Josefina Licitra: “No hay nada más hermoso que dar con un libro que te encanta”

Texto: Mariana Viturro / Fotos: Natalia Marcantoni

 

 

Mirar, tocar, contar, oír; la pluma de Josefina Licitra está atravesada por los sentidos. Su prosa se construye a partir de una materia maleable que en sus manos se convierte en otra cosa. Así son las crónicas de esta platense que ganó el premio de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) en 2004 por la historia de una joven de 15 años que lideraba una banda de secuestradores, y que recientemente publicó “38 estrellas”, sobre la fuga de un grupo de mujeres tupamaras de una cárcel uruguaya.

Dueña de un estilo propio (“que se ha ido depurando con los años”, confiesa) y referente de la crónica periodística en la Argentina, Licitra cree que no hay demasiado espacio para el género hoy en los medios, pero que aun así, “hay que buscarlo porque está”.

De eso puede dar fe. Josefina puso su firma en varios diarios nacionales (Clarín, La Nación, Perfil, Crítica) y en revistas argentinas e internacionales, además de formar parte de antologías varias y de publicar los libros de no ficción “Los Otros”; “Una historia del conurbano bonaerense” (Editorial Debate); “Los Imprudentes”; “Historias de la adolescencia gay lésbica en Argentina” (Editorial Tusquets, colección Andanzas) y “El agua mala” (Editorial Aguilar). Y ahora se mete con la épica política con perfume de mujer.

 -Tu último libro («38 estrellas») relata un acontecimiento político de tono mítico para la militancia uruguaya pero poco difundido por la historia oficial. ¿Cómo llegaste a él?
-La idea del libro surgió en 2011 durante una entrevista que tuve con Lucía Topolansky, la compañera de Pepe Mujica, que en la actualidad es vicepresidenta de Uruguay. En ese momento era primera senadora. La entrevista con Lucía fue por un perfil que yo estaba escribiendo sobre Pepe, y muy al pasar deslizó lo de la fuga. Luego siguió hablando de otra cosa pero a mí me quedó esa idea dando vueltas. Me pareció interesante que hubiera formado parte de una fuga carcelaria. En primer lugar por razones del tipo policial y que justamente fuera protagonizado por mujeres terminó de resultarme fascinante. Además, claro, sólo por el hecho de que una primera dama hubiera sido parte de ella. Luego comencé a investigar y noté que no había demasiada información sobre el hecho y lo que más me empezó entonces a interesar fue entender no sólo la fuga sino por qué no había información sobre ese acontecimiento.

-El texto contiene tanto la rigurosidad de los datos duros, como el retrato de un grupo de mujeres revolucionarias y el marcado espíritu de una época muy convulsionada. ¿Cómo equilibraste las diferentes líneas que fueron apareciendo en la investigación?
-Es un libro que tiene esas líneas que marcás, el dato duro por un lado y lo que se llama “información blanda”, más ambiental, más descriptiva y narrativa por otro. Creo que dentro de lo que es el periodismo narrativo estas dos patas son fundamentales; hay como cierta tendencia a dejar un poco más apartado el dato en algunas crónicas y yo tengo muchísima necesidad y respeto por el dato. Es un libro que además de intentar un trazo literario tiene mucha información porque para poder entender el peso real y simbólico que tuvo esta fuga, hacía falta entender muchísimas otras cosas que tenían que ver con un contexto en términos políticos y en lo que hace a la historia de un país y también en términos de género.

-El libro parte de una investigación de muchísimos años que se edita justamente en medio de un cambio de paradigma respecto al rol de la mujer. ¿Cómo se resignificó a partir de este nuevo contexto?
-Empecé la investigación en un momento en el que no era tan central el tema de las luchas reinvindicatorias feministas. Si bien desde hace ya varios años hay una demanda por lo menos de una parte de la sociedad por mayor igualdad de género, no estaban todavía los movimientos del “Ni una menos” ni en favor de una ley de aborto legal seguro y gratuito, no estaba la llamada “marea verde”. Y el libro, finalmente terminó saliendo años después en un contexto en el que ese tema está muy vigente. Por lo tanto, de un modo involuntario pero muy bienvenido, tomó otra actualidad, por lo menos en lo que hace a cuestiones de género.

«A mí me gusta cierta idea de que alguien lea un libro o una crónica mía y diga ‘yo lo puedo hacer’, es simple, es fácil’. Me gusta eso. Apunto a escribir textos cada vez más eficaces, que cada vez pueda decir más cosas con menos cosas. En términos más transcendentales, quiero reducir la escritura hasta lo mínimo que se pueda»

-¿Qué diferencias hay entre escribir un libro como este, netamente coral, que el del perfil de un solo personaje?
-Cuando el perfil gira en torno a una única figura es más fácil organizar el material. En el relato coral no todos los personajes entrevistados tienen el mismo lugar, hay algunos que asumen un rol un poco más central, otros más secundario, otros están más en una tercera línea. Organizar toda esa información para mí fue, casi te diría, el mayor desafío del libro.

-¿Y en cuanto al trabajo de campo?
-Fue cansador porque fueron muchas entrevistas, muchos viajes a Uruguay y eso tuvo su cuota de entrega de mi parte y también de parte de las protagonistas. Pero insisto: lo que más me costó fue ver cómo organizar todas esas vidas y como elegir cuál iba primero, cuál era más central, cuál no tanto y cómo entrelazarlas, para que a la vez me permitieran ir llevando adelante el relato central que es el de la fuga. La escritura esta vez fue el punto de mayor desgaste que tuvo el libro, mucho más que el de la investigación.

Su forma de escribir y de contar – considera – se ha ido modificando con el correr de los años en una búsqueda deliberada de depuración. “A mí me gusta cierta idea de que alguien lea un libro o una crónica mía y diga ‘yo lo puedo hacer’, es simple, es fácil’. Me gusta eso. Apunto a escribir textos cada vez más eficaces, que cada vez pueda decir más cosas con menos cosas. En términos más transcendentales, quiero reducir la escritura hasta lo mínimo que se pueda”, explica.

-¿Cómo trasladaste eso a la práctica?
-Fui prescindiendo de artificios: ahora mi escritura tiene menos adjetivos, menos metáforas y menos figuras retóricas. Para mí es un objetivo primordial el de la depuración.

-En una de tus crónicas más conocidas, «Pollita en fuga», citás textual la manera de expresarse de la protagonista. ¿Cuál fue la idea de abordarlo de esta manera y por qué tomaste la decisión de plasmarlo así?
-Es un tema complejo el de los modos del habla, creo que los modos con los que habla la gente tienen información en muchos casos. En el caso de “Silvina” – la protagonista de “Pollita en fuga”- su forma de hablar era muy particular y remitía a su idiosincrasia, o daba cuenta de su edad, de su origen socioeconómico y sociocultural. Si yo depuraba ese lenguaje y lo neutralizaba desaparecía el color y la textura de su forma de contar. Desaparecía ella. Y tuve que ver de qué manera introducir en el texto su manera de decir sin que esa construcción fuera estigmatizante. Creo que finalmente es un texto que tiene una resolución imperfecta, pero no encontré una solución menos imperfecta que esa. Lo único que hice como recurso fue señalar dentro del texto en qué medida la manera de hablar de Silvina llamaba mi atención. Hay un fragmento en el que digo que habla como un “tumbero en Andalucía”: lo de tumbero era porque en el momento en que se editó la crónica estaba en su pico máximo de popularidad la miniserie “Tumberos” . Y lo de Andalucía era por acentuar siempre los verbos en infinitivo en la boca al final retirando la consonante: “comé”, en lugar de “comer”. Una vez que entendí que su habla me interpelaba, me autohabilité para reproducirla en la manera que pudiera. Probé normalizarlo y quedó mal. Creo que no hay que neutralizar siempre el habla, si no es como llevar todo a un lenguaje digno de noticiero de Miami. Quizás ahora antes de quitar las eses en el caso de un personaje marginal se las dejo pero trato de ver de qué manera articula gramaticalmente las oraciones, porque a veces alguien que se come las eses no habla con sujeto-verbo-predicado, tiene un modo particular de ordenar su lenguaje y me centro más en ese orden para no tener que quitar letras de una palabra que me parece que es un poco extraño y puede malinterprestarse el sentido.

«Hay como cierta tendencia a dejar un poco más apartado el dato en algunas crónicas y yo tengo muchísima necesidad y respeto por el dato»

-¿Qué pasa en vos cuando sos la entrevistada? ¿Cómo te sienta ese rol?
-No me molesta el lugar de entrevistada, salvo cuando son entrevistas seriales como lo que me pasó en Montevideo. Cuando se editó allí el libro me pactaron veinte entrevistas en dos días. Volví y me enfermé, me quedé sin voz. Había estado 48 horas hablando sin parar y encima diciendo lo mismo. Pero en general me gusta. Lo que no suelo hacer es leerme, porque yo escribo y también edito entonces cuando leo encuentro un montón de errores, cosas que no dije o fueron sacadas de contexto. Entonces, salvo casos puntuales, rara vez las leo y no siempre las difundo. Es mi parte enferma.

-¿A quiénes deberían leer aquellos y aquellas que quieran escribir bien?
-Soy pésima armando listas, me arrepiento mucho, me siento injusta, así que hace bastante que no doy más nombres. Pero sí tengo una posición tomada respecto a la lectura: creo que hay que leer todo lo que se pueda pero también hay que dejar sin pudor los libros que a uno no le cierran. Yo hago mucho eso, soy una gran abandonadora de libros. Mi consejo es: si no te gusta, dejalo y pasá a otro y así hasta encontrar el libro que te dé placer, que te haga bien leer y que te invite a escribir. No hay nada más hermoso que dar con un libro que te encanta y que una vez que terminás de leerlo pensás, ¡qué ganas de ponerme a escribir yo! Creo que cada uno encuentra esa urgencia de escritura en un libro distinto, entonces lo mejor, más que armar listas, es sugerir que busquen sin parar esos libros que los invitan a escribir.

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