“Estuve en talleres literarios basados en el padecimiento y pensé: ¿por qué no encarar el arte en forma gozosa?”

Texto: Brian Majlin  / Fotos: Mariano Campetella 

 

Juan es pura verborragia. Desde chico, siempre cubrió los huecos y silencios con palabras e historias, con bromas y pensamientos. Cuando empezó a escribir, sin embargo, su prosa salía en modo imitación borgeana, tratando de ser erudito, cargado de responsabilidad. Tenía quince años y esa carga, el peso de la palabra, lo llevó por un camino de angustia y mutismo. Dejó la literatura para 15 años más tarde.

En el medio, Juan Sklar encontró la actuación, el cine, el canto y toda disciplina artística que le permitiera sacar de sí mismo lo que tiene. Encontró, también, el guión. Estudió y trabajó en guiones para TV y se aburrió de su trabajo. Hasta que escribió un cuento que le hizo llegar a Hernán Casciari y que este publicó, sin aviso, en la revista Orsai. Y todo fue otra historia. Desde entonces es un artista gozoso, que quiere evangelizar a todos con su método de escritura. Con una novela publicada -Los 14 cuadernos-, una a punto de salir que es la continuación -Nunca llegamos a la India- y una recopilación pronta a editarse de las Cartas al hijo -las exitosas columnas en las que le habla a su hijo Goran y con las que ocupaba un espacio semanal en Radio Vorterix, al lado de Mario Pergolini-, Juan también tiene un taller -El Cuaderno Azul-, en el que nuclea a casi 130 personas. Y él solo se explica el éxito del taller por el método.

Sin embargo, Juan escribe porque es su modo de buscar a su padre y, a la vez, es el modo en que trata de definirse como padre frente a Goran, de dos años. De hallarse en un rol que, explica, no le es natural. Escribe, dirá un día después de la charla con Almagro a través de un audio de Whatsapp, porque es su modo de corregir su propia vida.

– Decís que escribís buscando a un padre, ¿encontraste alguno?
– Y… cuando Mario me convocó yo lo tenía como ídolo. Pero una cosa es lo que tenías en la adolescencia y otra cosa lo que sentís como elegido para trabajar con ellos y, finalmente, lo que encontrás. Pasa con Pergolini, con Lanata, con otras figuras que eran para la cultura rock o la contracultura de nuestra adolescencia algo que ya no son. Es esa pelea con el padre.

– ¿Y a nivel literario cuál sería tu figura paterna?
– Tengo un problema de cipayismo fuerte ahí, porque muchos son yanquis; Paul Auster, Charles Bukowski, Philip Roth. Es un padre lejano, distante. Acá siempre encuentro referentes que me puedo cobijar, me quedo un rato y después entiendo que no puedo tener padres. Me hubiera encantado que Hernán Casciari o Gonzalo Garcés me adoptaran…

– ¿Y?
-Nadie me quiere adoptar. Me hubiera gustado que me eligieran y dijeran “vamos para allá”, pero no pasó.

– Te referenciás en ellos…
– Sí, en muchos textos sí. En muchos sobre la masculinidad de Gonzalo o en esos sobre la muerte del padre de Casciari y muchos otros que me golpearon. Esos que no sabés sin son ensayos, cuentos o qué. En Garcés encontré ideas infinitas y una productivdiad tremenda. En Casciari, la posibilidad de emocionar desde un lugar no cursi. Te estruja el corazón y eso me gusta que me pase como lector y también como escritor. Pero otra cosa me pasa con Juan Forn: si él me pide que vayamos a conquistar el mundo yo lo sigo y me cago a tiros contra la Gendarmería. Esas columnas de los viernes son como una piña, una catarata hacia algo que vas diciendo “sí, sí, sí”. A él no lo conozco, pero tengo esa fascinación. También con Mauricio Kartún, con el que hice algún curso. Si alguien así me convoca para matar gente, yo voy: me encantaría encaramarme en sus proyectos, pero siento que tendré que hacer el mío propio.

– ¿Sentís orfandad en ese camino?
-Soy hijo de un huérfano y los huérfanos construyen su familia para escapar de la orfandad. Mi taller, El Cuaderno Azul, es esa familia en la que dejé de ser huérfano. Hay otros que me acompañan, con tensiones y como todo padre huérfano espero más de ellos de lo que debería.

– Sos como un evangelizador, te hace feliz y querés que todos sigan ese rumbo, ¿no se sufre la escritura?
– Yo estuve en esos talleres literarios que se basan en el padecimiento y también pasé por otros espacios de clown, teatro y canto, por ejemplo, y pensé “¿por qué no podemos hacer algo que sea encarar el arte en forma gozosa?” y llevarlo al taller literario. Tomé la experiencia de Juan Coulasso, Marcelo Katz o el propio Kartún. Y funciona. Para mí y para la gente.

– ¿Hay un método Sklar?
-Tengo una novela publicada y un taller con 130 alumnos, la gente se suma más allá de mi exposición o experiencia en el campo literario. Muchos vienen a través de otros, tienen ganas de escribir: el método es más importante que yo y tiene que ver con disfrutar escribir, que es placentero. La premisa de mi método es que la catarsis, refinada, puede ser arte. Que a eso que uno goza le ponga trabajo. Si queda en catarsis es una paja.

– ¿Arte onanista?
– ¡Claro! Yo creo que hay tres tipos de artes: el onanista, donde goza solo el artista, típico de la escena independiente prototípica; el prostibulario, donde goza el público, pero no el autor, típico de la tele o de la literatura por encargo; y el que me interesa que es el arte amor: goza el artista y a la vez el público. Es la versión del arte-eros. Implica esfuerzo también, eh, si no hay esfuerzo y trabajo es puro egoísmo y, como en la pareja, no se puede ser un pendejo egoísta. Pero se parte del deseo o no se arranca.

“Estuve en esos talleres literarios que se basan en el padecimiento y también pasé por otros espacios de clown, teatro y canto, y pensé ‘¿por qué no podemos hacer algo que sea encarar el arte en forma gozosa?’ y llevarlo al taller literario” 

– ¿Creés que todos pueden escribir?
– Sí, claro. ¿Todos pueden jugar al fútbol? ¿Comer? ¿Coger? Algunos lo harán mejor que otros. Que todos escriban no significa que todos sean escritores o publiquen. Pero todos pueden escribir. La mayoría encuentra un espacio de descarga. El taller es sobre el goce y el placer, es democrático, pero muchos terminan publicando y les va muy bien.

– Si es tan solitaria la escritura, ¿por qué es necesario el taller?
– Por los efectos de lectura de Borges. La mala lectura de Borges. Hay una idea muy porteña de que el escritor es alguien sesudo, hiperintelectualizado, e hiper leído. No es su culpa sino de lo que genera haberlo leído. Gente que necesita ser para su propia imagen muy sesudo, hiperleídos e intelectuales: y esa imitación improductiva de Borges es constipante y seca concha.

– ¿Se puede imitar productivamente?
– Sí, claro. Mirá la prosa de Forn. Borges es una prosa cristalina, no te marea, no es Faulkner. Está lleno de conceptos, pero fluye. Hay que ver con qué Borges nos quedamos. El taller funciona porque hay una idea del escritor desanimalizado, des libidinizado, hay que luchar contra la idea de que escribir es pensar. Escribir es algo físico, un hecho que se refina con el pensamiento. Borges, que era cerebro con patas, decía que no podía escribir de nada que no lo conmoviera. Pero lo que a él conmovía provocó generaciones de escritores que siguen un deber ser.

– Que no implica que no puedan convivir ideas y emociones…
– Sí, pero el chabón que escribía así flasheaba con las ideas. Las ideas potentes conmueven. Y las emociones potentes pueden ser conceptualizadas. Pero si le sacás una parte tenés un efecto malo: el sentimentalismo zonzo o la pura idea abstracta y aburrida. 

 – ¿Y cómo transformás experiencia personal en arte?
– Uff… Gustavo Gauvry, que fundó El Cielito récords y grabó todos los discos emblemáticos del rock nacional, decía que no existe, en el tablero, la palanca de la magia. A veces sucede y a veces no.

– Hablando de llenar el arte con la vida propia, en Cartas al hijo cruzaste un nuevo punto, ¿hay límite entre lo público y lo privado?
-Mi límite es el dolor ajeno. Si le duele a mi mujer, el límite es eso. A mi hijo le voy a doler sea como sea.

– ¿Le consultás antes de publicar?
-Siempre. Le muestro todo. El texto de Silvia Suller que salió en Orsai lo odia.

– ¿Por?
-Por la cantidad y calidad de intimidad que devela. Porque me demuestro infiel, cachuzo, débil, golpeado y seducido por la banalidad de los 90. No quiere ver eso de mí.

– Pero aceptó que lo publiques…
– No, ya mandado me pidió que no se publique y ya no había vuelta atrás. Me dijo: no voy a detener tu carrera, pero no le gusta.

– ¿No te limita hacia adelante?
– Por suerte empezó a aparecer mi capacidad de conmover y escribir desde mí pero sin exponer tanto mi vida. Por ejemplo, el cuento Barracudas, un cuento que salió en La Agenda y en el que hay un narrador que se parece a mí y que hace que parezca real y conmueve, pero no hago concha a mi familia.

– ¿Y te molesta que haya “mentira”?
– No, si me conmovió no importa. Hay dos cosas que no interesan y son “la realidad” y “el arte”. Lo que importa es esta mezcla de la realidad estetizada. El lugar en el medio entre lo real y la forma pura, ese arte elevado, ese es el que me gusta e interesa.

– ¿Pero no pensás la forma antes de sentarte a escribir?
– No pienso nada, para mí es como coger y comer. Es el lugar donde no pienso. Después corrijo, pienso, le doy vueltas. Escribir es prender fuego todo.

– ¿Y la literatura para qué es?
– Escribo para mí, pero después me pregunto “¿esto qué le da al mundo?”. La literatura le da al mundo la posibilidad de ser habitado: es el único lugar de goce sin destrucción, sin pánico y sin llegar a la muerte. El goce llevado al límite también es dolor. Cualquier placer al máximo volumen es la destrucción del planeta: la muerte.

“La literatura le da al mundo la posibilidad de ser habitado: es el único lugar de goce sin destrucción, sin pánico y sin llegar a la muerte”

– ¿Y cómo espacio de reflexión sobre el mundo?
– Es algo que no tengo resuelto. Hace días pienso eso. También es eso en el sentido de que el goce agotado da lugar para otras cosas. El placer en la realidad termina en la muerte; en el arte termina en agotar el goce y la necesidad de transformación. Pero no puede ser pensado, porque los movimientos que cambiaron al mundo lo hicieron de un modo en que no lo tenían o tienen planeado: el plan nunca funciona.

– Se suele decir que la literatura tiene dos o tres grandes dilemas universales: el amor, el sexo, la familia, la muerte…
– Es así. Es lo que nos pega a todos: ser padres, hijos, coger, la muerte. Y se puede agregar la Justicia, la posibilidad de vivir con otros. Satisfacer deseos y goce y, a la vez, vivir con otros. Un problema derivado es la culpa, la vergüenza y otro es la justicia. Grandes dilemas, conflictos. Valores en conflicto: el deseo y el amor. Si hacés todo el día lo que deseás, te va a ir mal. El deseo se enfrenta al amor, a la justicia y al trabajo, los proyectos o la construcción. Y como los conflictos son irresolubles, escribimos: en la literatura tenemos la chancha y los veinte que no se pueden tener en el mundo.

– ¿Y por qué hacer Cartas al hijo?
– Porque soy un mal padre. Porque necesito reflexionar sobre la paternidad para hallarme en ella, cosa que no me pasa intuitivamente. Porque tampoco me hallo en la vida y necesito escribir para poder vivir.

– El efecto en el lector y oyente fue notorio…
– Porque somos padres e hijos, todos, todo el tiempo; es el vínculo que te define, en términos generales. Y Argentina está aún muy atada a la familia: que en todo Occidente se va desintegrando, pero acá todavía es un vínculo que nos atraviesa, destruye y configura.

– ¿Cómo vivís el autobombo y el vértigo constante que generó en redes sociales?
– Es necesario, pero a la vez es un desgaste. Te aleja de la profundidad. Trato de tomarme al menos dos meses de no estar en redes sociales y, si puedo, tampoco estar en Buenos Aires. Y cuando estoy hago cosas para no pensar: salgo a correr, juego al fútbol. Hacer cosas en las que uno es malo te hace muy bien. O hacer asado, aunque no me gusta tanto la carne, pero toda la ceremonia del fuego, de tomarme horas en eso, de no pensar en nada.

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