Iván Bilbao, un boxeador de la vida que tropezó con la cárcel y ahora busca su redención

Texto: Lucas Villamil / Fotos: Pedro Speroni

 

Viernes 15 de julio de 2016. Arrecia el invierno bonaerense e Iván Bilbao queda en libertad tras un año, diez meses y quince días en el penal de Dolores. Es uno de los dos momentos más felices de su vida. El otro día inolvidable había sido poco más de dos años antes, cuando salió libre de la cárcel de Devoto. “Los mejores momentos de mi vida fueron las dos veces que salí a la calle: la libertad”, dice mientras prepara el primer Fernet con cola, un lunes al mediodía en su casa de Chascomús, a dos horas de la ciudad de Buenos Aires. Zapatillas deportivas, jogging y una chomba blanca que en letras doradas reza: “Dos horas más en el gimnasio, dos horas menos en la calle”. Se la regalaron los compañeros con los que en estos días entrena para volver al boxeo profesional, su gran pasión, la carta de salvación que lleva tatuada en el cuello.

La casa es grande, ocupa gran parte de la cuadra y tiene entrada por dos calles. En el frente, justo al lado del Club Bochístico de Chascomús, está el taller en el que Jorge Bilbao todavía trabaja fabricando baterías. Es un vasco simpático que juega al mus y al que se le adivinan pocas pulgas. Su hermano era boxeador, fue sparring de Pascual Pérez y fue quien le enseñó las mañas pugilísticas a Iván. Pero la fiereza, al joven Bilbao, le llegó por el lado materno, una familia yugoslava que vino a la Argentina huyendo de la guerra. “Son fríos, son fuertes, eso lo heredé”, asegura el boxeador.

Cuando cayó preso por primera vez tenía 27 años y, según explica, ya estaba curtido, “venía bardeando desde los 15”.

-Yo hasta los 14 estaba todo el día criando palomas mensajeras, no salía a ningún lado, los pibes me venían a buscar y yo no salía, no hablaba. Hasta que un día salí al baile nomás y a la semana ya me peleé, y de ahí no paré. Me peleaba todos los fines de semana, diez doce veces en la noche. Era pendejo y uno se confunde cuando es chico porque se piensa que es pelear y mujeres… ¿me entendés? Y este es un pueblo, y uno por más que no quiera se agranda. Después, mi tío -qué es de La Plata- se enteró que yo andaba re bien peleando porque tenía como 300 peleas en la calle y no me ganaba nadie, y me vino a buscar y me hice boxeador; debuté en el Club de baile Unión con un knockout a los 45 segundos. Y a los 21 salí campeón bonaerense.

-Eras una máquina.
-Era más peleador que boxeador, iba sacado, a matar. Ya antes de la pelea me peleaba con los chabones, no entendía que era un deporte… y bueh… cualquiera ¡jajaja! Ahora no, ahora los saludo, viste, ya tengo 32 años. Igual, ojo, cuando salgo, si hay que pelear, peleo. Yo cuando salí dije, me voy a cuidar de no robar, no vender droga, pero a mí de pelear no me va a curar nadie, a mí me van a respetar.

-¿Por qué dejaste el boxeo?
-Cuando me metí en las drogas, como todos me respetaban, los transas de acá me pagaban para que los cuide. Y después me empecé a agarrar todo para mí, porque sabía que al que respetaban era a mí. Y dominé todo el pueblo. Ahí fue cuando abandoné el boxeo, por pelotudo. Ahora quiero volver y sacarme las ganas y ver si ando bien. Yo sé que en el peso mío no hay nadie.

-¿Cómo fue la primera vez que caíste preso?
-Fue porque yo tenía tomado todo el pueblo, por el tema de la droga. Pero no hice plata, me la tomé toda. Corta, ¿viste? Los policías se piensan que… No, yo era un drogadicto más. No era un narco que…¿me entendés? No, lo que tenía lo tiraba en putas y en noche, y el que no tenía droga se la regalaba. Pero bardeaba como loco, andaba con fierro en la cintura. Y bueno, ahí fuimos a parar, fuimos doce pintas en una asociación ilícita. Me enchufaron un par de pibes que no tenían nada que ver conmigo porque no me podían voltear. Es más, la causa se cayó en un año y medio porque cuando vienen no encuentran nada. Hablaban de 100 kilos de merca y eran 100 gramos. Y uno de esos petisitos que vino a allanarme, un rastrero bárbaro, me robó un anillo de oro que había comprado yo y tengo los papeles, todo. Hice la denuncia, quiero que me lo devuelva.

-¿Un policía?
-Sí, los mugrientos esos. El único que se portó bien conmigo fue el grupo Halcón. Con uno más o menos tuve una discusión pero me paré de manos, les dije que si me iban a matar que me maten pero yo no me iba a quedar callado, solo, esposado. A mí no me pega nadie. Le dije “sacame las esposas y vamos a pelear mano a mano”. Y saltó uno de ahí y dijo “tranquilizate”, empezamos a hablar y se portaron re bien conmigo. Y la policía de acá demostró que son cobardes, porque como no podían voltearme ellos, vinieron los otros. Ahora en la calle los miro y les digo “qué hacés cagón, cobarde”, les digo de todo.

-¿Te acordás de la llegada a Devoto? ¿Cómo fue?
-Peleé. De entrada peleé.

-¿Fue duro?
-No. Es como todo, uno que tiene calle y sabe caminar… acá afuera es lo mismo que allá adentro. Hay giles allá adentro también, hay guapos, y hay muy buena gente. Es como todo. Hice algunos amigos.

-Muchas historias juntas, ¿no?
-Sí. Aparte, allá lo que tiene es que te pasa rápido el tiempo, porque es Capital y entran y entran y entran, todo el día movimiento. No es lo mismo que acá en Dolores que estás todo el día mirando la reja porque hay tres gatos locos, es una escuela, no se escuchan tiros, es un penal planchado. Los tumberos no bajan ahí porque se sienten quebrados. Los que andan peleando y viajando porque están para nunca más. A muchos se les dice tumberos, a los que tienen muchos años en cana… Hay muchos que se les pega al toque, hablan con las manos, hacen señas, tumbean, se hacen los buenitos y si vos compraste, nos vemos, fuiste, pollo. Por eso no hay que confiar en nadie. Pero Capital es Capital, todo el día van y vienen, y es grande, el pabellón es como una cuadra.

“En la cárcel todos tratan de armar robos, armar movidas de falopa, todo así. La cárcel es un estudio para la delincuencia, es la facultad de la delincuencia”

-¿Te gustaba más Devoto?
-Directamente no me gusta ninguna de las dos, ¡jajaja! Pero llegado el caso prefiero ir ahí, se me pasaba volando, ¡jajaja!

-¿No la pasaste mal ahí?
-No. Fui el único de los doce pibes que estuvieron conmigo que me peleé. ¿Por qué? Porque los cuidaba a ellos porque era mi causa. Si es la misma causa yo no puedo dejar que te pase algo, somos una familia, es así la cárcel. Igual Devoto es feísimo. No es feísimo, sino que… no estás con tu gente, ¿viste? Porque nosotros allá somos medio paisanos. Los de Buenos Aires hablan más rápido que yo… ¿entendés? Y te adaptás, te hacés un poco de Buenos Aires. Y es como todo, está el jodido, está el tumbero, hay muy buenas personas. También hay un par de damnificados que no me interesa quiénes son, que me tuve que pelear y me peleé. Y les di maza, el paisanito les dio maza. Más vale. Porque ellos son de Buenos Aires y agarran faca, pero nosotros los paisanos nos manejamos a cuchillo. Que no lo queramos usar no quiere decir que no sepamos; vivimos carneando, vivimos comiendo asado…

-¿Sirve para algo la cárcel?
-No sirve para nada. ¿Por qué no sirve para nada? Porque los pibes salen más resentidos. Porque hoy en día al violín lo refugian en vez de meterlo en un pabellón con picantes para que no vuelva a violar, ¿me entendés? Ahora lo meten en un lugar que están todos violines, entonces ¿qué hace de vuelta cuando sale? Sale a violar, si no la pasa mal. Son mentiras eso como era antes que te cogían… son mentiras. Ahora se pelea por las zapatillas, antes se peleaba por el orto. Es así, la cárcel cambió. Porque por cada preso, los jueces cobran como siete, ocho lucas. ¡Más vale! Y andá a preguntar a la cárcel a ver si comen bien como tienen que comer; se la quedan toda ellos. Y la carne que va a los penales se la llevan los cobani y a los presos les dan una papa hervida con un par de huesos.

Iván está sentado en el patio, a la sombra de una vigorosa araucaria. Ahora acompaña el Fernet con sanguchitos de chinchulin y papa. Su madre da vueltas por la casa con una nieta en brazos y a un costado las palomas mensajeras que él cría desde niño gorjean en su jaula. Cuenta que su mamá fue compañera de escuela de Ricardo Alfonsín hijo y que él en algún momento trabajó como custodio del dirigente radical, pero que se aburrió de estar siempre disponible.

La estadía de Bilbao en Devoto duró un año y seis meses, y salió de ahí con nuevos conocimientos. A los cinco meses estaba nuevamente tras las rejas, en Dolores. Sus recuerdos de la cárcel no parecen ser especialmente dolorosos, no hay rastros de autocompasión, pero eso no quita que su opinión sobre el sistema sea contundente.

-De ahí no sale ningún pibe bien, salen todos con berretines de chorros. Todos tratan de armar robos, armar movidas de falopa, todo así, aprendés eso en la cárcel. La cárcel es un estudio para la delincuencia, es la facultad de la delincuencia. Nadie te va a decir “andá a laburar”. El tumbero es la porquería más grande que hay, y piensa todo el día, porque está encerrado. Piensa, piensa. ¿Entendés? Vos en la calle no pensás mucho, ahí adentro pensás, estás agachado, mirando el celular… Y salís y no salís con la misma mentalidad, porque yo hoy en día no soy amigo de nadie, y antes tenía veinte mil.

-¿Eso lo lamentás?
-Sí, a veces sí porque no puede ser que no tenga ni un amigo. Pero desconfiás.

-¿A vos te enseñaron ahí a robar?
-Más vale, para entrar bien, si vas a entrar: por chorro. Porque el chorro es palabra mayor en la cárcel. Bueno, hoy en día estamos complicados porque los narcos también mandan en la cárcel. Lo que no se respeta es el violín, el que le pega a la mujer, el que mata por concha… “guaso” se les dice.

-¿Qué robaste?
-Acá me robé una banda de ranchos, hicimos rally. Entrábamos y salíamos de ranchos. Pero “de scruchi”, que es cuando vas sin armas. Scruchi de noche, y de escalamiento, cuando tenés que escalar. Son de tres a seis años. Si te dan tres es excarcelable. Ahora, si te dan tres y un día te comés los tres años. A algunos se la hacen, es re feo. Pero son causas livianas. Ahora, con un fierro ya te dan siete, ya quedás preso. En la causa, el arma ya te deja en cana.

-¿Te agarraron?
-No, no me agarraron. Después de dos o tres días me vinieron a allanar con una denuncia. Yo no tenía nada encima, dio negativo el allanamiento, pero ya está, igual estaba hecho el robo.

-¿Habías sacado algo interesante?
-¡Sí! Si con esa plata me hice prestamista ahora, ¡jajaja! Y bueno, que se jodan. Ahora yo me porto bien, presto plata y boxeo. Por lo menos eso me zafó de andar bardeando de vuelta. No hago juntas, no bardeo. Si me junto, me junto con los pibes del gimnasio, sanos. Pero andar en la misma de antes no ando más, y no quiero saber nada tampoco, si tengo dos hijos hermosos… Ahora quiero ver si puedo pelear profesional, en noviembre en Brandsen.

“Un día salí al baile nomás y a la semana ya me peleé, y de ahí no paré. Me peleaba todos los fines de semana, diez doce veces en la noche”

Iván dice que durante su paso por Dolores se concentró, que hizo las cosas bien. Dos veces por semana, a las cinco de la mañana, trabajaba cargando las medias reses que llegaban al penal, y todos los días entrenaba durante cinco o seis horas. Además se puso a estudiar y terminó la primaria. Dormía tranquilo, estaba relajado, sabía lo que hacía. Hasta lo dejaban tener una paloma mensajera.

-Las palomas son una terapia, no pienso en nada. Las cambio de lugar, las enyunto, les doy de comer, las limpio. Pongo las yuntas que yo quiero, agarro un macho con una hembra y si me gusta el color de las plumas las pongo juntas. Parecen todas iguales pero son todas distintas. Y son fieles, vuelven siempre acá.

-¿En la cárcel no se pueden usar para entrar cosas?
-Y, hoy en día, ¿cuántos narcos hay que usan las palomas para la cárcel? Para robar, para mandar mensajes… Pero yo las uso para lo legal nomás, es un hobby.

-Se ve que te gustan los animales.
-Tengo gallos de riña, tengo pitbull. El pitbull tiene una banda de peleas pero ahora ya lo dejé para padre, y no me gusta la pelea de perros, no es como el gallo de riña. El gallo boxea, el perro muerde y listo, no hay más pelea. El gallo es boxeador, pega.

Cuando habla de boxeo Bilbao se entusiasma, se para, imita los movimientos de sus gallos. Y justo en ese momento, desde la calle se oye el saludo de dos chicas, una morocha y una castaña de veintipocos. “¡Hey, gallo boxeador!”. “Las chicas del gimnasio -susurra pícaro-. Salir en libertad me cambió la vida”. Avanzó la tarde primaveral y es hora de pasar al fondo de la casa, un par de ambientes raídos con techo de chapa en los que el boxeador improvisó un ring, colgó bolsas para hacer guantes y ahora muestra orgulloso el cinturón de campeón bonaerense que ganó hace diez años. Dice que tiene 17 pupilos a cargo, pibes del barrio a los que él entrena y les transmite su saber, y que algunos de ellos van a pelear antes que él en diciembre, cuando debute en el profesionalismo con un ansiado combate organizado por el promotor Cañete López.

-A Cañete lo respeto mucho porque él me ayudó cuando salí de la cárcel, y eso lo valoro. Él era sparring de Coggi, pero para mí era mejor Cañete. Yo soy zurdo, lo que pasa que peleo como derecho por mi tío. Pero soy medio tramposo para pelear, guarda que tengo mis mañas, eh. Meto el dedo, todo. El gancho con el dedo abierto, en el ojo, hay que saber hacerlo. Me lo enseñó Cañete. Al toqué se les hincha el ojo, al Yacaré Sequeira le dejé los dos ojos así.

-¿Nunca perdiste una pelea?
-Sí, he perdido. Con Javier Maciel y con Yacaré, que los dos pelearon el título del mundo. Estamos hablando de gente importante. Y les gané a los dos también. Les mando saludos, son hijos míos. A Javier le gané dos veces y él me ganó una, y el Yacaré, me robaron una y la última empatamos, pero lo cagué a trompadas. Eso en tema deportivo, pero en la calle sé que soy más peligroso que ellos, porque yo soy delincuente y ellos son sanos. Pero igual está todo bien, son dos tipos que se pararon de manos conmigo, y yo con ellos.

-¿Admirás a algún boxeador?
-A Gatica, el Mono… por lo vago. Ejemplo no es de nada el hijo de puta, ¡jajaja! Pero el chabón era un pibe sufrido y después inventó cosas de fanfarrón que era, ¿viste? Venía de abajo y le hicieron una película. Salía del baile y peleaba, y encima eran gente más dura, hacían 15 rounds y se mataban. Ahora te caíste en la segunda y te tiran la toalla. Cambió mucho todo. Pero es mejor que te peguen una piña y te caigas a que te peguen 12 rounds. ¿Cuántos hombres se están bañando a la semana de la pelea y se mueren? Es por los golpes. Por eso ahora no te dejan pegar mucho.

-Como entrenador, ¿cómo sos?
-La psicología que me hacían a mí era fea, era para matar, ya. Yo como entrenador no lo hago así. Si veo que estás medio cagadón, que tenés miedo, te meto un poco el dedo en el ojete, pero si no, no, no porque es un deporte. No tenés nada contra esa persona. Dio tu peso y ya.

“Cuando me metí en las drogas, como todos me respetaban, los transas de acá me pagaban para que los cuide. Y después me empecé a agarrar todo para mí, porque sabía que al que respetaban era a mí. Y dominé todo el pueblo”

Las chicas del gimnasio escuchan la charla en silencio y sonríen como avalando las palabras de Bilbao. Él las chicanea, disfruta hacerlas reír. Dice que cuando uno anda mal, tiene que andar y reírse, cagarse de risa, descargar. También dice que de las doce armas que tenía hasta hace poco, vendió once y solo se quedó con un fusil antiguo que le había regalado un viejo, “una reliquia de esas que no se consiguen más”. Aprovecha para ofrecer números para la rifa de un costillar, 10 botellas de vino, 3 cocacolas y 3 pollos. Cincuenta pesos el número, por cien números: son 5.000 pesos. “Con eso ayudo a los pibes y vivo también. ¿Entendés? Hay cosas para hacer, uno de pelotudo cae preso, porque si vos te ponés a hacer cosas… Hay que tener chispa nomás, pasa que hay personas que no tienen chispa”. Parece convencido de lo que dice, se ve que no tiene ganas de volver a caer y le sobran los motivos para mantenerse en pie, esquivando los golpes, recuperando el sueño de ser campeón.

-Tengo dos hijos, uno de 14 y otro de 12, con distintas mujeres, vienen el fin de semana nomás. Mi hijo más grande juega al rugby y el Yoel está jugando a la pelota, es un goleador. Son los dos deportistas, lo que pasa es que las madres no quieren que boxeen porque uno juega muy bien a la pelota y el otro la madre no quiere por la cara, porque es bonito. La otra vez, Yoel hasta me dedicó un gol y casi me pongo a llorar.

-¿Con ellos cambió la relación después de estar preso?
-Y, puede ser también, porque ellos me mienten y yo me pongo loco. No me gusta. La cárcel te hace con el corazón duro y el que te hace algo que te molesta ya no lo querés.

-¿Te preocupa que alguno caiga en cana?
-Sí, mucho, no quiero. Por eso no quiero que hagan nada, yo les voy a dar todo, ya les dije. Que estudien y hagan deporte y hagan las cosas bien, porque antes de ir presos ellos voy a ir yo. Ellos me escuchan porque saben quién soy, qué es lo que hice. Pero como yo soy respetuoso con ellos… porque no soy un negro cabeza, yo me crié en buena familia, pasa que me hice así porque me enloquecí con las guachas y quería ser el más malo… Pero de ahí a ser un negro cabeza, no… si soy de una re buena familia. Pero bueno, es asi a veces, uno elige las cosas que quiere.

-¿Con tu viejo cómo te llevás?
-Mi viejo fue el primero que me fue a ver a Devoto. No me dijo nada porque ya se la veían venir. Mi viejo es una masa, medio frío. Mi abuelo también, plaga como éste. Canta tangos. Cantaba en los cabarets. A mí me gusta también la música, pero me gusta escuchar las letras, por eso escucho tango, Leonardo Favio… Cuando quiero estar tranquilo, estoy solo y me tomo algo, para relajarme, escucho eso, Goyeneche, Garúa. Es un temazo, es para uno que toma merca.

-¿Vos seguís tomando?
-De vez en cuando, no mucho pero… La adicción es el problema que yo tuve siempre de chico, no te voy a andar mintiendo ¡jajaja! El sábado me la pegué en la pera.

-¿Qué es la libertad para vos?
-¿La libertad? Es lo más lindo que hay, es salir a respirar. Pasa que uno a veces, en la vida… Por eso yo digo que no vuelvo más, porque no estoy delinquiendo y no tengo por qué ir preso. Y si me quieren meter de garrón van a ir seis o siete conmigo o voy a ir muerto. Me porto bien ahora, tengo un gimnasio de boxeo, tengo tres casas, tengo mi familia, mi papá, mi vieja, tengo mi hermana, mi sobrinita, mis hijos. Por ahí tenés días que andás mal, como todo, ¿viste? A todas las personas les pasa, pero bueno, más lindo que esto no hay nada. La libertad vale más que la plata, no tiene precio.

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