Facundo Pedrini: la educación sentimental del pibe que hace las placas de Crónica TV

Texto: Manuela Castro / Fotos: Mauro David

 

“Veinte años antes, Crónica jugaba a hacer los 140 caracteres. La placa queda como en ese limbo, es un cartel, es una imagen, son las dos cosas. Es una cosa media loca, es lo que la gente quiere que sea”.

Facundo Pedrini, 29 años, productor de televisión, es “el pibe de las placas de Crónica”. Comenzó a trabajar en el canal de noticias hace casi diez años y hoy, como coordinador de aire de uno de los segmentos de la programación, se convirtió en la cara visible detrás las famosas placas, cuando sus creaciones se viralizaron en twitter durante la persecución de los hermanos Lanatta y Víctor Schillaci, profugados a fines de 2015. “LOS PRÓFUGOS TIRAN MÁS TIROS QUE VICUÑA” fue uno de los títulos que quedaron para el recuerdo, mientras Mauricio Macri estrenaba el sillón presidencial y su ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, se hacía cargo de persecuciones fallidas, tiroteos y hasta un anuncio de captura que no fue tal. La desopilante búsqueda de los condenados por el triple crimen de la efedrina parecía tener siempre un capítulo más: “TARDE DE POCHOCLOS Y PELÍCULA DE SUSPENSO”, tituló entonces Pedrini y supo hacer de este ícono de la televisión argentina, su marca registrada. Meses más tarde, publicó Argentina: una historia en placas (Ed. Ediciones B, 2016), un libro que repasa, a través de los títulos del canal, las noticias más importantes del ADN nacional, y luego realizó una obra de teatro alrededor del tema.

-Que yo sea uno de los que hace las placas de Crónica rompe todo un misterio que gira en torno al fantasma o esta cosa tácita del recurso. Vivimos en una época en donde el “quién” se jerarquizó a la altura del “qué”. Todos tuvimos que decir desde qué lugar hablábamos. Los últimos años, que a mí no me parece que sea tan malo, estuvimos bajo la lupa, en todo sentido. Quién lo dice, qué motivaciones tiene, qué contenidos abraza, qué ideología reza. Entonces, asumir que vos formas parte de un proceso me parece un acto de honestidad también. Pero hay un creador, Héctor Ricardo García (fundador de Crónica Diario y Tv) que es el que merece todos los laureles porque es el dueño de la idea, es el intuitivo. No es lo mismo formar parte de un después que estar en la mesa chica que dio origen a algo, porque si no tu línea de tiempo y tu rigor histórico pasa a ser una barra de tareas, como el muro de Facebook en donde no hay cero, y en la vida hay ceros. García fue el cero, nosotros seguimos la flecha.

-Entre ese “nosotros”, que son quienes además de vos generan los contenidos de las placas, ¿hay acuerdos sobre cómo titular?
-Cada uno tiene su criterio. Eso habla bastante bien del recurso, ¿no? porque es lo que es y aun así acepta todas las miradas. Yo tengo una mirada un poco social. Algunos compañeros me dicen que a veces soy un poco trotskista. Y sí, puede ser. En realidad, no es que quiera bajar línea, pero sí me parece que la placa tiene que estar en el asfalto y el asfalto nunca está de acuerdo. La calle nunca está de acuerdo. ¡En hora buena que no lo esté! ¿no?

“Algunos compañeros me dicen que a veces soy un poco trotskista. Y sí, puede ser. No es que quiera bajar línea, pero sí me parece que la placa tiene que estar en el asfalto, y el asfalto nunca está de acuerdo

-¿Tenés total libertad a la hora de titular una placa? Pareciera que requiere de mucha creatividad.
-Eso en realidad tiene que ver más con la solvencia y la generosidad del recurso que del libre albedrío del que lo hace. Las placas tienen mucho de repentismo. Son la ausencia de mosquitero, no hay filtro, no hay una dimensión que las pueda llegar a contener porque tiene que ver mucho con esa frescura de lo que te despierta en ese momento la noticia. Si existiera algún control o algún teléfono llegaría tarde porque ya la placa estaría al aire. No se ha dado, al menos en mi turno, y tengo la suerte de poder encontrarme tuiteando en vivo las cosas que pasan. Por suerte no hay un pdf que se baje que rece cierta solemnidad para los que venimos atrás, se labura con mucha libertad, me siento contenido.

-Esa libertad puede ser una contención como también, en la inmediatez, pifiar. ¿Te pasó alguna vez?
-Sí, hace dos años, cuando Miguel del Sel ganó las elecciones en Santa Fé, hice una placa negra: “GANÓ MIGUEL DEL SEL”, como si eso representara la muerte de la política. ¿Cómo un Midachi al final del túnel va a hacerse de una gobernación? Pero después me di cuenta de que eso, más allá de una torpeza periodística a la cual en primera instancia consideré acierto, era un acto de torpeza republicana. Porque un partido que se hacía de las elecciones de Santa Fe, después ganó la provincia de Buenos Aires, la Ciudad y el país. De ese tipo de placas hay muchas. Lo que pasa es que ciertas placas, por ahí, pasan por una retina o mirada social y permanecen, pero por lo general, hay muchas que no corresponden a eso que el pueblo recuerda de manera permanente. Algunas hacen referencia a choques, a robos y no tienen nada de grandilocuente. No pueden ser todas al ángulo. Es como si vos asistieras a un recital y el artista tocara treinta hits seguidos. Eso nunca pasa. Sería un error creer que cualquier acontecimiento amerita una placa perfecta para que quede en la historia, porque estarías forzando a la noticia. La cabeza del tipo que la genera no puede estar por encima de lo que pasa.

Pedrini, el pelo crespo, la tez pálida, es flaco y alto. Viste un blazer de pana negro y una remera oscura. Su casa es un departamento en un edificio antiguo, con ascensor tijera y escaleras marmoladas, en la zona sur de la Ciudad. Las paredes de la sala en la que sucede la entrevista están forradas con libros, dvd’s y rarezas: superhéroes en sus envoltorios originales, la colección histórica de la revista Caras y Caretas apilada en un rincón, posters de clásicos del cine. Pedrini ofrece tarta de ricota que confiesa haber comprado especialmente, convida café en cápsulas a gusto del invitado y dice que se siente orgulloso.

-Nuestro segmento se ha convertido en un vehículo para expresiones y para causas muy nobles. Desde la búsqueda de chicos, el reclamo de paraderos, o las denuncias por femicidios. Es un canal que siempre intenta dar una capa de concientización interesante sobre lo que no está en la agenda. Realmente, después de mucho tiempo, siento que estamos haciendo las cosas relativamente bien.

“PARA CULPABLES HAY TIEMPO, AHORA BUSQUEMOS A LOS PIBES”.

El recital de Indio Solari en Olavarría, en marzo de este año, se había teñido de fatalidad. La información sobre heridos, extraviados e, incluso, muertos llegaba confusa y, a falta de señal en los celulares de los asistentes, reconstruir un escenario claro de lo que sucedía parecía improbable. Pedrini recibió un llamado a las dos de la madrugada, su primo había asistido al evento y estaba incomunicado.

-Empecé a hacer llamadas telefónicas y no podía dar con nadie. Ese día yo entraba a las seis de la mañana. Me metí en blogs, en Facebook, en Twitter, empecé a seguir páginas y uní una serie de datos que con el paso del tiempo se convirtieron en un documento abierto -un google drive- en donde la gente podía ver el estado de los heridos, quiénes estaban hospitalizados, las combis que habían salido, los colectivos que todavía estaban ahí, la lista de fallecidos que, en primera instancia, era solamente uno y al final terminaron siendo dos víctimas, mientras otros medios, incluso agencias estatales, hablaban de más de diez. Entonces, ante la fatalidad de la incertidumbre eso se convirtió en un documento válido.

-¿Cómo siguió ese trabajo de ordenamiento de la situación que habías comenzado individualmente en las redes, desde el canal?
-Cuando llegué a la empresa jugué alrededor de dos conceptos. A mí me parecía muy loco que en otros canales de noticias estaban hablando mal de Indio Solari cuando había pibes incomunicados. Entonces digo: “Para culpables hay tiempo, ahora busquemos a los pibes”, y eso lo hice placa. Es un razonamiento que no parte de una lucidez de un platillo volador, es un comentario de vecino. Y la segunda, que se desprendía de la primera, fue: “VECINOS DE OLAVARRÍA LIBEREN EL WI FI”. En el marco de ese cuadro de desinformación y de datos cruzados y no chequeados, los padres llamaban a la empresa algunos agradecidos, otros llorando. A mí me tocó a lo largo de toda la semana estar bastante al pie de las novedades. Hablar con Juan Carr, con periodistas de la zona. Se suscitó una situación que creo que nos reconcilió con el rol social que siempre debimos tener.

-¿Te sentís representado con la agenda que sigue el medio en el que trabajás?
-A veces sí. Crónica no me necesita para ser lo que es y yo no necesito a Crónica para ser quién soy, pero a veces las miradas coexisten.

-¿Quiénes son tus referentes en el periodismo?
-Me gusta mucho Roberto Arlt, pero porque también me gusta la figura del escritor que entra y sale de las cosas, que forma parte de la multitud pero los observa detrás del vidrio. (Raúl) González Tuñón, me parece que es el escritor portátil por excelencia. Hay cosas de Paco Urondo que son muy buenas, de Rodolfo Walsh. Enrique Raab es un animal, un tipo que reconcilió a Palito Ortega con Artaud. Y en la actualidad, Carlos Ulanovsky, que ahora está retirado de los medios de comunicación, pero me llena de orgullo conocer y que tenga la amabilidad de considerarme su amigo. Él no se reconcilia con este modelo de comunicación ni con lo que ya no puede ser. Claudia Acuña de la revista MU, una persona que en su momento supo hacer las portadas de Página/12 y ser la chica de oro de los principales medios, y de un tiempo a esta parte se dedicó a hacer otro tipo de periodismo. Ninguno sale por televisión. El prestigio no te lo da la tele.

“Siento que estoy jugando con las letras cuando el resto juega con números -por el rating-. A mí me interesan más las historias que las noticias”

-Vos estás en la televisión.
-Pero estoy en la cocina. Estoy pelando papas negras, estoy detrás del decorado.

-¿Te sentís cómodo en ese lugar?
-Yo me siento un periodista gráfico encerrado en televisión. Aunque haya tenido intervenciones gráficas siempre en revistas, algunas más masivas y prestigiosas que otras, pero siempre en revistas y no tanto en medios gráficos o en periódicos tradicionales. Pero sí, me siento un periodista gráfico encerrado en televisión.

-¿Por qué crees que estás encerrado en la tele?
-No es que esté encerrado desde una lectura peyorativa, “es una cárcel”. Pero sí siento que estoy jugando con las letras cuando el resto juega con números -por el rating-. A mí me interesan más las historias que las noticias.

-¿Te imaginabas esto cuando empezaste a estudiar Comunicación Social?
-Tenía una lectura más pretenciosa, más ligada a la pose que al convencimiento. Esta cosa de tener un blog, que el mundo me lea.

-Tenés un blog.
-Es un blog que por suerte ahora es más descriptivo. Empecé con aires autoconclusivos. Esta suerte de intelectual de altillo que algunos periodistas pretenden ser: más lejos del suelo, más equivocado. La gente que suele salir poco a la calle siempre pierde la referencia de lo que pasa y yo pensaba que desde los libros iba a gestar una figura que me iba a permitir no sé si sobresalir, pero sí funcionar por un andarivel legítimo. Nada de eso pasó y en hora buena que no haya pasado, porque en definitiva vos sos lo que te conmueve, y lo que te conmueve siempre está afuera.

-¿Qué te conmueve?
-Racing, las Madres de Plaza de Mayo y la gente que lucha más allá del resultado. El tipo que avanza. Todos tenemos eso en la cabeza. Es como la segunda ecuación después de comer. Cuando tenés el morfi y el techo asegurado, vas por la libertad. Bueno, el tipo que vive una historia terrible y avanza igual o intenta ser mejor, y nunca pisa al de al lado, a mí me conmueve. En ese sentido me reconcilio con lo que quería ser a los ocho o diez años.

Además de su trabajo en Crónica Tv, Facundo Pedrini escribe en las revistas MU, Crisis y Anfibia. También colabora en la producción del programa de Rolando Graña en A24, como productor ejecutivo, tres veces por semana. En sus ratos libres suele ir al cine, por lo general en horarios marginales y en soledad.

-Puedo ir varias veces a ver una misma película. No me molesta la repetición, ninguna obra de arte se sostiene a través de la sorpresa. Puedo ver el padrino doscientas veces, ya sé cómo va a terminar, pero eso no lo obtura a (Francis Ford) Coppola ni a (Mario) Puzo.

-Y por fuera del periodismo y del cine, ¿qué otras actividades disfrutás?
-Hablamos de Racing, ¿no? Voy a la cancha, puteo, puteo mucho, voy de local. No hay misticismo sin dolor con Racing. Es un acto de negación. Ir a la cancha de Racing es cantar cosas que sabés que no van a pasar, es ir a ver ganar un equipo que sabés que no va a ganar. Pero en el fondo no se trata de eso. Así como las obras de arte no se sostienen a través de la sorpresa, Racing no se sostiene a través de las victorias. Esencialmente es la derrota, es el flagelo del minuto 94, es (Iván) Pillud, es un 4 que tiene dos empanadas en lugar de dos pies. Se trata de eso. Racing está lleno de sinsabores que se reciclan y se convierten en ilusión la otra semana. Volvés de la cancha jurando que jamás vas a volver y ya el martes estás pispeando en el diario cuándo toca el horario y haciendo el maridaje con tus otras actividades. Racing no es la recompensa, es el sentido de fe, es la plegaria. Es la estampita y jamás va a llegar la bendición.

“La gente que suele salir poco a la calle siempre pierde la referencia de lo que pasa”

-¿Tenés otras estampitas? ¿Creés en Dios?
-Por momentos. En mi caso la dimensión teológica titila. Tengo una formación salesiana y por desesperación más que por un sentido de trascendencia, me abracé mucho a él. Mi vieja murió cuando yo tenía 22 años después de una enfermedad muy difícil: un cáncer de hígado, metástasis hepática. La peleó tres años como una leona y los últimos seis meses, bueno, la enfermedad avanzó. En el medio de todo ese proceso me multipliqué en cristos. Fui al padre Ignacio en Rosario, a un padre sanador en Avellaneda, a otro en Lanús. Fui caminando a Luján, empecé a leer metafísica. Todo lo que tuviera que ver con un recurso desesperado en el marco de una finitud inexorable. Esa fue una etapa muy alta de aves marías repetidos y de charlas de terapia en silencio, que me generaron una distancia. Después hay un reencuentro y lo entendés como un faro. A veces estás más lejos del faro, a veces más cerca, pero seguis caminando. No me molesta la oscuridad.

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