Gustavo Ng, un argentino en la búsqueda de su identidad china

Texto: Nicolás de la Barrera / Fotos: Florencia Alborcen

 

Gustavo Ng recuerda que pasó gran parte de su vida intentando saber qué significa ser chino. “Hay preguntas que pueden acompañarlo a uno toda la vida”, dice en su último libro, “Mariposa de otoño” (El bien del sauce edita, 2017). Con la seguridad que otorga la experiencia, agrega que estas dudas “pueden ser como pozos que nunca se llenan”.
Hijo de un padre llegado de China y de una madre argentina, Ng nació en San Nicolás, en la provincia de Buenos Aires, en donde pasó sus primeros años. A comienzos de los 70, toda la familia viajó a Nueva York, y vivió en el barrio Little Italy. Entre un tránsito incesante y los puestos de comida en la calle pasó su infancia y adolescencia y caminó las mismas veredas que Martin Scorsese. En el Chinatown, Ng Ping Yip, “Pinky”, como le decían a su padre, se reencontró con sus padres y hermanos chinos, a quienes no veía desde su partida de China.
Cuando el matrimonio entre sus padres se rompió, Ng volvió a la Argentina con su madre y su hermana. Su papá, en cambio, decidió quedarse junto a su familia de origen. Desde esa despedida, pasaron un poco más de 20 años en los que Gustavo Ng apenas supo de su padre. En el medio, la pregunta acerca del significado de ser chino actuó como una brújula que le apuntó siempre a la tierra natal de su papá. “Uno puede alejarse, pero el padre siempre vuelve”.

Antropólogo, escritor y periodista, Gustavo Ng cofundó Dang Dai, la primera revista de intercambio cultural chino, estudió caligrafía china, aprendió un poco del idioma y escribió el libro “Todo lo que necesitás saber sobre China” (Paidós, 2015). Intentó, además, volver a Chinatown para reencontrarse con su papá, pero una y otra vez la embajada de Estados Unidos lo rechazó. Tampoco logró que Ping Yip se moviera de Nueva York, para concretar un encuentro en otro país. Transitó el enojo y le dio la cantidad de vueltas que solo él sabe al porqué de la elección de su papá. Finalmente, cuando las puertas del imperio se abrieron, viajó y volvió a pasar una Navidad con su padre. En “Mariposa de Otoño”, Ng traza la crónica de su familia, cuenta la historia de sus padres, la suya en la llanura bonaerense, los días de chico en Nueva York y, una vez transcurridas las tensiones, el tiempo compartido con su papá en el Barrio Chino de Manhattan.
El autor recibe a Almagro Revista en su departamento. Hay pinturas chinas y, sobre una puerta, cartulinas pegadas con cientos de caracteres chinos. En una computadora se suceden fotos de Ng con sus seres queridos e imágenes de un simpático Chow Chow. La radio, que por supuesto suena en chino, se apaga para comenzar el diálogo.

-En el libro se te nota en paz en la relación con tu papá. ¿Tuvo que llegar el libro para que suceda o ya era algo previo?
-Estaba distanciado con mi viejo por una pelea que teníamos, que no aflojábamos, y cuando fui papá me agarró la necesidad de decir “ya está, no vamos a estar peleados toda la vida, aflojemos con el orgullo”. Pero en ese momento no me daban la visa. Cuando finalmente me la dieron, fui y ahí empezó un proceso mío en el que todo el tiempo estuve diciéndole “disculpame…”, y él de a poco también fue aflojando, aunque se tomó más tiempo. El libro es un registro de eso también, en el que hablo del acercamiento a él y es un registro de esa pacificación y de esa distensión. En todo también tenía que ver no solamente la pelea, sino que en la familia de mi mamá, muy numerosa, funcionaba una especie de discriminación hacia el pariente político muy fuerte: quince hermanos muy juntitos, y cada vez que alguien se casaba era como que esa otra persona venía a arrancar al hermano. Así que siempre se los maltrataba un poquito a los parientes políticos. Y para los hijos era una cosa jodida porque quedábamos entre la espada y la pared, entre pertenecer a esa familia, que era una felicidad barbara, y una persona que era una persona réproba. Entonces creo que yo tomé partido por la familia de mi mamá y ahí me alejé de mi papá. Esto de alguna manera fue superar esa disyuntiva, de si soy de la familia de mi mamá o si soy de la familia de mi papá. Yo soy yo, tengo mi familia, y con la familia de mi mamá todo bien, y con la familia de mi papá todo bien, entonces esto fue como el acto de afirmación de todo eso.

“Mi manera de transformar en experiencia lo que vivo es escribir. (…) Es como decir que si no lo escribo no lo vivo. Es una pulsión, una necesidad total”

-¿Cómo arrancó Mariposa de otoño? En el libro hay textos escritos el año pasado, pero hay otros escritos en San Nicolás hace 17 años. ¿Escribías sin pensar en publicar algo?
-Yo escribo todo el tiempo. Mi manera de transformar en experiencia lo que vivo es escribir. No es un plan, sino que voy escribiendo, escribiendo y escribiendo. Una parte de Mariposa de otoño lo escribí como libro, la primera parte que habla del reencuentro con mi papá, de una navidad que pasé en Nueva York. Eso en realidad lo escribo como libro de fotos, porque en ese viaje me apareció, mientras estaba dando vueltas ahí, el proyecto de fotos, entonces empecé a sacar una cantidad de fotos y a hacer textos cortos que jugaban con esas fotos. Al final ese libro no lo hice. Después fue Camilo Sánchez (N. de la R.: responsable de la editorial), en realidad, quien le dio forma al libro. Mariposa de otoño es obra del caos.

-Respecto a lo que ibas escribiendo sobre el reencuentro, ¿era algo liberador o no lo pensabas así? En un momento hablás de la libertad citando a Kurt Vonnegut y a Bergman.
-Es como decir que si no lo escribo no lo vivo. Es una pulsión, una necesidad total escribir. Después lo trabajoso es escribirlo de verdad. Lo primero que hago es una anotación, que puede ser que salga redonda, pero en general no. Entonces anoto lo que me suscita lo que estoy viviendo. Vivo algo y eso me produce algo, y eso que me produce tiene como una presión muy grande por ser escrito. Lo escribo a los apurones en general, como sale, en un bar, en un subte, dentro de una iglesia, en cualquier lugar. Después sí, el trabajo es tomar eso y darle una forma legible, que esté más o menos bien. Pero no tengo esa cosa de que me cueste escribir, porque directamente evado ese momento. Si me cuesta no lo hago. Lo mío es una maniobra más canalla si querés y es que cuando la cosa me presiona mucho la escribo.

-Hay grandes silencios en el libro, omisiones sobre cuestiones que obviamente ocurrieron en tu viaje, por ejemplo el momento mismo del reencuentro. ¿Eso fue pensado que quede así, o surgió naturalmente?
-No es deliberado, pero cuando estoy releyendo me doy cuenta que por algo lo hice, así que evalúo a ver si tuvo razón, y me doy cuenta de que tenía razón, entonces lo afirmo. Un poquito es ese proceso. Lo que estaba diciendo ahí era que mi papá se guarda un poco, o sea, dice algunas cosas y otras no, y la manera de expresar eso era justamente decir algunas cosas y otras no para, más que enunciarlo, dar esa sensación. Por otra parte, tampoco necesito contar todo lo que pasa porque no es un texto puramente periodístico en donde tiene que estar toda la información indispensable. Sí está la información necesaria para yo transmitir lo que quiero transmitir. Quizás otra información seria como medio al pedo, ¿no? Cuando era chico y leía los libros de Hemingway, que era un tipo que hacía muy buenos diálogos, a mí me desconcertaba un poco que en muchos él no dijera todo. O sea, que omitiera muchas líneas. Y vos te dabas cuenta de que había omitido líneas, y no estaba mal. Él decía “yo lo que tengo para mostrarte es esto y la novela que tengo para mostrar es esta”, la realidad es otra cosa. Un poco es esa idea.

Como periodista, Gustavo Ng suele hacer notas de turismo. El año pasado, escribió el libro del Horóscopo Chino 2017. Un año antes, había salido Todo lo que necesitás saber sobre China. Ahora, ya prepara otro horóscopo y añade que está escribiendo, “de a poco”, las memorias de su padre. También está reuniendo textos acerca de la cuestión de “ser chino en Argentina”, adelanta. “Son dos consecuencias más o menos lógicas de esto”.

-¿Cómo te sentís al saltar de un género a otro, del periodismo a un horóscopo, y de ahí a una crónica tipo familiar como esta?
-Es natural. Por ahí llevo muchos años escribiendo entonces soy como un técnico en ese sentido. Es como pasar de una máquina a la otra, como pasar de la agujereadora a la sierra, o a la limadora. Son cuestiones técnicas. Sí trato en todo caso de que cada formato pueda sacar algo de mí. Por más que sea muy tecnico el libro, me gusta que tengan alma. Pero lo otro es una cosa técnica, pasar de una nota periodística, que es un formato muy definido, al horóscopo chino que no tiene nada que ver con una nota periodística, y es una cosa medio oracular, es como jugar con distintas herramientas.

“La mayoría de los chinos que vinieron de allá a la Argentina no vinieron “a la Argentina”, sino que salieron de China y fueron a algún lugar en el que pudieran hacer guita y nada más”

-¿Tu oficio de periodista te ayudó para hacer este libro?
-Sí, claro, es como aprender a nadar en un tipo de agua y después que aprendiste ya nadás en cualquier lado, siempre en el mismo estilo. El periodismo de alguna manera te obliga a que lo que escribis no pueda de ninguna manera no ser entendido. Entonces cuando escribo no me sale una poesía críptica. Después habrá más capas, pero la primera la tiene que entender todo el mundo, así que sí, me facilitó.

-¿En qué momento se te despertó esta pasión por China?
-No sé si es pasión. Yo creo que es una función de la reconciliación con mi papá y creo que también es muy excitante por lo exótico, por lo que está pasando en el mundo. China está teniendo efectos que no llegamos a medir sobre otros países, inclusive en China se pueden medir un poco, pero no todo. Pero no sé si es pasión, es más este tipo de interés que la verdad -nuevamente-, me lo editó Camilo, que me empujó como loco. Camilo, siendo Sánchez, tiene una pasión básicamente por la poesía y la estética china. Entonces yo le conté que había descubierto dónde vivía un viejo que había venido con mi papá, Lo Yuao, y lo fuimos a ver, y Camilo se enamoró de ese viejo porque era un viejo que era bohemio, que tenía una inclinación muy grande por la cultura, y cuando encontró el interés de Camilo, que simultáneamente estaba leyendo 18 versiones distintas del Tao Te Ching, entonces el viejo se enamoró de Camilo también. Yo quedé en el medio y me arrastraron, me arrastraron a clases de caligrafía y un poco de clases de idioma, y fue por ahí. Eso me condujo a Dang Dai. Dang Dai fue una llave, y el reencuentro con mi papá fue otra llave a China. De ahí salí lanzado a China y ahí me mande un viaje.

-Cuando conociste el lugar en el que nació tu papá en China, ¿qué sentiste?
-En el momento, la verdad que no sentí un carajo. Estaba como demasiado loco, eran demasiadas cosas. Pero sobre todo la segunda vez que fui, sentí esta cosa rara de que estaba en un lugar completamente extraño, con gente completamente extraña, y al rato de estar se me hacia familiar rápidamente. Te diría que una sensación de amistad que quizás venga de que ellos son muy amistosos.

-¿Les cuesta a los chinos adaptarse a esta sociedad?
-Es difícil la palabra adaptación, porque hay como distintas capas de adaptación. Un chino que viene a poner un supermercado se adapta al instante en un sentido económico. O sea, “yerba por 30 pesos”, y ya está. El tema de la adaptación es difícil. ¿Qué es la palabra adaptación? Sí unifica el tema de la adaptación en todas las capas la cuestión de no manejar el idioma. Eso es muy, muy bravo. Que el contacto que podés tener es esto, un paquete de yerba a 30 pesos, y ya está. Después, si querés ir un poquito más allá, con un “hola, ¿qué hacés, de dónde venís?”, ya no entiende. Y vos decis, “eh chino, contestá, mirá la pregunta boluda que te hago”. Pero no, no te entiende. Después depende mucho de la persona, su disposición, la apertura que tenga, su entusiasmo. La mayoría de los chinos que vinieron de allá a la Argentina no vinieron “a la Argentina”, sino que salieron de China y fueron a algún lugar en el que pudieran hacer guita y nada más. Allá, si no tenés mucha plata no podés ir a Beijing, que es carísimo. Entonces te vas a Buenos Aires, a Bogotá, a Madrid. Pero, ¿qué ganas tienen? Los tipos tienen ganas de hacer guita y por eso el tema de la adaptación es medio vidrioso.

-¿Y con tu papá cómo fue?
-En el caso de mi papá se super adaptó porque era chico, era una esponja, y es un tipo que tiene un intercambio afectivo gigantesco con cualquier persona. Es muy seductor, entonces en esa época nadie conocía chinos en San Nicolás, y entre todos los chinos misteriosos él era el que hablaba. Tenía mucha facilidad para el idioma, y para él era una satisfacción enorme.

-Cuando viajaste después de 20 años, en los que casi no tuviste contacto con él, ¿no pensaste que tal vez estabas haciendo una locura? O era algo ya muy bien pensado.
-Sí sí, conociendo el orgullo de mi papá, fui corriendo el riesgo de que no me recibiera. De alguna manera estaba como forzándolo a recibirme y a charlar. Entonces pensaba: “acá puede ser que me mande a la mierda y no me reciba”. Pero bueno, me jugué un poquito con eso, y salió bien. Tenés que ser muy loco como padre si rechazás a tu hijo, ¿viste?

“Para mí, los ritos son muy importantes para marcar la vida. (…) Las operaciones simbólicas hay que atarlas en lo material, en la relación con otras personas, si no, son paja”

– Tu papá formó otra familia. ¿Fue una sorpresa verlo en su vida diaria, con otra esposa e hijos?
-Más o menos, era de esperar. El se separó de mi mamá cuando tenía 40 años, o sea, era de esperar que hiciera otra vida. Por ahí me sorprendió ver a mi medio hermano que no tenemos nada en común, y ver a la esposa, que no habla, con la que no tengo nada que ver. Con el pibe puedo hablar en inglés, pero con la tipa poco, y era medio raro que mi viejo tuviera un mundo en el que no hubiera nada de Argentina, nada de este lado. La casa de mi papá es muy grande y no hay ningún signo. El único signo que hay que no sea esa mezcla de chino con norteamérica, es a la noche cuando mira el informativo de un canal hispano.

-¿Lograste ver algo tuyo en tu papá?
-Un poco, algo sí. Pero somos muy diferentes. Hay alguna intensidad, por ahí somos muy despiertos, hay mucha intuición… quizás eso. Pero después, el resto no.

-¿Le encontraste explicación a la negativa de él para no salir de Nueva York, así sea por un tiempo breve, para encontrarse con vos cuando no tenías la visa?
-Mi papá es una persona muy orgullosa y muy sentada en su cetro. Nueva York es su lugar en el mundo y por ahí no cede con eso, básicamente. Su personalidad está armada en base a eso. Consiguió que yo fuera, no le salió tan mal. Sí fue sacrificado, y creo que habrá sufrido, pero bueno, es el precio que pagó.

-¿En algún momento te detuviste a pensar en lo que pueden pensar los lectores, acerca de la elección que hizo tu papá por su familia?
-Ese es el único punto en que me puse a pensar qué pensará la gente, y que evalué un poquito cómo ponerlo, si ponerlo o no. Básicamente para no joderlo a mi papá, porque me parece que daba una imagen de mi viejo que a lo mejor a él le incomodaría. Entonces sí, lo pensé. No quería hacer barra y ganar simpatías por mi posición frente a una especie de reclamo contra mi papá. No, la verdad que eso lo pensé un poquito y lo sigo pensando. Y en ese sentido, cuando uno escribe sobre otras personas, después el libro modifica algo, aporta a la relación entre las personas. Puede crearse una cagada o al revés. Mi hermana está muy feliz, entonces el libro no es como algo aparte, como una decoración, o algo que no afecta el centro de la relación. Afecta. Pero la única parte que pensé es eso.

-¿Le mandaste el libro?
-Mi papá no lee español. Lee español pero le cuesta mucho, entonces le mandé la introducción traducida al chino.

-¿Y qué le pareció?
-Estaba enojado porque dice que lo contaba mal (se ríe).

-Ir a contarle a tu papá la noticia de la muerte de tu mamá, ¿funcionó como una excusa para verlo? La noticia la podías dar por teléfono…
-No, tenía un valor de rito. Excusas no necesito, voy todos los años desde que lo reencontré. Más bien era como una cuestión ritual. Para mí los ritos son muy importantes para marcar la vida y era muy importante ir, inclusive con esa porfía medio estupida de que él ya sabía que se había muerto mi vieja, porque había seguido todo el proceso. Yo no fui a que él llorara, ni a que tuviéramos una charla. Si se daba, se daba, pero si no, estaba todo bien. El asunto era que yo fuera y le contara “mami murió así, murió asá”. Es más, hubiera valido que no le dijera nada. Mi presencia ya simplemente era todo un mensaje. Las operaciones simbólicas hay que atarlas en lo material, en la relación con otras personas, si no son paja. Si no, no es nada. Si vos querés a alguien, agarrás, comprás algo y se lo das, yo tengo esa convicción.

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