Juanjo Fusaro, un cirujano que encontró en el arte el espacio para equivocarse

Por Nicolás de la Barrera

 

En su estudio, ubicado en el último nivel de un edificio de Barrio Norte, el tiempo se detiene para Juanjo Fusaro. El ventanal recuerda que afuera hay toda una ciudad que late acelerada, pero el ruido de la calle llega hasta unos pisos más abajo. Las pinturas se apoyan y cuelgan en las paredes del estudio.

Como tantos otros, Fusaro no viene de la escuela de Bellas Artes. Gran parte de su vida la pasó adentro de un quirófano. Artista en sus tiempos libres, alumno de Adolfo Nigro y ahora de Adriana Gibello, Fusaro es, también, médico cirujano de profesión.
El encuentro entre estas dos disciplinas, la médica y la artística, dice, no le resulta tan raro: “Hay cierta relación, sobre todo los que hacemos cirugía, con la manualidad. Los cirujanos generales y plásticos somos de volcarnos a la pintura, a la cerámica, etcétera. Y leemos lo que podemos porque las etapas de la medicina asistencial, y cuando uno está en plena vigencia, son muy demandantes, entonces no te queda tiempo para dedicarte al hobby, al placer de desenchufarte del estrés que significa vivir en la cirugía. Hice mucha cirugía de urgencia, en la época de la dictadura, donde operaba mucho herido de bala y bomba en el hospital Churruca. Esto era un poco el escape que teníamos a ese estrés que juntábamos durante las horas de estar en el quirófano”, dice Fusaro.

Pero ahora su cabeza vuela y se va hacia “Explorando espacios”, la muestra de 23 obras que desde el 4 de julio puede visitarse en “La caja de cristal”, (Florida 302), la galería de arte del Banco Ciudad. “Esto significa una movilización de todo tipo, desde la logística hasta lo psicológico”, dice taza de café en mano, en su estudio ubicado en el mismo edificio en donde vive.

-¿Qué implica sacar las obras del estudio y llevarlas a que las vean más personas?
-Uno cuando quiere exponerse se expone a eso, a la visión del tercero y a buscar en los amigos, en la familia, la aceptación de lo que hace. Yo no pinto por una faceta comercial, sino que pinto para mí, y pinto como hobby, por mi satisfacción personal. Pintar me hace liberar endorfinas si querés, pero de vez en cuando, una vez al año lo que he hecho lo muestro para que mi familia, mis amigos lo puedan ver y dar su aceptación o no, porque acepto las críticas de todos. Quien hace también quiere mostrar para saber si lo que está haciendo está en el camino correcto.

-¿Siempre pintó como lo hace ahora o fue cambiando?
-Siempre pinté abstracto y fui tal vez cambiando estilos, pero buscando variedad, no encerrándome en una sola línea de lo abstracto. La línea que seguía Adolfo Nigro era la línea constructivista de Joaquín Torres García, la de Gurvich, pero si bien hice algo, nunca la seguí. Yo busco diferenciarme en las obras. En lo personal, en lo que sale de adentro, en lo que la obra va pidiendo. Empiezo la obra sin saber para donde voy, a lo sumo elijo un color de paleta y luego los colores se van sumando y lo va pidiendo la tela. O sea, las obras no tienen nada de parecido unas con otras. Interiormente uno está distinto y bueno, sale algo diferente.

«A mí la minuciosidad, la veo y me encanta, pero no para mi. Yo prefiero la mancha, la cosa más grosera si querés, otra forma de arte»

-¿Que recuerda acerca de las horas compartidas con Nigro?
-Nigro fue un excelente maestro, un excelente pintor, pero más que nada era un amigo. Era una muy buena persona, con una bonhomía excepcional y he sido muy amigo de él y de sus hijos. He operado a su hija Trilce, soy muy amigo de Joaquín, o sea, he conformado con Nigro y su familia una relación, más allá del arte. O sea que sentí mucho la desaparición de Nigro, porque lo viví como un maestro amigo. Con él podíamos juntarnos a tomar un mate, a comer un bizcochito de grasa, a pintar o a hablar de arte. Y el taller de él se caracterizó por tener gente muy heterogénea, pero él simplificaba todo con su bonhomía.

-¿En algún momento quiso copiar a Nigro?
-No, ¿sabés que no? Torres García, Gurvich y Nigro… son los tres constructivistas, muy parecidos. Pero no. Y además, me gusta verlo pero no me gusta hacerlo. No lo siento hacerlo. A mí la minuciosidad, la veo y me encanta, pero no para mi. Yo prefiero la mancha, la cosa más grosera si querés, otra forma de arte.

-¿Qué representa la pintura para usted?
-La pintura es poner la mente en blanco, dejar de pensar en las cosas estresantes del día a día y volcar en la tela tu interior. Tu interior se ve en la tela, sale. No hace falta en mi decir “voy a hacer esta banda amarilla o roja, o hacer ese chorreado”. Sale y sale. Muchas veces el “sale y sale” sale mal y hay que tapar, pero no me afecta. He tapado muchas telas y he vuelto a pintar sobre ellas. Todos tenemos errores, hay que saber aceptarlos y del error, si uno lo sabe aceptar y lo sabe manejar, después salen las cosas mejor.

-La pintura justamente permite lo que no permite una cirugía, que es equivocarse.
-No, en la cirugía no está permitido. Aunque el error es humano, en la profesión nuestra no está permitido el error. En esto sí, no está en juego la vida de nadie. En esto estás disfrutando de una exteriorización de algo interior tuyo que provoca placer. Y si no te gustó cuando lo encaraste, lo tapás y seguís con otra paleta. Esto es disfrute, es placer. Lo otro es un trabajo importante. Yo ya dejé de operar hace unos años, pero tuve una vida quirúrgica muy intensa.

«Todos tenemos errores, hay que saber aceptarlos y del error, si uno lo sabe aceptar y lo sabe manejar, después salen las cosas mejor»

-Decía que ha pintado por etapas, ¿qué marcan esas etapas?
-Son etapas a las que te va llevando la vida, que hace que tengas mayores compromisos laborales, científicos, y entonces hay momentos en los que podés disponer de toda una tarde para ir a un taller y hay momentos en que no disponés ni diez minutos. Entonces en la década del ochenta, noventa, me iba todos los jueves a la tarde al taller de Adolfo. Después se me complicaron las cosas por lo laboral, porque bueno, se debe desarrollar lo científico, estudiar, preparar tesis, congresos, etcétera, que hacen que te saquen el tiempo necesario para esto. Y volví hace cinco años, que aflojé un poco. Sigo trabajando, pero con otras responsabilidades, no menos importante, pero ya nada de entrar a un quirófano.

-¿En los momentos en que estaba en plena actividad en los quirófanos, si no podía pintar enloquecía?
-No (se ríe), hacía mucha terapia. Ahora ya hace unos años, cinco o seis, que no hago más y volví con muchos más bríos a pintar. Estos años han sido muy fructíferos, de tener mucha producción y tener este espacio mío.

-Los escritores a veces tienen el problema de la hoja en blanco, ¿sucede lo mismo con la pintura?
-Sí, es el desafío de la tela en blanco, que está ahí, la ponés y decís “¿cómo largo?”. Por eso, lo único que yo elijo es un color base, un solo color con una paleta que después se irá complementando. Largo con un color y después la tela lo va pidiendo. Es el gran desafío de enfrentarse con el bastidor, pero bueno, gusta. Creo que una de las condiciones que a mí me sirven es la libertad complementada con cierta disciplina. Pero si yo limito la libertad no sale nada -que a mí me guste obviamente-. Si yo pienso que voy a hacer un cuadrado, y le voy a poner rojo en el medio y azul a los costados, y esto… no sé qué puede salir. En cambio pongo la tela ahí, empiezo y vemos.

-¿Y la disciplina en qué consiste?
-Consiste en mantener algunas normas técnicas del manejo del color. Si algo me está enseñando mucho Adriana Gibello es el manejo del color. Prácticamente en las obras no vas a ver un color que salga del pomo, o sea, todos los colores están trabajados, tienen una técnica atrás. O sea, es la libertad con cierta disciplina para decir “no estoy haciendo un cocoliche, estoy tratando de que algo salga bien”.

-¿Tiene referentes o influencias?
-Nigro, “Yuyo” Noé, Adriana Gibello, Alonso… y no nacional, Picasso. O sea, me gustan todos los buenos artistas. A mí el que me encanta últimamente y del que trato de hacer algunas cosas es Gerhard Richter, un alemán, contemporáneo. Trato de hacer algunas cosas, no parecidas, pero sí motivadas por la paleta de Richter, en la técnica de él, que es arrastrar sobre la materia fresca. Entonces se hace un juego de color y de textura muy interesante. Richter para mí es el Picasso del siglo veintiuno, una maravilla de pintor.

«Las obras tienen que circular, vivir, tienen que estar oxigenadas, necesitan que alguien las mire»

-¿Qué apreciación tiene acerca del mercado de arte en Buenos Aires?
-Lo veo muy limitado, el mercado de arte va con la economía del país. O sea que el mercado de arte está en crisis porque está en crisis económica el país. El mercado nuestro está lleno de muy buenos artistas y cada año hay muchos más artistas y gente joven que pinta muy, muy bien y que está metida de cabeza. Pero todo es la oferta y la demanda. Para mí las obras no sirven archivadas, para mí tienen que circular, vivir, tienen que estar oxigenadas, necesitan que alguien las mire. Detesto el pintor que pinta y guarda. Yo prefiero regalar si es necesario, porque cuando un amigo me dice dos o tres veces que esa obra le gusta la descuelgo y se la doy. Prefiero que las obras tengan vida.

-Decía que cuando pinta libera endorfinas. ¿Como se traduce eso?
-Alegría interior, yo pongo música, y estoy en un ambiente donde no tengo otro ruido, estoy aislado y disfruto de las horas que puedo estar acá arriba. Todo momento libre que tenga, fin de semana, o día de semana, estoy acá arriba pintando. Es hobby, es felicidad. Yo lo fui descubriendo, haciendo los primeros palotes con Nigro, y descubriendo y sintiéndole el gusto con cada técnica. Nigro nos enseñó a pintar con óleo, con acrílico, con tinta, con acuarelas, con todo, o sea que fui aprendiendo a través de él en su taller las distintas técnicas para poder desarrollarme. Cada persona debe tener un desarrollo en algo que le guste, en la música, en la pintura, en la escultura, en lo que fuera, pero algo que complemente su vida, que no necesite retribución económica de ello, pero que le de placer interior.

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