, el libro de Urdapilleta que compiló Dubatti.

-Se habla de under pero fue una generación que hizo pie en la cultura oficial, incluso eran habitués en los programas de televisión. ¿Era así?
-Noy manejaba mucho la prensa, por eso fueron artistas que podían coquetear entre lo que era el under y lo oficial. Noy y Batato tenían una máquina de escribir y la usaban como un arma. Lo que hacían trascendía. Escribían sus gacetillas de prensa de las fiestas o presentaciones que daban y las firmaba una tal “Camila Quinteros”. ¡Noy se había inventado ese nombre de agente de prensa para recomendarse a sí mismo! Una diva total.

-¿Cuando llegaste de Tucumán sentiste que ellos te vinieron a liberar y ahora vos los rescatas a ellos?
-Sí, puede ser. Una vez Helena Tritek me contó cuando Batato le dijo ‘a este chico hay que cuidarlo’. Entonces uno de mis propósitos es que cada uno de ellos sea reconocido por el artista que realmente fue o es. Chabán como dibujante era excelso, dibujos que hay que mirarlos con lupa porque tienen trazos sofisticados. Conservo alrededor de 50 dibujos de plumín con tinta china que me hacía especialmente. Cerraba Cemento y se quedaba dibujando en la barra. Yo me sentaba en la otra punta, esperando… Me quedó esa imagen, de Cemento vacío, a oscuras, y él sentado en la barra iluminandose, dibujando para mí.

-Sos el archivo de una época dorada que sigue en movimiento. ¿Pasaste de ser admirador a un rol de curador?
-Sí. Conocer a este gente me liberó. A la frase de San Martín ‘Serás lo que de debas ser o no serás nada” nosotros la revertíamos y gritábamos: serás lo que debas ser, sino lo serás todo. Yo puedo ser todo, sin culpa, gracias a ellos.

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