Inés Acevedo, escritora: “Puede haber literatura feminista, pero no femenina”

Texto: Eduardo D. Benítez / Fotos: Karin Idelson

 

Inés Acevedo abre la puerta y se mete directo en la cocina. El agua para el mate, a punto de hervir, le demanda unos pasitos apurados. “Sentate ahí tranquilo, yo ya vengo”, dice y señala las dos sillas de madera dispuestas alrededor de una mesa redonda forrada en paño verde. Una mesa que invita más a imaginar los deleites del humo, el bourbon y la ludopatía que a una mateada con motivos literarios.

Nacida en Napaleofú, un pueblito cercano a Tandil, Acevedo se mudó a Buenos Aires a los dieciocho años. Ya instalada en la Capital, en 2010 sorprendió con Una idea genial (Mansalva), novela autobiográfica por la cual fue finalista del Premio Indio Rico, y se convirtió en una de las escritoras insignes de las llamadas “poéticas del yo”. Más tarde trabajaría algunos años en una panadería, experiencia que volcó en Panadera, libro que forma parte de la editorial de eBooks “La Colección”, destinada a la difusión de escritores relativamente desconocidos; proyecto que ella misma fundó.

Por su habla pausada, meditativa, por cierta manera de sopesar sigilosamente aquello que está por decir, Inés Acevedo no parece brindar respuestas en el contexto de una entrevista. Parece develar secretos. Responde con serenidad, con la calma mental del samurái. De hecho, las artes marciales no le resultan extrañas. “Hice karate ocho años. Practicaba en el Dōjō que queda en Santa Fé y Riobamba. Ahí hay un profesor muy groso: Sensei Inoue. Es japonés y trajo el karate a la Argentina”, comenta con orgullo. Otra arista que no es ajena a su conversación es la alusión a la infancia. En su literatura (¿en su biografía? ¿o al revés?) la infancia es un territorio de fértiles giros evocativos y el acto de lectura una suerte de refugio, un lugar de exaltación imaginaria y también de rememoración algo hostil, donde se signa una mirada poco concesiva con los dictados del sentido común. “Siempre me gustó mucho leer, era lo que más hacía en mi infancia. Había una cosa literaria en la familia a pesar de que mis padres no eran muy lectores, había un bisabuelo que había sido escritor. Fui leyendo los libros que iba encontrando en la biblioteca de la escuela, o la de mis primos; más tarde en la biblioteca de Tandil.”

A mediados de este año se publicaron dos libros suyos de manera simultánea. Quedate conmigo (Editorial Marciana), una novela de ciencia ficción que reboza vitalidad, donde una niña se lanza a la aventura con una perra androide tras la caída de un supuesto meteorito; y el volumen de relatos Ja ja ja (Mansalva) que condensa veinte años de producción. No caben dudas: Acevedo es una escritora prolífica. “Desde chica escribí mucho. Hacía obras de teatro para la escuela. El primer cuento que escribí fue a los diez años para un concurso de la biblioteca de Tandil. En ese concurso entendí mal una consigna. Una mujer leyó un cuento en voz alta y nos propuso a los alumnos que escribiéramos un cuento propio, pero yo interpreté mal y entendí que había que imitar el cuento que ella había leído. Traté de copiarlo pero obviamente salió algo diferente. Me di cuenta más tarde que en ese momento creía que estaba mal haber hecho eso. Quiero decir que… la primera vez que escribí algo que más o menos recuerdo… como que me copié de otra cosa.”

-Hay algo lúdico con este procedimiento de “copia” que aparece en tu libro de cuentos, ¿no?
-Sí. Muchas veces aparece eso. A veces no tan consciente y otras sí. Pero siempre tomo algo preexistente. Por ejemplo, el cuento “Noveno viaje de Simbad el marino es como una copia de Simbad el marino. A su vez, Roberto Arlt escribió un cuento sobre ese mismo texto. Cada cuento de Ja ja ja más o menos tiene algún origen de algo que yo estaba leyendo y que me gustaba. Mi cuento “La avalancha” está inspirado en una obra de Beckett donde la protagonista está encerrada en una montaña y no puede salir.

-¿En tu novela Quedate conmigo también pasa eso?
-Sí, de hecho, para la novela leí a propósito algunas cosas. Estaba leyendo Capitanes de la arena, de Jorge Amado, y El señor de las moscas de William Golding porque me interesaba ver cómo trabajaban ambas novelas con protagonistas que son niños de alrededor de diez años. También en el origen me basé un poco en la película E.T. y en algunos libros de Stephen King.

   La primera persona es la forma en que se escribe hoy en día. Sea autobiográfico o no, se suele usar el yo. Me parece más natural hablar de algo que le pasa alguien y no contar algo de otra persona que en el fondo no sé quién es”

-En Una idea genial se da algo atípico en el campo literario: la publicación de tu autobiografía como escritora, sin haber editado o dado a conocer tu obra antes…
-El concurso en el que participé para el Premio Indio Rico tenía esa consigna, que fuera una autobiografía. Para mí es muy fácil escribir con consignas. Me parece que está bueno motivarse así. Francisco Garamona, editor de Mansalva, me dijo “por qué no escribís una novela autobiográfica, mirá si llega a ganar y te la publicamos nosotros”. Entonces la hice por eso, a mí no se me hubiera ocurrido escribir una autobiografía en ese momento que tenía veinticinco años. Igual creo que está bien para una novela breve, de cien páginas, contar la historia sobre cómo uno se convirtió en escritor, cómo empezó a interesarse por los libros, más allá de tener una obra importante previa.

-Solés nombrar con entusiasmo a Machado de Assis… ¿Qué importancia tuvo para vos ese escritor?
-Me basé en una novela de él, Memorias póstumas de Blas Cubas, para escribir Una idea genial. Machado de Assis sería como el equivalente a Sarmiento en el Brasil de aquella época. Pero su literatura no tiene nada que ver con la de Sarmiento. Es una literatura muy divertida y fluida. En esa novela el personaje cuenta su vida desde “afuera”, cuando ya está muerto. Empieza dedicando su libro al primer gusano que se haya comido sus huesos. Es un narrador muy caprichoso y volátil. Hace lo que quiere e interpela bastante del lector. Todo lo mira desde el humor. Y eso me gusta. Esa idea de juego también está en algunos de mis cuentos de Ja ja ja.

“Por más que existan Cortázar y otros, no hay dudas que la literatura local son Borges y el género cuento. Hebe Uhart es hoy la heredera de esa tradición de cuentistas, es una institución”

-En varios cuentos de Ja ja ja uno tiene la sensación de estar leyendo a medida que se está escribiendo, de asistir al momento mismo del proceso de escritura…
-En general hay mucha primera persona y tal vez por eso parece todo inmediato. Son como personas que están contando mentalmente algo. Va surgiendo naturalmente y se va dando ese efecto… como si fuera una persona hablándote. No suelo usar la tercera persona como Borges, que escribía casi todo así. La primera persona es la forma en que se escribe hoy en día. Sea autobiográfico o no, se suele usar el yo. Me parece más natural hablar de algo que le pasa alguien y no contar algo de otra persona que en el fondo no sé quién es. El lector debería tener demasiada fe en mí para que pudiera contarle algo sobre un tercero.

-¿Crees que hay un acercamiento con el lector a partir del uso del yo?
-Si, puede ser esa necesidad de convencer al lector de que te lea. Siempre hay algo universal en el uso de la primera persona, en las historias personales. No es una cuestión de elección, eh. Creo que es una particularidad de la época en que escribimos. El siglo XXI es un momento crítico para la humanidad y la gente quiere dar un testimonio de lo que le pasa, aunque no sean más que pavadas (risas). También son modas literarias que van y vienen, ¿no? Ahora hay muchos escritores que están escribiendo desde los géneros. Mariana Enriquez haciendo gótico, Hebe Uhart escribiendo crónica, Luciano Lamberti jugando con lo fantástico. Va pasando el tiempo y se va cambiando de tema. Se van armando tendencias con el paso de las décadas.

-De hecho en tu obra también hubo un movimiento, porque en Quedate conmigo te metés de lleno en la ciencia ficción…
-Sí, eso surgió un poco a partir de basarme en películas que fueron parte de mi infancia: E.T., Cuenta conmigo, Los Goonies. Recordar esas experiencias. Los recuerdos tienen un color especial, no se trata simplemente de imaginar algo, sino de pasar la realidad por otro filtro. Uno recuerda la infancia como algo lejano y a la vez utópico.

-Antes nombraste a Hebe Uhart… ¿Qué peso tiene su figura en tu literatura?
-Bueno… viste que el cuento es lo representativo de Argentina. Por más que existan Cortázar y otros, no hay dudas que la literatura local son Borges y el género cuento. Hebe Uhart es hoy la heredera de esa tradición de cuentistas, es una institución. Entonces su literatura es muy importante para mí y para cualquier escritor; seas cuentista o novelista. Ella pudo darle una continuidad a su obra, pasando de cuentista a cronista, siempre manteniendo la calidad o incluso mejorándola. Por eso, para mí es un modelo.

-¿Y quién más representaría la genealogía de esa tradición de cuentistas?
-Creo que hay muchos. Mariana Enríquez, Federico Falco son cuentistas muy destacados. El primer libro de Maga Etchebarne es fantástico, se llama Los mejores días. En la editorial de eBooks que tenía con mi ex marido, La Colección, publicamos algunas autoras muy buenas también: Delfina Korn, Micaela Sofía Gonzalo por ejemplo.

“El siglo XXI es un momento crítico para la humanidad y la gente quiere dar un testimonio de lo que le pasa, aunque no sean más que pavadas”

-En Ja ja ja hay cierta sintonía con Hebe Uhart en el trabajo con el humor…
– Si, es posible. Igual, creo que en Ja ja ja hay más fantasía, cosa que en Hebe Uhart no hay. Una de las cosas que me resultan más atractivas de ella es que presta mucha atención a los juegos del lenguaje: los dichos, los refranes, cómo habla la gente. No es una persona que escriba algo tan visual, si no las cosas que ella escucha. Tiene ese talento para captar las voces de las personas. Registra más con la escucha que con las imágenes.

-¿Cómo te llevás con la etiqueta “literatura femenina”? ¿Sigue teniendo sentido?
-No, porque hablar de literatura femenina sería pensar en una división hombre-mujer y eso es algo re antiguo. O decir que las mujeres por ser mujeres escriben de una determinada manera, diferente. No tiene sentido. Puede haber literatura feminista, pero no femenina.

-¿Qué características tendría esa literatura feminista?
-Es complicado meterse a categorizar porque cada uno escribe lo que le sale, pero, a grandes rasgos, tendría que ver con que la persona que escriba -sea hombre o mujer- entienda al feminismo y se identifique. No tiene por qué cumplir como un programa temático relacionado con el feminismo, pero sí que lo piense con un poco de consciencia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *