Inés Garland: “Algo se abre dentro del mundo cuando empiezo a escribir”

Texto: Luz Carou / Fotos: Paula Villamil
 

Antes de que Inés Garland fuese Inés Garland, la escritora, hizo muchas, muchísimas otras cosas. Nació en Buenos Aires en 1960. Tenía 10 años cuando escribió su primer cuento, 38 cuando se animó a mostrar sus escritos y 46 cuando editó recién su primera novela. Cuando terminó el secundario, estudió Letras un par de años, viajó un tiempo, volvió, y antes de convertirse en la mujer que hasta el momento decide ser, fue profesora de gimnasia, ex atleta (subcampeona nacional de vallas), traductora de las clases de gimnasia de Jane Fonda, productora de Silvina Chediek durante una década, reflexóloga, madre, esposa, ex esposa, estudió terapias corporales y dió masajes. Fue en medio de ese devenir variopinto de experiencias que nunca permitió, sin embargo, que se apagase el fuego por las letras.

Dice en la solapa del libro recientemente editado por Alfaguara que Garland es escritora, traductora (de Lydia Davis, Sharon Olds) y periodista. Que ha escrito El rey de los centauros, Una reina perfecta, Piedra, papel o tijera, La arquitectura del océano y El jefe de la manada. No alcanza la solapa de un libro, ni la foto de su autora en blanco y negro, con una sonrisa al borde de un mechón que refleja poesía, para contar completa su biografía, ni indagar por qué el amor es una constante en su escritura, ni por qué los destellos de Una vida más verdadera, su última novela, se quedan a vivir por un tiempo denso, colmado de preguntas, entre quienes la hayan leído.

Es ahora un lunes cualquiera de agosto, el sol acaricia amable el empedrado. Inés Garland, con su par de ojos color paraíso y abrazo páramo de bienvenida -junto con todas esas otras mujeres que la habitaron y la habitan-, abre la puerta de su refugio en un Vicente López que es bucólico a esta hora del mediodía. La escritora recibe entonces a Almagro Revista para hablar sobre el amor, las relaciones, el deseo, lo imposible y los atisbos prudentes y no tanto de una vida más verdadera.

-¿Cómo nació el impulso para escribir esta novela?
-Una vida más verdadera fue una pregunta que tenía con respecto a las relaciones de amor y a los paradigmas en los que nos movemos. Tenía algunas escenas escritas y me metí en todo el tema emocional que se me mueve con las relaciones. Fue una novela muy rara porque la escribí relativamente rápido, pero no de un tirón. Buscaba cosas que tenía escritas hace un tiempo, de los últimos años, y cosas que me iban pasando, que iba conversando con amigos, y las iba metiendo. Y ahí se armó. Nunca pensé que le gustaría tanto a la gente. Eso fue muy sorprendente porque es una novela con la que me metí en un lugar emocional bastante fuerte para mí.

 -¿Volcaste algo de tu historia personal para la construcción de los personajes?
-Siempre el punto de partida de lo que escribo tiene que ver con algo personal. Después se junta con cosas que quiero decir y con las necesidades que tiene el relato, con esas verdades más verdaderas que hay dentro de la literatura. Siempre digo que, cuando me pongo a escribir, el material me va pidiendo algo que termina siendo más verdadero que la realidad, pero el punto de partida, sobre todo de mis cuentos y de las cosas para adultos, es algo muy personal o muy íntimo que después se transforma en el proceso de la escritura.

-¿Por qué decidiste que los lectores supiéramos tan poco de los dos protagonistas?
-Nunca sé a dónde voy hasta que termino, que es gran parte del placer de escribir, o del sufrimiento, o de la angustia, o de todo eso junto. Cuando la terminé, me pareció que esta novela se trataba de los encuentros entre ella y él, que ésa era la fuerza de la historia, que todo lo demás podía quedar en blanco. No me di cuenta de que ella no tenía nombre hasta que había avanzado muchísimo la novela y lo mantuve así. Me imagino que es porque podría ser cualquiera. Sharon Olds dice que lo que ella escribe es, aparentemente, personal. La gran dificultad de escribir cosas muy personales es ésa: que pueda ser para otros, que para otros sea la propia historia. Si no, no sirve.

-¿Es una infidelidad o una historia de amor?
-Para mí es una historia de amor. Es la intensidad de los encuentros entre dos personas, el ideal del amor y del encuentro con otro, de entregarse totalmente, de ser uno mismo y no tener ningún condicionamiento. Todos ideales que no pueden sostenerse en el tiempo. Esa intensidad y esa verdad son muy difíciles de sostener. Por eso, en el acápite dice “el destello de una vida más verdadera”, porque es difícil que haya más que un destello. La sensación que yo tengo es, quizás, que divido lo que somos entre la esencia y algo que vamos armando que tiene que ver con los mandatos, con lo que corresponde, con lo que decidimos mostrar. Pero hay algo que es muy esencial que se muestra muy raramente. Me parece que cuando uno está en contacto con esa esencia pasan muchas cosas: pasa que el tiempo desaparece, y cosas que yo quería que pasaran en la novela cuando ellos se encuentran. Por eso todo lo demás no me importa, porque todo lo demás es todo lo demás, es la vida, todas esas transas cotidianas con otra parte de nosotros mismos.

-¿Cuál es la realidad? ¿La que viven los personajes en sus encuentros o la fotografía completa?
-La realidad es todo. La vida más verdadera… No lo sé. Es la pregunta de la novela. Eso es lo que yo quiero que se conteste el lector, es lo que me interesó a mí de la novela. Estoy conversando con vos y te pregunto: ¿qué es más verdadero? Y no sé si lo sabemos. O por ahí, cuando estás en ese momento de absoluta conexión, que es una conexión con otro, pero también es una conexión con la vida, con el amor, con lo más esencial de lo que vale la pena y con vos mismo, sentís que es eso lo más verdadero. Yo no sé si más verdadero se puede. Lo que me parece importante es que haya un registro de lo más verdadero, y un deseo de que eso se expanda y de expresarse desde ese lugar. Casi todo conspira en contra de esto.

“Cuando me pongo a escribir, el material me va pidiendo algo que termina siendo más verdadero que la realidad, pero el punto de partida, sobre todo de mis cuentos y de las cosas para adultos, es algo muy personal o muy íntimo”

-¿Es el amor o el deseo lo que complica la historia entre los personajes?
-Hay un encuentro muy verdadero entre ellos que fue en la adolescencia y que se sostiene en el tiempo. Hay algo en lo que estoy trabajando que tiene que ver con la ética del deseo, con qué pasaría si cada uno de nosotros realmente contactara con ese lugar. Si fueras consecuente con este pensamiento, tendrías que respetar absolutamente el desencuentro y que no sea una calamidad o definitivo, porque todo el tiempo te encontrás y desencontrás. Pero para mí el gran desencuentro viene muchas veces por lo que debería ser o por lo que los otros consideran, o porque, aunque lo desees, lo tenés que dejar de lado, que es lo que les pasa a los personajes. A él, especialmente. Cuando elegís, siempre algo perdés. No necesariamente es lo más verdadero lo que perdés. Y lo importante, quizás, en una época en que nos está costando mucho perder, en que queremos todo, es saber que todo es inabarcable, y las contradicciones son complicadas.

-¿Cuántos destellos de una vida más verdadera pueden caber en una vida?
-¿Por amor? No tengo la menor idea. Para mí no hay triángulo amoroso en esta novela. En las infidelidades muchas veces hay triángulos. Creo que muchas veces la amante o el amante son la manera de sostener un matrimonio que se está viniendo en banda. Me da la sensación de que se juegan muchas cosas y estamos acostumbrados a verlas siempre de la misma manera: la esposa engañada, el esposo engañado, cuando en realidad hay una riqueza en incluir a otras personas en tu vida, que se ve totalmente coartada por esta idea de que eso está mal. ¿Por qué no podemos tratar de encontrar la manera de vincularnos con un otro de una forma que nos haga más plenos y hacer acuerdos? Yo siempre fui de la idea de no querer saber. Prefiero no saber. Respeto la libertad. No quiere decir que si lo sé o lo intuyo no me duela. Pero me parece que es lo menos interesante. Los celos me parecen la parte menos interesante de nuestras relaciones.

-Habiendo probado hacer tantas cosas, ¿cómo decidiste finalmente ser escritora?
-Era lo que quería hacer desde que tenía 10 años. Después, la vida me llevó por otros lados, pero nunca fue porque de eso no se podía vivir. Creo realmente que lo que estaba haciendo era un juego de no hacerme cargo de mi deseo. No me decía a mí misma por qué no. En realidad, sí me lo decía: “porque no tengo suficiente talento, porque leo a gente que admiro y me doy cuenta de que estoy a años luz”. Me sigue pasando. Lo que pasa es que en algún momento empecé a darme cuenta de que también leía novelas que no eran de los autores que yo más admiraba y las disfrutaba muchísimo, y me llegaban en momentos particulares, las subrayaba, me hablaban, me decían cosas que cambiaban mi percepción de la vida, me enriquecían. Nunca imaginé que entre lo que yo aspiraba y la nada había posibilidades sumamente interesantes.

-¿Cómo surgen en vos las ganas de escribir?
-Siempre que me pasa algo necesito escribir. Cuando algo me pega tengo que escribir. Cuando algo me duele, si no lo escribo, no sé ni qué me pasó. Necesito ponerle palabras a mis emociones. Descubro infinidad de cosas cuando escribo, sobre mí misma, sobre los otros, sobre situaciones que viví. De cualquier oración, de cualquier cosa que yo largue empieza a desenroscarse algo y a salir, como si fueran mundos dentro del mundo, un universo que yo ni siquiera percibo cuando no estoy escribiendo. (José) Watanabe decía que él iba caminando por la calle, veía una piedra al sol y sentía que la vida se le abría y tenía que volver a su casa a escribir un poema para descubrir qué se había abierto. Bueno, a mí me pasa eso. Algo se abre dentro del mundo cuando empiezo a escribir.

-¿Qué no puede faltarle a tus textos?
-Muchas cosas. Me gusta percibir que mis textos son poéticos, como una plomada que se mete al fondo de las cosas, que sean profundos, que tengan muchas capas, que no sean una sola cosa. Eso depende también del lector que lo quiera descubrir, pero yo tengo que sentir que es así. Chéjov decía: “cuando corrijan, fíjense de no mentir”, y hace años que me vengo preguntando qué significa no mentir en literatura y me lo sigo contestando. Lo veo muchísimo en mis talleres, lo doy como una especie de piedra fundacional. Tengo algunas respuestas. Cuando estás especulando con el lector, estás mintiendo. Cuando estás no confiando, te ponés a mentir. Para mí hay que ser implacable para escribir, con uno mismo, con los propios sentimientos, con los demás que pueden llegar a aparecer si escribís desde lugares más autobiográficos. No podés tratar de quedar bien con nadie. Es bastante cruel.

“Lo importante, quizás, en una época en que nos está costando mucho perder, en que queremos todo, es saber que todo es inabarcable”

-Necesariamente deben entonces los escritores perder el miedo a la exposición…
-Se lo digo siempre a mis alumnos: si no estás dispuesto a exponerte y a meterte con vos mismo, no escribas porque no vale la pena. O sea, realmente no vale la pena. Es un techo que tocás en medio segundo: a quién estás ofendiendo, a quién estás lastimando, qué van a decir. Por eso, creo que era Cynthia Ozick que decía: “los escritores no somos buenas personas”. De una vez por todas, asumámoslo. No somos buenas personas. Porque tenés que ser absolutamente ruthless (despiadado). No podés tener pruritos, no podés empezar: “ay, voy a lastimar”. Primero, escribilo, después decidís si lo publicás o no que es la instancia de lastimar. Pero escribirlo lo tenés que escribir, porque si no, es como andar con el freno de mano. Lastimá a quien tengas que lastimar y después decidís qué querés hacer. Yo decidí lastimar a bastantes personas en mis escritos, debo decir.

-¿Y hubo repercusiones?
-Sí, por supuesto. Y no es algo fácil de hacer. Tuve temas con mi familia, con mi madre. A ella le importa muchísimo lo que dicen las personas de ella. Y yo le tuve que decir: “lo siento muchísimo, a mí no me importa lo que dicen de mí”. O sea, no es que no me importa, pero me parece tan secundario. Si lográs encontrar formas de decir que traigan consuelo y expresión… Mucha gente se ve golpeada por la vida de todas las maneras en que la vida golpea, en lo bueno y en lo malo, y no tienen palabras para decirlo. Poder encontrar la forma de que se reconozcan en eso es una bendición, es un don, es algo que tenés que agarrar, abrazar, es una forma de vida. Si vos estás pensando en tu vidita, dedicate a otra cosa y sé feliz porque es muy importante que puedas hacer otra cosa, porque escribir no es algo tan feliz.

-¿Sirven los talleres literarios?
-Creo que funcionan de muchas maneras. No se trata solamente de aprender a escribir. Vos vas a un grupo en el que te encontrás con otra gente que comparte ese deseo, pero también compartís lecturas, tu amor por la literatura, tus rayes de “no puedo escribir” o de “voy a ofender a alguien”, y encontrás a otros que están un poco en la misma. Y después, sí, por supuesto, se puede enseñar técnica, pero nadie te puede enseñar a ser escritor, a ser una persona que escribe, que se compromete con esa tarea. Eso es algo que es mucho más grande de lo que uno piensa cuando empieza. Es algo que termina siendo inevitable para la persona que lo quiere hacer.  Y en parte es esto: ¿estás dispuesto a exponerte, a meterte con vos mismo a fondo, a que lo que salga no te haga quedar bien, a abrirte y a saber que la exposición es inmensa? Te haya pasado o no lo que escribís, nada de lo que sos queda afuera de tu escritura. El lenguaje te pasa por arriba y te expone, como bailar desnudo arriba de la mesa en un bar lleno de gente.

-Habiendo estudiado Letras un par de años, ¿tenés alguna relación con lo académico?
-Tengo una memoria espantosa. No formo cultura con las cosas que leo, soy muy desordenada. Tuve durante años la fantasía de que si hubiera estudiado Letras hasta el final podría tener ordenados mis pensamientos al respecto. A lo mejor es una fantasía que tengo de que si hubiera estudiado sería más académica. A veces preparo mesas y parezco mucho más académica porque las planifico, tomo notas, y después hablo. Y después me olvido de todo. Entonces, lo académico para mí sería tener un sistema de asociación mucho más organizado y no lo tengo, pero estoy empezando a hacerme amiga de eso. Me doy cuenta de que la presión por tener esos conocimientos más ordenados hace que me olvide mucho más, porque cuando me preguntan, no me sale. Y a lo mejor lo que yo puedo dar es otra cosa. Cada uno viene a dar cosas distintas, y lo que yo puedo dar no es eso. Y no hubiera sido eso tampoco si hubiera terminado la carrera.

-Como escritora, ¿sentís que estás en una búsqueda todavía?
-Me pregunto todos los días qué estoy haciendo, para dónde voy, qué quiero hacer. Entro en crisis totales, y después salgo, y después me tengo fe, y después la pierdo. Casi a todos los escritores que conozco les pasa lo mismo. Eso es así. Tenés una novela como ésta que te pone piso para decir “le fue bien”, y no quiere decir nada. A la próxima le puede ir pésimo, y es seguir buscando qué quiero decir, por dónde, cómo. Vas eligiendo qué es lo que te es fundamental.

-¿En qué momento empezaste a vivir de la escritura?
-En un momento tuve a mi hija, me casé cuando ella tenía cuatro años, pero no viví con su padre hasta que tuvo dos. Trabajaba de productora de televisión y escribía siempre, pero escribía en mis cuadernos. Cuando nos casamos, mi ex marido me dijo entonces: “Toda tu vida quisiste escribir, ¿por qué no lo hacés?”. Y ahí, gracias a él, empecé. Después no le gustó, porque qué sé yo qué le pasó. Que yo estuviera tan feliz con algo que no tuviera que ver con él no lo hizo tan feliz. Porque hay otro tema que es que yo escribo y escribir me hace libre de muchas otras cosas, no de la escritura ni de la necesidad de escribir, pero sí de muchas otras cosas, y se empezó a complicar. Y me separé. Ahí trabajé en el INCAA unos meses, también en una revista. O sea, seguí trabajando de otras cosas. Estudié terapias corporales e hice masajes hasta hace muy poco tiempo, estudié reflexología. Recién después de Piedra, papel o tijera (2009) empecé a vivir de la escritura, dando talleres, y de los libros. Pero hace cuatro o cinco años yo seguía dando masajes.

“Nada de lo que sos queda afuera de tu escritura. El lenguaje te pasa por arriba y te expone, como bailar desnudo arriba de la mesa en un bar lleno de gente”

-¿Cómo traducís un poema con la intención, la musicalidad, lo que quiso decir el autor viniendo de alguien que, justamente, critica las malas traducciones?
-Los traductores que me enojan mucho son los españoles porque ellos deciden muchas cosas, lo traen a su lengua. A mí me gusta traducir en el borde, entre una mezcla de traer a mi lengua y mantener algo de la original. Los españoles tienen una tendencia a volverlo totalmente español, inclusive cambian lugares por lugares en España. No, a mí me gusta saber que estoy hablando de otro universo. Y ese borde me interesa. En cuanto a la rima, no podría traducir rimado. Soy una traductora con enormes limitaciones. No podría traducir ni las rimas ni podría mantener los alejandrinos ni los endecasílabos. Ni siquiera lo intento. Sharon Olds es una poeta muy narrativa, entonces por eso me animé a ella. Tiffany Atkinson, que es la otra que traduje, es muy narrativa también. Por supuesto tienen musicalidad los poemas, pero es más importante para mí lo que dicen que la musicalidad o la rima.

-¿Qué te convoca de los poemas que traducís?
-Son poetas que hablan muy profundamente de las cosas. No porque con rima no lo puedas hacer, pero no priorizan la rima. Y la musicalidad a veces se da, a veces no se da. Yo creo que cuando lo que dice es tan fuerte, por ahí es lo que termina importando más. Lo que trato de hacer es que haya algo de la temperatura de lo que se está diciendo, trato de afinar ahí. Busco la palabra que tenga esa misma temperatura, ese mismo nivel de lenguaje. Entonces es buscar el equivalente en español a esa temperatura. Y es un trabajo que me fascina porque es de obsesiva total. O sea, una palabra tiene muchas maneras de traducirse y es decidir cuál es, cuál elijo.

“Me pregunto todos los días qué estoy haciendo, qué quiero hacer. Entro en crisis totales, y después salgo. Casi a todos los escritores que conozco les pasa lo mismo”

-¿En qué estás trabajando?
-Estoy corrigiendo una novela para chicos que ya está lista. Estoy trabajando con unas traducciones de una canadiense que se llama Mavis Gallant, que fue profesora de Alice Munro y Joyce Carol Oates. Son unos cuentos larguísimos, absolutamente maravillosos, muy sesudos en un punto. A mí me partió la cabeza. Me parece genial, original, verdadera. Y estoy con algunos cuentos dando vueltas. Fue raro porque Una vida más verdadera la terminé hace bastante, pero ahora que salió es como si me hubiese vuelto a agarrar. Cuando la terminé, escribí Lilo que es esta novela para chicos que estoy corrigiendo, y eso hace que me salga del registro, para cambiar de tema, para lanzar el deseo hacia otro lado. Estoy con necesidad de meterme en alguna cosa nueva. Tengo dos cosas empezadas de hace mucho que no me terminan de enganchar. No sé, hasta que no me agarran y me meto bien a fondo, están ahí, dan vueltas. Es como cuando pescás mojarritas. Hace así la boyita y por ahí levanto y se llevó la carnada y no agarré nada, o se va desarmando la carnada y finalmente la tenés que cambiar, estoy en ese momento, que es un momento que no me hace del todo feliz.

-Habiendo “demorado” en mostrar tus escritos, ¿qué consejo le darías a quienes no se animan?
-Les diría lo mismo que me dijo a mí la analista que logró que yo lo hiciera. Me preguntó: “¿Vas a guardar todo eso en un cajón?”. Eran ocho años de escribir El rey de los centauros. “¿Por qué no mostrás y dejás que juzguen otros?”, me dijo. Cuando escribís querés que hayan unos otros que te lean y querés que les guste y llegar a ellos, pero escribir es más que eso, es mucho más primario. ¿Escribirías si no te leyera nunca nadie? ¿Si a nadie le importara lo que escribís? Eso es un poco lo que hice hasta los 38 años. Y después ver si estás dispuesto a laburar, a que eso sea el centro de tu vida, a trabajar muy a fondo. El tema es que te lo preguntes bien: ¿es esto realmente lo que quiero? Porque también hay mucha cosa de una fantasía de lo que es ser un escritor que no es tan real, me parece.

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