Miguel Ávila, el hombre que rescató a la librería más antigua del mundo

Texto: Nicolás de la Barrera / Fotos: Mauro David

 

Miguel Ávila (71) aclara que sus sentimientos no son los de un nostálgico.

-Creo que hay valores de nuestra historia a los que no les damos importancia o de los que nos olvidamos. La librería tiene una connotación histórica y, además, estaba ubicada en el corazón del pensamiento, en la Manzana de las Luces. Por eso me pareció importante rescatarla. No es solamente un tema mío de que ‘¡Ay!, la librería antigua…’. ¡No! Eso sería una pelotudez. Lo importante es que tiene un valor histórico porque hizo al pensamiento nacional.

Antes de que este hombre de sonrisa ancha y barba tupida decidiera rescatarla, la Librería de Ávila, en Adolfo Alsina 500, estuvo a punto de transformarse en un McDonald’s. Hoy, según una investigación publicada por el escritor español Jorge Carrión con el nombre Librerías, es la más antigua del mundo. Por supuesto, la declararon Lugar Histórico Nacional y de Interés Cultural de la Ciudad de Buenos Aires.img_8893-copy
Según los historiadores, todo comenzó en 1785, cuando las carretas que venían del puerto paraban en esta esquina. En una estructura sencilla, el negocio La Botica servía para comprar hierbas medicinales, algún cuchillo, ginebra y muchos de los libros que cruzaban el Atlántico e iban a parar ahí. En 1830 el lugar se transformó definitivamente en la Librería del Colegio, a apenas unos metros del Colegio Nacional de Buenos Aires, un punto de reunión en donde podían cruzarse Sarmiento con Alberdi, Mitre con Nicolás Avellaneda y, más acá, Arlt con Girondo o Victoria Ocampo con Borges. Sentado atrás de su escritorio lleno de papeles y rodeado de fotografías, Ávila rescata el aporte de los libros que pasaron por esta esquina.

-Acá llegaba la literatura que venía de Europa y que alimentaba a los grandes revolucionarios: a Castelli, a Moreno, a Paso.

Por una quiebra fraudulenta, la librería cerró sus puertas y fue vaciada en 1980: lo que había sido un escenario de discusiones y polémicas se transformó en una casona olvidada por casi todos. Pero en 1994, Ávila decidió que un sitio así merecía su reconstrucción. Hoy, su lugar de trabajo luce repleto de libros: nuevos, usados, antiguos, rarezas históricas inhallables en otras bibliotecas.

-Lo que acá prima es el material humanista -explica-. Es una librería que le interesa tener historia argentina y americana, que le importa tener literatura argentina y universal, ensayo y crítica literaria, antropología, arqueología, lingüística y material de los pueblos originarios.

Y si tuviera un catálogo impreso, allí también figurarían las publicaciones oficiales tal vez más difíciles de encontrar, como las de la Academia Argentina de Letras y las del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, de Florentino Ameghino que, asegura, conseguirlas para que no terminaran en un depósito le costó dos años de pelea. ¿Por qué lo hizo? Su justificación es sencilla. «El librero es el mayor elemento difusor de los libros».

 

«Acá llegaba la literatura que venía de Europa y que alimentaba a los grandes revolucionarios: a Castelli, a Moreno, a Paso».

Imaginar a Miguel Ávila, de chico en una habitación rodeado de bibliotecas haría encajar todas las piezas del presente, pero sus primeros años fueron bastante distintos.

-Yo era una antítesis del libro. Por una cuestión puramente de índole familiar, me crié prácticamente en la calle. Además era camorrero, trompeador. Tuve la suerte de pasar los primeros ocho años de mi vida en mi pueblo, en el campo, y eso me dio una base muy grande, ¿sabés? Esta frase no es mía, es de Chesterton creo, que los primeros ochos años de vida de una persona son los que la van a marcar para siempre. A mí me formó el contacto con la naturaleza y con personajes entrañables que a veces parecen salidos de una novela de García Márquez.

Fue en Adelia María, en el sur de Córdoba, en donde tuvo su primer contacto con el peronismo “de la tierra”.

-Con todo respeto, pero discrepo con los intelectuales peronistas que se han formado a través de los libros, a través de Hernández Arregui, Rodolfo Puiggrós, Fermín Chávez, a través de muchos teóricos. Los he leído y los respeto, pero no han hecho el tránsito del peronismo en la vida… A mí, mis primeras ropas y mi primer par de zapatillas me los dio la Fundación Eva Perón. Entonces yo tengo una ideología que tiene que ver con el peronismo, pero el peronismo mamado de la vida. Aun recuerdo un domingo, yo estaba jugando en el patio, mi madre lavando en el fuentón y entró mi tía Ñata, un personaje entrañable, una mujer bellísima. Se paró en la entrada del patio y simplemente dijo: “Florencia, se murió Evita”. Lo recuerdo como una escena de cine en cámara lenta. Mi vieja se sacó la espuma de los dedos, se secó en el delantal, giró y corrió a donde estaba mi tía. Se abrazaron las dos y entraron a llorar de una manera… yo me acuerdo de eso y pensaba que Evita era alguna tía.

«A mí me formó el contacto con la naturaleza y con personajes entrañables que a veces parecen salidos de una novela de García Márquez».

¿Cómo fue entonces que ese chico cordobés, con más tiempo en la calle que en su casa, se encontró con la lectura? Ávila cuenta que cuando llegó a Buenos Aires, traído por su hermana, alguien lo recomendó para cuidar a una mujer mayor, y que en ese trabajo, en Cangallo 1651, conoció a la hija de la señora, quien le abrió las ventanas a un mundo nuevo.

 

-Con ella conocí El lago de los cisnes, El cascanueces, Aida, Madame Butterfly, Tosca, por supuesto a Beethoven, Mozart, Chopin; conocí el teatro, el cine y, fundamentalmente, conocí el libro. Nos quedábamos hasta la una, dos de la madrugada, leyendo en voz alta, y me pareció apasionante, me rompió la cabeza. Después ella se casó y yo me fui a vivir a una pensión. Hoy no leo ni la cuarta parte de lo que leía en aquella época. El libro me salvó la vida y me llevó a donde estoy ahora.

De esa manera, Ávila pasó de ser “un sabandija” al que lo expulsaban de los colegios, a convertirse en mejor alumno.

-En la escuela Familia de Cabezón fundé la biblioteca, y te digo que fundé porque se lo propuse a la maestra y la maestra se lo propuso al director. Y lo hice por el amor al libro, porque me despertó ese amor que por suerte todavía perdura.

Al poco tiempo, cierta fuerza invisible lo llevó a pedir trabajo a una librería histórica, Platero.

-Hay cosas que las escribís vos y hay cosas que ya están escritas. No sé cómo explicarlo. Estaba haciendo sexto grado, atrasado dos años, a los 13, y empecé como cadete, por supuesto. Era una época maravillosa. La calle Talcahuano, los sábados a la mañana, era un hervidero, se cruzaban de librería a librería, de Platero a Jorge Álvarez o a Ameghino, y se armaban discusiones de filosofía, de política, de cine, de teatro. Era un quilombo. Mezclados había pendejos que podían ser Litto Nebbia o el Flaco Spinetta con Bonifacio del Carril; era una mezcla de la cultura. El mundo intelectual hoy está muy ocupado con eso de los best sellers, los libros descartables. Pero acá tuvimos a un gran editor, con el que todo el mundo intelectual está en deuda, no solo en esta ciudad sino en este país, que se llamó Jorge Álvarez. Gracias a él conocimos a Mafalda, a Manuel Puig, a Germán Rozenmacher, a Rodolfo Walsh, a Copi y te podría nombrar a la literatura latinoamericana. Con las Crónicas conocimos a Alejo Carpentier, a José Lezama Lima, a todos ellos. Jorge era un gran visionario, más allá de su formación. Dos o tres meses antes de morir estaba sentado ahí, una mañana, hablando. ¿Y sabés qué me contó? Que estaba buscando trabajo. “No tengo para vivir, a ver si me entendés”, me dijo. Algunos dirán que despilfarró, todo lo que vos quieras, pero vale mucho más la obra de él, y lo que ha trascendido es su obra.

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A pesar de que el destino familiar quiso que Ávila conociera a su padre hace pocos años, él asegura que siempre encontró la figura paterna en otras partes, con otros hombres, mientras hacía su camino.

-Tuve papá, pero también tuve muchos padres sustitutos- dice, y señala nada menos que a Adolfo Bioy Casares en un portaretratos, en una esquina de su escritorio-. Bioy era uno de los hombres más bellos que he conocido. No podías andar con él por la calle: no era mediáticamente tan conocido, pero no había mujer que pasara que no lo mirara.

Entonces recuerda una tarde de verano, en su librería Fray Mocho, de la cual fue dueño a los 24 años, cuando vio al esposo de Silvina Ocampo, como él dice, “en acción”.

-Bioy estaba sentado, tomando un té, y escucho: tac tac tac. Los pasos de una mujer de unos 20 años. Me tenés que ayudar, me dice, estoy desesperada, tengo que hacer un trabajo para la facultad. Y me largó una cosa como si yo hoy te dijera de hacer un trabajo sobre el Mio Cid y su influencia en el Siglo de Oro español, y cómo desencadena la tragedia de Calisto y Melivea. ¿Por dónde empezar, no? Me quedo escuchando, cuando aparece Bioy, que en ese momento tenía entre 55 y 60 años, e hizo una cosa magistral.

Cuando Ávila recrea la voz del escritor la hace más grave, pausada.

-“Perdón, Miguel”. Entonces mira a la chica, le da la mano y dice: “Adolfo Bioy Casares”. ¡La chica queda dura! “Sin querer escuché lo que está buscando, no sé Miguel si vos tenés este material…”. ¡Lo vi en acción, vi lo que estaba haciendo! Automáticamente le dije que no tenía nada, y así como estaba la tomó del brazo, la giró hacia la salida y siguió: “Porque hay un trabajo publicado en revistas de Occidente… Nos vemos el jueves, Miguel”. ¡Y se la llevó del brazo!

-¿Y entonces? ¿Cómo siguió?
-Cuando viene la vez siguiente, ¿qué es lo que hace el argentino canchero? -Ávila guiña el ojo-. Le digo, “¿Y, qué tal? Bioy me mira: “¿Qué tal qué?”. “La chica del otro día”, le digo. Pero él me contesta: “Ah, escuchame una cosa, yo te había preguntado por un libro…”.

«Hay cosas que las escribís vos y hay cosas que ya están escritas. El libro me salvó la vida y me llevó a donde estoy ahora».

De repente, el librero se pone serio. Termina la recreación de la escena. Vuelve al presente.

-De la intimidad de la mujer el hombre no puede hablar, ¿está claro? ¡Este era el subtexto! Como si me dijera, “¿qué estás diciendo, pelotudo? ¡De eso no se habla!”. Esto es una lección para toda la cosecha y yo respeto a muerte ese tipo de cosas, que hoy están totalmente desvirtuadas. En este sentido, Bioy me marcó el sello.

Por fuera de su trabajo como librero, Ávila también supo dedicar sus horas a la actuación tanto en televisión como en teatro, y en ese ámbito encontró a otro de sus padres sustitutos, a quien recuerda emocionado.

-Carlos Gandolfo fue un gran maestro, mezclado con la figura de un padre. Con él terminamos en una relación muy profunda. Hemos pasado veranos completos.

-¿Lo marcó mucho?
-Mucho… mucho. Uno de los hijos me decía la otra vez que yo tuve una relación con su papá que ninguno de ellos tuvo. Lo poco o mucho que sé sobre cómo se lee un libro, cómo se ve una película o una obra de teatro, cómo podés determinar si algo es bueno o es malo y por qué, eso me lo enseñó Gandolfo. A mirar la vida, la gente, a mirar a los ojos, a ver los comportamientos humanos, que es con lo que se nutre el actor y cómo se va a transmitir vida al escenario. Por eso, como ya dije otra vez en una nota, mi ambición en el teatro es crear vida en el escenario, eso es lo que me interesa. Lo otro me parece una bazofia. Como decía el viejo Stanislavski, para crear cinco minutos de verdad hay que trabajar una hora y media. Y esos cinco minutos son los que valen.

Hoy, el hombre sigue ligado al teatro pero deja claro que los minutos que más valen, para él, son los que pasa en la librería.

«Bioy era uno de los hombres más bellos que he conocido. No podías andar con él por la calle».

 

 -A mí me gusta el libro, yo disfruto mucho estar en la librería, incluso en estos momentos que son muy duros para el libro, que es uno de los primeros elementos que se hace a un costado.

-¿Y las grandes librerías? ¿Le interesan?
-Hoy el problema de las librerías es que hay una diferencia entre lo que son las librerías hechas por libreros de alma, formados, y las de shopping, donde tenés las computadoras incluidas en los salones, y a veces ni necesitás al vendedor. Yo les escapo. Ves una y después no veas más que todas tienen lo mismo. Yo como librero disfruto cuando encuentro una obra rara. Y la gracia es tener lo que otros no tienen, ese es mi desafío: que puedas venir y encontrar acá un libro que no está en otra librería. Esa es la alegría del librero. El libro te lleva y te acompaña toda la vida.

-¿Teme por el futuro del libro, a partir de la lectura en celulares o en tablets?
-No, el libro es el libro, es un elemento aparte. Es como el cine y la televisión: el cine siguió vivito y coleando. Una cosa es agarrar esto (toma un libro), que es una ceremonia: elegir el momento, tomarlo, sentir el olor, la textura del papel; creás un vínculo entre esto y vos. El celular, las tablets, son otras cosas, no se debe confundir. El libro viene de la época de Babilonia, de los egipcios, es irremplazable. El celular para mí sigue siendo un bicho raro, pero más allá de eso, es otro lenguaje. El ritual de la lectura, tirarte en la cama antes de dormir y leerte un par de páginas… eso es glorioso. Ni te cuento sentarte en el living, con la música suave, whisky de por medio… ¿Qué más querés?

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7 comments

  1. Susana Calvi

    Es maravillosa tu historia de vida, Papá de Facu !!!! Llevabas en tus genes el amor por los libros… Soy la mamá de Emmanuel, amigo de tu hijo Facundo. Desde la escuela primaria visité tu librería y sentí nostalgia y emoción el día que supe donde trabajaba él. Soy de tu época y también disfruto con placer el irme a descansar con un libro en la mano y olvidarme del mundo, sumergida entre las historias que él nos regala. Saludos. Susana Calvi

  2. Juana Lidia Carboni

    Me encantó leer este artículo. del librero. Maravilloso. El marido de mi sobrina Norma Huidobro, se llama Ramiro Ávila Y muchos años atrás su sueño fue tener una librería de libros antiguos, La casualidad que llevan ambos el mismo apellido y el mismo amor por los libros. Ramiro también es un gran lector. Me gustó cuando dijo que el libro, la textura, el olor de sus hojas (creo que todos lo hacemos abrirlo y oler sus páginas y crear el vínculo con él.

    Hoy estuvimos hablando de películas y al nombrar «Sostiene Pereira» de Antonio Tabucchi, intercambiamos comentarios. Yo no vi la película, pero sí leí el libro que es muy bueno. Y el cambio del personaje de Perira al conocer al otro periodista más joven. El cambio que se va produciendo en él.
    Felicitaciones por la librería, esperamos alguna vez ir a visitarla. Será un gran gusto.

  3. Graciela

    Que rica historia de vida!, rica de riqueza intelectual, tan valiosa por cierto. Me identifiqué con su exposicion cuando relata la noticia de la muerte de Evita, yo también tengo un recuerdo similar…, mi madre llorando sin consuelo y a su vez agradeciéndole todo lo que le brindó sumida en la pobreza, donde un buen colchón, un juguete para navidad, un pan dulce, era privativo de los otros, no de los pobres, y ella se encargó de hacérselo conocer. Realmente un placer para los ojos esta lectura tan interesante e ilustrativa. Y que logro su incursión para semejante rescate.

  4. Herberto E Gonzalez

    Sr. Avila me permito esta intromision en su valioso tiempo por ser sabedor de sus origenes en Adelia Maria(Cba) de la cual soy nativo cuando el pueblo solo contaba con 10 anos desde lo que fue el inicio de la formacion del pueblo como la concrecion del paso del ultimo ramal que los ingleses construyeron en nuestro pais. Lo mio puede parecer una impertinencia pero pido disculpas si asi se lo interpreta por que mi motivacion esta cargada de profundo respeto y admiracion por quien supo superar las adversidades que ademas de narrarlas usted creo algunos pudimos ser como testigo de esas situaciones. me permito destacar que la familia de mi imadre hoy ya fallecida y contaria con 104 anos, estimo tuvo una excelente relacion con las «chicas Avila» si mal no recuerdo una, creo pudo ser su mama o una tia . Le agradezco profundamente y lleno de admiracion por su actitud frente a la vida y por el tiempo que pudo dedicarle a esta «perorata» cuya unica intension repito en destacar mi admiracion por los seres tan especiales que lograron tal superacion por medios propios si bien ayudados por otros que intuyeron sus reales
    posibilidades . Muy atento y respuetuoso saludo. Herberto E Gonzalez (el Bibi)

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