Esteban Ierardo: “Hay que liberarnos de la conexión digital continua”

Texto: Franco Spinetta / Ilustraciones de Sofía Martina

 

El enorme y reciente escándalo por la manipulación de datos privados volcados por los propios usuarios en la red social Facebook, a través de lo que se conoce como minería de datos, no debería haber sido una sorpresa para nadie. Se trató, ni más ni menos, que de una muestra del poder de acceso a información sensible y capacidad de influencia de la empresa insignia del reino de las redes sociales, en la que conviven diariamente más de 2 mil millones de personas.

“Sociedad pantalla: Black Mirror y la tecnodependencia” es el libro con el que el filósofo y escritor Esteban Ierardo desmiembra este presente atomizado entre millones de estímulos que brotan desde los teléfonos (“una suerte de prótesis que tenemos en el cuerpo y que nos convierte en embriones de ciborgs”, dice) y de una vida a-la-carta de las vidrieras de la posmodernidad: las redes donde se le libra la batalla final de los egos perdidos en la multitud. Millones de personas que a cada segundo vuelcan una millonada de datos, cuyo valor podría traducirse en la profundización del impulso consumista y, también, en la manipulación de electorados, percepciones y creencias sociales.

A través de un análisis minucioso de Black Mirror, la serie inglesa que plantea un futuro aterrador en el que la tecnología sobrepasa los límites hasta meterse adentro del cuerpo en forma de chips que nos controlan a toda hora, Ierardo abre la puerta para discutir el rasgo distintivo de esa época de la humanidad: la construcción de identidades virtuales, imaginarias, y por ende ¿falsas?

-¿Hay algún parangón en la historia para comparar el cambio que está atravesando la sociedad en este momento?
-Siempre hubo tecnología en la historia, hubo avances. La sociedad de la información, que un poco surge en la pos guerra, a partir de la fusión de la red de redes, que es internet, con la comunicación satelital, supone quizá el cambio más grande de la historia. No lo advertimos, pero vivimos en una sociedad en la que la captura, la capitalización de la información por parte de intereses económicos es lo central. Vivimos en una época donde la gran novedad es que todos nos convertimos inconsciente y pasivamente porque vamos incorporando tecnología y nos vamos constituyendo como grandes consumidores pasivos de publicidad que se multiplica a través de las redes, las pantallas, y de todas las formas que adquieren las nuevas tecnologías. Ahí podés encontrar un corazón inquietante, la singularidad de esta época: la información se multiplica en forma vertiginosa y conforma el famoso big data, esa acumulación de datos que nosotros dejamos como huellas en las redes. El ordenamiento de esos datos que nosotros damos gratuitamente es parte de una ciencia avanzada, la minería de datos, que constituye patrones de datos para ordenar todo el estallido cotidiano de información. Nos vamos constituyendo en híbridos entre tecnología y nuestro viejo cuerpo, ciborgs, mientras se producen estallidos continuos de datos, segundo a segundo, que nosotros mismos dejamos, que no se pierden, que son irreversibles y que tienen un valor vinculado con la publicidad, los perfiles.

-En el mejor de los casos.
-Claro, porque también tienen un valor para el espionaje militar, político. Es decir, la multiplicación de los datos tiene un valor económico, político y militar. Eso es lo singular.

“El retorno a la realidad física, de cara a la educación de los jóvenes, se va a convertir en algo cada vez más revolucionario, en el sentido etimológico de la palabra: revolución significa volver al comienzo del ciclo para refundar algo. Volver a destacar la importancia del conocimiento del mundo físico, de la naturaleza”

-Pensás que, si supiéramos esto, si fuésemos conscientes de todo esto, ¿seguiríamos aportando datos de esta manera?
-Es difícil. Las empresas supieron leer este momento de la historia. Facebook significa “libro de rostros”, es decir, apunta a darle al individuo que se pierde en la multitud, un instrumento virtual, imaginario, para recomponer su ego perdido, salir por caminos imaginarios de la soledad a partir de acumular contactos, amigos, reconocimiento, megustas. La gran farsa del Facebook es que nos propone construir una identidad falsa, ilusoria, para escapar y refugiarnos de la angustia psicológica que nos provoca la soledad. La construcción de una identidad virtual, mediante mecanismos digitales (subiendo fotos, información y comentarios en busca de reconocimiento) es parte de esa construcción del individuo que percibe a su ego amenazado, a su yo más profundo perdido. Es un intento de recuperación del yo mediante estrategias imaginarias. La identidad virtual es una entidad imaginaria, no tiene que ver con lo que, yo estimo, realiza a las personas, las lleva a la plenitud y a una realización real, alejándolas de la soledad. Las potencialidades siguen siendo en el mundo real, no en el ciberespacio. Hay personas que acumularon millones de seguidores, por ejemplo en Instagram, y tuvieron un instante de lucidez y se dieron cuenta de que todo eso era un éxito de su yo imaginario, virtual, que se propaga por las pantallas, por las redes, pero no es el yo verdadero. Si el yo verdadero no se realiza en el contacto con otras personas, y deja un legado real, seguirá siendo una construcción imaginaria. Esa necesidad de construirse virtualmente está relacionada con algo que Facebook supo explotar: la necesidad de ser visibles. Creemos que nos sentimos menos solos, cuando la angustia crece.

-Hay estudios que marcan que, a mayor consumo de redes, mayor depresión.
-Es que nos hacen creer que tenemos más amigos. Fijate cómo se ha degradado la palabra amigo, la profundidad existencial, que supone una dedicación, tiempo. Se ha perdido el espesor humano, existencial, que es una delicada construcción entre dos seres que se escuchan, que comparten valores. La amistad ahora se consume como algo instantáneo, como un desayuno, una gaseosa.

-¿Qué tipo de ser humano saldrá de este formato social?
-Se está creando un autismo cibernético. Los sociólogos ya hablan de una categoría diferente a los millennials, los centennialls. Hay una suerte de paradoja. El retorno a la realidad física, de cara a la educación de los jóvenes, se va a convertir en algo cada vez más revolucionario, en el sentido etimológico de la palabra: revolución significa volver al comienzo del ciclo para refundar algo. Volver a destacar la importancia del conocimiento del mundo físico, de la naturaleza.

-¿Pensás que va a pasar eso?
-No, yo creo que debería pasar eso. Hay toda una invasión de estímulos, a través de la educación digitalizada, que conspira contra esto. Pero sigo creyendo en la posibilidad de que se active ese chip que nos saca de la adicción, de estar enclaustrados en este mundo híper tecnológico, y nos lleva a la consciencia. Black Mirror especula con un chip que nos implantarían para hacer vigilancia personal. Todavía estamos a tiempo, apelamos a la consciencia y al pensamiento crítico.

-¿En qué deberíamos tomar consciencia?
-En el exceso tecnológico que nos lleva a sacrificar alegremente al mundo real por el mundo en pantalla, online, exagerando los beneficios que nos da.. Tampoco es que soy partidario de negar este nuevo tipo de realidad paralela. Vos fíjate que ya no catalogo como irrealidad a la realidad virtual. Es para pensar con más detenimiento.

-¿Cómo sería?
-Es un planteo filosófico. Estamos ingresando a la era de la multi-realidad, o de pos realidad. La referencia no es solamente el espacio en el cual convivimos, donde se da el conflicto, el amor, la esperanza, el odio, la conquista del territorio, la naturaleza. Buena parte de la historia es el drama del hombre en el espacio. Ahora, la tecnología multiplica esa realidad.

-¿Pero es realidad?
-Ahí está la discusión. En un comienzo, tenía una postura más dualista. Tendía a ver un conflicto entre la realidad y la irrealidad. El tema es más complejo, se está multiplicando la experiencia de realidad. Las podés llamar irrealidades, si querés, pero son reales porque tienen impacto psicológico, en el tiempo y en la salud. No son realidades que escapan hacia otro tipo de mundo, sino que operan en el mundo en que vivimos, sobre nuestra vida cotidiana. Hay toda una corriente, el transhumanismo, que habla del rediseño humano. Lo que domina es una visión pesimista sobre el impacto del exceso de la tecnología, pero los que están investigando, quieren rearmar la utopía: hablan de un humano que podrá vivir más tiempo, detener los procesos de degeneración celular.

-La pregunta es quién va a poder acceder a esa prolongación de la vida.
-Bueno, eso es lo que se está estudiando. Ahora, lo que sobreviene es la toma de postura ética. Yo hago militancia por el mundo real, la geografía y el contacto de las personas. Sin embargo, hay todo un ideal capitalista del desarrollo tecnológico para expandir mercados, que suponen más inversión, dinero, tecnociencia, y que va a haber menos enfermedades, mayor tiempo de vida: 140 años. Lo que ignora todo ese utopismo es que, quizá, el ser humano no está preparado para transformarse en algo distinto de lo que es.

-¿Y qué es?
-Lo humano tiene que ver con la noción de límite, con el no-conocimiento, con la muerte, la incertidumbre. No con la seguridad de que no nos vamos a enfermar ni morir, es decir, la utopía de la tecnología de avanzada.

“Sos anónimo para la mirada de otras personas, no para el ojo del poder. El panóptico digital. El poder te está mirando aunque no lo sepas, y quizá sabe más de vos que vos mismo”

-Hablemos de la excusa de la seguridad para espiar a las personas.
-Esa es otra de las grandes transformaciones. Se destruyó el ideal burgués de la vida privada, ahora vivimos un tiempo donde lo privado es público. Toda esa información está disponible para ser ordenada, clasificada, al alcance de las grandes agencias de seguridad. Otra paradoja: dijimos que esta época produce anonimato, y es cierto. Pero sos anónimo para la mirada de otras personas, no para el ojo del poder. El panóptico digital. El poder te está mirando aunque no lo sepas, y quizá sabe más de vos que vos mismo. Se ordenan tus búsquedas en Google, las páginas que viste, las películas que miraste, YouTube, lo que compraste en forma electrónica. El poder no te personaliza, lo que personaliza son tus datos, que son como tu sombra, no tu proyección del yo espiritual. El efecto de la tecnología es contribuir a la destrucción de lo individual, salvo que decidamos constituirnos de otra manera.

-¿Te imaginás por dónde puede venir el cambio?
-Tomar consciencia de los efectos nocivos del exceso o la adicción de la tecnología en las personas. Lo que postulo es que nos reconstruyamos, en lo posible, que busquemos una forma de sumar, no destruir nada. Para nuestra realización en un mundo híper-tecnológico, supone no negar los aspectos valiosos, progresivos de la tecnología.

-¿Qué significa no negar los aspectos valiosos?
-Salir de la trampa de la construcción de la identidad virtual, de la máscara que construís como feliz y triunfante y que compartís con los otros. De eso hay que salir, pero no necesariamente de las redes sociales y de Internet como forma de difusión del conocimiento, de acceso, apertura. Ese es un aspecto positivo de Internet: nos abre la puerta para ser ciudadanos universales. Eso tiene que ver con el conocimiento, la proyección hacia otras culturas.

-Lo que sucede es que es muy difícil pensar a Internet por fuera de Google, Facebook, Twitter, Instagram. ¿Cómo hacemos?
-Este filósofo coreano que está de moda (Byung-Chul Han) dice que hay un retorno a la Edad Media, al feudalismo. Entonces, el contrato era que vos recibías la protección del señor feudal a cambio de que trabajaras la tierra. Los señores feudales de esta época son esas empresas que vos mencionás: son las más poderosas multinacionales globales, que superan incluso la idea que teníamos nosotros, un poco obsoleta, de aquellas empresas vinculadas con la maquinaria pesada, las grandes fábricas. Las empresas informáticas son las que tienen mayor penetración, las que manipulan la información para controlar el mundo contemporáneo. Son los grandes señores feudales para quienes trabajamos de manera inconsciente, les estamos brindando gratuitamente nuestro tiempo y produciendo contenidos, arando el campo del ciberespacio para que ellos lo capitalicen con publicidad.

-Me parece incluso peor que el feudalismo. Se suponía que el señor feudal te protegía de alguna amenaza, real o no. ¿Cuál es la contrapartida de los nuevos señores feudales?
-Lo que te dan es un beneficio psicológico, imaginario: salir del gran peligro del anonimato, de no ser nadie. Yo creo que, así como ellos nos usan, tenemos que tratar de tomar consciencia para de alguna forma usarlos también. Establecer un nuevo pacto. Usar las plataformas para difundir conocimiento, actividades culturales, visiones: un pacto de uso recíproco. Es verdad que esto no desactiva el proceso de concentración económico, pero ninguno de nosotros podría lograrlo, lamentablemente. Sí podemos tomar una distancia para evitar la manipulación.

-¿Usar la plataforma para mostrar los beneficios de no estar conectado?
-Por ejemplo, puede ser. Evitando el proceso de absorción que provoca la tecnología, de la falsa ilusión de realización a través de las redes. Hay una pasividad que permite que las personas sean absorbidas por las pantallas. Creo que hay otra posibilidad: resignificar el uso de la tecnología para darle un uso positivo: acceso al conocimiento, a la educación, la interacción con otras culturas. En vez de quedar absorbido, que es como quedar encerrado y atrapado, uno se expande. En la absorción, uno es un prisionero manipulado que produce datos y beneficios para las empresas. Cuando uno lee un libro, se expande la consciencia. Eso puede pasar a través de la lectura en pantallas. Usar la tecnología para la expansión, como seres críticos, conscientes, para advertir la trama de intereses y poderes que siempre buscan condicionarnos y controlarnos. Antes, eso se daba a través de la prensa, el cine industrial de Hollywood, y ahora el poder busca la maximización del control a través de las tecnologías digitales. Por lo tanto, expandir nuestro conocimiento supone aumentar nuestra capacidad de sospecha y crítica respecto a cómo el poder, que siempre es el mismo y cuyo objetivo siempre es controlar, usa las nuevas tecnologías para una mejor explotación del ser humano. En ese sentido, todavía existe la posibilidad -porque no hay un implante en el cerebro que nos lo impida- de la distancia. No veo la posibilidad de la renuncia. Incluso creo que sería regresivo, tenemos que beneficiarnos de la tecnología, pero es una construcción compleja porque lo más inmediato que el poder nos entrega con el acceso a la tecnología es el consumo. Un consumo que tiene que ver con más consumo de publicidad, entretenimiento y una entrega pasiva de nuestro tiempo. Más resignación a entregar nuestro tiempo gratuitamente. Una toma de consciencia sería custodiar nuestro tiempo y tratar de usar las tecnologías en nuestro beneficio. Y saber, más que nada, que, en un mundo saturado de información, lo que prevalece es la desinformación. La posverdad, las fake news, etc. La sospecha no puede ser una herramienta sólo de los filósofos.

-Ese es uno de los efectos paradójicos de esta era. En comparación, nunca hubo tanta pluralidad de voces, sin embargo, la sensación es que prevalece una manipulación constante de la información.
-Todo este despliegue tecnológico está permitiendo materializar el sueño, no muchas veces asumido y manifestado, del poder: el control permanente, las 24 horas del día, el monitoreo constante de individuos que entregan sus datos pasivamente. Es un poco el sueño del poder total. Chun Hang dice también que el individuo tiende a esclavizarse a sí mismo.

“Facebook significa ‘libro de rostros’, es decir, apunta a darle al individuo que se pierde en la multitud, un instrumento virtual, imaginario, para recomponer su ego perdido, salir por caminos imaginarios de la soledad a partir de acumular contactos, amigos, reconocimiento, megustas. La gran farsa del Facebook es que nos propone construir una identidad falsa, ilusoria, para escapar y refugiarnos de la angustia psicológica que nos provoca la soledad”

-Entonces, ¿el problema no es la tecnología sino las corporaciones que hacen uso de ese acceso?
-Absolutamente. El hombre va creando dispositivos y herramientas con un fin determinado. Aún la tecnología más sofisticada, es una transformación de la naturaleza. La electrónica se basa en la electricidad, que es una fuerza natural. Siempre detrás de la tecnología está el hombre, el sentido que le da. Y el poder lo resignifica en su rol de controlar el mundo inmediato, la cultura en la que habita. En ese sentido, podría decirse que la tecnología no existe, sino que es el hombre otorgándole un sentido. Y ese sentido es el que tenemos que discutir. Mientras tanto, lo que sucede es que se plantea que para 2045 se va a dar la “gran singularidad”, en la que las computadoras no van a ser programadas por el hombre, sino que se van a autoprogramar. Es decir, el quiebre sería que las computadoras puedan prescindir del hombre. Se están creando las condiciones para que, a largo plazo, el hombre sea algo obsoleto, innecesario, superado y desechado por la propia tecnología. Quizá sea algo demasiado futurista, pero se está discutiendo.

-En base a estas descripciones que hacés, me resulta muy difícil imaginar una salida sin apagar los aparatos.
-Es una opción, sin duda, pero que te deja afuera del desarrollo de tu tiempo histórico. Aristóteles decía que el ser humano no es una bestia, pero tampoco un dios. Para vivir en una suerte de apagado continuo de modo de que eso te realice en vez de empobrecerte, tendrías que acercarte más a la concepción de un dios, encontrar la contemplación de la naturaleza, la felicidad, y para eso deberías ser un sabio. La verdad es que sabios hay pocos o casi no existen. El ser humano, para realizarse, tiene que interactuar con su sociedad, su tiempo, y para eso el apagado continuo no sirve. Es una opción para una novela, una ficción, pero no en el mundo real.

-¿Vos hablás de una administración consciente del tiempo?
-Matizada, mesurada. Yo tengo la libertad del apagado o el encendido. Y es un poder fuerte, cuando la orden es que estés todo el tiempo conectado, consumiendo de forma pasiva, no poniendo filtros. Ahí es donde se dan todas las paradojas: más conexión, más angustia; más información, mayor desinformación. Yo creo todavía en el poder de entrar y salir, todavía tenemos esa libertad. No es sólo un atributo metafísico del alma, en este tiempo en particular, la libertad se resignifica. Los dilemas del hombre siguen siendo los mismos: de dónde mierda venimos, cuál es el sentido de todo esto, el origen del universo. Los grandes misterios, están ahí.

-O sea, estos genios de Silicon Valley están viendo cómo reemplazar al hombre y todavía no saben cómo se originó el Universo.
-Jaja, exactamente. Retomando: el problema es el exceso innecesario de híper conectividad y de uso de la tecnología. Por eso se potencia la idea de difundir miradas del mundo primario del espacio, el mundo olvidado de la conexión del hombre con la naturaleza, mediante la ciencia, la historia y la filosofía. Es parte de la contracultura, de la resistencia. Hay que liberarnos de la conexión continua. Cuanto más se amplían tus realidades, mayor es tu libertad. La única opción no es estar en línea todo el tiempo: la realidad es múltiple y nunca pierde conexión con la realidad madre: la realidad primaria, de los misterios existenciales. El hombre existe como un cuerpo, como parte del ecosistema, de un mundo que todavía no sabe cómo surgió. Tomar consciencia de la multirealidad, fortalece la libertad para elegir. Y yo elijo que quiero seguir indagando en los misterios globales, no negarme a ninguna realidad. Yo creo en ampliar y no quedar atrapado en las pantallas.

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