La fuerza y las certezas de Katja Alemann, un símbolo de libertad

Texto: Lucas Villamil / Fotos: Karin Idelson

 

Hubo un momento que definió el rumbo en la vida de Katja Alemann. Fue a fines de los setenta, en Alemania, donde había ido a estudiar psicología, pedagogía y música. Ella ya sabía lo que era estar frente a una cámara porque desde adolescente había sido la actriz fetiche de su madre, Marie Louise Alemann, una pionera del cine experimental argentino. La joven Katja protagonizaba cintas de Súper 8 que el público que se acercaba al Instituto Di Tella pocas veces entendía, si es que había algo para entender. Le salía natural, su mirada profunda y los rulos rojizos ya generaban cierto magnetismo. Pero cuando terminó la escuela secundaria, en plena dictadura militar, se mudó a la ciudad de Heidelberg y agarró los libros. Probablemente, con la determinación que la caracteriza podría haberse convertido en una excelente psicóloga, o pedagoga, o quién sabe qué, pero se dio cuenta de que esa no era su esencia. Entonces tomó una decisión: se mudaría a Munich para estudiar teatro. Y el azar se encargó del resto.

A Munich nunca llegó porque antes volvió de visita a la Argentina y le gustó lo que encontró. La efervescencia contenida de aquel ambiente fue la zona perfecta para una mujer expansiva que ya tenía claro su deseo. “A mí me gustaba -me gusta- mucho bailar. Yo iba a bailar a las discotecas y generalmente, como yo bailo bien, se me armaba como un círculo alrededor, la gente se quedaba mirándome y a mí me gustaba eso, que se arme el círculo y la gente me mire. Entonces dije ‘esto es lo mío’”, recuerda Katja con una carcajada, y agrega: “Obviamente fue mucho más que eso, pero ese fue el puntapié inicial. Enseguida me conecté con toda la escena under. Yo tenía un amigo que era amigo de otro amigo… Y me dijeron ‘vení que vamos a hacer un grupo de teatro que va a estar buenísimo'”.

“Yo iba a bailar a las discotecas y generalmente, como yo bailo bien, se me armaba como un círculo alrededor, la gente se quedaba mirándome y a mí me gustaba eso. Entonces dije esto es lo mío”

El primer lugar fue lo de Héctor Elizondo, en la calle Paso. Ahí empezaron los ensayos de La Velada del teatro mágico, solo para locos, una versión libre de El Lobo Estepario, de Herman Hesse. El grupo estrenó esa obra en 1979 en el Teatrón, una sala que quedaba en Pueyrredón y Santa Fe.

De aquellos primeros años de aprendizaje destaca especialmente a Carlos Lorca, quien le inculcó la mística del teatro, “cómo lograr el mundo mágico de la escena”; a Augusto Fernández, que le enseñó el método Strasberg; y a Norma Aleandro, con quien debutó en el teatro comercial en La señorita de Tacna. Era 1981 y, de un momento a otro, Katja Alemann se transformó en una de las mujeres más famosas de la Argentina.

-Me hice famosa en dos minutos. En La señorita de Tacna hacía un desnudo, entonces imaginate, año 81… y encima después mi hermano entra como Ministro de Economía de Galtieri. Entonces, de la noche a la mañana el país entero estaba enterado de mi existencia. Tapa de todas las revistas… Fue meteórica mi fama.

-¿Cómo te llevaste con eso?
-Fue medio complicado, la verdad. Tuve que aprender a manejarme con los medios. Fue muy difícil al principio, porque uno es inocente y no pensás que te van a acostar. Entonces me acostaron un par de veces.

“Lo acompañé mucho (a Omar Chabán) y fue muy triste todo lo que pasó. Fui testigo de la miseria humana más espantosa en todos los órdenes de nuestra sociedad”

La actriz irreverente que se plantaba en las tablas porteñas era nada menos que la medio hermana por parte del padre de dos funcionarios del gobierno militar: Roberto Alemann, Ministro de Economía entre diciembre de 1981 y junio de 1982; y Juan Alemann, secretario de Hacienda de José Alfredo Martínez de Hoz. La relación de Katja con ellos no era buena, considerando que ese mismo gobierno había desaparecido a su primera pareja. Tal vez, incluso, esas figuras hayan funcionado como punto de partida para reforzar una identidad en la dirección contraria.

Lo de su padre era distinto. Ernesto Alemann fue el redactor jefe y editor del periódico impreso en alemán Argentinisches Tageblatt. En los años 30 había sido un importante opositor al régimen nazi, y desde aquella época había cultivado también un profundo antiperonismo. Tenía ya 65 años cuando nació Katja, y cuando llegó el golpe del 78 era un hombre mayor. Su hija le perdona las editoriales condescendientes con el Ejército que salieron publicadas en su diario. “Mi padre ya era muy viejito. Era opositor al régimen nazi y odiaba encarnizadamente a Perón, entonces cuando subieron los milicos, de alguna forma, aunque él era antimilitar y anti eclesiástico -no pisó una iglesia en su vida y odiaba a los militares-, como venía de la debacle de López Rega, Isabelita y Perón, mi viejo excusó el tema de los milicos. Pero ya estaba viejito en esa época”.

La señorita de Tacna, en medio de aquellos años revoltosos, marcó un momento crucial en la vida de Katja. Además del debut comercial y la fama repentina, fue en ese momento cuando comenzó formalmente su relación con Omar Chabán. Se habían conocido un tiempo antes, en La velada del teatro mágico, y el romance estaba latente pero hasta entonces había sido de idas y vueltas. “Él se fue a Berlín como un año, volvió… Yo le decía ‘estemos juntos’ y él me decía que no, no quería. Decía ‘yo soy muy pesado’. En determinado momento, yo ya estaba haciendo La señorita de Tacna y de repente nos juntamos. Ahí yo le dije ‘olvidate que te voy a mantener’. Él vivía con los padres y estudiaba todo el día, de todo, sabía todo lo que pasaba en el mundo. Iba al Instituto Goethe a ver los últimos videos, las revistas, el teatro. Estaba en la posta de la vanguardia mundial, pero dependía de la plata que le daba el viejo”.

Al hablar de Katja Alemann, Chabán aseguraba que era ella quien lo había empujado a trabajar. Ella no reconoce que haya sido tan así. Lo cierto es que en 1985, con el aporte financiero de Katja inauguraron Cemento, el espacio más mítico en la historia del under nacional. Recitales, festivales, happenings, obras de teatro, danza, poesía… Buena parte de los artistas argentinos encontraron ahí un espacio de libertad y crecimiento.

Alemann y Chabán estuvieron juntos hasta 1987. Katja habla de él con admiración y gratitud. “Él también me ayudó muchísimo en la actuación. Cuando yo empecé a trabajar en las novelas de la tele él grababa todo y analizábamos cada escena con rewind y forward. Omar era capo, capo, capo. Sabía muchísimo”, dice.

-¿Tenés el recuerdo de una relación luminosa? Lo acompañaste hasta el final.
-Si, lo acompañé mucho y fue muy triste todo lo que pasó. Fui testigo de la miseria humana más espantosa en todos los órdenes de nuestra sociedad.

Las palabras son contundentes y resumen todo lo que le queda por decir sobre la forma en la que fue tratado el gestor cultural tras la tragedia de Cromañón, sobre el abandono en el que pasó sus últimos días.

La cara de Katja se vuelve a iluminar cuando habla de sus proyectos artísticos. Hace pocas semanas estrenó la obra Derechas, escrita y estrenada por José María Muscari hace 17 años en el under y repuesta ahora en el teatro Regina con un elenco de once mujeres. Además, los jueves de agosto realiza en la librería y café Clásica y Moderna su espectáculo Katja ríe canta y cocina. “El teatro es mi oficio, tengo mucho cariño por él, me gusta mucho actuar, me gustan los grupos, los elencos, ser intérprete de textos de otros”, dice mientras sonríe para las fotos con oficio encantador.

-¿Qué diferencias hay entre la Katja de hoy y la de la primavera post dictadura?
-Es otra vida, otra encarnación. Yo siempre fui muy trabajadora, siempre tuve mis proyectos que quería realizar y cuando era más joven tenía más fuerza que ahora, pero ahora tengo más certezas que antes.

-¿Por ejemplo? ¿Qué certezas?
-Por ejemplo, que la perseverancia y la persistencia en la construcción de algo es fundamental. Que a veces te parece que vas a tirar las cosas por la borda porque pensás que no las podés sostener, y en el momento que decís “listo, ya está”, resulta que empiezan a funcionar. Entonces uno tiene que estar alerta a todo el trabajo que ha hecho en la vida. Cuando yo era joven no tenía tanto trabajo hecho, lo estaba haciendo, entonces obviamente el ímpetu es enorme y vos salís a ganar el mundo. Ahora ya no es algo que necesito hacer, el mundo que pude haber ganado ya lo gané. Entonces hoy busco más el foco preciso de qué quiero hacer.

“La perseverancia y la persistencia en la construcción de algo es fundamental. A veces te parece que vas a tirar las cosas por la borda porque pensás que no las podés sostener, y en el momento que decís “listo, ya está”, resulta que empiezan a funcionar. Entonces uno tiene que estar alerta a todo el trabajo que ha hecho en la vida”

Entre las cosas que quiere hacer parece haber lugar para mucho. El año pasado, por ejemplo, se dio el gusto de viajar varios meses por Europa con su hija en una camioneta, cantando en los bares y haciendo amigos por el camino. Además, mientras ensaya y realiza nuevos espectáculos sostiene una activa militancia en las redes sociales por diversas causas.

-¿Ves un reflejo tuyo en las jóvenes que están copando las calles?
-Estoy con ellas. Me parece increíble que estemos discutiendo estas cosas todavía, no lo puedo creer, totalmente anacrónico. Nadie te obliga a abortar, mi amor. Si querés tener diez hijos, tenés diez hijos. Pero si una mujer no quiere tener ese hijo, ¿cómo la vas a obligar?, ¿cómo el Estado no va a proveer la seguridad de poder abortar bien sin quedar mutilada? Imaginate tener un bebé que no querés tener, es una especie de tortura.

-¿Tenés recuerdo de haber tenido esta discusión en los 90 o 80?
-Las mujeres abortamos toda la vida, siempre fue así. Obviamente que no es algo divertido que te pase, ninguna mujer quiere abortar. Estoy indignada con la discusión, con las cosas que se dicen, te habla de lo retrógrada que es la gente y del nivel cultural que está por el piso.

-¿Te estás peleando con mucha gente?
-No, yo me peleo en las ideas, no me peleo con la gente. Soy muy temperamental, pero no soy de pelearme.

Otra de sus luchas, además del feminismo, es la causa ambientalista. Dice que ahí encuentra una mística muy fuerte porque son pocos y se apoyan mucho. “Todos tiran y tiran y tiran como si el río se lo llevara. Sí, el río se lo lleva al mar, y los océanos son el basurero del mundo: es un hecho. La separación en origen es lo más importante. Aunque eso después vaya todo junto, es útil porque cuando llega a destino lo vuelven a separar, y si ya está separada no hace falta que los tipos metan las manos en la basura húmeda, podrida, ya tienen las bolsitas separadas. Por lo menos, hasta que se organicen con la recolección diferenciada”, explica.

-¿Pensás en el pasado?
-No soy nada nostálgica, el pasado lo uso nada más que para contar historias.

-¿Y en el futuro?
-El futuro sí es una cosa que me preocupa bastante en todo sentido, en lo personal y en el sentido público. Me preocupa porque a medida que me voy haciendo más grande lo único que puedo decir es “solo sé que no sé nada”, y es tan imprevisto siempre todo lo que pasa en la vida…

1 comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *