Dudas, miedos y dilemas existenciales de una autora multifacética

Texto: Pablo Díaz Marenghi / Fotos:  Flor Alborcen

 

Estamos en un bar en Gandhi y Honorio Pueyrredón. La tarde atraviesa su mitad exacta y el sol cae con tibieza semi primaveral. Romina Paula se pide una porción de chocotorta y un café. Nos ofrece que comamos. “La porción es muy grande”. Y aclara, al escuchar la cámara de la fotógrafa dispararse: “El rimmel te lo debo. Vengo de yoga. Si veo fotos mías en Google digo esta sí, esta no, esta sí, no”. Romina es así, sincera, natural. Sonríe mucho. Sus ojos entre celestes y verdosos impactan a la primera mirada. Uno la conecta de inmediato con las narradoras de sus tres novelas (¿Vos me querés a mí?, Agosto y Acá Todavía, publicadas por Entropía) porque todas cargan con un poco de su vida en diferentes etapas. Su pasión es la expresión y la representación, ya sea a través de la literatura o del teatro, su otra gran pasión. Ya sea dirigiendo, actuando o escribiendo una obra -o todas al mismo tiempo- Romina vuelca allí también dudas, miedos y dilemas existenciales.

Siempre escribió. “En la primaria me gustaba escribir, me iba bien en lengua, era de esa gente. Mi familia no tenía una bajada de línea de qué estaba bueno leer. Sí me incentivaban a leer, pero leía cualquier cosa, no tenía un marco de canon de qué estaba bien. Iba llegando a cosas”, recuerda, y comenta que lleva un diario íntimo desde los 17 que es una especie de “basurero”.

De muy chica, y medio de casualidad, se metió en el teatro: “Empecé a hacer teatro en la escuela y cuando terminé la secundaria me anoté en Letras. Me gustaba leer y escribir y pensé que iba a estudiar eso. Al mismo tiempo, hacía teatro en la biblioteca pública de San Isidro (mi familia vivía en Beccar) con unas viejas de ahí, y después una amiga empezó a estudiar acá en lo de Ricardo Bartís. Fui a parar allí por ella, no sabía quién era Bartís. En realidad, con Alejandro Catalán, que estaba para iniciación. Justo en esa época se abrió su estudio y un par de alumnos lo seguimos a él. En Letras no duré mucho tiempo”, se sincera. A partir de allí, estos dos mundos se quedarían para siempre con ella y los utilizaría como herramientas para materializar su mundo privado. Como escritora, trabaja de manera notable los diálogos (se reconoce influenciada por Manuel Puig y esto es notorio) y se impregna de la cultura pop para condimentar su prosa. En el mundo del teatro, es reconocida como una referente dentro del teatro off con obras como Fauna (2013) o la más reciente Cimarrón (2017), que llegó al histórico Teatro Cervantes. Cuestionamientos en torno al sexo, el deseo, el desamor, el engaño o la pérdida de un amigo entrañable, todo esto se percibe en su obra y se capta a partir de un prisma fresco y sin etiquetas.

-¿Cómo siguió tu camino?
-Después dejé Letras y seguí dedicándome al teatro como actriz. Luego dirigí mi primera obra. Hice una especie de dramaturgia basada en textos de Héctor Viel Temperley y lo dirigí. En el (Espacio) Callejón. Tuve suerte de hacerla ahí porque uno de los que dirigía el espacio, Gonzalo Martínez, había trabajado conmigo y me permitió estrenarla ahí. Después estudié con Pompeyo (Audivert). Quedé como de ese lado, de la dramaturgia de actor, en ese tipo de escuelas. Después ingreso a la EMAD de dramaturgia. Fue todo muy del hacer.

-¿Escribías ficción en paralelo mientras estudiabas actuación?
-Sí. Era en realidad lo que escribía antes. Cuando estudiaba Letras escribía narrativa. Por la misma amiga fundamental en mi vida por la que estudié con Bartís, fui al taller de escritura de Juan Martini y ahí escribí unos cuentos. Después seguí con él sola y ahí armé ¿Vos me querés a mí?, que era rarísimo. Pobre Juan, re serio leyéndole esas cosas (risas).

-Porque no encaja en lo que es la novela tradicional, por el formato.
-Sí, es medio raro que diga novela acá (señala la tapa). Tiene que decir novela para darle un marco. ¡Esto es una novela! Esta es la novela número 3 de Entropía, y las dos primeras son de los editores. Recién empezaba. A Entropía llegué también por Martini, fue toda una sucesión de casualidades.

-¿Alguna lectura que te haya marcado?
-Recuerdo tener bastante cerca a Puig. Sobre todo con los diálogos y porque lo que me encanta de él, además de su imaginario, es la búsqueda formal. Adentro de la novela tiene un montón de formatos. 

-Además el tema de cómo trabajaba mucho la cuestión de lo popular, que en la época no era literario si se quiere (como el cine, la música, el lunfardo) y se nota que eso te influenció en tu forma de narrar.
-Sí, que en realidad uno diría que la marca de época es el anti clásico. Y bueno, yo que sé, ¡si estás pensando en la posteridad a los veinte años…! Me daba como cierta sensación de libertad leerlo a él. Además, tenía veintipico de años, escribía eso y por suerte, viéndolo ahora con mis alumnos, no tenía ninguna ambición de publicar nada. Porque no existían muchas editoriales chicas. De hecho, medio que lo terminé de armar para publicarlo en Entropía, cuando era algo que recién empezaba. Tenía muy poca ambición. No estaba eso de “quiero publicar” por delante de escribir, que ahora yo lo veo bastante. Hay tantas editoriales chicas. Muchos chicos que tienen una idea y ya están pensando dónde… primero escribilo, fijate. No pasa nada tampoco con un libro, no te cambia la vida.

-Algunas cosas sobre tu escritura: en tus tres novelas se narra en primera persona, con diferencias. ¿Eso es lo que más naturalmente te sale? ¿Te parece más efectiva esa manera de contar?
-Por imposibilidad, jaja. Hasta ahora, seguro. Acá todavía intenté escribirla en tercera. Arranqué a escribirla toda en tercera persona. Casi toda la primera parte la escribí en un cuaderno a mano y me encontraba -tanto como cuando la escribí a mano como cuando la iba pasando- en la misma frase pasando a primera. O sea, arrancaba en tercera y pasaba a primera. O escribía un par de frases en tercera y se primerizaba. Me puse a pasar verbo a verbo hasta que dije: ¿Qué es esto que estoy haciendo? ¿Para quién lo estoy haciendo? Entonces dejé de luchar y volví a la primera. No tengo idea si cambiaré. Por ahora es lo que pude hacer.

-También pasa que las tres novelas son muy testimoniales, que se abre en alguna situación puntual, ya sea en la muerte del padre, de una amiga o en una búsqueda introspectiva sobre el amor.
-Claro, además, con Acá Todavía quería escribir una novela más familiar, más objetiva, y al final en las tres (sobre todo en las dos últimas) es como el punto de vista de alguien. El arco. No hay anécdotas muy heroicas. Es muy poco lo que sucede de la acción en las dos. Es más como alguien viendo las cosas y opinando, como un modo de comentar la realidad. Eso es más de la primera persona. No sé qué contaría en una tercera.

-Tu literatura es bastante reflexiva. Tus propios pensamientos sobre el amor en pareja, sobre la vida en general, se vuelven literatura. ¿Te interesa esto?
-Eso me interesa bastante y está en las tres novelas. Es casi lo que más me divierte o lo que más me da ganas de compartir. Cosas del pensamiento, que por ahí hablás con una amiga pero tampoco de esa manera. Es extraño porque es algo muy íntimo y, a la vez, quedás muy expuesto pero en ese procedimiento de escribir deja de ser íntimo. Creo que si me enfrentas a eso me da mucho pudor, pero está ahí y como que me olvido (risas). No me hago cargo. Es un procedimiento de negación. ¿Yo dije eso?

-¿Te pasa lo contrario? ¿A veces les hacés decir o hacer a tus personajes cosas que vos nunca harías o dirías?
-Creo que hasta ahora no hice una construcción de “alguien” que no se parezca para nada a mí en las voces. Está todo adulterado, pero para nada es como La conjura de los necios de John Kennedy Toole, esto de generar un personaje desagradable pero que termina generando empatía. Ese procedimiento de personaje en las antípodas aún no lo probé.

“Lo más difícil es saber de verdad qué es adecuado para uno. Más allá de que no son solo los padres sino que son las instituciones y la vida en la ciudad y en la sociedad y todo eso. Eso me parece que es una pregunta constante”

-En varios momentos aparecen momentos oníricos, narrás sueños.
-¿Qué embole, no? Jaja. ¡Los sueños siempre son un embole! Cuando alguien te quiere contar un sueño es como, ¡uy! qué me importa. Siento que en Acá todavía tiene un poco de eso, sobre todo en la segunda parte cuando ella está sola. En las otras también hay algunos otros sueños contados. En ¿Vos me querés a mí? son re de la psicología, como sueños recurrentes de la gente como que se te caen los dientes, tener al novio muerto adentro de un bolso, hitos de la sexualidad. En Agosto soñaba con Six Feet Under. Traté de elegir sueños que no fueran totalmente embolantes, que pudieran significar algo o que alguien los pudiera compartir.

-¿Qué devolución tenés en general de tus libros?
-Creo que la gente que te hace una entrevista en general tiene buena onda. Si no, no te la hacen. No existe mucho la crítica negativa hoy en día. Creo que si no lo leen o no les interesa no te llaman, y está bien. Además, Twitter y esas cosas no tengo, que es donde más la gente se ensaña, así que me mantengo al margen de la saña. En general, si alguien se acerca es para decirte algo bueno. Me pasa mucho con ¿Vos me querés a mí? que es la más polémica. Algunos se me acercan a decirme que fue la que más les gustó y a otros les pasó todo lo contrario. Eso me causa mucha gracia. Se ve que sí tiene algo distinto a las otras.

-Se nota que a través de la sexualidad o el deseo vas generando diferentes tensiones. En Agosto, la tensión de la protagonista con su ex pareja, en Acá Todavía con la enfermera, con Iván. ¿Cómo lo trabajas eso?
-En Agosto, por ejemplo, me divertía estirar eso de que nunca cogen. Pero en los capítulos de los casos y los crímenes es todo como gore total. Me divertía ese reflejo de que en la vida de ella no está pasando nada (con el ex no puede, con el de ahora tampoco) y los otros apartados son todos re gore, está lo de la película The Brown Bunny con la chupada de pija de Chloe Sevigny, después lo de la hermana que se garcha a una hermanita y la asesina, toda una cosa horrible. Me gustaba que estuviera todo eso muy escindido. Como que está todo ese porno gore en el consumo cultural, y en su vida, nada. Me parece algo bastante contemporáneo eso. Acá todavía me parece que no está tan atravesada por los consumos culturales. Está más en presente, ella, habitando su cuerpo un poco más. Quizás son momentos de la vida también, o de mi experiencia como mujer en distintos momentos de la vida. La otra es como pura expectativa y duda.

-En una entrevista decías que leías muchos crímenes policiales en el diario.
-Desde muy chica. Me pasaba que leía casos de niñas asesinadas y leía la edad de la nena y, si yo tenía más edad, decía uf, ya safé. No sé por qué. Me pasaba algo horrible de pensar que podía ser cualquiera de esas chicas. Me acuerdo mucho de esos casos. Ahora están todos esos programas de casos. Igual no los miro porque no tengo televisión y me dan mucho miedo.

-En Acá todavía, además de ser una novela sobre el padre, es una novela sobre los límites y las estructuras que hay alrededor de la sexualidad, como que hay muchas discusiones internas de la protagonista alrededor de su identidad (¿soy heterosexual reprimida? ¿soy bisexual?) ¿Lo ves así también?
-Es cierto que de alguna manera lo que en Agosto es esa red de asesinatos (está la muerte de la amiga que nunca se dice qué pasó) y entonces la violencia y el sexo están ahí. La descripción de su realidad, nunca se dice cómo murió la amiga y ella nunca garcha tampoco. Sucede todo en esas fricciones. En Acá todavía quería que la red quedara más explícita. Cuando la empecé a escribir en tercera persona quería que sea la historia de una familia y, al mismo tiempo, el devenir sexual/sensual de ella. Al final no es ninguna de las dos cosas. Es un poquito de esas dos cosas y no es tan explícito, no está tan cortado como “ahora viene el capítulo sobre sexualidad” pero un poco sí quedó. Como que cada tanto vuelve sobre eso: hitos sexuales o sensuales de distintos momentos de la vida, por ahí de la infancia. Que quedó más episódico, no está tan presente aunque, ahora que lo decís, eso era bastante la estructura de la novela. Es cómo es ella, cómo es su ser sexual y cómo es su devenir sexual. En un momento, cuando habla de los hermanos diciendo todo eso de lo presexual, como una especie de anhelo, si es que existe. En ¿Vos me querés a mí? hay un capítulo en el que habla con los psicólogos. Hacía terapia en esa época y después me hartó un poco la terapia en general. Para mí y para todos. Siento que en Agosto y en Acá todavía un poco más, esas preguntas ya no están hechas desde un lugar del psicoanálisis sino más como, no sé… me las pregunto. No están como vistas “qué significa esto, qué me dirían, qué viví con mi familia para no saber si mi deseo es fálico”. Me cansó un poco para mí ese modo de mirar el mundo. Me parece muy de una clase social, y un plomo.

-Es cierto que se leen más despojadas esas preguntas.
-Me interesa mucho, porque me lo pregunto siempre y también lo trabajé en la última obra que hice (N.de.R: Cimarrón, en el Teatro Cervantes) es la idea de lo adecuado. ¿Qué es lo adecuado para cada uno? Toda la vida, en el mejor de los casos, hubo gente que eligió cosas por vos, tus padres o quien te haya criado, y todo el camino de construcción de uno es viendo qué de eso después confirmás y elegís para vos y qué de eso no porque incluso sólo revelarte a eso porque te lo impusieron a veces terminás confirmándolo porque solo revelarte porque y quizás sí es adecuado para vos me parece que es un recorrido que nunca termina. Quizás sí, si en algún momento te sentís a gusto y estas ahí. Lo más difícil es saber de verdad qué es adecuado para uno. Más allá de que no son solo los padres sino que son las instituciones y la vida en la ciudad y en la sociedad y todo eso. Eso me parece que es una pregunta constante. También un poco las preguntas tienen que ver con eso. Trato de ir un poco más detrás de las palabras. ¿Eso qué significa para mí? Quizás no se puede eludir y siempre estés parado en algún lugar de la sociedad. Encasillado. Pero lo bueno es como seguir preguntándomelo.

-En las tres novelas los personajes son muy vos y está presente la mirada de lo femenino, cómo siente y cómo vive una mujer. Nombrabas Twitter antes y esto puede relacionarse con el movimiento #NiUnaMenos y toda una nueva consciencia en cuanto a la igualdad de género y una revolución feminista en muchos aspectos. ¿Te sentís parte de todo esto en algún punto o te sentís como medio ajena?
-Soy parte de mi época y leo medios, aunque no tengo Twitter. Pienso desde mí como mujer y me pregunto todas estas cosas que en algún lugar se tocan bastante con, por ejemplo, lo que reivindica el movimiento #niunamenos, que igual también abarca muchísimas cosas. Pero un poco lo que hablábamos sobre los asesinatos y eso es muy alentador que eso ahora tenga un nombre y esté enmarcado en algo. Antes yo lo leía y eran asesinatos de nenas violadas. Era chica y era lo más común que en los policiales hubiera algo de eso y no se cuestionaba porque eran nenas violadas. Que eso se dé como tema de agenda por un lado me deprime por la gente que quiere hacer de eso su campaña, como que se aprovechan de esto, pero que por supuesto prefiero que ese sea el precio que hay que pagar para que otra cosa esté en discusión y que, sobre todo, gente que es más chica crezcan con que eso les parece obvio.

-Respecto al teatro, ¿sentís que tus intereses son los mismos a la hora de crear que en la literatura?
-Me siento muy a gusto en el teatro. Cada vez que vuelvo a hacer una obra y estoy en ese ámbito, algo vinculada a esa actividad, hay algo que sucede ahí que me parece fascinante. Cuando escribo una obra es casi como un guión: sé que la voy a hacer, entonces ya escribo esas palabras con la fantasía de que tal actor diga esto a ver cómo suena, cómo va a ser esto, qué es lo que invocamos. También es mucho eso. Sobre todo esta última que fue bastante arbitrarios los materiales que junté y el lugar que ocupan uno atrás de otro. Durante muchos ensayos y funciones ni hablar. Fue como un misterio. Después muchas cosas se fueron acomodando. Hay cuerpos en escena, gente que viene a escuchar. Se produce como ese ritual. Algo se vuelve escénico. Algo que no habías pensado que podía ser gracioso, la gente se ríe. Digo lo de la risa porque es la respuesta más evidente. Sobre todo, también por algo que quizás no lo pensaste como chiste y decís “ay, ¿qué está pasando?”, cómo ¿cuál es la fricción que se produce? Por eso me parece increíble el teatro, por ese poner las palabras en acción. Me parece un arte muy antiguo y muy poderoso. Desde que existen otras cosas, como la televisión y el cine, fue muchísimo menos popular. Pero para mí es la resistencia. Y no necesita nada. Si no hay electricidad podés hacer teatro igual. Hay una persona que habla y una persona que la escucha y puede ser una obra de teatro. Hay un lenguaje que es muy inasible y sin embargo estamos todos de acuerdo cuando uno dice “acá pasó algo”. Es mágico y es efímero. Las obras no existen más. Desaparecen. Eso es increíble.

-De todos los roles que desempeñaste (actriz, directora, dramaturga) ¿te sentís más cómoda en alguno?
-Voy teniendo romances, como por épocas. Ahora, por ejemplo, como no estoy escribiendo narrativa no sé quién es la escritora, está lejos. Justo estuve en un romance con la dirección teatral mucho. La escritura y dirección teatral, dirigiendo actores. Antes de eso había estado en crisis con el teatro. También depende qué estoy haciendo. Es re tendencioso. La actuación está en un lugar muy relegadito, pero cuando lo hago, que es en pocas ocasiones, también lo disfruto mucho porque me alivia ponerme en manos de otro y solamente tener que hacer eso. No ser responsable por la totalidad, si es cine, o que te digan qué decir o dónde pararte. Lo re disfruto también.

-¿Cómo fue la experiencia de actuar en cine? Trabajaste con directores destacados de la nueva era, como Matías Piñeiro o Santiago Mitre.
-En El Estudiante, particularmente, era re contexto independiente también. Muy. Las antípodas de La Cordillera, jaja. Era un camarógrafo, Santiago, (Esteban) Lamothe y no sé. Fue muy así pero con un guión súper escrito que estaba buenísimo y con Santiago que ya sabía qué película quería filmar asi que la producción era independiente pero había mucha claridad de lo que estábamos haciendo. Trabajamos bastante antes también. Ensayamos un montón. Antes de hacerlo tenía mucho pánico. No podía hacer de la chica, pensaba. Me súper enrosqué. Y en un momento creo que mandé un mensaje de texto a Santiago diciéndole que no quería hacerlo, jaja. ¡Mensaje de texto de Nokia! No WhatsApp. Un cosito negro sobre gris. Además, estaba respondiéndole a su enojo. Estaba respondiendo como me iba a mandar a la mierda y me sorprendió con una reacción muy contenedora y re pancho. Me convenció con ese gesto. Si él brotaba yo ya tenía respuesta para su brote. Sin darme cuenta, como que lo puse a prueba. Creo que es el único “protagónico” que hice, que tampoco es un protagónico, porque es Lamothe, pero era como hacer de “la chica”. Después hice cosas más chicas y puntuales. O las películas de (Matías) Piñeiro que son más raras también, aparte de que no las ve nadie son más raras. No son casi de actuación tampoco. Después la película de Hugo Santiago (N.de.R: El cielo del centauro, 2014) que no la vi terminada nunca y hablo en francés. Siempre me tocó hacer cosas raras. Mi recorrido como actríz es rarísimo (risas). Lo último que hice fue la mujer de Joaquín Furriel en El jardín de Bronce. Eso sí fue producción gigante. Era un personaje en un solo capítulo. Diez días de rodaje. Lo podía manejar. Obvio que sino tampoco lo acepto y obvio que tampoco me llaman. Si no es algo que siento que puedo llegar a hacer. No te hago cualquier cosa. Ni en pedo. En el sentido que no me sale. Me llegan las cosas que podría llegar a hacer y las hago porque podría llegar a hacerlas. Ahí estuvo buenísimo porque era como cine y tele juntos, súper producción para lo que es acá, con famosos. Estuvo bueno.

-¿Cómo ves la escena del teatro en Buenos Aires? Una ciudad con tantas salas, con tanto movimiento y con tanta proyección sobre todo del teatro independiente.
-Creo que nunca no está en un buen momento. Cada tanto leo a Bartís o a algunos referentes que dicen que ya no pasa nada. Eso pasa en todos los ámbitos, hay un momento en el que dicen ahora no está pasando nada. Se habla de un pasado glorioso. Para mí, no sé si tengo un optimismo oligofrénico o qué, pero creo que siempre algo está pasando. Que no pase nada no es problema de uno. Tiene que ver con la mirada. ¿Desde qué lugar uno lo dice? Por supuesto que cuando hay muchas cosas es probable que pocas te gusten. También me parece que hay mucho público de teatro en Buenos Aires, algo que me parece muy poco común. En épocas de crisis, como ahora por ejemplo, que la gente tiene poca plata, quizás el teatro es una de las primeras cosas que reducen. Igual el teatro siempre sobrevive.

-¿Cómo ves la escena de la literatura argentina contemporánea? Por un lado hay muchos cuentistas y mucha influencia del realismo sucio norteamericano y, por otro lado, hay un gran circuito de poesía también.
-Estoy leyendo poco. Pero bueno, estoy al tanto. Sé que tengo que leer a Samanta Schweblin. Lo de la poesía lo re siento. Nunca escribí poesía pero la leo. De hecho en mis talleres aclaro que poesía NO, porque no podría enseñar algo que no escribo. Veo de alumnos que escriben poesía o algunos eventos que se hacían en la Sala Sarmiento del Teatro San Martín, que lo organizaba Vivi Tellas, que eran como poetas desembarcando en el teatro y leyendo. Tiene algo como que ellos también capturan algo de lo performático, por eso ahí como que aparece el teatro y muy como si la poesía tuviera menos peso, no porque no tuviera peso lo que escriben sino como vinculado a lo oral. Lo escribo, lo leo y hay algo ahí del poeta que encarna sus poesías.

“No existe mucho la crítica negativa hoy en día. Creo que si no lo leen o no les interesa no te llaman, y está bien. Además Twitter y esas cosas no tengo que es donde más la gente se ensaña así que me mantengo al margen de la saña”

-Escribiste un guión para televisión (El Maestro, Canal 13), ¿cómo te sentiste en ese rol?
-El año pasado escribí una tira con Gonzalo Demaría, es una autor de teatro también. A Gonzalo no lo conocía, había visto su obra Tarascones. Nos juntó el productor ejecutivo a ver si hacíamos dupla. Dijimos “Ni idea. No nos conocemos”, y nos llevamos bien. Nos entendimos. Escribimos no me acuerdo si doce o trece capítulos. No tenía experiencia, Gonzalo sí. Él fue como el guía. Él además había escrito una tira para Telefé que estuvo este año, Amar después de amar y estaba re afinado. Aprendí con él. En realidad, nosotros somos los autores pero Adrián Suar también figura como autor porque la idea es de él. O sea, es como oficio absoluto. Y está bien, está claro. No hay malentendido al respecto. Aprendí un montón. Dentro de todo era un producto re cuidado al que le daban bola. Teníamos una reunión después de cada capítulo con Suar y él nos daba una devolución y trabajamos sobre esa devolución.

-¿Lo conocías a Suar? ¿Cómo fue trabajar con él?
-No, no lo conocía.

-¿Tenían cierta libertad creativa o tenían muchos frenos?
-Sí, bastante de eso. O sea, eran pocos personajes y ciertos hitos que tenían que suceder. Y casi siempre las devoluciones eran “más acción, menos palabras”. Como a grandes rasgos. “Esto se instaló mucho” y por ahí eran seis páginas de nosotros tacatacatacataca teatro ¿entendés? hablan, y hablan y hablan y hablan. Y nos fascinábamos como en la sucesión del diálogo y era como “me dormí, cambien de canal”. Tiene que tener más acción. Estaba bueno que él sabe, hace mucho que se dedica a eso, tiene una idea de lo que es su espectador.

-Volviendo a lo que hablábamos antes de tus novelas, acerca de ver diferentes momentos de tu vida allí, ahora que sos madre: ¿pensás que escribirías algo relacionado con eso?
-Seguro voy a tener ganas de hablar de eso, pero todavía no sé cómo. Se viene el manual para mamis. ¡New Age para madres!

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