Nora Bär: “En la comunidad científica hay santos y villanos”

Texto: Pablo Esteban / Fotos: Paula Villamil

 

La cita fue a las once en un café porteño. Nora Bär llegó diez minutos más tarde y se disculpó dos veces. La reconocí por sus anteojos de marco rojo y su boca al tono. Ingresó a toda prisa, saludó a un grupo de conocidos y se sentó en la única silla que se enfrentaba a la mía. Estaba preocupada, debía resolver algunos problemas editoriales de Ciencia/Salud, la sección que lidera en el diario La Nación. Le conté mi objetivo: entrevistar a quien realiza entrevistas hace casi cuatro décadas. Le dije que la leía desde siempre, del mismo modo que lo hacía con mi amigo y maestro Leonardo Moledo, el otro gigante del periodismo científico en Argentina.

Cuando se agotaron los preámbulos y empezamos a conversar sobre la comunicación de la ciencia, a Bär se le encendió la cara, pude observar cómo estallaba de felicidad y cómo disfrutaba al compartir todo lo que sabía. Pasión, lo que Nora sentía era pasión.

“El periodismo científico implica saber escribir, captar la atención, cumplir con las leyes del periodismo en general, disputarse un lugar con el recital del indio Solari, el partido de fútbol del domingo y las declaraciones desafortunadas de algún político”, soltó con frescura ni bien le dejé un hueco. Pero como cada persona no es una sino varias a la vez, también pude saber que es hija de inmigrantes alemanes, madre de cuatro hijos, abuela de dos nietos y maestra. En esta edición, una de las principales referentes en el campo realiza un esfuerzo introspectivo y se coloca del otro lado de la mesa, sin el grabador y sin la libreta, para relajarse, tomar una lágrima mediana y compartir un poco de todo lo que sabe.

-¿Qué hacía Nora a sus dieciocho?
-En esa época era maestra, ejercí la docencia desde los diecisiete hasta los veintidós años.

-No me dan las cuentas…
-De pequeña era muy inquieta y le insistí a mi madre para que me llevara al colegio. Como resultado, arranqué a los cinco años y también terminé antes. Viví en Banfield durante dos décadas y luego nos mudamos con mi familia a Capital pero nos volvimos enseguida, tan solo duramos un año. Significó una verdadera crisis familiar y no me adaptaba. Lo veía como un sitio colmado de gente extraña, no conocía a nadie, estaba acostumbrada a caminar por el barrio y saludar a todo el mundo. Así que volvimos para zona sur. Sin embargo, un tiempito más tarde, por algunas circunstancias de la vida debí venir para la Ciudad y nunca más me fui.

-Comentaba que fue maestra. ¿Cómo fue esa experiencia?
-La verdad es que siempre quise ser maestra de primer grado, pero nunca lo logré así que me conformé con segundo, tercero, quinto, sexto y séptimo. Me iba muy bien, pero fue imposible seguir. La escuela en la que trabajaba quedaba en Monte Grande y, en paralelo, estudiaba Letras en la Facultad de Filosofía de la UBA. Me cansaba mucho por tanto viaje y llegaba tardísimo a casa.

-¿Por qué estudió Letras?
-Pienso que mi hermano influyó mucho. Pero también a mi madre -que falleció a los 102 años- siempre le interesó la idea de estudiar, aunque la Guerra Mundial truncó cualquier aspiración y debió migrar hacia Argentina. Siempre pensé que si le hubieran dado a elegir y si hubiera nacido en otro contexto histórico, no hubiera tenido hijos porque en verdad le encantaba trabajar. Como en aquella época no se combinaba muy bien el trabajo y la casa, se dedicó a cuidarnos a nosotros.

“El periodismo científico implica saber escribir, captar la atención, disputarse un lugar con el recital del indio Solari, el partido de fútbol del domingo y las declaraciones desafortunadas de algún político”

 -¿Por qué la influencia de su hermano?
-Arnaldo es un lector y un escritor muy voraz, tanto que cuando era adolescente ganó un concurso literario en la escuela secundaria. Me lleva cuatro años y como era tan buen alumno, me críe a su sombra. Quería copiarlo en todo. Me encantaba la literatura así que arranqué Letras, aunque no la terminé. Era una época muy complicada para la Facultad porque implicaba estudiar en plena dictadura. Con tanta incomodidad social, ser universitario significaba realmente un lujo.

-Trabajó como maestra y estudió Letras. ¿Cómo llegó al periodismo científico?
-Fui madre muy joven, parí cuatro hijos y el primero lo tuve a los veintitrés. Como no me gustaba dejarlos solos en ningún lado por mucho tiempo, busqué un empleo part-time que me permitiera seguir cuidándolos. Por aquel entonces, se abrió la importación de revistas y junto a mi marido las leíamos todas. Se me ocurrió, en ese sentido, proponer algunas notas y colaboraciones en los medios que leía. Empecé con entrevistas a escritores, artistas y con coberturas de eventos culturales. Me iba más o menos pero tuve la suerte de entrevistar a Borges.

-¿Y qué recuerda? ¿Qué sintió al entrevistar a Borges?
-No estoy muy orgullosa de esa entrevista. Era demasiado joven, estaba nerviosa y creo que le podría haber sacado más jugo. Él estaba muy viejito, nos recibió en el departamento de Maipú y recuerdo que fui por mi cuenta porque no me la había encargado nadie, aunque finalmente se publicó en la revista Vosotras. Por suerte fui autodidacta en el periodismo y pude progresar. Así que arranqué con personajes de la cultura, pero me gustaba tanto leer revistas extranjeras sobre divulgación científica que un buen día se me ocurrió hacer lo mismo pero con investigadores de Argentina.

-¿Y entonces?
-Escribí una nota sobre las lagunas bonaerenses y se la ofrecí a la revista de La Nación. Les gustó tanto que la colocaron en la tapa. Comencé a proponer más temas y me escabullí en ese vacío. Se trataba de un nicho que no estaba demasiado explorado. Más tarde colaboré con otras revistas y realicé guiones para una serie de científicos argentinos. A mediados de los noventa, Escribano -en aquel entonces Jefe de Redacción- me ofreció ingresar al diario y casi se me cae el pelo, porque tenía cuatro hijos y no sabía bien cómo mantener un trabajo de esa envergadura.

-¿Cómo fue el primer día que entró a la redacción?
-Fue algo mágico, no me lo esperaba porque había estado durante muchos años vagando por los suplementos. Estar en el diario caliente era como estar en el Olimpo.

-¿Qué es lo que más le gusta de ser periodista?
-Tener un trabajo que me permite conversar con los “Einstein” de hoy es impagable. Los periodistas científicos tenemos un privilegio muy grande al dialogar con las personas que construyen el conocimiento. Y todos los días surge un tema nuevo, por ello me produce mucha felicidad ir a trabajar. A menudo, mis hijos son los que ponen los límites, porque todo el tiempo les cuento a quién entrevisté y todo lo que aprendí. Me pongo pesada. Ni siquiera cuando era editora del suplemento dejé de escribir notas porque me apasiona salir de la redacción, ir a los laboratorios, cruzar mundos y contar historias. Ser periodista de ciencia me produce la misma felicidad y entusiasmo que cuando tenía 20 años.

-A menudo los periodistas científicos preguntan para qué pueden ser utilizadas las investigaciones. Ahora bien, ¿para qué sirve el periodismo científico?
-Cuando comencé a trabajar en el periodismo, los científicos eran vistos como sujetos que derramaban la verdad sobre el resto de la sociedad y los periodistas oficiábamos de traductores. En la actualidad, el concepto que tenemos es muy distinto. En principio, porque sabemos muy bien que el conocimiento se construye entre todos. Ya no vale la pena dividir el esquema entre iluminados y plebe. En segundo lugar, porque sabemos que la comunidad científica es humana como cualquier otra, así que hay buenos y malos, santos y villanos, envidia y solidaridad, trabajos brillantes y fraudes. Nuestra labor, desde aquí, es vital para fomentar el pensamiento crítico. Las opiniones deben estar basadas en argumentos sólidos porque la información errónea circula con mucha velocidad. En síntesis, tenemos una responsabilidad muy importante, sobre todo, porque la gente les cree a los que trabajan con seriedad. Entre las que me incluyo, por supuesto.

-El fraude constituye una fibra sensible para todo el sistema científico.
-El propio mundo de la academia está en alerta. Todo el tiempo leo artículos y retractaciones por falseo de cifras y trabajos mal hechos. Ello ocurre especialmente con los proyectos financiados por las industrias que, en general, exhiben más resultados positivos de los que efectivamente tienen. Sin ir más lejos, el New York Times publicó hace un tiempo cómo la industria azucarera en 1950 le había pagado a científicos de Harvard para que desarrollaran papers con el objetivo de respaldar sus intereses. El periodista científico tiene que estar al corriente respecto a este tipo de manejos, para adoptar una posición distinta frente a algunos investigadores.

 -¿Una posición de escepticismo?
-Exacto. Hace tiempo que dejamos de ser traductores para adoptar una actitud de auditoría frente a lo que se lee y escucha. Por mi parte, trato de confrontar opiniones divergentes, verificar los trabajos científicos a partir de sus fuentes primarias y de respetar un criterio de rigor.

“Tener un trabajo que me permite conversar con los ‘Einstein’ de hoy es impagable” 

 

-¿Sobre qué temas le cuesta escribir?
-Bueno, no soy física cuántica, ni inmunóloga ni cosmóloga, pero hace tantos años que converso con especialistas en campos tan diversos que he construido un marco de referencia que me permite poder interactuar con criterio. Es cierto que en algunos temas avanzo un poco más porque me gustan. Ocurre con las neurociencias, de tanto leer y dialogar ya no me sorprendo si me hablan de conceptos como “dopamina”, “neurotransmisor”, “neurona”, “sustancia blanca” e “hipófisis”.

-Más allá del marco general que se constituye con las propias experiencias y lecturas, usted utiliza muy bien el ejercicio de la repregunta.
-Porque creo que es fundamental, del mismo modo que es necesario conocer el método científico y el método de investigación clínica con sus fases de desarrollo. No es lo mismo probar una vacuna que requiere de miles de pacientes, que chequear una droga en Alzheimer. Del ratón al ser humano hay un abismo. Por eso hay que ser muy cauteloso con lo que señalan los científicos.

-¿Y cómo son los científicos que usted entrevista?
-Son personajes fantásticos, los quiero mucho, sobre todo porque creo que me identifico con ellos. En general, son apasionados, les gusta lo que hacen y dedican su vida a ello. Al mismo tiempo, pienso que constituye una falsedad señalar que sus proyectos solo sirven para mirarse el ombligo. No encontré ni a uno solo que no desarrollara una investigación importante. Además, el Conicet es un organismo muy exigente que prevé evaluaciones periódicas, de modo que no sé si es muy simple conservar el empleo sin hacer nada. En síntesis, no creo que sea muy fácil ser ñoqui siendo investigador en el Consejo.

-¿Cómo cree que se comunica ciencia en Argentina a contraluz de lo que sucede en otros países?
-No tengo un estudio al respecto. Solo te diré algunas impresiones particulares. Para empezar creo que ni afuera está todo bien ni en Argentina todo mal. Contamos con periodistas valiosos, bien formados y que quieren hacer las cosas muy bien. Del mismo modo, he leído innumerables trabajos periodísticos extranjeros que comunican temáticas medulares con argumentos insostenibles. Aunque también debo ser sincera: hay colegas de otros países que desarrollan un nivel de excelencia mayor y cuentan con medios que nosotros ni siquiera podríamos imaginar. Con los recursos que tenemos, lo nuestro es bastante aceptable.

-Hasta ahora, la referencia giró en torno a los periodistas y los científicos. ¿Qué hay de los lectores? ¿Quién consume noticias de ciencia?
-Las secciones de ciencia son tan lindas y tan variadas que constituyen un espacio distinto al que se observa en otras partes del diario. En mi mente, siempre que escribo, hago el ejercicio de construir un público virtual.

“Todo el tiempo leo artículos y retractaciones por falseo de cifras y trabajos mal hechos. Ello ocurre especialmente con los proyectos financiados por las industrias”

 -¿Y cómo es ese público imaginario? 
-Está constituido por personas que, al menos, cursaron el colegio secundario. Siempre trato de explicar todos los términos técnicos y los procesos de la mejor manera posible, de utilizar metáforas y todas las herramientas disponibles que tiene la lengua para componer un relato entretenido y atractivo. No obstante, hay cuestiones que no las explico.

 

-Entiendo, porque la línea que separa la divulgación y la subestimación del público lector es muy delgada.
-Exacto. No hay que subestimar al público, no se puede tratar a los lectores como si constituyeran un enorme jardín de infantes. Cuando se banaliza el discurso comienzan los problemas. Por eso, trato de no llegar a ese nivel.

-Por último, ¿qué hace cuándo no piensa en ciencia ni en científicos ni en escribir al respecto?
-Tengo una familia muy grande, con un nieto en Argentina y una nieta en Francia, así que cuando puedo los disfruto. La familia es fundamental. Leo muchas biografías porque me producen un placer inmenso. También debo admitir que me capturó Twitter, es que llega tanta información interesante que trato de no perderme nada. Pero como comenté, ser periodista no es un trabajo sino una diversión.

 

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