Gabriela Carpineti, abogada en causas populares: “Este Poder Judicial es garante de la impunidad”

Texto: Facundo Baños / Fotos: Maxi Amena

En la última mesa del Homero Manzi, Gabriela Carpineti despliega tres libros y apuntes. Aclara que desde que nació Lucía ya no se puede dedicar a la lectura como quisiera. Sin embargo, sus libros viajan con ella. Los apuntes a mano alzada le servirán durante la entrevista para reforzar alguna de las ideas que rondan en su cabeza. Abogada de causas populares en tiempos de dura resistencia. La lucha recién comienza para ella.

Con 32 años de vida y uno y medio de madre, dice que su diploma de la UBA le genera un sentido de pertenencia que la ata directamente al pueblo y compromete cada uno de sus actos. Es producto de una generación que se formó políticamente en el universo kirchnerista, y desde ese lugar se atreve hoy a repensar el tiempo histórico vivido. Como dirá en el transcurso de la entrevista, utiliza su trabajo como una herramienta para defender a los trabajadores y a los sectores más desprotegidos de la sociedad. Cree en el Derecho como un discurso reparador, pero también como un libreto capaz de disputar sentido y hacer pensar que otros modos de vida pueden ser posibles.

“Después del último triunfo electoral de Cambiemos, tuve la sensación de que se consolidaba un giro cultural arraigado en valores diametralmente opuestos a los que tributa la militancia popular. Pero estas batallas del Congreso y el fuego decembrino no solo nos recuerdan la crisis de 2001, sino que nos hacen pensar en eso que cantaba Spinetta sobre creer que mañana puede ser mejor. Nuestra mayor victoria de estas semanas fue cultural y pedagógica, porque una parte del pueblo pudo percibir que estas reformas son contra el pueblo mismo. Macri tuvo su victoria, logrando que se apruebe la ley de Reforma Previsional en el Congreso, y nosotros tuvimos la nuestra, habiendo podido construir un sentido que se expresó en la calle y que ya se está desparramando”.

Sin tanto prólogo, ella soltó sus primeras impresiones. Era tan obvio que nos juntábamos a charlar sobre este largo diciembre, que no hacía falta tanta pregunta para empezar a caminar las palabras. El jueves 14 a las 14 horas se produjo el primer intento de dar tratamiento parlamentario al proyecto de reforma. La represión contra el pueblo afuera y un quorum dudoso adentro hicieron caer la sesión. El lunes 18 también habría represión, pero el quorum estuvo garantizado. Después de largas horas de inútil parlamento de cada uno de los diputados que se oponían al proyecto oficialista, el resto pulsó el botón y la ley fue aprobada por mayoría.

-Los cacerolazos espontáneos del lunes a la noche y las caminatas de los barrios al Congreso, fueron el factor sorpresa de estas jornadas de lucha
-Recuperamos al enemigo. Ahí es cuando se empieza a reconstruir la alianza histórica de clases. En la recuperación del enemigo y en esa construcción del sentido que trajeron estas reformas, se vuelven a unificar sectores que se habían roto cuando el consumo estuvo en alza. Me parece extraño porque la derrota de octubre todavía estaba muy fresca. Sentir que, aún derrotados, estamos ganando una batalla, me produce extrañeza. Pero la realidad es que esta semana volví a sentir una ilusión y una esperanza política que hacía mucho no sentía. Y tiene que ver con la solidaridad del pueblo, que es un factor vital muy fuerte que se jugó en estos días. Porque, cuando discutimos reforma previsional, discutimos niñez y discutimos vejez. Por eso se pone en juego esa solidaridad intergeneracional, es decir, ¿qué hacemos los jóvenes y los adultos responsables con el presente, con el futuro y con la memoria histórica que son nuestros viejos? Esa es la gran pregunta. El discurso jurídico y su práctica deben estar al servicio de las mayorías populares, pero en particular de los grupos de nuestra sociedad que tienen que estar especialmente protegidos. Son esas protecciones especiales las que viene a desarticular Cambiemos, ese es el fin de este paquete de reformas. Y la batalla jurídica y política que damos nosotros tiene que ver con defenderlas: nuestros viejos son la memoria histórica del pueblo y deben dedicarse en su vejez al tiempo vital que no pudieron tener porque se pasaron toda la vida trabajando. Por otra parte, hay que defender a los niños y a sus madres. Las principales afectadas por esta Reforma Previsional son las mujeres: el 72% de las jubilaciones que salieron a través de la moratoria fueron de mujeres, y el 99% de las personas que administran las Asignaciones Universales por Hijo, son mujeres.

-Que el pueblo haya empezado a sospechar que este gobierno lo está perjudicando, es el primer paso para desarmar las maniobras mediáticas que intentan estigmatizar las grandes manifestaciones, cada vez que se produce alguna
-El discursito del trabajador meritocrático versus el choriplanero, laburante vago del Estado, cede frente a la solidaridad. Estas reformas afectan tan transversalmente a la sociedad que nos encontró a todos en la calle. Se logró romper la división que propone la carta del individualismo, el “gestionate tu propia vida”. Y cuando eso pasa, se reconstruye un imaginario que es propio del peronismo pero también del cristianismo, y que ahora retoma el feminismo: el discurso histórico de los movimientos populares, que dice que nadie se realiza solo, sino con otros y en comunidad. Eso es cuestionar la línea que hoy se baja desde el poder, la que fomenta que sos mejor si lográs hacerte solo. Este mes empezamos a sentir que somos mejores en comunidad. Hay que pensar con otros.

“Hubo problemas culturales que el kirchnerismo legó a la militancia política popular, como esta idea de que no podés hacer política sin hacer plata”

-El discurso del gobierno se nutre de la ambigüedad de ciertas palabras como independencia o libertad. Palabras lindas que tienen sus zonas grises. Cuando evocan el valor de la independencia, hablan de la necesidad de sostenerse sin el acompañamiento del Estado
-La mejor práctica de libertad que podemos ejercer es la de cuidarnos nosotros mismos. Lo que se expresó estas semanas desde el gran arco opositor a las reformas es que, si cuidamos a la infancia y si cuidamos a los viejos, estamos cuidando un proyecto comunitario que es opuesto al de ellos. Está siempre presente la idea del “extranjero” como el gran fantasma que recorre el Siglo XXI (lo que antes era el comunismo). Trump y las potencias europeas combaten al extranjero, a lo negro, a lo árabe. Esa es la amenaza. Cambiemos logró conectar aquí con algo muy profundo de la subjetividad social, que es que nadie quiere ser ese otro: el pobre, el negro. Y lo que está pasando ahora es que la clase media está sintiendo que le pasa cosas de negro, entonces se recrea y se vuelve a tejer la alianza de clases. Nos están tratando a todos como negros, como lo que ellos interpretan que son los negros, sacándonos derechos, empobreciendo nuestras jubilaciones, recortándonos el poder adquisitivo e impidiéndonos consumir. Es tarea política de la militancia popular y de las organizaciones intermedias del pueblo, recuperar y consolidar los núcleos del buen sentido, trabajar ahí donde aparece la solidaridad, ahí donde aparece la esperanza y la humildad. Cambiemos trabaja sobre la violencia, la naturalización de las desigualdades y el “sálvese quien pueda”. Nosotros tenemos que trabajar sobre la solidaridad, la humildad, el acompañamiento, el cuidarnos nosotros mismos y el fortalecimiento de espacios comunitarios, desde la sociedad de fomento y el centro de jubilados hasta el club de barrio y la cooperativa que resuelve el problema del agua en un barrio del Conurbano.

-¿Qué valoración hacés de la militancia forjada durante el kirchnerismo?
-Hubo problemas culturales que el kirchnerismo legó a la militancia política popular, como esta idea de que no podés hacer política sin hacer plata. Ojo, hay algo que es real: la militancia debe ser autónoma de los poderes fácticos, económicos, políticos y judiciales, si pretende no quedar atrapada en la telaraña. Pero se ha ido generando una cultura de hacer guita como un fin en sí mismo. Hoy, la agenda del imperio para deslegitimar a los gobiernos populares y a las militancias, es la de la corrupción. Al mismo tiempo, es un mérito no venir del palo de la política: si sos empresario está todo bien, porque no necesitás dinero. Nosotros tenemos el deber de reivindicar el que haya compañeros que puedan ejercer el servicio de la política. La política entendida como un servicio y no como una fuente de privilegios. Durante el kirchnerismo se confundieron servicios y privilegios, y eso nos dejó en un lugar de debilidad moral. La militancia que se forjó en la muerte de Néstor fue caótica, y era difícil pretender un movimiento ordenado. Algo muy hermoso del kirchnerismo fue la confianza en el pueblo, la creencia de que este pueblo podía más. Esa parte del relato cultural que se construyó fue muy poderosa. Perón y Evita creyeron en su pueblo: creyeron en el negro, en el cabecita, y creyeron que la Argentina podía ser un país justo, soberano, independiente. El kirchnerismo se alineó con ese pensamiento histórico del peronismo: creer en nosotros mismos más allá de los mandatos y consejos de afuera. Ese fue su legado más épico. Después empezó a haber tensiones entre su núcleo más duro y la masa trabajadora. Y los problemas empiezan cuando se rompen las creencias.

-¿Cómo bajar esos relatos épicos que mencionabas, para diseminarlos suavemente en el pueblo? ¿Cómo hacer que el “buen sentido” entre en la mayor cantidad de casas posibles?
-Es la experiencia cotidiana: una madre que vive en un barrio del Conurbano, que cobra la AUH, que sufre violencia machista puertas adentro, que va a inscribir a su hijo a la escuela pública y no consigue vacante, vive en carne propia lo que esos relatos expresan. La experiencia política más vital y trascendental que viví, y que estoy viviendo, es la maternidad: es un registro real del otro. No es chamuyo. En la mujer se concentran muchas problemáticas. Hoy tenemos el deber de cuestionar el híper consumo como fuente de la felicidad, la cultura del descarte y el desprecio por el otro: ese es el sentido común que nos quieren implantar. Hay que ver cómo cala la cultura de la autoayuda en los sectores medios urbanos, ese convencimiento de que ser mejor depende de uno. Esos tres géneros épicos, cristianismo, peronismo y feminismo, nos ayudan a pensar estas cosas. Y es inevitable volver a Marx, también, por aquello de transformar las circunstancias del hombre para que el hombre mismo se transforme. El trabajo permanente es el de transformar las circunstancias de los hombres y de las mujeres.

-¿Cómo juega tu rol de abogada en esa tarea social?
-El discurso jurídico es una ficción que tenemos que jugar, un teatro de operaciones en el que hay que meterse para disputar sentido, para construir contra hegemonía. Como abogada, mi militancia es poner el discurso y la práctica jurídicas al servicio de las causas populares. Quiero que exista un gobierno del pueblo y los trabajadores. Espero que alguna vez, en Argentina, haya un presidente obrero. No creo que la política deba ser conducida por abogados. Lo que sí creo es que, quienes manipulamos el discurso jurídico y lo llevamos a la práctica, tenemos esta gran tarea: desenmascarar las mentiras de este gobierno y de la Justicia misma, porque el fuero federal es uno de los principales sostenes del engaño.

-Es muy grande la tarea, ¿se sienten solos, vos y tus compañeros?
-Hay núcleos básicos en mi vida cotidiana que son mis compañeros de la EEM 6 del 5, delegados y maestros villeros, el grupo de abogados que nos organizamos en torno de la campaña contra la violencia institucional en los barrios, los compañeros laboralistas de la CTA, de la CTEP (Confederación de Trabajadores de la Economía Popular). Esos son mis núcleos de referencia. Nunca estamos solos. No se logra nada solo: es frustrante y es peligroso. No es esa la manera de cuidarnos. Creo, también, y refiriéndome a mi profesión, que hay que desacralizar la figura del abogado, y que hay que armar una nueva colegiatura, donde la centralidad no esté puesta en el patrocinio y la matrícula sino en el empoderamiento de las víctimas y de quienes defienden sus derechos. Hay que repensar la figura de tutelaje que ejerce el abogado. Todo mi trabajo jurídico y mi práctica política están puestos al servicio de desacralizar mi propio rol. Es una dialéctica permanente: ponerme a servicio como abogada y a su vez demostrar que no soy tan importante como se supone.

-Cuando estudiabas Derecho, ¿ya te habías formado un sentido propio de la justicia, o fue un proceso que te llevó más tiempo?
-Mientras fui estudiante, desde 2005 hasta 2011, participé en el Servicio Paz y Justicia (SERPAJ), en una guardia jurídica que intervenía en el conflicto penal y callejero de pibes, pibas y adolescentes en situación de calle, a lo largo de todo el ramal Roca. Esa experiencia me mantuvo en la carrera hasta que logré recibirme. De otra forma, creo que no hubiese encontrado un motor de ilusión para ser abogada. Pienso que el Derecho puede generar empoderamientos concretos y sentidos de justicia. Cada uno de nosotros tiene un sentido de la justicia que desarrolló de acuerdo a las circunstancias de vida que lo atravesaron. Por eso hay que transformar las circunstancias, porque solo así podremos transformarnos a nosotros mismos.


Gabriela explica que aparte de llevar las causas militantes, trabaja con clientes particulares. La abogacía es su fuente de sustento material. Pero aclara que, en todos los casos, tanto en las causas militantes como en las particulares, su tarea es la misma, “empoderar a la persona que recurre a mi servicio jurídico y desacralizar mi rol de abogada. Estaba hablando de la universidad pública y se acordó de golpe del primer discurso que dio Néstor Kirchner como presidente, ese del 25 de mayo de 2003.

“Fue el que más me gustó, porque dijo algo así como que creía fervientemente en sus verdades, tanto como en la relatividad de ellas. Se puso en un lugar de humildad que era súper necesario, si pensamos que había tenido menos votos que desocupados había en el país. Ese lugar de humildad fue fundante de las grandes gestas que libró su gobierno en los primeros años, desde la política de desendeudamiento hasta haber podido descolgar el cuadro de Videla. Difícilmente hubiera sido posible, sin esa premisa de creer tanto en sus verdades como en la relatividad que tenían. En ese mismo movimiento dialéctico, le devolvió el conflicto al pueblo: básicamente, expresó que creía en la capacidad del pueblo argentino de salir del infierno donde lo habían metido. Haber tenido la posibilidad de estudiar en una universidad pública bancada por el pueblo, desde los cartoneros hasta mis viejos, me hace sentir esa obligación moral de ponerme al servicio de las necesidades populares. No es solamente un deber moral, es fuente de felicidad y deseo para mí. Lo hago de manera placentera. No soy hija de mi esfuerzo personal, ni siquiera del esfuerzo de mis viejos. Soy hija de esta sociedad y a ella me debo”.

-¿Qué te hace pensar esta Justicia disfuncional que tenemos hoy?
-Que hay jueces y abogados que se sienten superiores a los demás, y que se piensan dueños de privilegios y prerrogativas respecto del resto de la ciudadanía. Es una lógica feudal que encuentra un correlato en la posmodernidad: la cuestión de los privilegios y este discurso del esfuerzo propio en detrimento del apoyo comunitario. Es muy barroca la posmodernidad, muy oscura en algunas cosas. Si algo nos decía la modernidad, a través de las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX y de las gestas populares del Siglo XX, era que la lucha contra la desigualdad y por la construcción de un mundo justo era algo por la que valía la pena dar la vida. La posmodernidad nos lo vuelve a negar y nos dice que la desigualdad es natural y que no hay nada que se pueda hacer contra eso. Mañana iba a ser mejor, en la modernidad. Hoy rige el paradigma de un mundo pre-burgués donde los discursos en favor de la igualdad no tienen sentido.

“Mencionamos las garantías constitucionales y los tratados internacionales para explicar que no es posible una democracia real si no hay ciertos niveles de igualdad económica. En esta época de la Argentina, el Poder Judicial es un garante de la impunidad”

-En este contexto, ¿para qué nos sirve esta democracia que tenemos?
-El discurso de las garantías justamente nos sirve para descubrir que no hay democracia posible si no es económica y social. Mencionamos las garantías constitucionales y los tratados internacionales para explicar que no es posible una democracia real si no hay ciertos niveles de igualdad económica. En esta época de la Argentina, el Poder Judicial es un garante de la impunidad. De la impunidad y de la comisión de ilícitos contra el pueblo, en todas sus facetas: desde armarle causas a los vendedores ambulantes hasta dictar encarcelamientos sin debidos procesos y consagrar privilegios que son absurdos. El Poder Judicial ejerce hoy un rol absolutamente antidemocrático.

-El poder tiene todos los artilugios para incrementar su impunidad
-Tiene todo, pero no tiene razón. El jueves 14 y el lunes 18, estos días de represión afuera del Congreso, percibí que hubo una inventiva popular a la hora de defenderse, sin necesidad de tirar piedras. Vi que quienes tuvieron mejores estrategias de defensa y de resistencia no eran aquellos que arrojaban piedras a la Policía sino los compañeros y el pueblo que estaba organizado para defender la vida de cada uno. Una resistencia hermosa. Tengo imágenes de solidaridad que no me las voy a borrar nunca: cómo nos protegíamos con cosas que encontrábamos en el suelo o cómo andábamos cuadras enteras para evadir los gases. Todo, sin tirar una sola piedra. En lugar de eso, hubo inventiva popular: hubo experiencia de los más viejos y creatividad y agilidad de los jóvenes. Fue una síntesis de esa solidaridad intergeneracional que decíamos al comienzo. Además, supimos irnos a tiempo. No nos quedamos para que nos maten. Por eso digo que los giros culturales van y vienen: hace un mes y medio sentíamos que la derrota cultural que estábamos sufriendo por el momento iba a ser irreversible, y en estas semanas logramos construir un escenario donde el gobierno quedó como el dueño de la mentira y de la irracionalidad, y nosotros de la razón y de la protección de los más humildes.

-¿Qué causas destacás de las que tuviste en este 2017?
-El juicio por el femicidio de Mica Gaona fue muy importante, porque fue un claro ejemplo de que, sin organización comunitaria, la justicia no es posible: la justicia entendida integralmente, no solo como una reparación en términos penales. Con el apoyo de la comunidad pudimos sostener económicamente a la familia y garantizar la educación de sus hermanos más chicos. Por otra parte, fue la primera condena por un femicidio producido en una villa. Este año pasó de todo. Estuvimos comprometidas con las causas de persecución penal contra las mujeres, y siempre en defensa de los trabajadores, tanto sindicalizados como los de la economía popular. Esas son causas de todos los días: decomiso de mercadería, armado de causas penales, despidos. En todas estamos comprometidos como abogados. Cuando una defiende las causas de los trabajadores está defendiendo un modo de vida, porque los trabajadores organizan su vida alrededor del trabajo, entonces, defender su trabajo es defender ese modo de vida y la posibilidad de acceder a otros derechos. Creo en la cultura del trabajo, no desde el punto de vista de cumplir con el deber, sino pensando que a partir del trabajo se puede concebir un proyecto de vida junto a otros, realizándote en comunidad.

-¿Cómo protegés tu eje personal?
Hago terapia una o dos veces por semana, y ese sí es un momento que lo reservo para mí. Para pensarme en un lugar de intimidad y para, justamente, no andar haciendo alarde de mis cosas en espacios de construcción social. Creo que vale la pena reservarte un momento de la semana para pensarte a vos mismo, en diálogo con alguien que pueda devolverte una mirada no viciada, como un terapeuta. Ninguna de estas tareas militantes es posible si uno no tiene momentos de autocrítica, reflexión e intimidad. Esos momentos tienen que ver con fortalecerse como sujeto, para poder estar en mejores condiciones a la hora de luchar por los demás y por el colectivo. Me parece falaz que uno no pueda abrir un espacio para sí mismo por estar entregado a los demás. Es una pose eso. El militante que no se hace un tiempo para la reflexión y para el disfrute personal, no me parece creíble. Esa filosofía del no disfrute es algo muy setentista. El martirio tiene fecha de vencimiento, o porque te quiebra el otro o porque te quebrás vos. El tema es construir sujetos libres, empoderados y solidarios, cuya capacidad de goce y disfrute no esté atravesada por el consumo como elemento constitutivo: el eje es otro.

Fotos a la abogada Gabriela Carpineti. FOTO: maximiliano Amena
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