Gabriela Massuh: “No hay día que no me acuerde de María Elena Walsh”

Texto: Nicolás de la Barrera / Fotos: Karin Idelson

 

Es 1981 y María Elena Walsh le da pelea al cáncer y a los médicos. Es una época de dolores de todo tipo y su tiempo se reparte entre estadías en su casa y tratamientos en distintos sanatorios. La acompaña Sara Facio, como en gran parte de su vida. También está la escritora y amiga Gabriela Massuh, que visita a María Elena en el departamento que la artista tiene en la calle Bustamante.
Por aquellos días, cientos de preguntas rondan en la cabeza de Massuh. Quiere mucho y admira a María Elena Walsh, y le hace una propuesta: quiere entrevistarla y conocer, entre otras cosas, “cómo había pasado de un género a otro ejerciéndolos con el mismo grado de profesionalismo, facilidad y perfección”. A pesar de alguna duda inicial, la autora de Juguemos en el mundo y La cigarra accede al reportaje, que amplía sus fronteras hasta la infancia de María Elena en Ramos Mejía, su juventud, su primer acercamiento a la poesía, su “huida” de la poesía, sus presentaciones con Leda Valladares, su etapa dedicada al género infantil, el peronismo, el ambiente literario. Todo, hasta 1981.

De esas tardes de intimidad y conversaciones, que se extendieron por seis meses, quedaron páginas y páginas de tamaño oficio con los diálogos desgrabados de antiguos casetes de cinta, que desde hace algunos meses pueden ser leídas por todos en el libro Nací para ser breve. María Elena Walsh. El arte, la pasión, la historia, el amor (Random House Sudamericana).
En el medio, entre 1981 y 2017, Massuh (1951), autora de ensayos y novelas como La omisión y Desmonte, también dirigió el departamento de cultura del Instituto Goethe en Buenos Aires, se alejó -aunque no del todo- de María Elena Walsh, tradujo a Kafka y Camus, entre otros; fue docente universitaria (lo sigue siendo) y llevó adelante la editorial Mardulce.

Pero ahora, en una mañana de diciembre, pocas horas después de la aprobación de la reforma previsional, en una confitería a metros del Rosedal y ante la consulta, Massuh dice que el material de aquellas charlas “nunca estuvo tapado, siempre estuvo pendiente”.

¿Qué sucedió en estos años? Cuenta: “Era una deuda con María Elena y mientras ella estuvo viva sentía mucho pudor de volver a acercarme a eso, tal vez temiendo que ella ya no tuviera ganas de publicarlo, porque en vida por supuesto ella tenía que aceptarlo. A medida que pasaba el tiempo calculaba la tristeza que le podía llegar a dar volver tanto tiempo atrás otra vez. No era solamente que se pensaba en su infancia, en su adolescencia, en su juventud, sino que para ella hubiese sido volver al tiempo de toda su enfermedad y recuperación, de manera que todo eso, y más que yo soy tardía para las reacciones y me cuesta decidirme bien, más bien lo tapé porque me costaba. Pero el hecho de haberlo tapado no significa olvidado. De esa manera estuvo siempre presente, casi como una molestia”.

-¿Tarde o temprano iba a ser publicado?
-Tarde o temprano. Me acuerdo que cuando estaba escribiendo El robo de Buenos Aires, que publiqué en el 2014, uno siempre cuando está escribiendo un libro piensa cuál será el próximo, ¿no? Y hablé con mi editora, siempre es como una especie de recurso banal de los escritores entusiasmarlos con el próximo proyecto sin haber terminado el que tienen entre manos. Ese próximo proyecto era nada menos que María Elena Walsh, de manera que yo sabía que lo tenía para mi lado. Me dijo que sí, que por supuesto. Me dijo “terminá este y te ponés con el otro”. Y lo que ella quería era una especie de biografía novelada y yo jamás hubiese podido escribir eso, menos teniendo ese material con la palabra de ella. Y además, para hacer esos reportajes contados, cuando uno pone mucho su subjetividad, hay que ser más periodista y yo no lo soy. A mí me cuesta mucho escribir.

-¿Qué cree que sintió María Elena cuando le confió toda su historia?
-A María Elena le costaba mucho volver atrás, le costaba mucho verse como personaje, de manera que que yo pienso que, en esa primera instancia, le debe haber resultado un poco molesto. De ahí mi gratitud infinita de que se hubiera superpuesto a esa molestia. Y lo hacía también por cariño hacia mí, y en ese cariño también había una cura de su enfermedad. Pero también estaba su enorme necesidad de dejar constancia porque estaba siempre pendiente en esa época de que se podía morir, que le quedaba poco tiempo de vida. Y en ese tiempo fue tremendamente generosa. Es increíble, porque volver a leer el reportaje a mí misma me asombra. La calidad de las respuestas… son muy confesionales. Para un artista, lo más difícil es dar constancia de los procesos de estructuración de su proceso creativo. Eso es muy íntimo y solo se da en situaciones especiales, y esta era una situación especial. De manera que, volviendo a la pregunta, creo que había muchísimos sentimientos en juego, no uno solo. Sobre todo el de legado, el de entregar y de explicarse, de verse como figura en un contexto.

-¿María Elena le temía a la muerte?
-No, temor no. No específicamente a la muerte. Maria Elena era una persona muy poco miedosa. Más que temor, la muerte le habría dado exasperacion. Y si le hubiese temido a la muerte no hubiera peleado tanto contra los médicos que la salvaron y no habría recurrido a todas las formas posibles de cura y de recuperación. Maria Elena visitó al padre Mario, en 1985. El padre Mario le pasó la mano por encima, muy cerca de la rodilla, asi me lo contó ella, y le dijo “acá no hay nada”.

-¿Cómo salió de ese encuentro con el padre Mario?
-Ella me lo contó tiempo después…yo supongo que habrá sido optimista, pero no lo sé. Era una época de mucho dolor y recurrió a él.

-Pero ella no era una persona religiosa, más allá de un acercamiento, que parece más bien breve y que se cuenta en el libro.
-No era ni religiosa ni le gustaba la astrología, ni hacía ayurveda, o lo que fuera. Para nada, pero sí creía en gente con poderes especiales, cosa que el padre Mario lo fue. El padre Mario era una persona con poderes muy especiales y tenia diagnósticos muy, muy certeros, como en este caso.

“María Elena era una persona que se aburría mucho, entonces le gustaba escuchar música, le gustaba la gente inteligente… La ponían mal los médicos, los reportajes estúpidos, la ponían mal las agresiones contra el feminismo, las agresiones que había sufrido en los medios”

-¿Qué cosas la ponían contenta? Y también, ¿qué la entristecía a María Elena?
-Le gustaba mucho leer, eso no la ponía contenta, sino que la entretenía. María Elena era una persona que se aburría mucho, entonces le gustaba escuchar música, le gustaba la gente inteligente. La ponía contenta su amistad con María Herminia Avellaneda, y se reía a carcajadas con ella. Era muy, muy graciosa y se reía muchísimo. Era muy feliz con el cuidado de Sara Facio. Ese círculo de amistad la contuvo. Le gustaba además que la visitara cierta gente: su amiga Carmen Córdova Iturburu, Horacio Verbitsky… Ella fue sumamente generosa con Horacio porque en esa época él estaba en la clandestinidad y ella lo recibía. Eso le hacía muy bien. Después la ponían mal los médicos, los reportajes estúpidos, la ponían mal las agresiones contra el feminismo, las agresiones que había sufrido en los medios. La cigarra no está compuesta por la dictadura, está compuesta antes y “tantas veces me mataron, tantas veces me morí”, es cuando los ejecutivos la echan de los programas que hacía. Ella sostenía que los ejecutivos podían matarla, silenciarla, tenerla un año bajo la tierra, no por censura sino porque no daba rating. Esas cosas la sacaban de quicio.

-¿La Canción de los ejecutivos es una respuesta a eso también?
La Canción de los ejecutivos es del 60, todavía es más anterior. Pero es un tema recurrente en María Elena y también en María Herminia porque ellas hablaban mucho de las internas en la televisión. Después de su enfermedad, María Elena, salvo ese programa que no tuvo nada de éxito que se llamó La cigarra, no apareció más en televisión.

-Me cuenta que recibía a Horacio Verbitsky cuando él estaba en la clandestinidad. ¿Cómo vivió la dictadura, incluso ayudando a alguien que estaba en peligro?
-Yo no sé si ayudando pero por lo menos no negando. María Elena recibía tanto a Horacio como a Marta Lynch cuando venía de estar con (Emilio) Massera. Ella era amiga de sus amigos. Cuando Bernardo Neustadt cayó en desgracia, María Elena era una de las pocas personas públicas -porque estaba denostado Neustadt- que iba a visitarlo. O venían al barrio a tomar café. Entonces, se tratara de quien se tratara ella primero pensaba en lo que sentía por los amigos, en su obligación espiritual.

-¿El contexto socio político le afectaba?
-¡Muchísimo! La deprimía muchísimo, más allá de la represión y la violencia que había, porque María Elena estuvo siempre muy en contra de la violencia. No es que defendiera la teoría de los dos demonios para nada, pero ella jamás había apoyado la lucha armada. Estamos en un país muy cerrado culturalmente, y la producción cultural era mediocre. La censura era realmente brutal y me acuerdo una vez que escuchamos un disco donde ella cantaba con Leda Valladares en las canciones de Maricastaña, que son canciones populares de la guerra civil española, que ellas habían rescatado y eran de una calidad estética… Cuando me lo hizo escuchar exclamé algo así como “pensar que en este país se producía esto y con esta calidad”. Y se puso a llorar. Eso me lo acuerdo perfectamente porque primero me dio una pena terrible, pero también me hacía pensar en lo atrasados que estábamos, ya no política, sino culturalmente.

“María Elena recibía tanto a Horacio (Verbitsky) como a Marta Lynch cuando venía de estar con (Emilio) Massera. Ella era amiga de sus amigos. Cuando Bernardo Neustadt cayó en desgracia, María Elena era una de las pocas personas públicas que iba a visitarlo”

-En relación a la producción cultural, ¿por qué cree que María Elena huyó de la poesía?
-Creo que como verdadera poeta, la poesía cuando se instala puede ser muy, muy acosadora, y ella misma lo explica muy bien en el reportaje.

-¿Pero usted qué cree que le sucedió?
-Yo no soy poeta pero puedo entender que el primer estado de la poesía, cuando se instala, puede ser un estado de arrobamiento. Después hay pulido y todo eso, pero ese estado para ella debe haber sido muy doloroso.

-En un momento del reportaje ella cuenta que el ambiente literario se tornaba irrespirable y usted también habla de la mezquindad de este mundo. ¿A qué se referían?
-Es que el mundillo es muy narcisista, está pendiente de la autopublicación, de la autorreferencia y yo creo que ahora no nos damos tanto cuenta porque somos muchísimos más, pero en esa época éramos muy pocos, entonces todo eso saltaba a flor de piel. Además, imaginate vos una chica de 17, 20, 25 años, y estar con una manga de solemnes. Alberto Girri, Olga Orozco… eran todos de una solemnidad patética.

-¿Y la mezquindad?
-Yo no creo que haya habido mezquindad de los grandes, que la reconocían enseguida. Salinas, Borges, Ramón Jiménez, Cernuda… María Elena fue festejada por todos los grandes del mundo en esa época, pero ella se refería al mundillo literario de Buenos Aires.

-Ella no se sentía cómoda de ningún modo en ese ambiente.
-Ah no, para nada. Donde ella mejor se sintió, me parece a mí, es en el music hall, sobre las tablas, en el Maipo, que ella habla con veneración y que es el momento más feliz de su vida.

-¿En Argentina fue extenso el tiempo que ella hizo music hall?
-Hasta el año 70. Los períodos de Maria Elena más bien son cortos. Nunca hizo algo todo el tiempo, toda su vida.

-No se conoció mucho de ella en esa faceta.
-En ese momento fue como un estallido, cuando sacó los dos discos de Canciones para grandes. La primera aparición fue en el 68 y ya la última fue por el 72, 73, porque el ambiente político era bastante duro en Buenos Aires, con la llegada de Perón y los dos peronismos, el peronismo sindical y el de izquierda contrapuestos. Fueron cinco años, nada más.

-¿Cómo llega María Elena a lo infantil?
-Fue una manera de trabajar con el lenguaje sin el dolor de la poesía. Ella dice que empezó a jugar con el lenguaje en un determinado momento en París. Y recordando, para ella Europa era su infancia, porque su padre venía cargado de regalos con olor a Europa. Allí debe haber vuelto de una manera muy intensa a su infancia, así que empieza a garabatear desde su propia infancia. No para los chicos, sino desde ella misma como chica. El juego de palabras le daba placer, y siguió.

“Donde ella mejor se sintió, me parece a mí, es en el music hall, sobre las tablas, en el Maipo, que ella habla con veneración y que es el momento más feliz de su vida” 

-Pero también en un momento cortó.
-Es que produjo mucho en poco tiempo. Pero se aburría. Cuando yo la conocí todavía estaba escribiendo pero nunca publicó. Ella tenía un diario, y en ese diario hay cosas que todavía no conocemos.

-Ella en la entrevista cuenta de sus inseguridades y que era tímida, ¿cómo manejaba esto, o simplemente lo superaba?
-No tenía ningun problema. Ella era tímida, y nunca tenía la mirada fija en algo sino que era una mirada que permanentemente se dirigía al mismo tiempo sobre varias cosas. Eso es bastante de los tímidos: o miran para abajo o registran todo. Pero en el momento en que alguien se acercaba se le iba toda la timidez. Todo tímido supera la timidez con una situación de escenario, por eso para ella el escenario era tan importante.

-¿Extrañaba, tenía nostalgia por el music hall?
-Y.. seguramente, pero la verdad nunca me dijo.

-¿Le quedó algo pendiente por preguntarle?
-Oh sí, muchísimo.

-¿Por ejemplo?
-Me hubiese gustado muchísimo hablar sobre la literatura infantil que yo conocía poco en esa época. Me habría encantado hacer un reportaje igual de largo sobre los personajes de los cuentos para chicos.

-¿Para usted qué tienen esos personajes?
-Hay tan poco panfleto en María Elena que deben ser todas creaciones verbales, y sobre esas creaciones, juegos verbales, actitudes de los personajes, la amabilidad entre adultos y chicos, me hubiese gustado charlar sobre eso, jugar con ella sobre eso. No preguntarle, quisiste decirle tal cosa, no, sino decirle me encantó que la maestra guardara las arañitas que hacen los chicos, y así.

-¿Alguna vez tuvo algún choque con ella?
-Sí, más bien político.

-¿Con qué cosas?
-María Elena sería una persona liberal de izquierda, o una socialdemocrata. Yo me radicalicé mucho después del 2001, creí en los movimientos sociales y ella para nada. Todo esto que se vivió ayer en la calle (el día de la votación de la reforma jubilatoria) ella lo hubiera criticado de plano… no sé, conjeturo. Pero nunca hubo roces profundos..

-¿Cómo vivió en sus últimos años, ya con el kirchnerismo y la “grieta”?
-La verdad, la frecuenté poco y sé que era bastante crítica, pero jamás se le escapó nada de esas irritaciones contrarias al kirchnerismo. Ese antikirchnerismo visceral viene del gorilismo. María Elena empezó antiperonista pero nunca fue gorila, hay una gran diferencia. Tampoco dijo nada contra Menem. Ese episodio famoso de la carpa blanca, ella no es que lo apoyó sino que casi pregonó un sentimiento anti estético, no le gustaba el tema de los ayunos y que se convirtiera en una protesta farandulera, eso le molestó. Que yo sepa, más estaba contra Macri en la ciudad que contra Cristina en la Nación. Ella estaba muy asustada con lo que estaban haciendo en la ciudad.

“María Elena sería una persona liberal de izquierda, o una socialdemocrata. Yo me radicalicé mucho después del 2001, creí en los movimientos sociales y ella para nada”

-¿Le dolían las críticas?
-A ella no le dolían las críticas a sus opiniones sino a su producción literaria, eso sí le dolia más.

-En relación a su vida privada, en particular a su lesbianismo, ¿nunca tuvo ningún tipo de dificultad para vivirlo?
-No, ella jamás ni lo ocultó ni lo proclamó. Llevó adelante su lesbianismo con pudor pero también con humildad. Fue una defensora a ultranza de las mujeres, que también está en sus letras y en sus poemas. Llevaba su vida adelante de una manera muy diferente a lo que es ahora. Te diría que lo llevó sin ningún problema, con sus compañeras fue muy natural. Cuando la invitaban a un lado pedía un segundo pasaje para Sara, sin decir “me casé, no me casé”.

-La historia de amor entre ustedes dos la cuenta un poco al pasar en el libro. ¿Esto es porque fue corta, porque no lo vio importante para el libro?
-No, yo conté lo que tenía ganas de contar, todo está como implicado en el libro. Mi relación con María Elena no fue corta, fue larga en el sentido de lo que para mí implicó su amistad, su legado, su bagaje. Pero yo estaba construyendo mi vida, en el sentido profesional, y mi vida profesional no pasaba por el eje María Elena Walsh sino por otra cosa, la gestión cultural, y eso me alejó. Además está bien que así fuera porque la vida con María Elena era muy casa adentro, y yo tenía que estar casa afuera.

-Cuando alguien le menciona a María Elena, ¿tiene algún recuerdo o imagen que le vengan a la mente?
-Millones, más habiendo vivido tan cerca y habiendo compartido tanto el barrio con ella. No hay día que no me acuerde de lo que dijo, de cómo se reía, de los chistes que hacía, no hay un solo día que no asocie yo algo que pasa con María Elena.

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