Julio Velasco: “Los argentinos rendimos más cuando bajamos la cabeza, cuando vamos de punto y no de banca”

Texto: Tomás Gorrini / Fotos: Francisco Bertotti

 

En el Libro de la Selva, escrito por Rudyard Kipling, Baloo (el oso protector) le cuenta en voz muy baja a Mowgli (el niño huérfano criado por una manada de lobos) que los elefantes son los animales más sabios y experimentados de la selva, y que cada vez que se ponen en marcha, el resto de los animales queda en silencio y solo atinan a observar. Con Julio Velasco pasa lo mismo. Cada vez que habla o aparece en algún programa de televisión, solo resta escuchar; y aprender. Multi-campeón en la mayoría de los equipos y países que dirigió, el entrenador platense supo dejar una huella imposible de olvidar, no sólo en sus jugadores, sino en el deporte en general. Estudió filosofía en la Universidad de La Plata, fue presidente del Centro de Estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires y trabajó, también, como limpia vidrios. A partir de allí se construye una verdadera historia de vida que ahora lo encuentra en una posición de privilegio: además de ser el actual director técnico de la selección argentina de vóley, su nombre es sinónimo de sabiduría. Como los elefantes.

-La mayoría de las notas que te hacen ya no hablan de vóley, sino que refieren a temas más filosóficos del deporte, y generalmente te ubican en una posición casi de oráculo griego. ¿Cómo te llevas con eso? 

-Lamentablemente se habla poco de vóley porque todavía no es muy popular. Me encantaría que se hable un poco más, así el deporte crece y se populariza. Ese rol que me adjudicaron ya viene de Italia. Yo lo llamo “El mecanismo”: te otorgan una determinada posición y después no hay manera de volver atrás. La mía por suerte es bastante buena pero me la creo hasta un cierto punto. Hay un montón de jugadores y entrenadores que tienen mucho para decir. Lo que pasas es que quizás yo lo articulo mejor porque estoy más acostumbrado a hablar y demás. Lo realmente importante es el concepto y no todo lo que lo rodea. Después, obviamente, la vanidad y el ego de uno están siempre bien si se reciben elogios, pero yo les digo siempre a mis jugadores que no hay que creérselas mucho. Son mecanismos que aparecen siempre en función de los resultados. Por eso no hay que creerse invencible cuando se gana y no hay que deprimirse cuando se pierde.

-Por eso el resultado no es lo más importante de un proceso.
-Yo en realidad no me quiero inscribir en el grupo de entrenadores que dicen que no es importante el resultado, sino cómo se juega. Son posiciones que no tienen mucha lógica y ponen en una situación incómoda a cualquiera que lo que hace es tratar de ganar con su equipo para sobrevivir. Es un error ideologizar el deporte. Habría que estar justificándose constantemente si lo que hago es hacer las cosas para ganar o para gustar. En el fútbol eso sí es posible por las reglas del juego: uno puede jugar mal y ganar un partido, hasta incluso salir campeón. En el vóley y en el básquet no podes jugar sólo en defensa; seguramente vayas a perder. Tiene más que ver con el reglamento que con otra cosa. Los deportes son como los juegos; uno no juega a la escondida para que lo terminen encontrando.

-¿Cómo hacer, entonces, para no confundir con el exitismo?
-Es que la sociedad es la que se ha “deportivizado”. En el deporte, que es un juego, y por lo tanto competitivo, hay que ganar; se trata de eso. Ahora trasformar a toda la sociedad en un deporte es un error tremendo. No se trata siempre de ganar en la vida. Al contrario, uno está para hacer lo que le gusta, pasarla lo mejor posible, tener afectos, y no hacer lo que te dé más plata o te hace más famoso por el simple hecho de serlo. Cuando me toca hablar con jóvenes, les digo que elijan lo que les hace bien. Pero que lo hagan de la mejor manera. Muchas veces los jóvenes piden nada más; exigen el derecho a, y se olvidan de la responsabilidad.

“Tratamos de crear verdades casi siempre fundadas en visiones personales, y cuando llegan los momentos decisivos nos damos cuenta de que no era así como pensábamos y al fin y al cabo no somos tan buenos, o no la teníamos tan clara como pensábamos”

-Esto desmitifica una frase tan instalada en la sociedad: querer es poder.
-Claro. Si esto fuera así, yo no hubiera sido jugador de vóley y hubiese jugado de 10 en Estudiantes de La Plata. Aparte, lo que uno quiere –y sobre todo siendo chico- está muy vinculado con lo que uno realmente puede. Es raro que una persona quiera algo que no sepa hacerlo. Es más, cuando lo quiere demasiado y no es apto, se genera una frustración muy grande. Por eso, hay que tratar de encontrar la manera de inducir al chico, de decirle y guiarlo a que quiera algo que finalmente pueda realizar. Debe haber sido una frase que nació de algún manager de alguna multi-nacional, que instaló ese mensaje para que la gente acceda como sea a sus productos.

-¿Cuál sería el rol de los padres y entrenadores?
-Sin dudas que tienen mucha responsabilidad e influencia. En Europa, a los jóvenes mantenidos por sus padres, que no hacen nada, se los llama “Nini”: ni estudio ni trabajo. Los padres no quieren que sus hijos sufran, entonces les dan todo y no se dan cuenta que están generando un gran problema. Les dan las respuestas al problema y no las herramientas para que operen ellos mismos. Por eso, después, cuando se encuentran con alguna situación adversa, se angustian, se deprimen; no tienen la capacidad de imponerse. Los psicólogos, en cambio, dirían: no están sus padres para resolverlo. Es muy común que cuando al hijo le va mal en el colegio vaya la madre a hablar con la profesora para ver qué es lo que está pasando. Lo mismo en un equipo, cuando su hijo no juega de titular o juega poco. Siempre la culpa la tiene el otro.

-¿En un equipo también?
-Seguro, pero eso depende de la habilidad del entrenador. Una de las cosas decisivas en un equipo de trabajo, más allá de tener un modo de jugar, son los roles. Cada uno tiene que aceptar el rol que se le dio, así ya todos saben qué tienen que hacer y se sienten, desde su posición, importantes en el sistema. Esto es, muchas veces, lo que los hinchas no entienden: una selección no es convocar sólo a los mejores. Es ver la manera de conjugar los roles con los diferentes egos para llegar a un mismo objetivo. Que los suplentes se sientan cómodos, que los titulares incorporen la idea, que sepa cada uno sus limitaciones y que si hay uno que realmente es el mejor –como pasa con Messi- lo rodeen; lo ayuden para que pueda explotar. Eso es un equipo.

-Cuando Guardiola se estaba preparando para dirigir el Barcelona, le comentaste que a los jugadores de un equipo no se los trata a todos de la misma forma, sino que cada uno es un mundo diferente. ¿Por qué?
-Muchas veces se comete el error de ir a motivar a alguien con la propia motivación. Y uno no entiende que la motivación de uno, quizás, es totalmente opuesta a la mía y mucho más a la de su compañero. Hay algunos jugadores que les basta jugar por la gloria; hay otros que juegan por la plata, y está perfecto. Es entendible, es su profesión y se esfuerzan exactamente igual al que lo hace por la gloria. Por eso no podes transmitir el mismo discurso. En un equipo hay realidades muy dispares, desde lo económico y social, hasta lo psicológico.

-¿Cómo se trata a un talentoso?
-Talentoso es al que le vienen las cosas fáciles y además tiene la capacidad de aprender. Maradona, por ejemplo, no jugaba de la misma manera en Boca o en la Selección como lo hacía en Villa Fiorito. Aprendió. En el fútbol verdadero no puede gambetear todo el tiempo. Aprendió cuándo hacerlo, cuándo no, cuándo soltarla, cuándo ser protagonista, cuándo ser secundario. Si no: ¿cuántos goles hizo como el segundo a los ingleses? Ninguno más, porque él supo que ahí sí tenía que gambetearse a todos; que era el lugar y el momento necesario. A los talentosos hay que reconocerles sus capacidades, pero si quieren ser excelentes –como Diego, Messi, Federer- tienen que seguir aprendiendo. No se tienen que quedar en lo que ya les sale bien.

-¿En qué contribuyo la carrera de Filosofía para tu formación en el deporte?
-Yo creo mucho en la reflexión; pensar en los problemas, y sobre todo, en conjunto. En Argentina es muy común escuchar “dame bola a mí, yo tengo la justa”. Yo eso no lo comparto. A mí me gusta escuchar otras ideas, muy diferentes a las mías o no tanto, pero que me hagan pensar, que me generen duda. A mi staff yo siempre le digo que no me sirve que siempre me den la razón. Necesito que me den su punto de vista.

-¿Y el instinto?
-Lógico, hay veces que si la siento yo solo la hago igual. Pero lo importante es el proceso de cómo llegar hasta esa decisión, sea por instinto o no.

-Los argentinos solemos pensar que sólo nosotros tenemos la justa y no necesitamos de nadie más. ¿Notás lo mismo?
-No sólo acá, en Italia pasa igual. Tiene mucho que ver con la inseguridad personal. Necesitamos verdades absolutas para no sentirnos inseguros. En lugar de sentirnos más seguros compartiendo, tratamos de crear verdades casi siempre fundadas en visiones personales, y cuando llegan los momentos decisivos nos damos cuenta de que no era así como pensábamos y al fin y al cabo no somos tan buenos, o no la teníamos tan clara como pensábamos. Solemos construir una realidad que nos deje tranquilos. La expresión máxima histórica fue la guerra de Malvinas. Lo mismo a la hora de encarar un Mundial, un Juego Olímpico o una carrera política.

-Alguna parte buena debe tener esta característica, este optimismo.
-Sí, el argentino tiene un empuje diferente al del resto. Creemos que todo es posible; una característica de los pueblos jóvenes. Tenemos la inconsciencia, el entusiasmo propio de un joven. Los viejos –y los países viejos- tienen la sabiduría, y creen haberlas vivido todas. Por eso, en gran parte de los planteles campeones de Europa hay siempre un argentino, un brasilero, un uruguayo protagonista. No tienen miedo, no conocen barreras: son como los chicos.

“A los talentosos hay que reconocerles sus capacidades, pero si quieren ser excelentes –como Diego, Messi, Federer- tienen que seguir aprendiendo. No se tienen que quedar en lo que ya les sale bien”

-Y los chicos muchas veces no saben manejar bien la presión, y por eso todas las veces que fuimos como favoritos a una competencia, los resultados jugaron en contra.
-El fútbol es una clara representación de eso: Mundial 58, desastre de Suecia; 82, los campeones del 78 más Maradona, listo, pan comido. Salimos en el primer turno. Estados Unidos 94, el equipo ideal: toque, velocidad, gol. Poco de eso, chau, afuera con los rumanos. Y por último, el equipo de Bielsa en Corea-Japón 2002: 25 partidos ganados consecutivos. Brasil se clasificó por la ventana en el último partido. ¿Cómo terminó? Argentina afuera en primera ronda y Brasil campeón del mundo. Y seguimos sin aprender: apenas tenemos algo ya nos llevamos el mundo por delante. Nosotros rendimos más cuando bajamos la cabeza; cuando vamos más de punto y no de banca. La arrogancia es por la inseguridad. No hay que sentirse el mejor para estar bien.

-¿Y qué hay que hacer para estar bien?
-Hacer justamente las cosas bien, más allá del resultado final. En Argentina el tema de la calidad no es un tema. O mejor dicho, es un tema menor. Pasa desde cómo escribe un periodista, cómo se construye un edificio o cómo se entrena a un equipo de handball. La calidad hoy en día está afuera y no asombra ver que los grandes edificios o los equipos inolvidables toman como referencia al exterior; a Europa, Estados Unidos, etcétera. El básquet, por ejemplo, toma de referencia, no te digo a la NBA porque es imposible, pero sí a España, Italia, Turquía. Luis Scola es un jugador de primer nivel, que trata de inculcar los conocimientos que recibió estando afuera, acá. Chapa Retegui lo mismo, y la lista puede seguir. El tema es que en otros aspectos no pasa. Por eso, considero que el deporte puede ser un buen modelo a imitar. Tenemos que hacer la nuestra, lo que es posible realizar acá, pero algunos criterios de calidad tienen que incorporarse desde el exterior. Todos nos lamentamos un montón de las cosas pero no hacemos nada para cambiarlas. Encontramos la justificación en planos más generales y no personales. Siempre la culpa es de los políticos, de los directivos, de los profesores, pero nunca de uno mismo. Habría que empezar a mirarse un poco más por donde caminamos.

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