Javier Arroyuelo: “Hay que salir de la moda para que nos permita hablar de otras cosas”

Texto: Lorena Pérez / Fotos: Xavier Martín

Un gran observador, curioso, inconformista, culto. Esa es la primera impresión que ofrece Javier Arroyuelo, también la que se mantiene en el tiempo. Es un escritor argentino que comenzó a publicar sus textos en las revistas que fundó como estudiante del Nacional Buenos Aires, en los 60’. Desde entonces, se mezcló con las artes visuales, el teatro y el rock. Co-fundó Mandioca, junto a Jorge Álvarez, Pedro Pujó y Rafael López Sánchez, el primer sello discográfico independiente de rock argentino. Pero en el 69’ se fue a París, y luego a New York hasta 2011, cuando volvió a Buenos Aires.

Aquí se lo puede escuchar en las clases de moda que dicta y leer en los artículos que escribe para La Nación Revista y la edición local de Marie Claire, donde es posible acceder a la moda como un medio estimulante, colmado de significados, y correrse del tema banal y secundario al que suele estar vinculada. “Tenemos que salir de la moda o extenderla y que nos sirva para hablar de otras cosas”, se escucha en audio a Javier Arroyuelo mientras pacta el encuentro para ésta entrevista. “Hay un bar al que nunca volví en 50 años, al que iba en la época del colegio y del Di Tella, ya que no podía entrar al bar moderno porque era menor de edad: es el Saint Moritz, tiene un estilo brutal. Es el Buenos Aires de antes, amo”, se escucha del otro lado del celular.

-Armaste un movimiento fundacional y te fuiste. ¿Por qué?
-La situación era sofocante. Con el onganiato que había comenzado en el 66’, era muy agotador y te dabas cuenta que no iba a cambiar, que esta gente se había instalado en una cosa que iba en muy mala dirección. Siempre olí lo que iba a suceder y a esa edad no tenés ganas de que te ahoguen, por más que tuvieras convicciones. Lo que había de la gente de nuestra generación no era muy interesante, no eran unos proyectos muy realistas. La prueba es que fueron un fracaso muy doloroso. Nosotros éramos creativos y teníamos unas ganas tremenda de vivir y el país parecía insoluble. Era una vieja historia que te agotaba a esa edad. ¡Y nos seguían cortando el pelo!

-Eras un adolescente con todo por hacer.
-Hicimos Mandioca y habíamos tenido una repercusión, pero quedarse a remar por eso… Yo había escrito un texto teatral en un inglés estructurado como español, una historia concebida como una ceremonia en torno a una figura mítica, que era María Félix, la estrella mexicana pero convertida en su propio personaje devoradora de hombres. La mise en scene la hizo Alfredo Arias y el protagonista fue Facundo Bó vestido por Juan Stoppani, con unos coturnos altísimos. Estrenamos en el Museo de Arte Moderno de París. Hicimos dos obras de teatro más pero yo quería trabajar en video, ni siquiera en cine, sino en video que era un formato muy nuevo, pero ya había artistas que lo trabajaban. Me interesaba la televisión, porque no tenía prejuicios culturales de high and low, bueno, si, creía en lo high y en el low, nunca creí en el middle. Lo que está en el medio me parece detestable.

-¿Qué pasa en el medio?
-Con Karl (Lagerfeld) siempre hablábamos de las categorías high and low. O sos una cosa u otra porque sino es el conformismo total. Esa Argentina de los 60’ que no reaccionaba me parecía de un conformismo espantoso. Era muy difícil ser diferente, ser joven ya era dificil, joven de pelo largo, joven hippie y además gay, ya era algo… Ademas yo siempre lo fui, igual que ahora, desde que tengo 12 o 13 años. De todos modos, no sé cómo, mantuve una distancia que hizo que nunca me dijeran cosas. Nunca he sido acosado, muchas veces se dio la ocasión, por mis actitudes, que me dieran un trompazo, pero siempre por el inconformismo total y hasta el dia de hoy sigo así.

-¿Cómo era el clima en el Nacional Buenos Aires?
-El colegio era como el país, o sea había una mayoría de conformistas totales. Hace poco se cumplieron los 50 años y me invitaron a ir al colegio y recibir una medalla… Para mi el colegio fue importante y a la vez yo fui una de las personas que salió del colegio y le dio entidad también, pero la media era como la media del país. Lo que pasa es que había grandes diferencias y naturalmente ibas hacia quienes eran diferentes. Había personas muy interesantes de las que sigo siendo amigos, como Rafael, que estaba en la misma división que Mario Firmenich, ese grupo que después fundó Montoneros eran del colegio. Yo tuve un Abal Medina de celador. Para nosotros eran los fachos.

-¿En el Nacional Buenos Aires nace Mandioca?
-Eso en verdad fue un camino más largo. Había un profesor, Juan Carlos Pelegrini, que era maravilloso, muy creativo. Lo tuvimos en 3 año, en el 65’. Armó grupos y nos dio como ejercicio hacer una revista. Yo ya escribía y dije “a mi juego me llamaron”. Hice la revista ‘El ojo privado’ y me di el gusto de entrevistar a la gente que yo admiraba, que me importaba. Entonces entrevisté a Jorge Álvarez, editor. Al año siguiente, con el hermano de un compañero, Pedro Pujó, armamos la revista ‘Esta generación’. Rita Segato estaba con nosotros, ella hacía poemas. Caminábamos por las calles de Buenos Aires, hablando, haciendo el mundo. Después apareció Rafael López Sánchez, que se había quedado libre. Ahí se creó una gran amistad con él, una gran relación, muy fuerte, emocionalmente, afectivamente e intelectualmente. Hicimos varias cosas diferentes. Fuimos hippies, en el año 67’ todos éramos hippies, nos juntábamos en Plaza San Martín donde organizaban Pipo Lernoud y Mario Ravei que era otro amigo del colegio. Estuvimos metidos en todo, tras lo cual después de eso vino Mandioca.

«Esa historia de naufragar con los hippies no era chiste, ir yirando por bares. Yo era menor de edad y al Bar Moderno no me dejaban entrar entonces me venía al Saint Moritz. La noche se hacía en la calle Corrientes y cuando me metían preso de día, mi madre me tenía que ir a buscar a la (comisaría) 15, en la calle Esmeralda, de regreso veíamos vidrieras. Cuando me ponían preso en la 5, Lavalle y Riobamba, salíamos para Corrientes y mirábamos las librerías»

-¿Cómo es tu postal de la Buenos Aires de esa época?
-Éramos muy jóvenes y teníamos ‘yeca’ y cultura, la preocupación artística de conocimiento y por otra parte tener calle. Esa historia de naufragar con los hippies no era chiste, ir yirando por bares. Yo era menor de edad y al Bar Moderno no me dejaban entrar entonces me venía al Saint Moritz. La noche se hacía en la calle Corrientes y cuando me metían preso de día, mi madre me tenía que ir a buscar a la 15, en la calle Esmeralda, de regreso veíamos vidrieras. Cuando me ponían preso en la 5, Lavalle y Riobamba, salíamos para Corrientes y mirábamos las librerías.

-¿Hiciste escala en el Di Tella?
-Todo el mundo hizo algo en el Di Tella. En ese momento yo ya andaba por acá, salía del colegio y me venía por Florida, miraba los kioscos que tenían todas las revistas. Quería hacer gran cantidad de cosas y las hacía, porque en ese momento con las artes plásticas y las artes visuales uno podía meterse con esas ideas, eran obras totalmente conceptuales. Hice un programa de radio con Roberto Jacoby en Radio Municipal. Era un programa de rock and roll, naturalmente. Ese año, el 68’ hice una muestra en la galería Lirolay. Pedro había entrado a trabajar en la librería y conoció a Jorge Álvarez. Rafael se había ido a Brasil y cuando volvió nos juntamos. Jorge y Pedro habían estado en New York, en el Village, así salió la idea de hacer eso aquí.

-¿Cuál era el plan?
-La idea era tomar San Telmo, con gente que Jorge conociera e invirtiera y provocar la existencia de un lugar underground, un lugar donde todas las diferencias y las diversidades se juntaran. Ese era el proyecto, que no era para nada Mandioca, sino hacer teatro con nuestras propias obras, poner los músicos que íbamos conociendo.

-¿El barrio tenía algo interesante?
-No había nada, estaba en decadencia total. El cine Cecil que se venía abajo y todos los lugares los podías tener por un bocado. Copar el sitio y promover el espacio de libertad, de creación y juventud en una ciudad que era gris, que se podía volver opresiva cuando no la idealizabas con un ángulo romántico.

-¿Cómo nace la idea de meterse con el rock?
-No había nada de rock and roll, salvo Los Gatos. Jorge Álvarez, cuando lo contaba, lo simplificaba un poco porque en su cabeza estaba simplificado. La idea era ser dueño de uno mismo y llevarlo adelante. Entonces eso era lo importante. Así nace Mandioca.

-Y grabaron a Manal.
-Claudio Gabis estaba en el colegio. Nos reuníamos en El Querandí, en Bolívar y Moreno. Hablábamos de rock, él sabía que lo reconocíamos como un gran fenómeno cultural y además nos concernía personalmente como jóvenes. A Miguel Abuelo los conocimos de naufragar. Escuchar a Manal era novedoso, Miguel era una cosa impresionante, un actor de la canción, alguien muy particular y Manal era verdaderamente una explosión, era imposible no estar fascinado con lo que hacían. Estábamos en lo mismo, ellos también estaban inventado, todos los días teníamos que inventar algo nuevo.

-Volvamos a París, allá comenzaste tu carrera en la moda.
-A París llegué con un rompeviento de nylon que tenía un estampado de flores chiquitas de todos colores y un pantalón ladrillo con rayas celestes. Facundo Bó me dijo “¿rayas con flores?”. Y le dije: “Facundo, estamos en París”. Salí y lo primero que vi en las vidrieras fue que André Courrèges había hecho rayas con flores. Lo mío tenía un lado más hippie, durante ese tiempo yo era más streetwear, no la prolijidad de toda esa gente del Di Tella. Si hay algo que nunca fuimos, fue ser chetos.

-¿Cómo era París cuando llegaste? Porque también ahí el clima era de efervescencia.
-Llegamos en abril, cuando faltaban 15 días para que se cumpliera un año de mayo del 68’. Por un lado era excitante, estar entre tanta cultura y no saber qué ir a mirar, los museos aunque a mi no me gustó Paris, amo la cultura francesa, la lengua francesa, pero la ciudad…

-¿Qué te enamoró entonces?
-El siglo XVIII aprendí a conocerlo mucho, iba entrando en esa gloria que fue el siglo XVII y me iba enamorando y de lo que quedaba de Luis XIII y Luis XIV, pero la uniformidad y el conformismo me angustiaba. Paloma Picasso, de la que fui muy amigo y es la pareja de Rafael, decía siempre que en París basta que te pongas un sombrero para que todo el mundo te mire y es real.

-¿Peor que acá? En Buenos Aires existe la mirada prejuiciosa.
-En París es una mirada superior. No te dan la libertad, te dicen el gusto es este, pero si el gusto es el tuyo y no es el aceptado entonces no funciona y estás excluido de las categorías del gusto a las que se pertenece. En cambio aquí es muy de pequeño burgués. No era lo que yo esperaba. Eso estaba en Londres. A los 10 días de estar le dije a Copi que todo lo que veía era Callao y Quintana absolutamente, una copia. Y él me dijo “sos tan argentino”.

-¡La costumbre argentina de traducir a lo conocido!
-París no fue revolucionaria. Desde que empecé a circular en la moda noté que Halston en New York era muchísimo más moderno que Yves Saint Laurent. Sin embargo, New York, que estaba totalmente venida abajo, era extraordinaria. Roma y New York eran mis amores. New York de los 70’ era una ciudad verdaderamente internacional, la diferencia con Paris que era cosmopolita.

«Escuchar a Manal era novedoso, Miguel era una cosa impresionante, un actor de la canción, alguien muy particular y Manal era verdaderamente una explosión, era imposible no estar fascinado con lo que hacían. Estábamos en lo mismo, ellos también estaban inventado, todos los días teníamos que inventar algo nuevo»

-¿Cómo se formó tu grupo de moda?
-Hicimos L’Historie du Théâtre, nuestro primer texto con Rafael López Sánchez, con vestuario de Juan Stoppani en un pequeño teatro del barrio de la Contrescarpe, en la Rive Gauche. Venía gente artista, un público informado y curioso y entre ellos el grupo en torno a Yves Saint Laurent y Pierre Bergé. La más curiosa de ellos, la más vivaz, era Clara Saint, la attachée de presse de Saint Laurent Rive Gauche, de madre chilena, con ella iniciamos una amistad y así fueron apareciendo personas conectadas directa o indirectamente con el mundo de la moda, personajes de estilo, con intereses fuera de la moda también, como Paloma Picasso, Loulou de la Falaise y Karl Lagerfeld.

-Comenzaste en Vogue recomendado por Lagerfeld.
-Todos los años, Vogue París invitaba una figura del arte o del espectáculo internacional para que dirigiera el número de diciembre. En el de 1973 invitaron a Marlene Dietrich. Karl había hecho el contacto y sabiendo que ella era nuestro ídolo mayor en el cine nos propuso con Francine Crescent, la directora de la revista a quien le pareció ideal un punto de vista joven, desde el arte. Y a Marlene Dietrich también. Hicimos un retrato ‘Marlene Cyclique’, que fue aceptado y salió en doble página, hacia el final de la revista, con una foto de Marlene saludando en despedida.

-¿Así empezaste a escribir sobre moda como objeto cultural?
-El texto gustó y comenzamos a escribir notas de actualidad y a frecuentar el medio de la moda. Continuamos juntos publicando en Vogue y luego, ya solo, estuve en Vogue París, en Interview Magazine, la revista de Andy Warhol, y también en Vanity Fair. En 1988 Franca Sozzani fue llamada a dirigir Vogue Italia y yo estuve allí desde el primer número. Estuve 28 años en la revista que iba lo más lejos que podía ir una Vogue.

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