Gustavo Sala: “Si el combustible espiritual de Ari Paluch es maltratar a sus esclavas, el mío es tomar mate”

Texto: Pablo Díaz Marenghi / Fotos: Jesica Giacobbe

 

No le fue fácil a Gustavo Sala (1973) hacerse de sus primeras revistas de historietas en su Mar del Plata natal. Sin embargo, a fuerza de perseverancia y de un hambre voraz que debía ser saciado a partir del divertimento de la lectura, se hizo de las revistas de la editorial española Bruguera, conoció la revista MAD y las ilustraciones grotescas de Robert Crumb. Quizás, uno de sus mayores referentes. No lo sabía en aquel momento pero el futuro lo encontraría viviendo en una pensión en Buenos Aires, tendiendo puentes con historietistas y forjando un estilo de vida en pos de las viñetas. Lo que comenzó como un hobby casi infantil se terminó convirtiendo en su trabajo y su pasión.

Su tira Bife Angosto, que se publica hace años en el Suplemento NO de Página 12, se convirtió en un clásico en donde vuelca su estilo particular y revulsivo, hiper cargado de sátira, parodia y tintes escatológicos. Tetas, pijas, fluidos y secreciones de todo tipo desbordan los recuadros y lo convierten en un ilustrador no apto para todo público. En su último libro, Desgracias Totales (Gourmet Musical), recopiló todas sus tiras e ilustraciones que tienen en común al rock como tópico principal. Esto le sirve a Sala para reírse de sus propios ídolos: evidencia la contradicción de Patti Smith abrazada al Papa, defenestra a MTV, se ríe de Morrissey, Spinetta o Charly García. En resumen, se encarga de ir con los tapones de punta al rock que es, también, su forma de ser.

En un bar de San Cristobal, Sala gesticula mucho, tanto que vuelca un jarrito de café. Nada interrumpe su verborragia. Reflexiona sobre su oficio, sus comienzos y su mirada en torno al humor, algo que, de manera indefectible, atraviesa toda su obra (que también lo encuentra hace ya tiempo en el programa A los Botes, de Futurock). Su mirada es esperanzadora: “La historieta, todavía como creación, tiene unas posibilidades estéticas todavía inexploradas”. Viñetas, culos y rock and roll.

-¿Tu principal interés siempre fue el humor?
-Sí. En algún momento tuve la intención de hacer algo más serio, grandilocuente o sórdido; mezclar Bukowsky con Jodorowsky y cosas más psicodélicas o pretenciosas. Pero como mi dibujo es, y supongo que seguirá siendo, bastante limitado, me di cuenta que no iba a tener muchas posibilidades para contar algo de ese estilo. También tuvo mucho que ver que me había enganchado con la revista MAD, emblemática revista de sátira que aún sigue saliendo después de muchas décadas en EE.UU. Acá, a principios de los ochenta, salía una versión editada en Argentina que tenía el material traducido y algunas cosas de autores de acá. Mezcladas. Era una locura. Fue, también, una especie de escuela. A fines de los noventa salió la revista Suélteme, que era un especie de revista independiente con autores como Diego Parés, Esteban Podetti. Gente muy joven que hacía una revista dirigida por ellos mismos con el caos que eso significaba. Fue una experiencia alucinante y muy influyente, que hoy no es recordada como debería serlo. Ahí empezó a publicar Liniers antes de firmar como Liniers, por ejemplo. En ese momento ya me sentía más identificado con las posibilidades del humor y del grotesco. Era, también, un alivio para el dibujo limitado. Estaba habilitada la posibilidad de que con un dibujo bastante chungo pudieras contar lo que se te cantaba el culo.

-Igualmente, tu estilo, si bien es netamente humorístico, se emparenta con lo sórdido o con lo escatológico.
-Siempre fui por ese lado porque tiene que ver con esta cosa infantil de volver a hacer chistes de pedos, de pitos, de culos. No como una búsqueda o como un punto de llegada sino como un elemento más. Con un sorete podés hacer algo interesante o no. Son elementos. Nada más. No es nada en sí mismo. Siempre me interesó esa cosa orgánica del dibujo y los personajes que se muevan. Tratar de lograr esa cosa nerviosa en un dibujo plano, bidimensional, impreso en un papel que parezca que el dibujo esté transpirando, nervioso, eyaculando; vivo, de alguna manera.

-Antes hablabas de ciertos temas “serios”. En general, se considera que el humor no es un tema serio. ¿Cómo lo ves?
-Creo que cuando se habla de humor no sabemos si estamos hablando de Midachi o de Monthy Python. Hay muchos humores y hay muchas estéticas. Puede haber una mirada general de querer buscar una mirada más satírica, o de burlarse, o de meterse con temas más oscuros, más livianos o más luminosos. Como concepto lo relaciono con el rock, tratar de reírse o de buscar otra cosa que no te da la propia realidad. Aunque cada vez es más difícil. La realidad es cada vez más grotesca que el grotesco que a uno se le pueda ocurrir. Los niveles de psicodelia o de locura que uno puede imaginar siempre se quedan atrás de lo que la propia realidad te pone en la cara. Un poco pasa en el rock, a veces hay mucha seriedad y cosas muy enormes que terminan siendo una cosa bastante tonta. O gente grande que sigue actuando como si tuviera ocho años. Cosas muy ingenuas que a veces quedan un poco patéticas. Me parece que el humor es una buena manera de reírse de eso. Aún reírse de cosas que uno banca o admira. También es muy susceptible a la indignación. Hay gente que no se banca que uno haga algo con determinado tema, más allá de cómo lo hagas y de qué hagas. Podés usar el humor para divertirte con una pavada, con una teta que chorrea jugo Tang en vez de leche, o con algo tan oscuro y jodido como la pedofilia. Son diferentes humores y diferentes posibles consecuencias.

“La realidad es cada vez más grotesca que el grotesco que a uno se le pueda ocurrir. Los niveles de psicodelia o de locura que uno puede imaginar siempre se quedan atrás de lo que la propia realidad te pone en la cara”

-Cierta corrección política que emerge hoy en día, sobre todo en redes sociales, ¿perjudica o restringe las posibilidades del humor?
-La verdad que no sé. La corrección política es un término que está elastizándose a un punto que ya no sé bien de qué se habla. Lo que me parece siempre negativo es la censura y, peor aún, la auto censura. Igual creo que el derecho a la indignación me parece completamente lógico, válido y necesario. Lo que me parece un problema es cuando eso se corre de su lugar razonable. Si por un chiste de un dibujante, hay un montón de tuits en contra, me parece muy bien porque es un poco el chiste de las redes sociales. Es la gratuidad de quejarse. Ahora, si alguien viene y me quiere cagar a trompadas, ya no me divierte tanto, porque me parece que esa no es una red social anónima, es algo un poco más real y encima me dolería bastante supongo. Exterior e interiormente.

-En relación al rock, el tema principal de tu libro, en el prólogo (Andrés) Calamaro te relaciona con Spinal Tap y con (Diego) Capusotto, producciones culturales que se ríen del rock. ¿Por qué decidiste ser crítico del rock a partir del humor?
-Me interesaba y me parece movilizadora esta situación de “vaca sagrada”, de estos totems cuyas obras en muchos casos admiro. Empezando por el más grande, o el más icónico, el Indio Solari, Charly García, el propio Calamaro, (Gustavo) Cerati, (Ricardo) Iorio, Juanse. Gente que ha desarrollado canciones y fanáticos, y una especie de horda, en muchos casos fans que pasan un poco a lo religioso, casi a esta imagen de la “misa ricotera” y la peregrinación a ver al Indio. Cosas que no tiene nada que ver con el humor. Soy fan de Cerati, (Luis Alberto) Spinetta, de Charly, del Indio, de Cerati, de Los redondos, pero también me gusta buscarles los lados oscuros. Pappo, por ejemplo, ya se sabe que toca bien la guitarra. No es muy gracioso hacer un chiste con eso. Pero los lados oscuros de los personajes me parecen más interesantes. Prefiero hacer un chiste de Pappo maltratando a una periodista que un chiste de que era mecánico o que le gustaban los autos. Por supuesto al fan no le va a parecer simpático, porque va a querer que eso no circule. Los contrastes de los lados oscuros de los personajes, muchas veces alimentado por determinada prensa rockera más condescendiente, por una cuestión de amiguismos o de determinada buena onda generalizada, hace que un montón de cosas no circulen. Me parece poco inteligente. Siempre me gusta hablar, por ejemplo, de uno de los tipos que más humor tenía o que parecía tener, Spinetta, cuando su obra parecía todo lo contrario. En el disco Peluson of milk (1991), uno de mis favoritos, en el tema “Lago de forma mía” aparece un sample de Tangalanga, que es lo último que uno podría imaginar que puede aparecer en un disco de Spinetta. Esos cruces me parecen milagrosos y muy interesantes como para poner la lupa.

-Viendo tus tiras recopiladas, hay algunos personajes o situaciones recurrentes. Una es la foto de Patti Smith con el Papa Francisco. ¿Eso, en particular, te impactó?
-Me pareció muy significativo. Hablando de contrastes: me encanta Eramos unos niños y lo que influenció a Patti Smith, la poesía y la contracultura, toda la historia de la niña de la poesía del punk. Pero me parece loco que una mina que viene de la contracultura, del punk y de lo poético termine sacándose una foto con el Papa que representa un tipo que dice “los homosexuales son enfermos” o que ya sabemos a lo que se opone. Si hay algo poco rockero es el Papa. Entonces ahí hay tensiones extrañas que conviven que me parece, por lo menos, lo mínimo que uno puede hacer es un chiste. En realidad, el chiste ya lo hace la propia realidad; tratar de juntarlos en un dibujo a esas situaciones. Como a veces también se habla del humor cuando se juntan dos elementos que no se pueden juntar. Buscar una tensión con elementos imposibles. Bueno, el Papa y Patti Smith se juntaron ellos solos. No tiene que venir un humorista que los junte. O sea, yo no hice nada ahí. Soy una especie de testimonio nomás. Pero también me divierte la situación de que algún fan de Patti Smith se enoje o se indigne. Eso me parece alucinante.

-Otro elemento que aparece bastante es Daniel Johnston, que también, si bien es un artista destacado, hay toda una representación alrededor de su arte.
-Si, también a mí me da un poco de vergüenza. O sea, me parece increíble el documental de Daniel Johnston, su música, sus dibujos, pero me dio un poco de vergüenza cuando vino a Buenos Aires la especie de fascinación o fanatismo, casi de una excitación radicalizada. Casi con cierto morbo. Alguien puede pensar que me estoy burlando de la figura de Daniel Johnston. En realidad me encanta. Pero también otra de las cosas interesantes del humor es que, como no está claramente especificado desde dónde hablas, puede tener diferentes lecturas o ser interpretado de diferentes lados.

-Claro, te reís más bien del que se volvió fanático a partir del documental.
-Si, ponele. Otro de los tópicos de la música en general es el morbo de la muerte. Seguramente Amy Winehouse habrá empezado a vender más discos desde que murió que en vida. Mucha gente empezó a hablar de Spinetta después de que murió y empezaron a haber tres homenajes por minuto. A veces el humor es opinión, también. Es como tratar de deslizar ideas, mensajes, o cosas que te joden a través de chistes, de dibujos. Casi siempre contando cosas u opinando de algo.

-Ocupás un lugar importante, también, en la radio. Estás en FutuRock, radio que le da un lugar importante al rock ya desde su nombre. Incluso se plantea de un modo alternativo a las radios tradicionales. ¿Cómo ves la relación hoy en día, desde tu lugar en esa radio, entre el rock y los jóvenes?
– En Futurock se le da bola mucho a la música independiente, a las nuevas estéticas, a un montón de gente que ahora está haciendo música que por ahí no suena en las radios o en los circuitos mainstream. Es una manera de hacer una curaduría musical en un momento donde hay tanto, muy bueno y muy malo. Entonces alguien que por ahí no tiene alguien que le señale, puede terminar perdiéndose música buenísima porque no se la cruza o porque nadie le dice o porque nadie le recomienda. Hoy la gente no compra revistas especializadas. Hace poco dejó de salir la Inrockuptibles, que en un momento fue una especie de faro. Hace tiempo la revista El Amante también era un lugar donde uno podía descubrir o seguir a determinada gente que recomendaba autores. Siempre hubo medios que uno podía tomar de padrinazgo o lugares de faros. Hoy está internet, que hay millones de revistas, de sitios, pero a veces no te las cruzas. No hay un kiosco donde te parás enfrente y ves todo internet. En internet es mucho más difícil, porque hay miles de cosas buenas, malas, regulares y todo termina tapándose entre sí. Volviendo a lo de Futurock, ahí ocupo un lugar metiendo un poquito de humor en un programa que sale a la mañana (A los botes) que es más duro, de coyuntura, y con las piñas que te da la propia actualidad. Es un horario en el que hay que estar mucho más al palo. Mi colaboración es meter cosas humorísticas en ese contexto. Con noticias que en la mayoría de los casos son mala onda.

-¿Cómo te sentís vos en relación a la radio?
-Me gusta mucho lo real de la radio, sobre todo la radio en vivo. Porque tiene una cosa salvaje de que está sucediendo mientras se está haciendo. Y la gente que lo escucha, lo está haciendo al mismo momento que está pasando. Hay un nivel de realidad absoluta. Como dibujante, y como tipo que está muchas horas sentado con el culo en la silla en un situación muy estática, la radio (escuchar podcasts más que escuchar música te diría) y al escuchar radio en vivo, vos sabés que ahí hay alguien que está sentado como vos en otro lado pero que está hablando al mismo tiempo, que no te está hablando a vos, pero que podría estar hablándote a vos. Me gusta la compañía de la radio. Dentro del lugar común de la compañía y todo eso, pero un poco es la realidad. Me parece, a diferencia de la historieta que tenés este permiso de hace un boceto, cazar un idea, ir para atrás, retocar, tachar, volver a empezar, la radio que se hace en vivo está haciéndose de una. Eso es muy punk también.

– ¿Tenés tu lugar de trabajo fijo?
– No, tengo mi lugar de trabajo medio mutante, o mis lugares de trabajo. Porque puede ser este bar, donde estamos ahora, otros bares en los que no estamos pero en algún momento estaremos, mi propia casa. No tengo mi estudio. Muchos dibujantes millonarios tienen su estudio, sus esclavos, su jacuzzi. Yo, como soy un dibujante indigente, tengo el contenedor de donde como abajo de mi casa y, a veces, la propia situación estática del dibujo te obliga, o te permite, poder salir a caminar, escuchar conversaciones ajenas que luego terminarán formando parte de chistes, meterte en un barcito y anotar cosas. Como trabajo mucho con ideas y guiones, a veces la idea para una tira o para una página puede tardar en aparecer desde una hora a una semana. Entre esos tiempos, puede aparecer algún apunte que tacho, que dibujo, que va para atrás, para adelante. Y después está el sentarse sobre el dibujo en sí mismo. Todo ese laburo invisible de anotar, pensar, escribir cosas y ver qué pasa. De hecho, hay muchas tiras que suceden en bares. Es un mundo que me parece muy interesante por la riqueza que te permiten las cosas que pueden pasar, en lo (a priori) acotado del universo de un bar.

“La corrección política es un término que está elastizándose a un punto que ya no sé bien de qué se habla. Lo que me parece siempre negativo es la censura y, peor aún, la auto censura”

-Antes mencionabas la importancia que tuvieron las revistas y los fanzines en tu formación ¿Cómo ves ese movimiento hoy en día?
-Creo que es un momento de transición para las revistas, para los diarios y para el papel. Creo que los libros todavía tienen unos años más de estar con vida, de tener cierta necesidad o cierto consumo. Todavía tienen posibilidades. Hasta la palabra revista ya parece una cosa medio peyorativa. Como una cosa en desuso que te rompe las pelotas. En muchos casos, las redes sociales, sobre todo para el humor, revistas como Barcelona o de sátira, hoy Instagram y Facebook y Twitter, están todo el tiempo generando contenidos, fotos retocadas, chistes, tiras. Me parece que eso hace que las personas que quieren ver cositas sueltas, ¿Para qué carajo se van a comprar una revista? El papel ya busca gente que quiera sentarse y leer tranquilo, con otra cabeza, con otra relación, con otro tiempo más que la cosa excitada de las redes sociales, pasarlo al telefonito y leerlo en el subte. Probablemente las revistas, experiencias como Orsai o, en su momento, Maten al Mensajero (revistas especializadas para un público más acotado que terminan siendo más caras para un público más fino) terminen sobreviviendo con tiradas más chicas. Los kioscos eran, en una época, lugares donde podías encontrar milagros. Hoy miro un kiosco y veo colchones de cucharas, los barcos más locos del mundo, muñecas rusas, colecciones de autos; todo menos revistas y libros. Se está convirtiendo, como los cines fueron convirtiéndose en venta de pochoclos y nachos con queso, los kioscos se van a convertir en venta de boludeces, muñecos y dos revistas como para caretearla.

-Y respecto a la historieta puntualmente, que en la Argentina tuvo su época de esplendor y masividad ¿Ves que hoy en día se va convirtiendo en algo más de nicho?
-Creo que es difícil de definir el estado de la historieta desde la propia actualidad. Hace algunos años, en los suplementos culturales de La Nación o Clarín, se hablaba del boom de la historieta, el nuevo resurgir, la aparición de muchas historias especializadas, eventos especializado, autores independientes, autores que venían de Europa. Una especie de salir del placard del gueto. Eso un poco pasó. Pero me parece que era una especie más de burbuja que de realidad. Hoy es muy difícil vivir de la historieta o el humor gráfico trabajando para medios argentinos. Hay más facilidades que nunca para producir y para hacer circular tus historietas. De hecho, hasta podés autoeditar tu libro y hacerlo circular por eventos. Podés editar por una editorial como Loco rabia, Maten al mensajero u Hotel de las ideas. Lo difícil sigue siendo que eso sea visto. Que le vea mi viejo, por ejemplo. Hay una muy sólida escena independiente, como el evento Dibujados, el evento Sudestada en el Recoleta, las cosas que hace Musaraña. Hay un montón de ferias y una especie de circuito que se consolidó en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, pero sigue siendo difícil poder vivir de la historieta o del dibujo. Eso creo que es significativo, o probablemente lo haya sido siempre. Uno habla de cuando fue popular y tenemos que irnos décadas atrás.

-¿Cuál es la reacción que buscas en tus historietas?
-Creo que buscar incomodidad. Uno busca ser gracioso. Creo que desearía hacer que la tira sea graciosa, incómoda. Si incomoda un poco, mejor. Si te acalambra un muslo, mejor aún. A veces, cuando pasan varias cosas a la vez o al mismo tiempo, sería el éxito total. Cuando divierte e incomoda a la vez, o genera una incomodidad graciosa o un nervio incómodo, no sé. Hay cosas que a mí como lector no me parecen graciosas pero que, me parece, tienen más densidad o peso que gracia, en todo caso. Lo que muchos buscamos es que una tira resista al tiempo. Que una tira que funciona hoy leas dentro de veinte años y todavía se la siga bancando. Que pueda bancarse la mirada futura. Como pasa también, yendo también a cosas muy emblemáticas, con la tira de Snoopy. Vos ves hoy una tira hecha en la década del sesenta y es super potente porque está pensado como fuera de su tiempo, adelantada o sin referencias demasiado locales o puntuales. Hay que ver qué pasa con un chiste hecho en Instagram dentro de veinte años, que tiene muchas referencias a redes sociales o cosas políticas. Me interesa lo conceptual. Por eso, trabajar con cosas que no necesariamente tengan que ver con la cultura del hoy.

-¿Y te alimentas de la literatura, el cine u otras artes?
-Me alimento de mate primero, porque es como mi combustible espiritual. Si el combustible espiritual de Ari Paluch es maltratar a sus esclavas, el mío es tomar mate. Que es otra compañía como la radio y los podcast, mientras trabajo tomo mate. La historieta es contar ideas y uno siempre trabaja queriendo contar cosas. Entonces, una película o un libro te puede generar muchas ideas. Por ejemplo, soy muy fan de La novela luminosa de Mario Levrero. Fue muy inspiradora, esta cosa de ver las obsesiones de otra gente, las preocupaciones, de su propia obra, de la edad, el cuerpo, la mirada ajena, el trabajo, el mundo, las cosas que uno hace. Me interesa ver qué le pasa a otra gente. Cuanto uno más se abra a otras cosas termina ampliando el espectro.

-En una de tus últimas tiras recopiladas, mencionas que el rock ha dejado de interpelar a los jóvenes. ¿Creés que se está viviendo una crisis en torno al rock?
-Si, los integrantes de las bandas de rock más importantes tienen sesenta años en promedio. Me parece que en el imaginario, el rock siempre se consideró una música joven o juvenil. Es una cosa más romántica. Creo que es algo más político que musical, la imagen del rock que también se la puede agarrar el Indio Solari, que hizo un tema de la cultura rock y escapa a lo propiamente musical. La radio Mega ¿Qué hace? Llega como el number one, la más escuchada de la Argentina que pasaba Soda Stereo, Los Redondos, Los Twist, Fito Páez y Los Enanitos Verdes, tipo rock nacional más popular, o cancionero, más radial. Hoy una experiencia así sería, no te digo minoritaria, pero pasaría desapercibida. De hecho los shows de rock más grandes son Roger Waters, Los Rolling Stones, casi como tótems. Hace poco la película de Queen. Vos vas a casi cualquier bar de Buenos Aires y está el canal Quiero, no un canal de rock. Porque creo que no hay. A la vez, hay muchas bandas buenísimas, probablemente en este momento haya caído un poco, porque hace seis años creo que había una explosión con el Festipulenta, el Matienzo, cuando apareció Viva Elástico, Acorazado Potemkin, Las Ligas Menores. Ya hay otra escena actual, como más del rock metido con el hip hop, como Sara Hebe, montón de minas, se mezcla la cumbia con el reggaeton, el pop, lo electrónico. Lo bueno es que siguen habiendo cosas muy buenas, con mucha libertad. Supongo que como nadie vende discos, cada uno hace lo que se le canta el culo. Hay mucha libertad y desprejuicio, como pasa en la historieta. Parece ser que el denominador común es la anarquía o el delirio estético.

“El papel ya busca gente que quiera sentarse y leer tranquilo, con otra cabeza, con otra relación, con otro tiempo más que la cosa excitada de las redes sociales”

-¿Tuviste mucha relación e interés en las bandas más nuevas? Pienso en El Mató.
-Si, me gusta. El Mató y Los Espíritus seguramente sean las últimas dos bandas que salieron un poco de ese lugar que se conoce como indie, que para mi es un poco peyorativo el término, no me gusta demasiado. Hace poco vi un show de Viva Elástico buenísimo, podría haber sido disfrutado por muchísima más gente de la cantidad que eramos. O bandas como Como Diamantes Telepáticos, Acorazado Potemkin o Valentín y los volcanes, bandas con canciones tan buenas que a veces es una pena que en muchos casos sean secretos para pocos. Es un estado de cosas que tiene que ver también con el consumo, internet. Todo es tan enorme y, a veces, una banda queda perdida entre millones de otras. Tenés el público por ahí a una cuadra y no llega nunca a vos. A una cuadra virtual.

-Claro, en relación a lo que decías antes, hay tanto que a veces le cuesta darse a conocer.
-Bueno, la propia revista Almagro, yo no la tenía y más o menos me gusta, tengo cierta curiosidad por encontrar lecturas. Creo que hay un problema, que me pasa a veces, me junto a dibujar con algún amigo y dice: “YouTube, música, ¿Qué queres escuchar?” Ay que difícil pregunta. Es la pregunta más boluda de contestar pero, a veces, es la más difícil, porque también la enorme libertad hace que te pongas nervioso. Es como cuando voy a la peluquería y el tipo me dice “¿Cómo lo queres?” Ay que se yo hijo de puta, solucioname el problema. No me hagas preguntas que no sé contestar. A veces hace que uno se pierda, que cuando quiero escuchar algo tengo el infinito, o por lo menos tenés una cantidad grosera de posibilidades y eso hace que a la vez te pierdas en el blanco de internet.

-Ese, tal vez, sea el principal problema de la hiper abundancia informativa. Antes uno quería escuchar un disco, iba y lo compraba en el Parque Rivadavia, leías revistas usadas en busca de nueva música. La circulación de productos culturales era totalmente distinta.
– Si, y, a la vez, más allá de la información, alguien que te lo cuente, o que te recomiende, o que te ponga en contexto. Por eso me parece interesante esto de los podcasts o la radio donde te cuenten, más allá que te cuenten quién dirigió tal película, que te cuenten por qué vale la pena y te ceben un poco. Que te den ganas de ir corriendo a escuchar esa banda o leer ese libro.

-Si, si uno dice ¿Para qué sirve el periodismo hoy, o la comunicación? Esa puede ser la respuesta.
-Creo que si. Me acuerdo, por ejemplo, haber descubierto a Tom Waits por una nota en la revista Fierro, creo que era de Marcelo Figueras, sería año ochenta y siete/ocho. Leí una nota y me hizo imaginar su música. Después fui y conseguí un cassette. Eran como puentes. O bandas como Eels, de la que soy muy fan. Creo que leí una nota en Inrockuptibles que hablaba sobre el disco Electro-Shock Blues (1998), el segundo de Eels. Me gustó tanto la nota que fui a Musimundo, estaba el disco muy barato y me lo compré porque dije “esta nota está tan buena que no puede fallar”. Y, efectivamente, salió bien la experiencia. Las revistas son como vehículos o como puertas de entrada a conocer cosas que después un poco ya seguís tu propio camino, pero como puntos de partida.

-¿Cuál pensás que es la virtud o el valor agregado de la historieta en relación a otros lenguajes?
-Me gusta la transportabilidad y la intimidad. Creo que la historieta es muy íntima. Puede generar un vínculo en el que vos te podes colgar un sábado a la noche y decir “No, no voy a salir, no voy a pasar una noche de sexo, drogas y rock & roll como en Trainspotting 3, si es que existiera. Voy a tirarme a leer una historieta de un hombre que tiene alzheimer y me voy a cagar de risa”. A veces podes tener una mejor experiencia, menos salvaje pero más íntima, con un buen libro, una buena historieta. Pero también te puede pasar eso con una película. Siempre estoy pensando en historietas, en un libro, en una revista. También podría ser que vos le das el ritmo de lectura que vos quieras. Y también esta cosa de que vos estas leyendo letras y leyendo dibujos también. Porque es como si vos ves una película con un muy buen guión y una muy buena dirección pero con pésimas actuaciones. No te vas a poder meter o algo te va a hacer ruido. No vas a poder disfrutar como podrías haberlo hecho. Y con una historieta con un muy buen guión y un dibujo pedorro, por ahí eso te saque. O al revés, con muy buenos dibujos y un guión de mierda por ahí tampoco te termine de enganchar. Y cuando el milagro sucede de una historieta con un dibujo personal y un dibujo que te enganche y te enamore y una historia sólida y potente, es alucinante. La historieta, todavía como creación, tiene unas posibilidades estéticas todavía inexploradas. O sea, sigue habiendo cada tanto autores y autoras que vos decís “¿Y este chabón de donde salió?” o nuevas estéticas; nuevas posibilidades que uno todavía no había tenido en cuenta. Todavía queda mucho para hacer en materia de historieta.

– Y es bastante democrático el lenguaje, uno puede encontrar su estilo y animarse.
– Creo que hasta los ochenta o noventas era más conservador. O sea, estaba esta cosa de la figura del saber dibujar. Que yo, por ejemplo, en la Fierro de la década del ochenta y primeros noventas, en los correos de lectores hubo una discusión de la gente que adoraba y la gente que detestaba a Max Cachimba. Dibujante rosarino, uno de los mejores historietistas en la Argentina, tipo hiper personal, pero con un dibujo grotesco y que está a años luz de lo académico. Y el fanático del dibujo más realista o más de género, el que quería el dibujo de (Horacio) Altuna o de Juan Gimenez, el dibujo de aviones de guerra o de ciencia ficción, se le ponían los pelos de punta con el dibujo de Cachimba, que era otro universo, más pavote, surrealista. Había gente que decía “Max Cachimba no sabe dibujar”. O sea, pensamiento insólito. Hoy creo que, como quizá pasa en la música, hoy saber dibujar no es nada. Hoy puede haber un dibujo súper potente y hecho con dos líneas, muy torpe si querés, pero super expresivo. Y al revés, un dibujo muy académico, muy sólido, pero que no pase un carajo, que sea aburrido, duro. Entonces hay una democracia y hay posibilidades igualadas para cualquiera. Recuerdo los Fantabaires que se hacían a finales de los noventas, mega eventos de historietas donde venían dibujantes extranjeros y, basicamente, la historieta era superhéroes y manga. Parecía que no había otra cosa. Había poco espacio para el humor y todos los personajes eran copias de Hellboy. Lo que importaba era cuantas venas tenía el personaje, cuantos músculos tenía el mutante protagonista. Hoy ya eso se rompió hace rato. Antes era más conservador. De hecho no había casi autoras. Una mujer en una casa de historietas era como una cosa insólita. Hoy es al revés. Las estéticas que trabajan un montón de autoras enriquecieron muchísimo toda la escena.

“Supongo que como nadie vende discos, cada uno hace lo que se le canta el culo. Hay mucha libertad y desprejuicio, como pasa en la historieta. Parece ser que el denominador común es la anarquía o el delirio estético”

-Además del rock ¿Tenés en mente alguna otra temática que te pueda dar tanto material? ¿La farándula, la política?
-La política me cuesta porque,está muy atada al presente. Seguramente, si haga un chiste con un dicho de Patricia Bullrich, dentro de diez años al perder la referencia y haya que contar en qué se basaba ese chiste. Ahora me interesa trabajar en el mundo infantil. Hice un libro, hace un par de años, llamado Viva la caca, más pensado para público infantil, con más escatolgía pero también un poco más de locura, y se va dando la cosa por otro lado. Estoy pensando un show con eso, con dibujos, canciones, una cosa para hacer en vivo. Y después hay un montón de cosas que quiero hacer, seguir con el podcast, explorar cosas que complementen el dibujo. Lo que pasa es que son cosas que requieren moverse más. El dibujo es muy estático. Me siento y depende de menos factores. En cambio, para hacer cosas más colectivas o teatrales, hay que tener más valentía. Ese es el problema. Soy muy poco valiente. La historieta es ideal para el cobarde. Pero en cuanto a temáticas, no lo sé. Lo interesante sería hacer algo que no haya hecho. Seguramente termine apareciendo es el humor, quiera o no. Porque si quiero hacer una cosa seria no voy a tener posibilidades de tener cierto éxito, porque no tengo los recursos para la seriedad.

-Es difícil hacer reír. A algunos les sale más natural.
-Si, es difícil. Es una pregunta si siempre que haces reír, una idea tiene que ser graciosa. A veces una idea buena funciona y no es necesariamente graciosa. Es algo que yo me pregunto, se me ocurren alguna ideas de tiras y, por ahí, están bien pero no es que te cagás de risa o es particularmente graciosa. Entonces es como una especie de presión extra que a veces uno se pone ¿Por qué te tengo que hacer reír? No hay la obligación de nada. Hay cosas que pueden ser graciosas y no pueden tener ningún tipo de validez tampoco. También ser graciosa por si sola, tampoco es necesariamente algo válido. Estoy haciéndome las preguntas a mí mismo, en este momento. Siempre aparece lo humorístico en todo lo que hago. Es como una maldición. Algo que tiene que aparecer. Es así. Yo no lo elegí. Pasaron cosas.

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