Ivonne Bordelois: “La palabra está herida”

Texto: Eduardo D. Benítez / Fotos: Nati Marcantoni

 

La vida de Ivonne Bordelois tiene los matices de una intensa novela de peregrinación. Un relato intrigante hecho de retazos de experiencias que se despliegan a lo largo de los cuatro países donde vivió: Argentina, Francia, Estados Unidos, Holanda. Una vida hecha de traspasos, de cruces fronterizos, de cambios escenográficos. Como para reafirmar que para una persona que dedicó su vida entera al “empeño de la palabra”, a la lingüística y la poesía; la única patria (e incluso así también provisoria) es el lenguaje. El resto sólo parecen ser territorios recortados en uno u otro rincón del planeta. El periplo de Bordelois, entonces, fue siempre estimulante pero también tumultuoso. Después de estudiar Letras en la UBA viajó a Francia donde conoció a una de las personas que más influenciaron su vida y su poesía: Alejandra Pizarnik. En su vuelta a Buenos Aires, en pleno golpe de Onganía, la expulsaron de la Facultad donde daba clases. Un segundo viaje bajo las claves del exilio político la condujo a Boston con una beca del Conicet a trabajar su tesis con Noam Chomsky. Más tarde, en el año 1975, cruzó el océano nuevamente con destino a Holanda, invitada por la Cátedra de Lingüística de la Universidad de Utrecht, donde estuvo diecinueve años. En 1994 retornó a la Argentina y dejó de lado la mirada científica de la lingüista para dedicarse plenamente a la literatura y el ensayo.

Noticias de lo indecible es su último libro, una autobiografía conformada por cartas, apuntes y fragmentos de diarios íntimos. Una heterogeneidad de géneros y registros que le asigna a la lectura una impronta vertiginosa y vital. “Sabía que era incapaz de hacer un relato cronológico. De entrada me ceñí a una presentación fragmentaria que tuviera como unidad la vida del personaje, pero sin una secuencialidad temporal. Encontré este formato con muchos tonos pero que de algún modo refleja quién soy yo. Como todas las biografías, es una foto parcial pero me reconozco en ella”, reflexiona sentada en el living de su departamento.

Ivonne Bordelois no escribe su propia vida sólo para exorcizar hechos del pasado sino para hacerlos inteligibles. Comenta: “Creo que hice este libro para entender mejor mi vida. Porque he tenido una vida muy dispersa: he vivido en Estados Unidos, en Francia, en Holanda, en Buenos Aires. Tengo también una doble vocación ligada a la palabra, la de ser lingüista y escritora. Entonces todo eso constituía algo muy heteróclito y necesitaba darle una especie de pincelada total a un fresco que tiene muchos matices, muchos personajes”.

-¿Cómo se conjugaron a lo largo de su vida su mirada científica como lingüista y su trabajo como poeta?
-Siempre hubo un poco de conflicto. Lo que tenía claro es que me quería dedicar a las palabras. Tengo una vertiente muy racional que viene de mi padre, que era ingeniero agrónomo, que se daba golpes con una inclinación mía a dejarme ir en narraciones, poemas, chistes, encuentros casuales. Se me presentó un problema cuando estaba terminando Filosofía y Letras porque tenía que elegir entre lingüística o literatura. Y en esa época me parecía que la crítica literaria adolecía de chantapufismo, no era suficientemente rigurosa. Y además estaban apareciendo los paradigmas del estructuralismo por un lado, Chomsky por el otro. Y eso era fascinante, una especie de estallido. Yo veía que eso tenía una pujanza y exigencia intelectual muy fuerte. Entonces me embarqué en la lingüística e hice todo un periplo que fue muy arduo porque acabé con una tesis en MIT (Massachusetts Institute of Technology) con Chomsky y tuve una cátedra de lingüista durante trece años en Holanda. Lo interesante es que de algún modo agoté esa línea, tuve la ventaja de ver explotar un paradigma. Pero después llegó lo que Thomas Kuhn describe como la “época de los acertijos”, que consiste en resolver problemas sobre tal o cual derivación del paradigma. Entonces se vuelve una cosa más escolástica, menos creativa, menos explosiva, menos polémica. Todo se volvió muy árido y formalístico y me empecé a aburrir. En ese momento, providencialmente fui echada de la Universidad de Utrecht porque hubo una crisis económica muy fuerte y despidieron a todos los profesores extranjeros.

“Si queremos una democracia clara y sólida, hay que cuidar al lenguaje porque comunica a las generaciones, las clases sociales, los países. El lenguaje atraviesa fronteras y compartimentos estancos de la sociedad”

– ¿Sólo a los extranjeros…?
-Sí, fue la única Universidad que echó profesores y eligieron a todos los que habíamos nacido fuera de Holanda. Todos teníamos pasaporte holandés, casi todos estaban casados, con propiedades, pensando en quedarnos toda la vida, y de repente nos echaron a todos. Para disimular echaron a un solo holandés. Pero era el único profesor en toda la Universidad que estaba afiliado al Partido Comunista. Después de ser echada empecé una vida mucho más flexible sin necesidad de preparar papers, ir a congresos y demás, y orienté mi regreso a Buenos Aires. Recién a partir de mis sesenta años me instalé como escritora acá. No reniego de mi trabajo como lingüista pero mi experiencia actual con la poesía y la crítica literaria me parece mucho más rica.

– Usted dice en el libro que cuando conoció a Alejandra Pizarnik en Francia, sus conversaciones complementaban o desbordaban las clases que recibía en la Sorbona ¿cómo fue esa experiencia?
– Fue así. Yo iba a clases de lingüística y literatura en la Sorbona. Ella estaba braceando en su vida cotidiana porque no tenía plata, así que trabajaba para una revista de la UNESCO pero se dedicaba a escribir. Y estaba en contacto con Octavio Paz, Julio Cortázar y preparaba sus libros Árbol de Diana y Los trabajos y las noches. Ella conocía muy bien la literatura francesa, sobre todo los surrealistas. Pero no sólo eso: era una gran lectora desde Homero Manzi, los Cantos Mayas, la poesía de E.E. Cummings hasta Mallarmé y Valery. Era una especie de enciclopedia viviente pero nada académica, tenía la capacidad de leer lo que se esconde detrás de cada texto y no fallaba. Con ella me di cuenta que había una manera de leer mucho más vital y enérgica, y desprovista de los prejuicios académicos que yo encontraba en la Sorbona. Me ayudó mucho a entrar por esa vía.

-¿Qué quiere decir que Pizarnik le señaló la “inadecuación del lenguaje con respecto al mundo” como declara en su libro?
– Esa era su visión. Ella estuvo todo el tiempo peleando con la frontera de lo indecible. Ella decía “las palabras no hacen el amor, hacen la ausencia. Si digo agua, ¿beberé? Si digo pan, ¿comeré? “. Era su manera de señalar una falencia del lenguaje cuando se trataba de apropiarse de la vida. Lo esencial es invisible.

“Cuando hay un núcleo tan pobre o una orientación tan pobre de la palabra exclusivamente a los valores del dinero, se reduce la cantidad de objetos de deseo que hay en el mundo. El consumismo tiene eso: impone una clasificación de objetos de deseo que te priva de toda metáfora. Eso es un golpe a la imaginación y a la creatividad”

– ¿Eso influenció su camino como poeta?
– Claro. Con la diferencia que yo era más esperanzada y tenía otro tipo de instrumentos. Ella tenía esa sabiduría feroz para pasearse por la literatura y reconocer el destino de cada palabra. Yo tenía otro origen; el hecho de haber nacido en medio de la naturaleza me dio otra confianza en la vida que Alejandra nunca tuvo. Nació con una especie de inseguridad sobre lo que el mundo y las palabras te pueden dar. Venía de familia judía, nació en Avellaneda en un paisaje suburbano sumamente deprimente. Ella siempre decía: “La luz es sólo luz en la memoria de la noche” y quería hablar de nuestra relación un poco. Si yo tenía ese costado luminoso no podía olvidar que había una noche que todo lo rodeaba.

-¿Por qué en Argentina hay una necesidad permanente de la poesía de Pizarnik?
-Creo que tiene una capacidad muy curiosa de transmitir directamente desde el inconsciente, de manera muy brutal. Cuando vos leés sus textos te das cuenta que hay algo que sale de una especie de tiniebla no resuelta y explota delante de tus ojos. Es como un sacudón eléctrico. Hay una especie de certidumbre desde las tripas que tiene uno al leerla: “esta persona no está inventando una metáfora ni haciendo juegos de palabras. Esto le está pasando”. Eso a los adolescentes, sobre todo, los atrapa mucho.

-¿Si en 2003 la palabra estaba “amenazada”, como tituló su libro entonces, en qué situación estamos en la actualidad?
-En un estado parecido. Ahora la palabra está herida. En la televisión se oye una falta de conciencia lingüística, de aplastar las cosas. Hay una especie de topadora que pasa por el lenguaje y destroza palabras. Todo eso bajo el sostén de giros muy torpes. Hay una insistencia en ciertas metáforas, como si existiera un descenso cloacal del lenguaje. Antes nos moríamos de risa y ahora se dice nos cagamos de risa; antes nos rompíamos el alma y ahora nos rompemos el culo. Me parece que es un síntoma grave. Tendría que alarmar a los terapeutas de la sociedad para que analicen los movimientos inconscientes que hacen que la gente y los gobiernos se vuelquen a estas cosas, a esta cerrazón lexical, sintáctica y metafórica.

-¿Sigue creyendo que el lenguaje es una de las pocas instituciones democráticas que nos quedan?
-Sigo insistiendo con eso. Si queremos una democracia clara y sólida, hay que cuidar al lenguaje porque comunica a las generaciones, las clases sociales, los países. El lenguaje atraviesa fronteras y compartimentos estancos de la sociedad. Yo comparo la palabra con el dinero. Los objetos de consumo que se consiguen por el dinero son limitados, deteriorables y costosos. En cambio el lenguaje no es limitado porque todo el tiempo están naciendo nuevas palabras, no es costoso porque tu mamá nunca te cobró por haberte enseñado a hablar, y no es deteriorable. Hay que respaldar la palabra porque es una fuente de comunicación y conocimiento que no nos pueden sacar.

-¿Un lenguaje empobrecido conllevaría a un empobrecimiento de lo real?
-A la larga creo que sí, porque la palabra es la que forja la realidad. Cuando hay un núcleo tan pobre o una orientación tan pobre de la palabra exclusivamente a los valores del dinero, se reduce la cantidad de objetos de deseo que hay en el mundo. El consumismo tiene eso: impone una clasificación de objetos de deseo que te priva de toda metáfora. Eso es un golpe a la imaginación y a la creatividad.

“Antes de ser totalmente drástica, hay que decir que hay otras cosas como el rap que es un fenómeno muy interesante y no se estudia suficientemente”

-¿Existe un correlato entre el declive de la palabra y la violencia social latente?
-Siempre lo que recorta la capacidad de expresión después reemerge como violencia física. Esa consecuencia es inevitable. Los chicos que son disléxicos suelen ser muy violentos, por ejemplo. La gran pregunta es cómo reconfigurar esa situación. Que los chicos aprendan en las casas y en la escuela el valor de la conversación. Hoy en día la conversación está muy fragmentada y no da lugar a la expansión de la afectividad. En general, los chats tienen que ver con mandatos o informaciones solamente, no con emociones. Están los emoticones pero son algo terrible. Te das cuenta que allí falta algo. Pero antes de ser totalmente drástica, hay que decir que hay otras cosas como el rap que es un fenómeno muy interesante y no se estudia suficientemente. Existen los letristas y cantautores, por ejemplo Jorge Drexler. Entonces ahí hay chispazos y en las escuelas podrían empezar por eso antes que leer Cervantes o Lope de Vega. Los chicos tienen que empezar por lo que circula mucho pero que se salva porque tiene una verdad vital, como por ejemplo la lectura de la Divina Comedia que está promoviendo Pablo Maurette por Twitter. Lo interesante son los autores que propuso: Ovidio, Dante, Boccaccio. Y la gente se prendió por millones. Eso fue una patada para los que te dicen que la cultura humanística está muerta. Y además, ahí te das cuenta que los medios electrónicos pueden ser muy útiles.

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-¿Cómo se relaciona nuestra salud con nuestro uso del lenguaje?
-Yo haría hincapié sobre todo en el lenguaje técnico del médico que en vez de ayudar al paciente lo expulsa y no lo hace comprender su enfermedad. El médico se coloca en su autoridad con un lenguaje ininteligible y somete al enfermo a su poderío. Es importante crear un lenguaje medicinal que sea comprensible para todos y además una actitud de lenguaje democrático entre paciente y médico.

-Pero además… ¿habría, potencialmente, un valor curativo de la palabra?
-Sí, lo creo fervientemente. Platón lo dice: “cuando te encuentres con un enfermo grave, tendrás que ver cuáles son las hierbas que se aplican a esa dolencia específica. Pero no creas que sólo con las hierbas se va a curar el enfermo. Tienes que tener la palabra que le diga al paciente cómo él mismo se puede ir recuperando”. En mi experiencia, que he tenido problemas psiquiátricos, la palabra de los médicos ha sido fundamental. A veces no es sólo la palabra, sino el gesto y la actitud con que te reciben.

-¿Ir hacia la etimología y recorriendo el devenir de las palabras nos podría ayudar a entender aristas de nuestro presente?
-Lo interesante es que las palabras te muestran cómo evoluciona una sociedad. Originariamente la palabra familia quería decir “conjunto de esclavos”. Después se volvió la célula de lo social y aquello que hay que defender, ¡pero resulta que lo hay que defender es que vos tenés un grupo de esclavos! Es una cosa muy rara. Es interesante que la palabra pasión tiene el mismo origen que la palabra paciencia, y no hay nada más impaciente que la pasión. Toda la etimología de la palabra amor está ligada exclusivamente a la maternidad. Jamás a la pareja. Y el sexo no tiene nada que ver con el amor tampoco, si no con la cólera.

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– Usted tiene una lectura de la crisis del 2001 como un momento de explosión del lenguaje en términos creativos ¿Qué sucede luego de esa explosión?
-Eso demuestra cómo una sociedad cuando toca fondo, como estamos por tocar ahora de nuevo, acude a un resorte primitivo y por eso los clubes del trueque y las asambleas de barrio se basaron en la palabra, con una impronta muy fuerte del cara a cara. Esas cosas aceitaban el flujo de la conversación y creo que fue muy bueno. No sé si podría volver a suceder, porque ahora la parte mediática conspira mucho contra eso: te imponen un lenguaje pautado, plagado de clichés y achatamiento de conceptos. Hoy hay pocos conductores, opinólogos u oradores políticos que dé placer escuchar. Cristina Kirchner era una gran oradora -aunque yo estuviera en desacuerdo con muchas cosas que decía- dueña de una pasión, una claridad, una determinación que no veo en ningún otro político.

“Cuando ves que existió gente como Pablo Neruda y César Vallejo te das cuenta que dieron vuelta el lenguaje. Y Cortázar o García Márquez se alimentaron de esa producción”

-¿Cómo ves al lenguaje inclusivo que se propone desde los colectivos feministas?
-Me parece un gran disparate, porque creo que los cambios de lenguaje tienen que ser espontáneos. Y esto es una bajada de línea que se me hace difícil que prenda. Esto es algo que se le ocurrió a una feminista bien intencionada pero que no tiene idea de lo que es el lenguaje. Cuando un chico por primera vez dijo “ídola” o “genia”, ese chico fue feminista sin saberlo. Le salió de las tripas; vio que los ídolos pueden ser hombres y mujeres, que los genios pueden ser hombres y mujeres. El otro día leí una nota en La Nación donde estaba escrito “el estratego”, porque si es “estratega” es mujer, entonces hay que decir “estratego”. ¡Una cosa de locos! ¿De dónde sacó eso? Se crea una gran confusión. La regla de concordancia es complicada, entonces al toquetearla de cualquier manera se produce un cortocircuito en la cabeza.

-En su autobiografía usted habla de cierta decadencia de la poesía contemporánea en contraste con la de los años sesenta y setenta. ¿Qué diferencias encuentra entre la producción de estas generaciones?
– En los sesenta había una gran ola de concientización del lenguaje. Incluso te diría que la novela del Boom Latinoamericano vino, en parte, por un boom que surgió del mundo de la poesía. No trascendió tanto, pero cuando ves que existió gente como Pablo Neruda y César Vallejo te das cuenta que dieron vuelta el lenguaje. Y Cortázar o García Márquez se alimentaron de esa producción. Ahora no veo eso; veo mucha cosa experimentalista, mucha copia de los modelos americanos como el minimalismo estilo Raymond Carver. Alguna gente ha entrado en un costado más coloquial y puede ser interesante pero creo que se ha empobrecido. Falta garra, falta tomar al lenguaje y sacudirlo, por eso hay poca exploración de universos novedosos, refrescantes. La gran mayoría de los que escriben poesía en este momento están muy poco inspirados en visiones del futuro, de lo cósmico, de lo histórico. Los veo encerrados en su referencia personal, en su pequeño mundo: “se me murió mi mamá” o “me dejó mi novio”. Una excepción interesante es el salteño Leopoldo “Teuco” Castilla: un poeta planetario que viaja todo el tiempo y te trae África, Oceanía, el Polo con textos arrebatadores, entusiastas. Muchos de los mejores poetas hay que buscarlos en las provincias: Arnaldo Calveyra de Entre Ríos, Leónidas Escudero en San Juan, Bustriazo Ortiz en La Pampa. Creo que Buenos Aires tiene una atmósfera muy contaminante. La gente que vive fuera de este vértigo se toma el tiempo para que el lenguaje se vaya aclimatando por fuera de lo cotidiano y se oriente hacia lo absoluto.

1 comment

  1. Elvira

    Excelente nota. Darle la palabra a alguien tan pensante y clara para expresarse es muy importante. Sfey la experiencia que ha acumulado no es suma de años vividos es riqueza vivencial compartida con sensibilidad y simpleza. La simpleza de los que saben y piensan en serio!

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