Dora Barrancos: experiencia y claridad para las próximas luchas del feminismo

Texto: Brian Majlin / Fotos: Karin Idelson

 

Dora Barrancos nació hace 78 años en un pueblo rural de La Pampa húmeda. Allí, en Jacinto Aráuz, ese pequeño poblado de apenas 2500 habitantes, comenzó desde muy pequeña a leer -o a hacer que leía-. Según cuenta que le ha contado su madre, ella tomaba libros e inventaba las palabras. Hija de un maestro, la mudanza a Laprida primero y a la Capital después forjaron en ella un carácter indómito que no dejó jamás la templanza rural. Feminista hace más de 30 años, es referente de aquello que jamás creyó que vería y es realidad hoy: un feminismo masivo y popular.

Socióloga por la UBA, magíster en Educación por la Universidad de Minas Gerais y doctora en Historia por la Universidad Estatal de Campinas (ambas en Brasil, donde se exilió tras las amenazas recibidas durante la última dictadura cívico militar), directora del CONICET por el área de Ciencias Sociales y Humanidades, denuncia el ajuste en el área científica y rechaza de plano los cuestionamientos que pesan sobre las ciencias sociales. “Ni la epistemología decimonónica, en ese siglo que era bastante mañoso en eso de ‘a ver y esto para qué sirve’, se animó a tanto”, dice. Y añade: “Hay una tradición conservadora argentina que desconfía del pensamiento crítico en general, de los intelectuales y las ciencias. Habrá quienes crean eso y buscan deslegitimar, pero sobre todo tiene que ver con justificar el ajuste. Es una acomodación pragmática a las exigencias del ajuste que sufren las ciencias sociales, pero también todas las ciencias básicas, y hay que entender que no hay ciencia aplicada sin ciencia básica”.

La misma facilidad con la que inventaba lenguajes y sentidos de pequeña acompaña a Barrancos en cada alocución. Apenas un día después de que el proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo fuera rechazado en el Senado, fue distinguida en esa misma Cámara por su labor. Había pasado solo un día, pero Dora no se dejó llevar por el espíritu angustioso. Tomó el micrófono y marcó, con el optimismo que la define, que el rasgo saliente del movimiento feminista es, precisamente, la potencia, el poder ser. Incluso por encima de la palabra “empoderamiento”, tan en boga. Ante Almagro refrendó aquello y advirtió que el pesimismo es un lujo que solo los jóvenes pueden darse.

«Tengo la sensación de que estas chicas de 13 o 14 años no han leído una sola página de teoría feminista, pero están tan acendradas y hay una toma de esta configuración en su subjetividad que es extraordinaria»

Díscola, como se define, comprometida, ligada a las causas sociales y en la búsqueda de la justicia social, ex militante socialista y peronista, sostiene un espíritu de lucha. Y advierte, en un giro decimonónico –‘el único que conservo’, dirá- que es una defensora a ultranza de la escuela: “Es como mi único talón de Aquiles, creo en los conatos de la educación y creo que la gente se transforma y no importa en qué sentido, pero las subjetividades se transforman y se desarrolla algo extraordinario. La sociabilidad secundaria de la escuela es fundamental y diré algo bárbaro: prefiero menos contenidos y alta sociabilidad. La escuela tiene que hacer esto, comunicarse, hacer que los chicos descubran esto y lo otro, pero es una operación fundamental para la interacción humana”.

-Tras décadas de lucha feminista desde una minoría, ¿cómo vivís este momento del feminismo?
-Muy emocionada, se me aflojan las lágrimas a cada rato. Hay una conmoción porque son largas décadas de lucha. A nivel general, hay un registro de cientista social y es la primera vez que encuentro masividad en el corpus feminista, en los feminismos. Históricamente fueron demográficamente acotados y hemos llegado a un punto completamente imprevisto. Es extraordinaria la masividad. Y el otro punto es la incorporación de las mujeres más jóvenes a esta masividad. Tengo la sensación de que estas chicas de 13 o 14 años no han leído una sola página de teoría feminista, pero están tan acendradas y hay una toma de esta configuración en su subjetividad que es extraordinaria. Creo que tiene que ver con todos los estallidos de la cultura cotidiana en los últimos años, estallidos que han tenido las sexualidades. Este reverbero de subjetividades y el feminismo tienen que ver con los alcances de la libertad sexual que se han apropiado las más nuevas generaciones. Incluso el estallido respecto de lo normativo de la heterosexualidad obligatoria está completamente arrollado por estas generaciones. Las experiencias de relacionamiento y el no confinamiento a la norma están documentados. Y finalmente hay un reto a sus madres y abuelas, un ‘a mí no me va a pasar lo mismo’, y eso forma parte de les jóvenes, que deben tener que ser tenidos en cuenta.

-En una charla TED dijiste que no se nace feminista, ¿se está pariendo una era de generaciones que sí nacerán feministas?
-Creo que hay una aparición de feministas mucho más precoces que lo que hemos conocido. El desarrollo de una subjetividad en consonancia con derechos arranca precozmente, en la adolescencia. Nosotras hacíamos toda la experiencia y, al final, cuando veíamos que éramos justicieras en todo menos en relación al género, entonces nos hacíamos feministas. Están apareciendo distintos encuadramientos dentro del feminismo, me parece que todos los brotes que hay tienen una gran independencia sobre entrar y salir de los grupos. Ya no están esas fórmulas y ritos de iniciación que teníamos las feministas, que podíamos comportarnos, en los grupos, como guetos o capillas. Había una especie de ejercicio con feministómetro -el término no es mío- y se medía cuán feminista era la que llegaba al grupo. Lo sostengo medio caricaturescamente, pero se parece bastante a lo que ocurría. Y eso ha estallado, hoy tenemos configuraciones feministas muy diferentes tanto en clases medias como sectores populares.

-¿Qué es el feminismo hoy?
-Ah, qué difícil. Es una experiencia múltiple que recoge el viejo cauce de autonomía, liberación, salirse del sometimiento patriarcal y abogar por derechos, pero me parece que hoy el cambio de agenda ya era marcado en los 70, con incorporación de la dimensión de la sexualidad y la autonomía del cuerpo. Yo digo que el feminismo de la segunda ola nos permitió descubrir nuestros cuerpos. ‘Ah, mirá, teníamos cuerpo: sensible, deseante, que recibía hostilidades y estaba afectado por violencias’. No solo hablo de la materialidad sino de cómo hay una narración sobre nuestro cuerpo. Y nos hemos querido ser cada vez más dueñas de las decisiones que lo atañen. De ahí el debate sobre el aborto, sobre la sexualidad y demás. Por eso el franqueamiento de las sexualidades ha sido decisivo. Me refiero no solo a las feministas que puedan escoger sus orientaciones, me refiero a las personas que están deseando cambiar de sexo genéricamente y que no quieren que el cuerpo ese, que parece plegado a una consistencia biológica, sea el que los comande. Han decidido comandar a sus cuerpos o hacerse cargo de otras cuestiones y no a mandatos anatómicos. Esta es la extraordinaria revolución de nuestro tiempo, que se gestó lentamente y se ha precipitado en los últimos 12 años.

“Hasta que los hombres se reaseguren en un nuevo papel y nueva masculinidad, habrá un tempo cuya incerteza puede aumentar la violencia”

-Si tuvieras que describir la especificidad de esta nueva ola, ¿cuál sería?
-Creo que hay retos fundamentales para desautorizar las notas estereotipadas, sobre hacer esto o aquello. La otra cuestión es cómo nos desobligamos de las viejas obligaciones del género. Es lo que avizoro que se viene con esta nueva resistencia femenina. ¿Resistir a qué? A los mandatos del estereotipo en el mercado laboral, a los mandatos en el cuidado obligado, a los mandatos del estereotipo en la gerencia múltiple de los hogares. Ese es el desafío que se viene y estas jóvenes no van a retroceder. Hay algo que las feministas que hacemos historia de mujeres y feminismo sabemos bien: historiográficamente ha habido diástole y sístole, momentos de gran ruptura del dique, que se da en momentos críticos sociales, revoluciones que plantean diáspora de lo conformado. Las épocas de crisis muy severas rompen los estereotipos y roles: en una guerra las mujeres hacen lo que hacían los varones, hasta ir al frente; pienso en otros momentos sombríos de Argentina, cuando la plaza, el ágora, se inunda con mujeres, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Cuando se patentiza la crisis hay mujeres rompiendo con el estereotipo.

-Pese a tu optimismo decís que el patriarcado aún goza de buena salud, ¿cómo imaginás el triunfo de esta revolución feminista?
-Los patriarcas, que son quienes encarnan el patriarcado, van a resistir. Resisten. Hay un fuerte grupo social que anda más flojo de papeles, eso sí, que está aflojando respecto al patriarcado. Es la perspectiva que abren los más jóvenes. Se ve en el acompañamiento del Ni Una Menos y de las marchas por el aborto, había muchos jóvenes en la calle. Una de las cosas que me ha estado emocionando es cuando veo a jóvenes con sus pañuelos verdes enlazados en las mochilas. Es un espectáculo estimulante. Ahora sí, habitus es habitus y (Pierre) Bourdieu lo dijo: habitus no es hábito, es una cantera de mucha resistencia y es irreflexiva. Creo que mis nietas van a ver novedades extraordinarias, la disrupción de los mandatos femeninos, estoy estimulada y soy optimista. Porque soy vieja y es mi deber: un joven puede darse el lujo de andar hostigándose con el pesimismo, pero yo no. Habrá momentos penumbrosos y mucha lucha, pero me parece que ya está más desestabilizado el escenario. No soy ilusa, no será fácil esa caída y será con violencia, aún está en el imaginario masculino la idea de la patrimonialidad extensa sobre los cuerpos femeninos. Cuando crece la inseguridad masculina y arrecian las fórmulas de fallos respecto de la identidad, suele haber un aumento de la violencia: hasta que los hombres se reaseguren en un nuevo papel y nueva masculinidad, habrá un tempo cuya incerteza puede aumentar la violencia.

Esta entrevista fue realizada en noviembre de 2018 y forma parte de la edición especial impresa de Almagro Revista. Comprala haciendo click acá y llevate a la playa este y otro artículos inéditos.

-En esa lectura de lo profundo de la raigambre patriarcal se hace inescindible del capitalismo, ¿cómo sería esa ruptura?
-Están asociadísimos, el problema que tenemos por delante es que teóricamente hemos visto que algunas fórmulas socialistas tampoco fueron menos patriarcales y no podemos soslayarlo. Yo creo en una sociedad más justa, con la justicia social, y quiero que se acaben las abyectas fórmulas de acumulación. Debe romperse. El problema es que las formas actuales del capitalismo son muy diferentes de las antiguas y tenemos grados muy perversos y fungen con cierta inmaterialidad. Antes los dueños del capital eran visibles, tenían rostro, y hoy son fantasmáticos. No es lo mismo el imperialismo de los 60, cuyo rostro era claro, con el movimiento de capitales tremendo de hoy, que tiene otras expresiones y circunstancias. Tenemos desdibujadas las construcciones arquetípicas viejas, pero es lo de menos. Hay que resistir a estos embates y una renovación y aniquilamiento de esas fórmulas de acumulación y concentración le va a hacer muy bien a las nuevas formulaciones antipatriarcales, porque observo la relación entre ambas cosas. El drama es que los socialismos que conocimos no fueron antipatriarcales.

-En los primeros años de la revolución rusa hubo medidas como la legalización del aborto o la propuesta de la crianza colectiva y los quehaceres domésticos colectivos para liberar a la mujer de esas ataduras…
-Sí, es cierto, pero fue clausurado por estrategia política y hubo claros retrocesos desde entonces. Pero hay que apostar a fórmulas anticapitalistas y que dignifiquen, sin creer que son perfectamente unívocos los mundos anticapitalistas con los antipatriarcales. Habrá que hacer algo nuevo.

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