Hernán Vizzari: Larga vida al cementerio

Texto: Facundo Baños / Fotos: Mauro David 

 

A las diez de un día celeste nos encontramos con Hernán Vizzari en el acceso principal del Cementerio de la Chacarita. Poca gente en los alrededores. Los puesteros gritan desde lejos si queremos alguna flor. En la ciudad silenciosa, el sol rebota contra el mármol de las bóvedas y dispara para cualquier lado. Hay plazoletas donde confluyen varios caminos y es un paisaje que, si fuera de los vivos, estaría en los mejores barrios. Pero los muertos de aquí ya no dan ciertas batallas. El canto de un pájaro rompe los esquemas del silencio y la claridad de la mañana hace que no tengamos apuro por salir. Cuán distinto sería todo si el día fuera más gris, como tendría que ser a esta altura de mayo.

Hernán conoció el cementerio en su niñez, pero sin muertos que visitar. Su tío era municipal y él lo acompañaba durante algunas de sus horas de trabajo. Unos años después, la Chacarita se volvería un lugar recurrente para él y sus amigos, y ya de grande y medio por casualidad, empezó a indagar en algunos objetos que serían el inicio de un trabajo de investigación que lo apasionó y lo convirtió en un referente del tema. Él mismo se va a encargar de contar todas estas cosas, en el transcurso de la entrevista.

-En una nota, hace algunos años, te habían preguntado si sabías de dónde venía ese afán tuyo de profundizar en la historia funeraria, y vos dijiste que no tenías una respuesta clara
– Te puedo decir que no tiene relación con mi familia. Muchos cuidadores de cementerios, por ejemplo, vienen de tercera generación. No hay algo arraigado en mí: ni mi padre fue funebrero ni nada que se le parezca. Siempre me gustó el tema. Cuando era chiquito me llamaba mucho la atención el paredón de Warnes. Después, ya de grande, empecé a ir y venir con la bicicleta y a descubrir lo que había adentro: un mundo completamente distinto, que da la sensación de haberse quedado detenido en el tiempo. Estático. Nunca lo vi desde la parte morbosa ni de miedo sino que me fijaba en esos ángeles, en lo que quieren decir, los símbolos, o quién es ese de la estatua. Ahora te puedo decir que es Gardel pero hace treinta años, cuando tenía diez, no lo sabía. Entonces ahí ya empecé a notar que ese contexto tenía una importancia equis: no sabía bien cuál era esa importancia, pero sí que era un lugar importante. Con el tiempo me decidí a armar el primer sitio, que era como una culminación de todo lo anterior: la fascinación de chico, la experiencia de adolescente y el haberme cultivado de grande, leyendo, buscando información, interesándome. Hasta ese momento era todo Recoleta: las familias patricias, los políticos que hicieron grande esta nación, pero, ¿y Chacarita? Acá encontrás un ramillete de artistas, de políticos, de amigos y enemigos, historias cruzadas que se han ido tejiendo, y eso sumado a toda la simbología. Si bien hay elementos que se repiten en otros lugares, hay cosas que se dan solamente en este cementerio: es un crisol de arquitecturas, donde tenés una bóveda con estilo gótico, otra con estilo ortodoxo ruso, otra con estilo francés, algunas árabes. Al ser un cementerio de pueblo y porteño, contiene todo el conglomerado de la gente, y eso lo hace distinto. Cada cementerio tiene su encanto. En Recoleta por ahí encontrás rasgos que son más exclusivos. Acá no.

-Siendo un cementerio del pueblo, supongo que es así como debe ser. Cuando algo es popular siempre es caótico y se va formando como puede, reflejo de esa mezcla de costumbres.
-Acá tenés la parte de tierra que es donde va la mayoría de la gente, el laburante que no tiene recursos para ir al panteón o a la galería, y menos todavía para tener una bóveda familiar. En el cementerio de Flores, por ejemplo, está bien arraigada la comunidad boliviana, y ahí se empiezan a ver sus costumbres populares, pero, ¿qué pasa? Aparentemente no entra en la cabeza de las autoridades que ellos puedan demostrar libremente sus costumbres. No se permite, se vigila. Nosotros traemos las raíces de los tanos y de los españoles: luto riguroso, llanto todo el día y música sacra. Ellos piensan distinto porque son herederos de la cultura andina. Para ellos es el muerto el que viene de visita. Por eso hacen la ceremonia de llevarles la comida que les gustaba y de reproducir sus costumbres: porque el muerto visita a los vivos, y ellos quieren que sea un momento alegre. Hay que aprender de esas cosas porque nos serviría también a nosotros para elaborar mejor nuestros propios duelos. Hay que cuidar las singularidades de los cementerios. Hoy, lamentablemente, con la vorágine de las grandes ciudades, ese rastro se está borrando. Creo que es un deber mantenerlo porque forma parte de nuestra identidad, de nuestra cultura y de nuestros antepasados.

-Como se borra la cultura de los muertos también se borra la cultura de los vivos: todo tiende a la estandarización de las formas de vida y al ninguneo de las miradas minoritarias. 
-Eso se llama “gentrificación”: borrar rastros identitarios de los barrios, de los pueblos. Los edificios nuevos son todos iguales y entonces se va perdiendo la huella original. Es, en parte, lo que están haciendo en la Chacarita, achicando los espacios, metiendo un parque forzosamente, cercenando.

“Hay que cuidar las singularidades de los cementerios. Hoy, lamentablemente, con la vorágine de las grandes ciudades, ese rastro se está borrando.” 

Es un reflejo de lo demás y no tiene nada que ver con ningún bien ambiental. Es todo parte de un negocio, porque conlleva obras que son millonarias. De otra manera, sería muy fácil arreglar un cementerio. Pero siempre hay algo que genera más rédito.

-Néstor Pan (ex director general de Cementerios de la Ciudad de Buenos Aires) expresaba, en una nota periodística, que las estructuras de los cementerios ya no se mantenían y pedía por una ley que contemple los nuevos hábitos sin perder de vista ciertas costumbres. ¿Cuál es tu mirada?
-Está bueno lo que plantea, porque está relacionado con un contexto de mejora para el cementerio. Las obras que hay ya tienen 50 o 60 años, y eso quiere decir que hace mucho tiempo que no se hace nada. No son ni diez años ni veinte. Ahora hay un movimiento, pero en vez de buscar mejorar las condiciones resulta que se está demoliendo y se está cercenando el ámbito de cementerio. Eso está pasando hoy. Nuestra idea es que el cementerio siga siendo cementerio. Pero, ¿qué pasó en Elcano? Resulta que se construye una plaza en un lugar donde había sepulturas y el gobierno lo niega: dicen que nunca hubo sepulturas ahí. Dicen también que había un paredón que se estaba viniendo abajo y tampoco era así. Y en todo caso, no tenía el mantenimiento adecuado. Hacen una plaza excusándose de que se cae la pared, y que está oscuro, y que es peligroso, pero la realidad es que nadie sabe cuánto costó esa plaza: una plaza que hicieron a tres metros de la morgue donde habían ido a parar los chicos de Cromañón. Quiero decir, no es un lugar para eso, y si nos damos una vuelta a las doce de la noche vas a ver que ahí sigue estando tan oscuro como  cuando estaba el paredón.  Entonces, ¿qué me vienen a decir? Las cosas tienen que ser claras: boletín oficial, “el parque salió tanto, se hizo por esto, por esto y por esto”. La Legislatura había pedido un informe sobre el impacto ambiental que jamás se presentó. Y el proyecto salió igual, sin la aprobación de la Legislatura. Si no hubiera habido una oposición barrial como la que hicimos, aquel 31 de diciembre a las 12 del mediodía, sacaban la fotito y lo inauguraban. Con deudos y gente del gremio (Sindicato de Obreros y Empleados de Cementerios de la República Argentina) aunque sea les arruinamos esa foto, porque sino cortaban la cinta y se quedaban con el rédito de eso que habían hecho.

-¿Considerás que sos un estudioso de la historia funeraria porteña o argentina?
-Una cosa lleva a la otra, inevitablemente. Yo empecé por la Chacarita, a raíz de una foto que conseguí en el Parque Rivadavia. Después vi que en Mercado Libre de Uruguay se ofrecía una medalla que había pertenecido a la inauguración del Panteón Español de Socorros Mutuos. Entonces te das cuenta de que no son solo algunos libros, sino que hay todo un abanico de elementos que forman parte de la historia de un cementerio y del patrimonio funerario. No es que un día se le cantó a alguien hacer una medalla, sino que allá por 1910, o 1920, las asociaciones mutuales se hacían cargo de un montón de ceremonias. Lo pongo en contexto: cuando vinieron las olas de inmigrantes, muchos no tenían donde parar y no encontraban una compañía. Venían los tanos, los catalanes, los gallegos, y estaban todos desperdigados. Entonces se fundaron estas asociaciones de Socorros Mutuos: la catalana, la española, y ahí se reunían los paisanos. Era como un lugar de encuentro, comían, bailaban. Pero llegó un momento en que los tipos se empezaron a plantear que se iban a morir y que no tenían nada resuelto para eso. Empezaron a juntar dinero con ese propósito, aparte de que en esa época el cementerio de la Chacarita recién se empezaba a expandir y regalaba muchos lotes. Así se construyeron sus panteones, y así es que hoy encontrás el Panteón de la Asociación Española de Socorros Mutuos, el Panteón del Centro Gallego, el Panteón de Ligure, que es italiano, y tantos otros. Los asociados a esos panteones se hacían acuñar medallas el día de la inauguración, como un acto conmemorativo que era importante. Por lo general tenían la fachada del panteón y en el reverso figuraba la fecha de la inauguración. Muchas de esas cosas hoy están perdidas y si bien tienen una carga de identidad, carecen de contexto: esta que encontré estaba anunciada como “medalla de panteón tal cosa”. Entonces, bueno, de a poco las voy reuniendo en una colección.

-El laburo que hacés de investigación conlleva, imagino, el esfuerzo de interpretar las distintas religiones.
-Uno no se convierte en un experto teológico, pero hay mucha simbología que aparece todo el tiempo. Por ahí ves una equis con una pe arriba y las letras alfa y omega a los costados, y entonces ya te interesás, y descubrís que es el crismón cristiano que simboliza la palabra “paz”, en latín, y esas letras alfa y omega representan el principio y el fin de la vida. O encontrás simbología egipcia y cuando te fijás en qué año se construyó esa bóveda resulta que coincide con que en ese momento habían hallado la tumba de Tutankamón y se había armado como un revuelo que tenía que ver con esas noticias que venían desde Egipto. La Masonería también tenía sus propios símbolos, y así te vas encontrando con muchas señales y con diversas costumbres. Los judíos, por ejemplo, no construían bóvedas sino una suerte de criptas algo elevadas de la tierra: ellos no entierran los cuerpos, pero los lavan antes de despedirlos. Cada religión tiene un puñado de costumbres y todo lo que se hace tiene una explicación. Y cuando uno se pone a indagar encuentra curiosidades que tal vez son más esotéricas que religiosas, pero que no dejan de ser interesantes, como el porqué del “camposanto”: se suponía que en ese lugar el diablo no podía apoderarse de los cuerpos muertos, o de sus espíritus. Entonces se bendecían los terrenos y de esa forma ese ser maligno ya no tenía jurisprudencia allí. Por ahí pensás que todo eso es una construcción del catolicismo, pero cuando empezás a leer te das cuenta de que esa estructura básica y ese origen son compartidos por casi todas las religiones. Pero las bóvedas y las tumbas hablan a través de sus símbolos: vos sabés que ahí descansa un masón porque ves el compás y la escuadra, sino, ese tipo sería Juan Pérez.

-Te empezó a pasar que de repente, como investigador, cada elemento que ibas encontrando te remitía a una historia. 
-Era una punta más para darle un contexto a algo que tal vez ni siquiera tenía una foto o un registro. En este caso, puede que no haya una imagen de ese panteón, pero esta medalla da cuenta de esa identidad, porque lo tiene impreso en la contracara, y eso ya es un valor documental. Pasa lo mismo con postales o con la papelería fúnebre. La burocracia sirve para documentar. Otra cosa interesante son las esquelas: antiguamente tenían un arte de tapa que acompañaba la foto, bien labrada, y por ahí venía el texto en italiano y en el reverso se lo traducía al castellano para que se entienda dónde se iba a inhumar. Y todo eso fue evolucionando, desde la cosa bien artesanal hasta lo que es ahora que, bueno, es un papel con una cruz y algo escrito a máquina, y chau.  Pero había cosas de ese estilo: un sobre con una tarjetita que se entregaba a los participantes del luto, con palabras de la familia agradeciendo la presencia. Era una ceremonia y todo eso de a poco se fue perdiendo. Yo intento rescatar esos elementos, incorporándolos a esta colección. Cuando voy a buscar esas cosas por ahí me pasa que la caja que me dan para revolver es la típica de una mesita de luz de una señora que murió, y me da un poco de pudor meter las narices ahí, pero en definitiva le encuentro sentido a eso porque yo sé que son cosas que tuvieron un valor y hago lo que hago para exponerlas y revalorizarlas.

-Me imagino que cuando arrancaste no tenías una idea acabada de que había un hueco que era necesario cubrir, en términos históricos, o de la importancia del laburo que podías llegar a hacer.
-No, desde ya. Por ejemplo, te puedo hablar del profesor Diego del Pino, que es un historiador del barrio de Chacarita, un tipo que dictó clases acá y que fue muy querido. No alcancé a conocerlo. Fuimos casi contemporáneos, porque él murió cuando yo llevaba poco tiempo de haber empezado con estas investigaciones, es decir que pudimos haber conversado. Hubiese sido muy interesante para mí. Fue uno de los fundadores de la Junta de Estudios Históricos de Chacarita y Colegiales. Escribió libros. Esto era la chacrita de los colegiales. Después, con el tiempo, se dividió y quedó Chacarita y Colegiales. Él fue un precursor de esta historia barrial y de la identidad del cementerio. Lo que pasa es que en los libros encontrás que el cementerio aparece como un apartado, y yo me aboqué directamente a eso. Por supuesto que el barrio tiene que ver, porque acá a diez cuadras tenés el Mirador Comastri. Agustín Comastri fue pionero en el barrio, dueño de tierras, y hoy descansa en la bóveda familiar. Aparte, en torno del cementerio se genera una movida comercial y barrial que es muy intensa. El cementerio original se emplazó en lo que ahora es el parque Los Andes, y ya en ese momento trajo vida al barrio. Todos los inmigrantes que tenían un oficio, tipos que por ahí en Italia eran ebanistas, carpinteros o laburantes del mármol, empezaron a venirse a la chacrita de los colegiales, ¿a qué? A aprovechar todo lo que se estaba generando en torno de ese cementerio. Como decía antes, las familias de cuidadores que todavía sobreviven son todos tanos, y vienen de generación en generación. Por ahí sus abuelos se habían juntado en ese tiempo para empezar a construir sus casas. Por eso, si bien el cementerio inspira tristeza y tiene la desolación de la muerte, trae vida y movimiento barrial.

-En torno de los cementerios hay dos historias, una popular y otra escrita por los poderosos, ¿qué percibís vos, como historiador?
-En Recoleta tenés todo lo que tiene que ver con las familias patricias. Es un lugar exclusivo que se podría decir que fue el primer cementerio civilizado, justamente porque se le dio ese contexto de cementerio. Es de 1822. Antes se enterraba en las iglesias: la San Miguel Arcángel, la de los Franciscanos, todas tienen sus criptas. En las naves están las sepulturas. Las familias que podían tener acceso tenían sus propias sepulturas, ya sea en la cripta o en la nave de la Iglesia. No había entonces un cementerio para la gente, para el laburante.

 En la esquina del Banco Nación, en Plaza de Mayo, estaba el pozo de las ánimas, y ahí se arrojaban los cuerpos. Era lo normal en esa época. En la plaza Roberto Arlt, que también está ahí cerquita, en Avenida de Mayo, había un lugar donde también iba a parar la gente pobre, los negros.

“Si bien el cementerio inspira tristeza y tiene la desolación de la muerte, trae vida y movimiento barrial.”

En ese momento, o estabas bien ubicado o eras pobre, entonces las opciones eran las criptas o los pozos comunes, no había algo más armado. Después se monta el Cementerio del Norte en un terreno donde se hacían plantaciones. Al principio fue un despelote, y ahí se empieza a inhumar. De a poco ese lugar empieza a tomar entidad. Más adelante aparece el Cementerio del Sur, que hoy es el parque Florentino Ameghino. Ahí sí, la gente común ya empieza a tener un sitio de entierro. También había divisiones religiosas, porque a la par surgían los cementerios disidentes, que eran para los no católicos, fundamentalmente los ingleses protestantes, pero también algunos masones. Uno de los primeros que hubo estuvo al lado de la iglesia Nuestra Señora del Socorro, en la calle Juncal. Después pasó por la plaza Primero de Mayo y finalmente se trasladó a lo que es hoy el Cementerio Británico, acá, en Chacarita. Es muy común encontrar ahí alguna lápida con el compás y la escuadra, el símbolo masón; también hay expresiones de la ortodoxia rusa y hasta cruces celtas, porque ellos también traían un linaje anglosajón. Hay muchísimos judíos. Cuando se desmonta el cementerio del Sur, allá por 1870, empiezan a traer los muertos para las chacritas de los colegiales. Eran dos horas de carreta: se empezó así, trayendo los cuerpos en carretas, y al final se terminó haciendo una extensión del ferrocarril solo con ese fin, y ahí es cuando aparece la historia de La Porteña trasladando los cadáveres desde el centro, por Corrientes y a contramano. En la estación Bermejo se cargaban los ataúdes y así se los traía hasta Chacarita.

Tenía dos audios de WhatsApp para compartir con Hernán. Nacho Levy, referente de La Garganta Poderosa, me los había mandado para explicarme cómo se arreglan en las villas y en los barrios populares para hacer frente a los gastos que implica el sepelio de algún vecino: “Históricamente, los familiares y allegados del fallecido se organizan para pasar puerta por puerta a avisar que están haciendo una colecta. Los vecinos se informan sobre la persona que falleció y, la conozcan o no, aportan con lo que cada uno puede. Así se paga la enorme mayoría de los sepelios, con un sistema de organización popular y con la ayuda de todo el barrio”. Hernán termina de escuchar el primer audio y agrega que los servicios no salen dos mangos porque, como todo, eso implica un negocio para mucha gente.

 Segundo audio: “La cultura de la solidaridad tiene poca prensa y no combina con el estigma. Nosotros decimos que es un orgullo de Zavaleta que en 50 años ningún vecino se haya quedado sin su sepelio. Acá, enterrar a un hijo o a una madre duele igual que afuera, la diferencia es que el costo promedio de un sepelio supera el salario promedio de un vecino. Cuando muere un chico se producen imágenes que son muy fuertes, porque el cajón es pequeño y porque los nenes del barrio llevan juguetes en vez de flores. Es duro, es chocante, pero es una realidad que lamentablemente vivimos más seguido de lo que cualquiera podría pensar”.

Vizzari mira a la calle desde la ventana al fondo del viejo café que está en la esquina de Fraga y Lacroze. Se toma su tiempo.

-Antiguamente las familias más humildes podían costear los gastos que implica un sepelio porque las casas velatorias solían ofrecer algún servicio más humanizado, precisamente para que nadie se quede sin acceso. Si hoy la gente tiene que hacer colectas es porque ya no hay un servicio de asistencia como el que debería haber, para los vecinos de las villas o de los barrios más humildes. Si un padre de familia gana siete lucas, ¿cómo hace para afrontar lo que cobran hoy las casas velatorias? Y eso sumado a la desgracia de que estos barrios tienen más muertes de chicos que en ningún otro lugar. Pero la ayuda siempre sale del pueblo. Cuando ves las inundaciones, automáticamente es la gente la que va a poner el hombro. Después llegan los gobernantes con las botas puestas para sacarse la foto. Es así. Entonces, no me extraña que esto esté pasando. Sí me extraña que los chicos se mueran como se mueren. Yo soy un convencido de que todas las provincias tendrían que tener su hospital de niños funcionando de una manera eficaz, y no que tenga que venir un avión sanitario desde no sé dónde para intervenir en una situación de emergencia. Pero no pasa nada de eso. Entonces, no me extraña el sistema de solidaridad que construyen los vecinos, pero sí me molesta que el común denominador sea que muera un chico. Siempre el humilde fue más generoso que el rico, porque sabe lo que es un plato de comida en la mesa y lo valora. Eso que pasa en la villa tendría que pasar en todas partes, en líneas generales. Pero, insisto, lo primero que tiene que pensar el Estado es cómo hacer para que ese chiquito no llegue al cementerio. ¿Cómo prevenimos eso? Un ataúd es fácil de hacer, lo complejo es lo otro. Si ocurre es porque alguien no tomó cartas en el asunto: si una criatura se muere de desnutrición en una provincia, tiene que renunciar desde el gobernador hasta el último concejal. No sirven. Tendría que ser automático. Pero, bueno, el sistema ya viene mal barajado desde arriba. El desafío es que los chicos no tengan su ataúd.

-¿Cuál es la diferencia esencial entre el tratamiento que le damos a la muerte los porteños y las formas de la cultura andina?
-La nuestra es la concepción victoriana, que viene de Europa y que tiene el negro como color predominante. No tiene que ver con una religión sino con esa costumbre que vino en barco. En algún momento, vaya a saber por qué, los europeos asociaron a la muerte con el negro. Y así quedó. De la misma manera que se relaciona la pérdida de un niño con el color blanco, que simboliza la pureza. Cuando se veía una carroza fúnebre blanca se sabía que había muerto un chico. Son las costumbres que tomamos de Europa. Es más, en el centro estaba la Casa Luto que vendía ropa exclusiva, los típicos vestidos victorianos, que llegaban acá con un desfasaje de años. Son ritos que se han ido expandiendo con el tiempo en vastos sectores de Argentina, fundamentalmente donde se formaban las conglomeraciones más grandes de gente. Tiene mucho que ver con el color y en definitiva es eso: que nosotros vamos al cementerio a despedir al muerto, mientras que en las creencias andinas es el muerto el que viene de visita.

-¿Creés que la tradición andina, por ejemplo, sí pudo romper con el tabú de la muerte?
-Por supuesto. Son tradiciones muy antiguas, mucho más que las nuestras. Tienen otra concepción, su propia filosofía y un conjunto de ideas que están mucho más alineadas con la naturaleza. Algo similar pasa con el tema de los mayas, sus calendarios, ¿cómo hicieron para organizarse de esa manera? Bueno, tenían una concepción diferente a la que después trajo la civilización que vino de Europa. Pero ya había acá una estructura de organización social y, por supuesto, tenían sus propias creencias. Ahora vos ves que se retoman algunas de esas costumbres: el chamanismo, la comida natural, la Pachamama. Por algo es que todo eso no se perdió. Si nos ponemos a pensar, hubo un genocidio terrible de los nativos americanos y su cultura milenaria, y sin embargo estamos volviendo. No se pudo terminar de quebrar toda esa historia. El rastro identitario es muy poderoso.

-¿Es cierto que en una época la policía esperaba a los delincuentes durante el 2 de noviembre en el cementerio?
-Era una artimaña que tenía la Policía para enganchar a los que no estaban pudiendo enganchar por otros medios. El Día de los Muertos tuvo su relevancia acá como la sigue teniendo en muchos otros países de América. Con el tiempo nosotros fuimos dejando de lado esa ceremonia y hoy el 2 de noviembre es prácticamente un día más. Pero las crónicas dan fe de que pasaba eso. Es interesante cómo antes resultaba inevitable acercarse en esa fecha a poner una flor a los muertos queridos. Sin ir más lejos, a los integrantes de la familia Gambino, la mafia italiana, siempre los escrachaban a la salida de algún velorio. Hay muchas fotos que dan crédito de eso: tipos que se pasan la vida por izquierda y que, sin embargo, no pueden evitar dar la cara en ese tipo de situaciones. Son códigos que tenían los delincuentes de esas épocas. Los delincuentes no dejan de ser seres humanos.

-¿Cómo fue esa historia de tu infancia y adolescencia vinculada con el cementerio?
-Cuando era adolescente venía en bicicleta desde Versalles, el barrio donde vivía. Muchas veces con algunos amigos. Mis viejos se pensaban que estábamos por allá, dando vueltas por el barrio. Pero no veníamos exclusivamente al cementerio, porque había veces que por ahí seguíamos hasta los bosques de Palermo. Pero, ¿qué pasa? Yo siempre me los traía a los pibes porque se asustaban, y a mí me divertía. Eso, al margen de que de por sí me gustaba venir y pasar el tiempo acá, en el cementerio. Nos juntábamos en Fragata Sarmiento y Warnes: era la parada obligatoria, porque había una vieja despensa y ahí comprábamos jugos de naranja o gaseosas. Eran nuestras aventuras. Por supuesto que la calle en ese momento era más tranquila, no había ningún problema. En Chacarita viví un tiempo, pero era más chiquito. Un tío mío laburaba en la municipalidad y hacía horas de trabajo en el cementerio, entonces más de una vez por ahí lo acompañaba. En esas venidas empecé a conocer, pero la parte que mejor recuerdo es la de esos viajes en bicicleta que nos mandábamos con los pibes. Es lo que te queda más en la retina. Una vez nos agarró una tormenta terrible acá adentro, no nos olvidamos más.

-Y a nivel personal, ¿cómo te llevás con el tema de la muerte?
-Obviamente que a uno lo pone triste, o le molesta, que los seres queridos se vayan, de la manera que fuere. Cuando estoy en un cementerio trato de evitar pasar por un responso o detenerme en un momento de entierro. Esas cosas me dan tristeza, no me gustan. Lo visualizo en un nivel histórico y dentro del contexto del cementerio, pero no me causa ninguna gracia. No es que yo, por hacer el trabajo que hago, me acostumbré de otra manera a la idea de la muerte.

Si bien uno lee sobre el duelo y conoce algunos de sus procesos, no quiere decir que no vaya a sufrir. Mi muerte no la pienso tanto. Lo que no soporto ver son los geriátricos: me pone muy mal el hacinamiento de esas personas que están atravesando el último tramo de su vida en esas condiciones, que fueron niños, que tuvieron mi edad y que acaban así. Vos los ves que están mirando un punto mientras su tiempito de vida sigue pasando. Eso sí me produce miedo, la posibilidad de tener que pasar por una situación de ese tipo.

“Cuando estoy en un cementerio trato de evitar pasar por un responso o detenerme en un momento de entierro. Esas cosas me dan tristeza, no me gustan.”

Un entierro me pone mal pero, en fin, es algo que es inevitable. Ahora, esa gente que está viva, todavía con aliento, qué sé yo… Es una tristeza traumática, distinta a la de los cementerios.

-Cuando decís que como sociedad todavía no pudimos romper ese tabú, ¿cómo lo interpretás?
-Tiene que ver con esto de que al cementerio se lo sigue viendo como un depósito de muertos, en vez de darle una entidad histórica y un cuidado cultural. Por eso, cualquiera que se lo proponga, puede avasallar un cementerio, porque no hay una pertenencia. Andá a ver qué pasa en el Cementerio Green-Wood, en Estados Unidos: en ese y en muchos otros cementerios del mundo existen grupos o asociaciones que por lo general son los “amigos del cementerio de”. Acá en Recoleta eso existe, pero es para caretear, se juntan a ponerle la flor a Bartolomé Mitre, no es una cosa de cuidado genuino del lugar ni de respeto por su historia. En Flores, y en Chacarita mismo, el vecino no existe, no hay una identidad de pensar al cementerio como el lugar donde descansan, entre comillas, o están tus familiares, tus amigos, tus vecinos. Está a merced de lo que sea. También tiene que ver, ese tabú, con el miedo a la muerte: “Lejos, lejos”. Antiguamente se veía pasar una carroza fúnebre y uno no hacía cuernitos, sino que se sacaba el sombrero o se persignaba, como símbolo de respeto. Es una cuestión de negación y la falta de un contexto histórico, cultural y patrimonial que permita preservar todo eso de la misma manera que se preservan las catedrales o se mantienen los monumentos en las plazas. ¿Por qué no se puede seguir manteniendo un cementerio, si es algo histórico y cultural como tantos otros íconos? Yo insisto mucho con el lema “cementerio de la Chacarita, ícono de Buenos Aires”, porque realmente lo es. Acá hay orquestas enteras de nuestro tango, artistas, políticos que fueron artífices de nuestra historia.

Las cosas se dan por algo: la gente puede dejar de mantener una bóveda, es cierto, ahora bien, si el municipio no le da al cementerio la mano de obra que necesita, las refacciones y el mantenimiento, si cada vez que vas a ver a tu pariente está todo inundado, ¿qué vas a pensar? “Dejá, yo no vengo más”. Hablábamos de volver, ¿y a qué se está volviendo ahora? A la cremación. Antiguamente se cremaba.

“Al cementerio se lo sigue viendo como un depósito de muertos, en vez de darle una entidad histórica y un cuidado cultural.”

Hubo una época en que la Iglesia tuvo que salir a decir que el que se cremaba era un hereje porque destruía la creación del cuerpo. Es más, hace poquito se puso en tela de juicio a dónde van a parar las cenizas. Pero la muerte es algo tan personal, la muerte de un familiar y la de uno mismo, que nada ni nadie se puede meter en el medio. Por más que la Iglesia Católica o quien fuere diga “no tirés las cenizas en la cancha de Boca”, es el deseo y la decisión íntima de esa persona. Entonces volvimos a esos inicios, a la cremación. Es fácil poner un cartel que dice “peligro de derrumbe” ahí donde en años no pusiste ni una ceresita para arreglarlo. Si en tu casa dejás que la gotera se siga agrandando con las lluvias, va a llegar un momento en que el techo se te va a caer en la cabeza. Esto es más o menos lo mismo. El crematorio de la Chacarita no se hizo en la época de la fiebre amarilla: empezó a funcionar en 1903, ya habían pasado treinta años del foco de la epidemia, y se utilizaba muy poquito. El auge de la cremación es ahora y tiene que ver con que es una manera más práctica de resolver esas situaciones, al margen de la cuestión económica.

-¿Creés que se debería charlar más naturalmente sobre el tema de la muerte, en un nivel familiar y desde la infancia?
-Claro. Al chico que va a una escuela católica le enseñan a leer determinadas cosas, pero no le enseñan a razonar la Biblia, y no le dicen que existen otras opciones más allá de ir a misa, por ejemplo. Creo que todos los chicos deberían hacer un curso de primeros auxilios, casi como algo obligatorio, para que aprendan a manejarse en ciertas situaciones de emergencia. Que todos los chicos salgan del colegio con los conocimientos esenciales para salvar una vida, y no que lo tengan que hacer después, cuando por ahí ya tuvieron esa chance de ayudar. Esa clase de conocimiento ya produce un compromiso con el otro y la valoración de algunas cosas. Si les enseñaran desde chicos qué clase de situaciones pueden ocurrir y cómo manejarlas, los momentos de dolor que les toque atravesar serían un poco menos traumáticos. La instrucción y el conocimiento siempre son buenos, lo mismo que la verdad. Y de esa manera estoy seguro que ese chico va a tener otra fortaleza durante su adultez.

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